REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 11 | 2019
   

Confabulario

La bruja en patineta


Francisco Javier Arroyo

No sé con certeza quién fue el que miró a quién esa primera vez, pero la tarde en que nos encontramos en la ciudad, quedé completamente flechado o como decía mi maestro de ética: ensimismado.
Y es que no era para menos, era una princesa hipster. Su hermoso cabello rojizo en tono caoba, su vestimenta muy ad hoc a su edad, con colores llamativos y que dejaba lucir su esbelta figura moldeada como de cera. Calzaba unas botas color marrón. Sobre el piso una singular patineta muy bien diseñada con tonalidades fluorescentes.
Fue inmediata la atracción, sentí un golpe, de esos como cuando llega una repentina ola por la espalda y te azota y te sacude como un trapo.
A pesar de mi fuerza de voluntad, que no puedo decir que era la gran cosa, sucumbí ante la mirada de aquellos hermosos ojos verde esmeralda.
La seguí por algunas calles, no pude alcanzarla a mi paso, ella iba montada en su veloz patineta, tuve que correr y en el primer semáforo en rojo, le pregunté:
—¿Por qué vas tan aprisa?
Volteó y sonrió, ni así bajó la velocidad. Ante mi ánimo de conocerla, seguí corriendo como loco. La gente me miraba con asombro. No me importaba, bien sabía lo que quería, y mi objetivo era ella.
Corrí a más no poder. A pesar de la incomodidad de mi traje Slim fit y mis zapatos de vestir, pude alcanzarla nuevamente.
—Dime cómo te llamas.
—Alcánzame y lo sabrás.
Aceleró y seguí tras de ella, mejor dicho, tras su patineta, la cual no necesitaba impulso alguno. Parecía turbina.
Por fin se detuvo. Me encontraba hecho una sopa, mi barba que con tanto cuidado arreglaba cada mañana, se encontraba llena de sudor, mi moño de color azul pastel parecía estopa de mecánico, mis zapatos eran un asco, mi traje parecía chicharrón, mis lentes de pasta habían sobrevivido, sin embargo, lo conseguí, me miró a los ojos con una hermosa sonrisa, me dejó ver la blancura de sus dientes, parecidos a la espuma del mar.
—Soy Eugenia.
—¡Hola!; yo soy Morgan. Contesté.
—Ya lo sabía. Tu apellido es… Alanís.
Quedé asombrado, ante tal adivinación, pero no le di mucha importancia.
Después de ese día ya nada pude hacer, ese fue el principio del fin.
A pesar de mis ocupaciones; me las arreglé para verla, casi a diario.
Al mes de conocernos, nos hicimos novios. Era el colmo de nuestra relación, a ella no le gustaba viajar en auto, siempre utilizaba la patineta. Terminé comprando una bicicleta italiana de fibra de carbón con la finalidad de viajar a la par, al final de cuentas terminé junto con ella sobre la patineta. Íbamos al cine, al teatro, a comer, a cenar, siempre montados en la veloz tabla de cuatro ruedas. Era un hecho que a todo lugar que llegábamos la gente nos miraba con extrañeza, como si fuéramos delincuentes. Llegaría a la conclusión de que a veces se hacen tonterías cuando se está enamorado.
Cierta noche después de asistir a una obra teatral, había caído un aguacero, le pedí abordáramos un taxi, el tráfico era terrible, se negó, me pidió subiéramos a la patineta, me pidió la sujetara por la cintura con fuerza, enseguida se impulsó, era increíble la velocidad que desarrollaba esa pequeña tabla, automáticamente encendió unas pequeñas luces de led con tonalidades rojas, azules y verdes. Maniobraba con maestría, cruzaba avenidas, rebasaba autos, motocicletas, en fin, parecía un sueño. Mi rostro, en ese momento sentía cada brisa nocturna, cada elemento, cada partícula de aire fresco. Cerré mis ojos, una sensación maravillosa se apoderó de todo mí ser, no sé cuánto tiempo transcurrió, pero al abrir los ojos, nos encontrábamos en la calle donde se situaba su casa.
Me invitó a pasar. Accedí. El interior de la casa estaba lleno de muebles antiguos, además de cuadros muy hermosos. Eugenia entró a su recámara y me pidió que la esperara. Inmediatamente de una recámara contigua, salió una simpática dama muy elegante, a pesar de su madurez, se veía muy guapa, tenía, ojos color verde esmeralda, iguales a los de Eugenia.
