REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 07 | 2019
   

Confabulario

Orestes furioso


Héctor Nezahualcóyotl Luna Ruiz

- ¡Hijos de la chingada, hijos de la chingada, hijos de la chingada!
Las luces tragaban oscuridad; cada una descubría trozos de tiniebla y mostraba pedazos de camino que se perdían agonizantes entre las montañas que flanqueaban la carretera durangueña a Huaynamota, en el municipio del Mezquital. Se lo habían contado en la Asamblea de la comunidad, sin que lo creyera, sobre todo porque había sido el “Tronco”; de ese pinche huichol todo se podía esperar y nada confiar, y más después de su apasionada defensa de la zona de uso común, misma que Orestes y sus cuates pensaban aprovechar para completar la tonelada. De hecho, no le caía mal, pero eso de meterse con una verdadera tragedia familiar no tenía madre, eso era no tener clase, no tener delicadeza, no tener la mínima educación, no tener la mínima noción de cultura familiar o filial; en fin, ser un verdadero hijo de su pinche madre. Metió el acelerador al fondo en la última curva antes de enderezar a la inmensa cuesta que antecede al bordo y luego, por la vereda que forma el mismo, volvió a acelerar hasta el zaguán de la finca de doña Sofía Clitemnestra Garza Vázquez. Don Pancho, como siempre, bajó a abrirle de inmediato, con su amplia sonrisa de costumbre y su vieja bata café, que al parecer abrigaba eficientemente; Oretes le devolvió una leve sonrisa, recordando cuando el viejo, entonces un hombre de 40 años, le hacía "caballito" cuando niño y luego le enseñó a montar uno real. Por él decidió ir solo y no matar a los cinco trabajadores de su madre; "al fin y al cabo”, pensó, "todo es cosa de asegurarles que siguen teniendo chamba". Volvió a recordar.
- ¡Hijos de la chingada, hijos de la chingada, hijos de la chingada!
Tenía 6 años cuando su padre partió a Colombia. La guerra secreta que Agapito Greco Trejo, honra y prez del narco mexicano, emprendió durante 10 años en que estuvo haciéndole la guerra a los sembradores y cosechadores de coca y amapola en su propia tierra, acarreó inmensas consecuencias. Para empezar, él estuvo sin su padre durante esa década de silencio e incertidumbre; sin saber si estaba bien, si estaba mal, si vivía o ya lo habían enterrado en esa selva colombiana. Por eso fue inolvidable cuando regresó, cuando ese héroe de la infancia se tornó carne y hueso y contó de cómo tardaron tanto tiempo en penetrar a la guarida de Príamo Melgoza, el anciano jefe del cartel de Cali, que protegía enfermizamente a sus violentos hijos Héctor y Paris Melgoza. Los hermanos raptaron (al parecer con su consentimiento) a Helena, la conocidísima reina de belleza y esposa de Manuel Greco Trejo, jefe del Cartel de “Los espartanos”, quien pidió ayuda a su hermano para rescatar a Helena y vengar la afrenta. Agapito entonces aseguró la participación de sicarios picudos como Aquiles Texis y sus "Mirmidones", unos auténticos cabrones de vista lenta, intención rápida y paciencia corta, para enfrentar a la mejor guardia personal que se haya visto en mucho tiempo. Fueron también Ayax Treviño y Diómedes Acosta, verdaderos demonios con la metralleta que habían sobrevivido a incontables duelos y ajustes de cuentas propios y ajenos, como solitario o como guardaespaldas. Participó también Ulises Barcelona, rey y mandamás de la costa cubana, que como los Melgoza no tuvo empacho en remontar el Caribe para ampliar sus expectativas. Al llegar a Colombia, los hermanos Greco observaron que se podían quedar a hacer negocio, en lo que tardaban en consumar su venganza, por lo que de inmediato abrieron un nuevo mercado de cocaína que en pocos días andaba arrodillando a los demás con sus precios y sus recursos. Cuando el Ejército o la DEA incrementaban sus esfuerzos, ellos se ocultaban seguros de su sostén económico, y pudieron estar así incluso años, mientras localizaban el refugio de los Melgoza, que era lo difícil, nadie sabía dónde estaba. Para el noveno año la cosa era desesperada: ya habían