REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

De nuestra portada

Los funerales de la Verdad


Hugo Enrique Sáez A.

Se dice que en una guerra la primera víctima es la verdad, y el planeta entero está sumido en distintos tipos de guerra. Además de los sangrientos hechos en Siria, Afganistán y otros países asiáticos, considérese la guerra civil desatada en México por los narcotraficantes y sus ramificaciones entre funcionarios gubernamentales; las bandas delincuenciales que acosan a la población; la implacable lucha por los espacios que ha engendrado el latifundismo urbano; los feminicidios, la trata de personas y los asaltos en la calle y en el transporte público; el robo de combustible que en 2016 significó pérdidas por 30 mil millones de pesos para Pemex. ¿Se han aplicado medidas eficaces para resolver o aminorar estos serios problemas de seguridad? Sólo se percibe que se los combate lanzando misiles de palabras envueltas en rutinarias declaraciones sobre el cumplimiento de la ley.
De manera reciente, un concepto relativamente nuevo se impuso para explicar algunos fenómenos en que informaciones falsas de políticos difundidas por los medios de programación de masas se emplearon para imponer sus objetivos en asuntos públicos. Así, sobre todo en columnas de la prensa se había comenzado a emplear con mucha frecuencia el término posverdad, que no figura en el Diccionario de la Real Academia Española. En cambio, el diccionario inglés Oxford lo aceptó de inmediato (post-truth), aprovechando que en tan pragmático país rige el derecho consuetudinario y no existe una academia que dictamine la lengua oficial. Se la definió de la siguiente manera: “Circunstancias en las que hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que lo que lo hacen los llamamientos a emociones y creencias personales”.
Precisamente, se escogió posverdad como la palabra del año 2016 a raíz de que se la utilizó con frecuencia al analizar los resultados del Brexit y del triunfo electoral de Donald Trump, procesos en que los hechos y las razones pesaron menos que las mentiras dirigidas para influir en los sentimientos y las creencias de poblaciones conservadoras y poco educadas. En el caso en que se aprobó la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea se difundieron calumnias denunciando, sin fundamento y sin aportar pruebas, que el dinero de los ingleses servía para financiar corridas de toros en España y para pagar a los “flojos” desocupados de Grecia. La rancia animadversión de algunos isleños hacia el continente determinó que en ellos prendiera la decisión de separarse de la Comunidad continental que venía configurándose desde 1958. Eran personas de la tercera edad residentes en zonas rurales o bien en cinturones periféricos de grandes ciudades.
En cuanto a Donald Trump, ya conocemos sus infundios en contra de los mexicanos (“narcotraficantes, delincuentes, violadores”), además de que se propuso exacerbar el nacionalismo al denunciar empresas, como Ford, que preferían invertir en el extranjero, donde llevaban sus puestos de trabajo para obtener mano de obra más barata que en el territorio estadunidense. Se produjo una imagen del hombre atrevido que se enfrenta al sistema, aunque como millonario él forma parte del sistema. Llegó a afirmar que “Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos”. Con tan repugnante ética narcisista se ganó fama de hombre sincero. Se van a cumplir cinco meses de gobierno y sólo se ha dedicado a una guerra de tuits plagados de errores ortográficos. El apoyo de sus seguidores no mengua pese a la tremenda oposición que lo enfrenta en su país y en el mundo.
La palabra posverdad está de moda, los hechos referidos son bastante viejos. En abril de 1982, la dictadura militar argentina acudió a una solución extrema para permanecer en su tambaleante poder y se imaginaron que el procedimiento adecuado sería la recuperación armada de las islas Malvinas, de las que se habían apropiado los ingleses en 1833, por lo que su reintegración nacional era y es un anhelo de masas en aquel país. Un general alcohólico y alcoholizado, Leopoldo Galtieri, llenó la histórica Plaza de Mayo con una multitud enfervorizada de patriotismo, después de haber enviado miles de jóvenes a pelear una guerra sin preparación, sin armas adecuadas, ni comida suficiente, y con la sola intención de perpetuarse en el poder. Con el disimulado apoyo táctico y político del gobierno estadunidense, las tropas británicas -profesionales y en algunos casos despiadadas- derrotaron oficiales militares que sólo demostraron capacidad en la rama aeronáutica. A mediados de junio, los generales dictadores se rindieron, después de que sufrieran las bajas de casi 700 heroicos soldados. Hasta el día en que se anunció la capitulación, la prensa controlada por el régimen sólo difundía presuntas victorias de las fuerzas armadas argentinas que, de acuerdo con esas versiones, tendrían acorralado al enemigo. Entonces, la sociedad descubrió con horror el engaño en el que había caído al apoyar una causa en apariencia justa. Los soldados habían combatido con honor, pero sin armas apropiadas, sin comida, con escasa agua, y lo peor, con castigos y vejaciones de los mandos superiores. Otra trágica situación en que las mentiras de la posverdad llegaron a calar en los corazones de las masas.
En México, casualmente abundan los ejemplos de posverdad. ¿Quién no recuerda la desafortunada “verdad histórica” sobre la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa? Sin pruebas y mediante confesiones arrancadas con torturas se afirmó que los estudiantes de Ayotzinapa habían sido incinerados en un basurero. Los antropólogos especialistas forenses y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos refutaron una versión destinada sólo a contener la búsqueda de los padres de los muchachos raptados por narcotraficantes en complicidad con autoridades.
Más recientemente se han planteado casos muy graves de corrupción y de violación a los derechos humanos, a los que no se ha dado solución administrativa alguna, sino que se los ha enfrentado con puras declaraciones de circunstancia. A menudo, el gobierno del presidente Peña Nieto ha preferido tender una cortina de silencio en muchas ocasiones en que los abusos fueron vergonzosos. En cambio, cuando las evidencias apremian se apela a un diseño teatral de los acontecimientos, tal como ocurrió con la “entrega pactada” del exgobernador de Veracruz, Javier Duarte, que se presentó como una captura de los servicios de inteligencia federales.
En línea con esta inercia del gobierno en materia de seguridad, la desesperante apatía de la sociedad civil mexicana posibilita que hoy día los huachicoleros continúen extrayendo impunes la gasolina de Pemex, y que el vil asesinato de Javier Valdez, periodista de Ríodoce y corresponsal de La Jornada, sólo merezca un discurso retórico y vacío del presidente reunido con casi todos los gobernadores del país, y sin la presencia de los periodistas.
La distopía 1984 de George Orwell parece estar cumpliéndose al pie de la letra en cuanto a la imposición de una neolengua que poco a poco va despojando de significado a las palabras o bien va imponiendo contenidos antagónicos a los anteriores. Desde hace un tiempo escuchamos la expresión “lo naco es chido”, en la que se combinan palabras que en su origen designaban realidades opuestas. En el apéndice de la obra, el autor explica que se impone el duckspeak (graznar como un pato): “Al final de cuentas, se esperaba que todos emitieran palabras desde la laringe sin que participaran en absoluto los centros del cerebro.”
En suma, la política diseñada con la posverdad posee dos características centrales: atomización de la sociedad en grupos regidos por un discurso políticamente correcto y privilegiar el lema “creer para comprender” por encima de “comprender para creer”. La historia enseña que los eufemismos y las mentiras pueden prender en las emociones y en las creencias, pero la fuerza de los hechos termina por imponerse.