—Hola, ¿y tú quién eres? Preguntó la mujer
—Soy Morgan, novio de Eugenia
— ¡A qué chamaca!, ya no me platica nada, no sé nada de ella, era tan diferente de niña, todo me contaba. Ahora todo me oculta.
Me quedé sorprendido, no sabía qué decir, pero me atreví:
— ¿Es usted mamá de Eugenia?
—No, soy Margarite, abuela de Eugenia; su madre falleció hace algunos años, desde entonces la he cuidado, ha sido como mi hija, aunque ella no me trata como su madre.
—Qué pena, no lo sabía, es que Eugenia no me platica muchas cosas. Agregué:
—No seas impaciente, ya sabrás todo de ella, no comas ansias, a veces las cosas llegan cuando menos las esperas.
Tragué saliva y aclaré tratando de ser cordial:
—Señora, se ve usted muy joven
—Eso me lo han dicho muchas veces, pero ¿sabes algo? La gente dice cosas para sentirse bien o para tratar de hacer sentir bien a los demás, pero me doy cuenta de que tú eres sincero, me caes bien Morgan, qué bueno que estarás con Eugenia para toda la vida.
Tragué saliva, se me hizo un gran nudo en la garganta, se me fue el habla y mi vista se nubló.
Ella me aclaró:
—No te espantes, no es para tanto, no tienes porqué ponerte así. Pelaste tremendos ojos que parecías búho. Bueno Morgan me ha dado mucho gusto conocerte y mejor me voy porque si sale Eugenia y me ve aquí, se arma la grande, cuídate y cuídala, la van a pasar bien, ya verás, por cierto preparé una bebida deliciosa, receta de familia, a base de cacao, albahaca, rosa de castilla, hueso de mamey y piloncillo, te serviré un vaso.
Le di un sorbo, luego otro, hasta terminarla, jamás me imaginé que hubiese una bebida tan exquisita. Después, sin decir adiós desapareció súbitamente, escuché el sonido de la puerta de la recámara al cerrarse.
No pasó ni un segundo cuando Eugenia salió muy sonriente.
—Hola, ya llegué, escuché que platicabas con mi abuela, seguramente ya se quejó de mí. ¿Vedad?
—No, para nada, por cierto, es muy agradable y muy guapa.
—Ah, ¿te gustó?
Contesté:
—No dije eso, solo dije que es muy guapa, sabes que tú eres lo más importante para mí y no tienes que pensar mal.
Me miró con malicia, pero a pesar de todo sonrió y me dio un beso.
Esa noche, me sentí muy cansado, soñé con Margarite, me llevaba a un lugar mágico, lleno de luces incandescentes con colores pastel, me habló de la inmortalidad y de la trascendencia energética y dimensional del hombre.
Me dijo que había encontrado la vida eterna y que si yo la deseaba también la obtendría.
Sus ojos brillaron y lanzó unas carcajadas que me hicieron despertar. Me encontraba empapado de sudor.
Mi vida con Eugenia continuó maravillosamente, eran fiestas, antros, cocteles, cenas, reuniones, en fin, una actividad nocturna incesante; comencé a excederme con el alcohol y la comida; mi vientre comenzaba a abultarse en exceso, dejé de tomar agua y me dediqué a beber energizantes y refrescos endulzados, a comer frituras y pastelillos ricos en carbohidratos.
La parte más notoria en mi persona fue la de la falta de higiene, mi barba descuidada se hizo común, mis trajes llenos de residuos de comida o bebida, mi talla Slim Fit se transformó en XL, mis zapatos desaseados y mi rostro de desvelo y cansancio; llegaba tarde a diario y comencé a tener problemas con el ingeniero Gilberto, mi jefe.
Mi empleo era bueno en ese call center, daba el soporte técnico al sistema digital de llamadas telefónicas, así que era necesaria mi presencia desde temprana hora, pero a causa de mis aventuras nocturnas con Eugenia comencé a fallar.
Y vaya que si fallé, perdí mi empleo.
Eugenia seguía encantada, nunca la vi cansada, ni con sueño, ni fastidiada, en cambio yo traía en mi rostro unas oscuras e inmensas ojeras, parecía oso panda.
Se me acababa el dinero y mis ánimos ya no eran los mismos. Perdí a mis amigos. Comencé a tener problemas con mi manera de beber.
Un domingo por la mañana desperté sobre una banqueta, me encontraba totalmente enlodado, alcoholizado y empapado de tequila, no me reconocía. Lo más triste de todo es que Eugenia no sé encontraba conmigo.