sucumbido Ayax Treviño y Aquiles Texis. El primero en un duelo con Héctor Melgoza y el segundo, después de matar al asesino de Ayax, murió desangrado tras certero riflazo de París Melgoza en el talón; siguió disparando sin importarle el dolor hasta que durmió y luego murió. En una reunión, Ulises Barcelona dijo que si dedicaban todos sus esfuerzos a conseguir información privilegiada, tendrían más éxito que muchas emboscadas. Un día descubrieron dónde estudiaba y cuál era el salón de uno de los hijos ilegítimos de París Melgoza; era trabajo entonces para la brigada juvenil, quienes de inmediato encontraron que el morro siempre cargaba su laptop. Con un poco de suerte (y preparación) podrían secuestrar el equipo para manipularlo y colocarle un señuelo o extraer información rápidamente; pero el chamaco era monitoreado las 24 horas por su familia ilegítima y el éxito lucía inalcanzable. Llegaron a descubrir que era rutina suya entrar al baño y salir como a los diez minutos, lo que les daba por lo menos ocho minutos para manipular la laptop y extraer la información necesaria. El problema estribó entonces en crear una distracción para que nadie los viera abrir el candado, sacar la computadora y robar la información, lo cual resolvió Manuel Greco: hizo estallar espectacularmente un globo aerostático justo frente a la ventana de la escuela donde estaban los casilleros. Para entonces, una de la brigada ya había seguido al morro al baño, avisado a los que tomarían la laptop y avisado para hacer estallar el globo justo cuando el hijo de Melgoza entrara al excusado. El globo estalló a tiempo, distrajo a todo mundo, que ni se percataron de quienes rompían el candado, sustraían la laptop y la entregaban a la hacker del equipo; el morro escuchó el estallido, pensó que era un petardo acostumbrado y continuó cagando. La hacker no dudó entre todas sus opciones: ¿dónde se sienten seguros los ingenuos? En los mensajes de Facebook. Así, en siete minutos copió todos los que pudo y rezó porque encontraran algo sus jefes. Y la suerte estaba más que de su lado, pues entre todos ellos no sólo estaba la credencial de elector del morro (domicilio desconocido hasta entonces), sino una contraseña ("caballo") para penetrar en la casa “cuando quieras visitarme”, como le indicaba el perfil de "El Vaina" uno de sus más frecuentes contactos.
-Bacon decía- instruyó Ulises Babilonia, -que cuando tienes sólo una pista, debes agotarla en todos sus supuestos y eso vamos a hacer, vamos a apostarle todo a la contraseña “caballo”, pensar que "El Vaina" es Paris Melgoza y vamos a hacer desaparecer a todos los come-mieldas hijos de su puta madre de ese domicilio.
Y eso hicieron: consiguieron y disfrazaron un sicario del color de pelo, complexión y estatura del morro, quien llevaba una mini metralleta en la solapa de su chamarra; escuchar la contraseña por el interfón, abrir y ser cosidos a balazos, fue todo uno para los sicarios de los Melgoza, quienes ni siquiera intentaron evitar la entrada de 300 sicarios comandados por los hermanos Greco Trejo. El enorme y moderno complejo de cuarenta hectáreas de propiedad de los hermanos Melgoza, en la calle Troya de la ciudad de Aracataca, donde pernoctaban alrededor de ciento sesenta personas, entre habitantes, personal de servicio y sicarios, se vio sacudido por las balas, el terror, el fuego y la muerte. Nadie se hubiera salvado si a Eneas Melgoza, el menor de los hermanos, no se le hubiera ocurrido derribar de un bazucazo la pared de la troje donde andaban escondidos él y otros 15 familiares, y huir por las alcantarillas de la ciudad. Los sicarios mexicanos y colombianos asesinaron y decapitaron a todos los hombres y "levantaron" a 20 mujeres de 15 a 40 años, a quienes jamás se volvió a ver; Helena de Greco fue encontrada escondida por el mismo Agapito, que al llevarla ante su hermano bastó con que se arrodillara para que aquél la perdonara. “Pinche mandilón” alcanzó a murmurar Agapito y se avocó a su próximo proyecto: regresar a México cuanto antes pues