REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 11 | 2019
   

Confabulario

La rosa


Rosa Martha Jasso

Para René Avilés Fabila

Las mañanas brillantes son las que más me gustan. Caminar entre la hilera de olmos y respirar el aire límpido y ligero mientras los gorriones alaraquean entre las ramas. El sol que prefiero es el de las 10, porque muestra al mundo tal cual es, en su insignificancia, y donde hasta el más pequeño guijarro muestra al mismo tiempo su sentido insondable y cósmico, embadurnado de una luz intensa y blanca. Amo las nubes, que transitan impasibles en lo alto, formando figuras como en un caleidoscopio. Me gusta ver la vida. De niño arrojaba piedras en el estanque y me extasiaba viendo reverberar las ondas sobre la superficie, sorprendido por la inefable sumisión del agua. Las tardes son para la reflexión, si es al lado de un ser querido, mejor. Dos piensan más que uno. Y qué mejor que sentarse en la terraza a observar al sol ocultarse con pequeños sorbitos de un buen vino. Las noches son un derroche: una exuberante cena, que puede ser con cualquier cosa, una charla, una reunión fraterna, bailar hasta el amanecer, leer un libro de una sentada, llorar, permanecer insomne bajo las sombras alfireteado por el trinar de un grillo, hacer el amor. Últimamente me han fascinado los sonidos; los ecos de los pasos me conmueven cuando se alargan sobre las banquetas, el ladrar de los perros, los cuchicheos, el silbar de las hojas estremecidas bajo el viento. Justo ayer vinieron dos amigos, una pareja que conocí desde joven en París. El afecto creció entre nosotros de inmediato y recorrimos la ciudad y sus bares, sus cafés, el Sena. La afinidad de sentimientos era clara. Vinieron y conversaron largamente sobre algo que para mí fue confuso, no entendí muy bien, pero fueron afables e inteligentes, agradecí sus voces, familiares, entrañables. Pero lo que más atesoro, lo que toca mis fibras más profundas, es la lluvia. Adoro repegar la cara en la ventana y ver escurrir los hilos de agua, respirar la humedad tibia de la tierra, observar los destellos de las gotas y escuchar, casi sin respirar, ese sonido, sordo, incesante, tenaz que inunda todo. Por cierto, he estado un poco inquieto. La primavera termina y la llegada del verano es inminente. El calor es insoportable y las únicas gotas que percibo son las de un sudor copioso. La temporada pasada llovió mucho, pero hasta mí llegó sólo una gota. Escurrió lentamente. Esperé con expectación que me alcanzara, pero atinó apenas a extenderse y manchar todo, provocando un oxidamiento. Junio vendrá pronto y estaré atento. Al escuchar el golpeteo sobre mí intentaré extender los brazos para que estas manos rugosas sostengan con fuerza mi rosa, ese botón rojo que me pusieron sobre el pecho y que me alegró con su fulgor y aroma. Está seca ahora, pero ya es junio y si asesto un movimiento certero, la colocaré en el punto justo donde una nueva gota la alcance y la llene de vida, sólo eso, una gota de lluvia.