Llegué a casa, otro conflicto más con mis padres. Esa tarde me dormí y no desperté sino hasta el lunes.
No sabía nada de Eugenia y me fui a buscarla a su casa. Me abrió Margarite, me dijo que Eugenia no había regresado desde el sábado.
Me preocupé, Margarite me ofreció la “bebida deliciosa”, la ingerí de un sorbo, luego otro y otro, hasta perderme.
Me quedé dormido en el sillón, me sentí muy cerca de Eugenia, me besó, miré sus ojos color verde esmeralda, percibí su inconfundible aroma. Luego sentí como si voláramos en su patineta, veía claramente la inmensidad de las luces multicolores, sentí el aire frío que chocaba en mi rostro. Nunca me había sucedido algo semejante.
Me desentendí de mi exterior, a diario, en casa de Eugenia, ingería de la “bebida deliciosa”, ya no podía estar sin degustar esos fantásticos sabores.
No podía distinguir entre mi realidad y mi fantasía, algunas veces caminaba sin saber a dónde dirigirme, mi madre me recluyó en un centro de rehabilitación juvenil, pensando quizás que consumía drogas, pues mi condición de inconciencia denotaba la falta de razón.
En el centro de rehabilitación me tuvieron amarrado por días, una madrugada llegó Eugenia, mi princesa hípster, me liberó, me devolvió la vida, me llevó a toda velocidad en su patineta luminosa, cruzamos el cielo nocturno y yo la abrazaba con todas mis fuerzas, estaba seguro de que nada nos separaría jamás.
Perdí la conciencia, si es que algún día la tuve, perdí, creo yo, mi dignidad y mi orgullo.
Era muy temprano, cuando desperté me encontraba completamente sucio, no haré descripciones asquerosas, pero pueden deducirlo al decirles que había moscas a mi alrededor; me encontraba encima de algunos trapos llenos de tierra en aquel terreno baldío. A mi lado había una patineta, la tomé, di por hecho que se trataba de la de Eugenia y que me conduciría de nuevo a las interminables parrandas. Me equivoqué. Salieron de un callejón media docena de adolescentes desalineados. Me han puesto una santa golpiza. Cuando abrí los ojos, me encontraba en la Cruz Roja, después me enteraría, por dicho de un socorrista, que había estado al borde de la muerte, nadie se explica, cómo regresó mi pulso. Tenía puesta una descolorida bata de algodón y a mi alrededor dos hileras de cuatro camas cada una. Me entró una angustiante sed, me levanté medio mareado y comencé a beber de un líquido transparente de una jarra de cristal que se encontraba sobre una mesita.
Al probar el líquido, me supo a la “bebida deliciosa”, ésa que tanto extrañaba, esa que elaborara Margarite. Me regresó la calma. Se apareció ella, y me gritó:
—Qué haces levantado, acuéstate, no puedes andar levantado.
La miré y le dije:
—Eugenia, mi amor, qué bueno que viniste por mí, te he extrañado tanto, ven me has hecho tanta falta, creí que nunca más volvería a verte, ahora sí nadie nos va a separar, ni Margarite, ni mi familia.
Me abalancé sobre ella, la sujeté con todas mis fuerzas, sentí cómo se agitaba su corazón, pero comenzó a gritar, llegaron dos doctores y otros enfermeros, me sujetaron, escuché que decían:
—Se ha vuelto loco, jálenle los brazos o va a matar a la enfermera.
Sentí algunos piquetes en mi antebrazo, me tranquilicé, se me cerraron los ojos.
Después de ese trágico incidente mi vida volvió a la calma, no sé con exactitud, cuánto tiempo pasó pero me pasaba la mayor parte del tiempo dentro de la casa, era tan amplia, y con tantas recámaras, que descansaba a pierna suelta, luego no sabía si era de noche o de día.
Dormía cuando entró Margarite agitada y gritando:
—Morgan, Morgan, asómate a la ventana, ahí va Eugenia, rápido.
Abrí la ventana, respiré el fresco aire, en la inmensidad de la noche, volaba una hermosa patineta de multicolores, encima de ella, efectivamente, iba Eugenia, con un tipo que no era yo. Solté una lágrima.
Margarite, me miró con sus hermosos ojos y me dijo —anda, toma la “bebida deliciosa”.
No te aflijas, las cosas suceden por alguna extraña razón, sonrió y se dirigió a su recámara.