extrañaba mucho a su hijo y su esposa. Pero la superficial Sofía no había tardado en entenderse con Egisto López, uno de los principales competidores de su marido y llevaba años planeando el uxoricidio, que se consumó la misma noche que regresó Agapito. Se organizó una tremenda bacanal, en la que mandaron a Orestes temprano a dormir (2:30 am), a pesar de que el mozalbete rogó, lloró y pataleó, pues se estaba ligando a una prima que siempre le había gustado. Sofía y Egisto comenzaron entonces a acechar al homenajeado para asesinarlo en cuanto pudieran: ya se habían marchado a sus chalets sus guardaespaldas y Agapito decidió darse una ducha para refrescarse y dormir limpio. En la tina, veía las burbujitas de un pedo reciente, cuando por la rendija que formaba la cortina y el borde de la tina, vio las inconfundibles botas de anguila rosa de Egisto, y comprendió por qué el “primo” de Sofía estaba ahí, en silencio, de seguro con un arma. Se sintió chasqueado por no haberlo intuido y asegurado como siempre, sin importar que acabara de llegar; también llegó a pensar en la fiesta que Egisto no era primo de su esposa, sino su amante, pero desechó la idea, pensando liberalmente que, en todo caso valía la pena por las incontables veces que él le puso el cuerno a Sofía. Comenzaba a lamentarse de su suerte con un “¡me lleva la chingada!”, pero un balazo con silenciador le destrozó la rodilla y otro, también con silenciador, disparado por Sofía, el cráneo.
A Orestes simplemente le dijeron que unos hombres habían penetrado en el domicilio y habían asesinado a su padre; el muchacho lloró a mares y juró entre gritos que, al llegar a la mayoría de edad, vengaría a su padre matando y cortando las cabezas de los hijos de la chingada que lo mataron. Sofía se estremeció y trató de calmarlo, pidiéndole que pensara mejor en qué escuela estudiaría “para ser un hombre útil, profesionista, como su padre” y no un huevón como su tío Egisto (por lo visto Sofía ajustaba cuentas conyugales en voz alta). Orestes no dijo nada y al día siguiente se fue a México, donde estudiaba y vivía con unos parientes de Agapito; terminaría la prepa y estudiaría Ingeniería en Agronomía en Chapingo, donde según su papá estaban los batos más chingones, o sea, el mejor lugar para estudiar la carrera. Por eso no regresó a cumplir puntualmente su venganza y Sofía, con un suspiro de alivio, dio por terminado el asunto cuando en un inbox Orestes le informó que se internaría en Chapingo y, si acaso, al llegar el momento de hacer el servicio social, regresaría a Huazamota. Así fue y a sus 22 años Orestes regresó a Huazamota, no sólo haciendo el servicio social, sino como asesor agropecuario de la Cooperativa Wirrarika del Este, S.C., de modo que tuvo acceso a las asambleas de decisión comunitaria. Al principio, Orestes pretendía fungir como cualquier agricultor, endeudándose con los bancos para garantizar semillas en el año; pero las malas cosechas, los pleitos con la comunidad y el mismo endeudamiento lo fueron haciendo aceptar las ofertas de los “admiradores” de su padre. Primero sorgo y luego marihuana comenzaron a sembrarse en terrenos de los Greco, creando de paso redes con agricultores que hacían lo mismo, desarrollando mercados y nuevos comercializadores. Cada “contrato de medianía” producía lo suficiente para tener una vida "modesta", que no hacía roña al Cartel del Pacífico o Sinaloa, señores de la región, que se dejaban agasajar por el hijo de Agapito Greco con sus tipos especiales de cosechas. Aprovechaba la protección y privilegios del Cartel con las autoridades y por ello no pagaba derechos de piso y otros sobornos municipales, estatales y federales; pudiendo diversificar produciendo cocaína, heroína y anfetaminas, se contentó con sembrar sólo marihuana y ganaba, libres, alrededor de 50 mil pesos al mes. Como sembraba también maíz y sorgo, nadie lo consideraba competencia ni mucho menos peligro; podía decir que era un hombre feliz, pero debía enfrentarse con el destino, que como se sabe, tiene la baraja.
Siempre había sospechado de Sofía y Egisto López. Dejó de hacerlo porque le dijeron que ellos se habían ido a dormir después que él esa noche, y simplemente no le dio importancia a la realidad hechiza de los verdaderos beneficiados: Egisto y Sofía, el primero que fusionó su débil organización creando una empresa competitiva; y la otra, disfrutando e invirtiendo en bienes raíces la herencia conyugal. De no haber sido por la asamblea en Huazamota, quizá todo hubiera seguido igual y, quizá, los acontecimientos simplemente precipitaran las cosas, lo cual nunca se sabe. Orestes llegó temprano y, sentado en tres sillas de la primera fila, se paraba atento y solícito a saludar a los notables que iban integrando el presídium: servidores públicos, el presidente del Comisariado, el presidente municipal, el síndico, el representante del Gobernador. Saludó también a un hombre bajito, de notables rasgos indígenas, delgado, macizo, lentes que denotaban inteligencia y una seriedad estudiada y con algo de teatral: era Heriberto Frías, el "Tronco", antropólogo, líder huichol de varias organizaciones wirrárikas campesinas y nativo de Huazamota. Era de las llamadas “asambleas de sensibilización” que organizaban las autoridades para convencer a los ejidatarios remisos o ilegítimos por una u otra razón, de titular sus tierras ejidales en parcelas, zona de uso común y solares. Acudían altas autoridades para darle al evento un cariz de relevancia y urgencia, aunque se tratara de problemas de muchos años y pocos resultados efectivos para todos, tratándose de un ejido. Primero, los de la Procuraduría Agraria hablaron de la necesidad de "quitarse la venda de los ojos y progresar", accediendo a certificar y titular las tierras, a lo que se opusieron airadamente tres colindantes de Orestes; fue cuando intervino el “Tronco”:
-Celebramos que estemos acordando y discutiendo estos temas de manera abierta, pues la solución siempre se ha ocultado o mantenido inexplicable. En esta ocasión recibimos la palabra de los compañeros del gobierno, que muy interesadamente, pero muy justamente también, nos advierten que si no hay papelito sobre las tierras, los bancos no prestan lo suficiente, lo cual es cierto. Si el prestamista no tiene la garantía en papel o dinero contante, no presta. Lo hemos aprendido muchas veces cuando bajamos nuestros productos a los mercados y nunca encontramos el precio justo al esfuerzo, sino el regateo acostumbrado. A nosotros nos queda claro. A quienes no les parece es a los compañeritos que me antecedieron: no les interesa titular sus tierras ni que los demás las titulen porque así podrán seguir metiendo sus vacas y sembrando en los terrenos de uso común de los ejidos.
Entre los gritos de apoyo y de rechazo, Heriberto se irguió aún más y miró fijamente a Orestes.
-Titular las tierras es lo único que nos queda a los huicholes, pues incluso los acuerdos verbales, de buena fe y tradicionales, no son respetados, como el paso del manantial de “Los ovitos”, que tan reputado y famoso fue. Y bien era sabido que no se podía confiar.
Orestes enrojeció, no aguantó más y se levantó indignado:
-Óyeme, Heriberto, todos saben que mi papá era bastante caramba, pero honraba todos sus compromisos; sobre todo el paso de “Los ovitos”, que fue la condición cuando lo ayudaron con la cercada de todas sus tierras.
-Pues es lo que nosotros teníamos entendido, pero desde un principio tu "tío" empezó a decidir y actuar como el dueño que es ahora.
-No me vengas con tus chingadas indirectas, Heriberto, dime las cosas como son.
Heriberto suspiró. No le gustaba meterse en problemas ajenos y menos con una familia tan peligrosa.
-No lo digo o lo inventé yo, Orestes, todo mundo se dio cuenta que el tipo no es tu tío, pues se paseaban por todos lados. Como a los siete años de los diez que tu papá estuvo quién sabe dónde, tu “tío” metió gente que entubó el manantial de “Los ovitos” y lo enfiló a su rancho con gente armada que protegió la obra. Una vez, unos chamacos de la comunidad lo agarraron borracho y le dijeron que ya vería cuando llegara don Agapito, y él dijo que no se cambiaba nada, porque de todos modos se casaría con su “prima”… Perdóname que te lo diga, no estoy inventando nada y a todos los presentes les consta o han escuchado de lo que hablo.
Le dolió su papá. Le dolió recordar su cuerpo sangrante, abandonado, tapado sólo con una sábana en la tina durante horas. Sofía estaba muy tranquila, así como Egisto, contestando preguntas cómodas del agente del Ministerio Público, que ni los citó en la agencia, sino que les tomó su declaración en el lugar de los hechos, un día que hizo la “reconstrucción de hechos”. El día que mataron a su papá, cuando Sofía contestó el celular desde el aeropuerto, estuvo de un pésimo humor, hasta que habló por teléfono con Egisto; entonces estuvo de lo más alegre y cordial, preparando la fiesta de bienvenida e invitando hasta a su familia. Orestes no supo más, no vio ni escuchó a nadie y de pronto ya estaba afuera, tomando aire, con las llaves de su auto en la mano y con mucha decisión.
-¿Y qué dice? -preguntó viéndose en el espejo la Furia 1, mejor conocida por su familia como Miriam Valdés, soltera de 37 años, agente del Ministerio Público, fan de Silvio Rodríguez y Timbiriche.
-Pues que cuando estuvo seguro, ese mismo día decidió matar, esa misma noche, a su mamá y a su amante, pero al llegar a su casa, decidió esperar y preparar con calma todo-, contestó la Furia 2, soltera de 28 años, agente de investigación ministerial, a quien su novio le dice “mugrosa”, pero responde al nombre de Adriana Mendoza, experta en bailar banda, reggaetón y cumbia jaladita. Se les había asignado el caso de Orestes Greco Garza, homicida confeso de Egisto López y Sofía Clitemnestra Garza Vázquez, y Miriam había mandado a la Furia 2 a entrevistarlo para obtener “siquiera” su nombre y dirección, pero el muchacho estaba muy parlanchín. Esa misma noche, un comando armado rescató a Orestes del CERESO No. 1 de Durango.
-Que al otro día, salió a Durango en la mañana y en el camino desbarrancó su camioneta, dejando todo tipo de documentos medio quemados para que lo identificaran, misma a la que de paso le prendió fuego para que creyeran que se había quemado todo todo. Que trajo más cenizas del tiradero, que luego volvió a quemar con más combustible, huesos y ropa vieja suya para que se pensara que también su cuerpo se había consumido totalmente y lo dieran por muerto, como sucedió, pues a los tres días recogieron las cenizas de la carrocería quemada y procedieron a llevarlas para su respectiva inhumación en Huazamota, Durango. Como esperaba, su familia no quiso hacer muchas investigaciones, familia durangueña.
-Por eso está grandote, ¿edá? Pinche… ¡matricida! Así se les dice a los que matan a su mamá… Así serán buenos con las mujeres… me cagan esos batos…
-A mí también.
-¿Y luego?
-Pues que llegó todo mundo al velorio y al entierro, y en medio de todos su mamá doña Sofía y su flamante marido, Egisto López, hechos un mar de lágrimas. Lo velaron, lo lloraron y lo enterraron, y cuando llegaron a su casa se les apareció el diablo…
-¡Un comando armado!
-No, él solito los esperaba. Eso está en… Fojas 215 a 219, en las declaraciones del jardinero… "…regaba abundantemente unas begonias que me había encargado la señora, cuando escucho un potente disparo de arma de fuego y al voltear a ver la procedencia del disparo, me percato que hay un hombre alto, a quien de inmediato reconozco como el antes occiso y hoy probable responsable Orestes Greco Garza, con la pistola en alto, pues acababa de matar por la espalda al patrón Egisto López. El de la voz procedió a correr a toda prisa, pues pensaba que se trataba de una balacera en la que él no contaba con armas cuando volvió a voltear porque la señora gritó “ayuda”. Alcanzó entonces el emitente a observar como la señora Sofía hablaba con el señor Orestes, diciéndole muchas cosas, palabras tiernas, como “m’hijito”, “papacito”, “mi venadito”, como queriendo convencerlo, pero el señor Orestes le seguía apuntando. Incluso vio cómo la señora se descubría los pechos diciendo que no sólo las manos se le acababan, sino los pechos que antes lo alimentaron, cuando el señor Orestes accionó su arma, produciéndole una herida con arma de fuego con orificio de entrada en la frente y orificio de salida en la nuca…".
-¡Cácatelas! Eso está de tragedia griega… ¿Y luego?
-¡Buenas tardes, licenciada…!
-Hola, Ratón, ¿cómo estás?
-Pues bien licenciada -dijo el policía ministerial, dándole a su novia y pareja una nalgada. Me llevo a la “Mugrosita”, que su parricida está en Real de Catorce.
-¡No mames, ya era hora, cómo ha dado trabajo este pendejo: de Herodes a Pilatos, de Pilatos a Caifás! Nos ha traído como calzón de…
-¡Ya cállate y vámonos!-, dijo el “Ratón”, dando otra sonora nalgada a la “Furia 2”.
Cuando le quitaron la capucha, Orestes tenía de frente a Heriberto Frías el “Tronco”. No pudo reprimir una risita.
-¡Juar! Y pensar que son ustedes los únicos que me estiman…
-No sólo nosotros, Orestes, en todas las comunidades se escucha y se chatea tu historia y ya estamos interponiendo ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos un arbitraje sobre tu caso.
-No creo que sirva de mucho…
-La lucha se hará, tú mientras sigue tu camino. Escóndete lo más que puedas y en, no sé, diez o quince años, reaparece para volver a tratar tu caso. Aquí es “Bancos de Calítique”, un buen lugar para que comiences, por ejemplo de jornalero.
Orestes sonrió con amargura, dio un abrazo a Heriberto y se internó en la localidad; la noche siguiente un comando en el que figuraban la “Mugrosita” y el “Ratón”, ingresó en el pueblo, pero el ingeniero agrónomo ya había emprendido las de Villadiego al monte, para regresar al tercer día. Así estuvieron durante un año, el mismo comando regresó a Bancos 32 veces y las mismas regresó a Durango sin que detuvieran al parricida; parecía que se lo tragaba la tierra, y de tanta vuelta sin tranquilidad ni poder dormir, Orestes comenzó a desvariar. La trigésima segunda vez, especialmente frenética, fue cuando ya no regresó y los representantes de las organizaciones huicholas que lo fueron a buscar no lo encontraron en el pueblo y fueron a buscarlo al monte. Había una cueva con mucha basura afuera; ahí, hasta adentro estaba Orestes casi muerto de fiebre, y hasta en camilla lo sacaron y lo llevaron de inmediato a Guadalajara, ingresándolo a un hospital con el nombre de Gabino Palomares. Las siguientes horas fueron de frenético cabildeo y al día siguiente se celebró una extraña e inédita reunión en una de las tantas salas del Palacio de Gobierno de Guadalajara: el Gobernador, el procurador del Estado, el presidente del TSJ, el presidente del Congreso estatal, Orestes, su abogado, la persona de su confianza representada en Heriberto Frías y, en pantallas de internet, el Presidente de la República, el Procurador federal y el Presidente de la Suprema Corte de Justicia. Comenzó la reunión el Gobernador:
-Convoqué a esta reunión en común acuerdo con el señor presidente, porque la juzgué conveniente en virtud de los intereses, la moral pública y las consecuencias que un juicio de tal magnitud puede conllevar… ¿Señor presidente?
-No, Esteban, continúa, continúa tú-, dijo el Presidente ahogando un bostezo, pues no había leído las notas del informe del asunto.
“¡Pinche huevón!”, pensó el señor Gobernador, y continuó:
-Les decía que, dada su naturaleza, convocamos esta reunión porque es uno de esos pocos casos donde no se sabe aparentemente dónde está la justicia o la injusticia; el derecho a la vida o el derecho a defender a la familia y el honor de la misma. Es un galimatías bastante complicado…
-¿Y por qué es tan complicado para ustedes? -dijo el presidente del TSJ del Estado. -Sí, es un caso muy lamentable y emblemático, pero que como tal no es en nada diferente a los miles que atiende diariamente nuestro Poder Judicial duranguense.
-¿Lo dicen quienes, década tras década, siguen manteniendo altísimos márgenes de casi encausamientos de miles y miles de indígenas?-, sorprendió Heriberto Frías al magistrado presidente, -la mayoría de ellos siempre han sido por “burritos” de los narcos, transportan muchas veces por necesidad y hambre, como es el caso de las señoras. Valientes delincuentes han perseguido ustedes…
-Licenciado Frías, yo no he utilizado el tono descortés o abandonado la cordialidad con que iniciamos esta reunión; mi preocupación la creo legítima y consiste en no privilegiar a nadie…
-Pero sí privilegió a don Catarino Benavides frente a ICA, licenciado, usted acaba de firmar el sobreseimiento del juicio de amparo que le quedaba a ICA…
-Como cualquier asunto judicial, licenciado…
-Así como la amistad de su cuñado con don Catarino…
-Señores-, dijo el Gobernador, -sus cuentas pendientes nos son totalmente ajenas y, por tanto, espero que tengan la gentileza de dirimirlas en su momento oportuno. Señor presidente del Tribunal: hablamos de un asunto de naturaleza inmoral; los sucesos se involucraron de una manera tan caprichosa, que tenemos un antihéroe que difícilmente podemos mostrar edificantemente su caso. Los periódicos y las revistas de todo el mundo lo entrevistaron cientos de veces en sólo dos días; las organizaciones indígenas y campesinas lo apoyaron ampliamente y su sitio en internet es viral. El problema es grave desde el punto de vista mediático y político.
El presidente de México, que había dormitado unos segundos, pero que había escuchado por lo menos lo suficiente para entonces hablar, completó:
-Como favor personal te lo voy a pedir, Nachito, no queremos ni permitiremos un candidato a diputado, senador, presidente municipal, Gobernador o Presidente, que por venganza y tal vez causa justificada haya matado a su madre. Ni como candidato independiente ni de partido. No me importa lo que piensen tus cuates en la Judicatura local o federal sobre lo que es o debe ser justicia: su popularidad estriba en la intransigencia de su acto, que lo vuelve así héroe de la anticorrupción. Una y mil veces no lo aceptaremos.
Debido a que, generalmente, rara vez el presidente intervenía con esa contundencia, todos guardaron un confuso silencio. Al cabo de unos segundos incómodos, dijo el procurador general:
-No hay ningún problema, con tal de que el interfecto acepte el plan y luego no nos salga con que “a Chuchita la bolsearon”, como decía mi abuelita. Se llama “protección de testigos”, que en este caso, supongo y sugiero, no puede ser en México, sino en algún país de América o de Europa.
Orestes secreteó algo al oído de su abogado, quien primero negó repetidas veces con la cabeza, pero ante la insistencia de Orestes, al fin habló:
-Pues buenas noches señores, por nuestra parte no hay problema, siempre y cuando se goce todo el tiempo de integridad física y seguridad para mi cliente, agregando, claro, un modo honesto de vivir.
-Tenemos una legacioncita en Honduras que te va a agradar, ingeniero, con una chambita ad hoc, donde puedas vivir sin sobresaltos, a cambio del favor, claro-, dijo el presidente con una sonrisita desde el monitor, recibiendo por respuesta la dura mirada de Orestes, quien al final simplemente asintió, mientras esbozaba un gesto indeterminado que él creía amable.
Al día siguiente, Orestes aparecía en los periódicos en una plancha, sangrante y desarrapado, como si en verdad lo hubiera atropellado y arrastrado un camión. Tenía la boca abierta, amoratada, con la lengua casi negra pegada al labio superior; en el pómulo izquierdo, una tremenda herida que parecía erupción de una grieta: nadie creería que se trataba de una persona viva.
-¿El típico choque de una ambulancia cuando acaba de recoger al herido? ¿A quién se le ocurrió? De tan inverosímil resulta creíble. También el maquillaje está de poca madre y se va uno con la finta-, comentó la Furia 1.
-Al mismo señor presidente del Tribunal Superior de Justicia, según cuentan las malas lenguas-, respondió el señor agente del Ministerio Público Responsable de Agencia, -el maquillaje es de doña Clotis, que ya ves que hasta se las ha gastado en películas de terror en el Gabacho. En lo jurídico entonces no se hizo nada, pues ya estaba muerto legalmente. Nosotros nos enteramos nada más porque el procurador se puso la camiseta justiciera y de todos modos debía informarme, en tanto Responsable de Agencia y de la correspondiente averiguación; claro, aunque también hubiera podido mandarme a la chingada olímpicamente, como seguido hace.
-Pues yo me quedé con las ganas de darle su calentadita al ingenierito ese-, dijo la Furia 2, acariciando distraídamente la entrepierna de el “Ratón” -que será lo que quieran los periódicos, el “face” y los líderes políticos, pero eso de matar a la madre no se vale, no se vale.