REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 12 | 2018
   

De nuestra portada

El liberalismo yucateco y la constitución de Cádiz


Betty Luisa Zanolli Fabila

El despertar del siglo XIX fue testigo del avance del pensamiento liberal, tanto en el continente europeo como en las colonias del Nuevo Mundo, y 1808 fue en particular un año decisivo dentro de la historia del imperio español: la ocupación de su territorio a cargo de las tropas francesas detonaría una reacción en cadena en todos los dominios de la Corona hispánica a partir del levantamiento verificado el 2 de mayo en la ciudad de Bayona contra dicha invasión, el cual propiciaría el detonamiento de todo tipo de ideales libertarios en los distintos ámbitos coloniales que, robustecidos ante las experiencias revolucionarias de Norteamérica y Francia, terminarían precipitando, poco tiempo después, la independencia de la mayor parte de las colonias hispanoamericanas. Pero no era todo, otros factores también se habían conjuntado para ello: por un lado la influencia del pensamiento ilustrado francés; por otro el ascenso del Conde de Aranda -conspicuo ilustrado- como primer ministro de Carlos IV a finales del siglo XVIII, además de la creciente convicción dentro del grupo de reformistas españoles en torno a la necesidad de establecer en el imperio español un nuevo sistema de gobierno: el monárquico constitucional.

De esta forma, entre la ocupación gálica y el incontenible auge del pensamiento liberal los españoles desconocen la autoridad de José Bonaparte y declaran que sin rey la soberanía debería recaer en el propio pueblo. Se establecen así juntas provinciales de gobierno independientes y, para el mes de septiembre, la Junta Suprema Central y Gubernativa del Reino en Aranjuez en calidad de depositaria de la soberanía real, órgano que para diversos tratadistas sería el germen de los primeros y más claros signos de la naciente democracia y pensamiento constitucional hispanos de la época moderna, cuyas raíces más próximas sólo podrían rastrearse en las Cortes visigodas hispánicas como organismos de representación de la época medieval.
Resultado de lo anterior fue la determinación unánime de convocar a la celebración de Cortes Extraordinarias y Constituyentes. Trasladada la Junta de Aranjuez a Sevilla, el 22 de mayo de 1809, se publica la correspondiente convocatoria en la que se advertía que la soberanía radicaría, en tanto aquéllas se celebraban, en un Consejo de Regencia con sede en Cádiz. El 24 de septiembre de 1810 tiene lugar la primera sesión de las Cortes, las cuales en un inicio quedaron instaladas en la ciudad de san Fernando y posteriormente pasaron justo a la de Cádiz, de la que tomaron su nombre: “Cortes de Cádiz”, quedando de manifiesto con claridad en su seno la existencia de tres corrientes políticas: la de los absolutistas, que defendían el retorno de la monarquía, la de los jovellanistas, a favor de las reformas de carácter ilustrado, y la de los liberales, a favor de reformas inspiradas en los principios revolucionarios franceses.

Los trabajos realizados durante el primer periodo de sesiones mostraron un decidido carácter liberal, pues no sólo destacaron entre sus primeros decretos los relativos a la soberanía nacional, división de poderes, igualdad, legalidad y libertad de imprenta. La obra principal y mejor reflejo del sentir liberal gaditano fue precisamente la elaboración de la Carta Constitucional jurada el 19 de marzo de 1812, cuya trascendencia habría de hacerse sentir al interior y exterior del mundo hispano aún después de la emancipación de un buen número de sus antiguas colonias.

Por lo que respecta al ámbito novohispano, las provincias de Veracruz y Yucatán fueron particularmente proclives a la Constitución gaditana con la que compartían su ideología liberal, al grado que sólo les bastó contar extraoficialmente con los primeros ejemplares de la Constitución para presionar a sus funcionarios locales de modo que la declararan en vigor.
En el caso yucateco la historia fue así: Yucatán fue uno de los puntos de la Nueva España a donde primero llegó la noticia de los hechos ocurridos en Bayona en 1808. A Sisal, su único puerto de altura, arribó la barca Ventura trayendo las últimas gacetas de Madrid en las que se informaba sobre de la invasión francesa, de la abdicación de Carlos IV y de la usurpación del trono a cargo de Napoleón. Por su parte, en Mérida, notables personajes de la política y comercio locales como José Matías Quintana y Francisco Sauri le solicitaron entonces, a nombre de la ciudadanía, al intendente Benito Pérez Valdelomar reconocer a la Junta instaurada en Sevilla, en tanto distintos sectores de la sociedad campechana, aún sin permiso del intendente, se aprestaron a enviar apoyos económicos a la Junta de Sevilla.

La inquietud y el temor ante un futuro incierto para la colonia novohispana eran evidentes, al grado que el propio virrey don José de Iturrigaray le solicitó a Valdelomar la compra -ya fuera en Estados Unidos o Jamaica- de miles de fusiles, pistolas y papel. Era enorme la intranquilidad en la provincia y ésta subsistió durante los siguientes meses, contenida sólo una vez que el Intendente juró obedecer a la Junta Suprema Central.

Una vez formulada la convocatoria a Cortes, correspondió al doctor en leyes y presbítero de origen campechano, doctor Miguel González Lastiri ser electo diputado representante por Yucatán a ellas en las que tuvo una notable participación en las discusiones previas a la elaboración de la Constitución española. Las Cortes de Cádiz trabajaban en la integración de un cuerpo legislativo de tipo liberal que pretendía instaurar un nuevo orden social. El resultado de ello fue la promulgación de la Constitución Española.

Lastiri, signatario por consecuencia de la Carta Magna, fue el portador, semanas después, de los primeros ejemplares constitucionales que arribaron a las tierras yucatecas, siendo el Síndico Procurador General del Ayuntamiento de Mérida, Jaime Tintó, quien presionó a su llegada especialmente para que dicha Constitución fuera publicada, aduciendo que él era la voz del pueblo y que el cabildo meridano, que había tenido la gloria de ser de los primeros en América en haber jurado a su soberano, luego a la Junta Suprema y más tarde a las Cortes, ahora “ansiaba hacerlo a la Constitución”. La ciudad de Mérida compartía el anhelo: no quería sólo brindar su obediencia a las Cortes, también quería dejar patente su lealtad a la nueva ley fundamental. Por ello, conminaba a no tomar en cuenta que aún cuando no hubiera llegado la orden oficial la Constitución ya estaba en territorio yucateco y por tanto dicho juramento debía tener lugar.

Para el 6 de octubre el entonces intendente Manuel Artazo publicó un bando en el que se ordenaba la preparación de los festejos para tal acto y así se encomendó al comerciante Joaquín Quijano la organización de su proclama en una magna misa de Te Deum con iluminación de la Catedral. El 14 de octubre de 1812 fue publicada la Constitución gaditana en la capital yucateca y el día 15 tuvo lugar su juramento, quedando puesta en vigor, de nueva cuenta gracias a la solicitud de Jaime Tintó, el 27 de octubre de 1812, a diferencia de la Ciudad de Campeche, donde sería publicada y jurada hasta el mes de diciembre de dicho año.

Las Cortes gaditanas, sabedoras de la premura con la que los yucatecos habían obrado para adherirse a la Constitución, asentaron su beneplácito por escrito según lo consignó la Gaceta de las Regencias de España del 15 de abril de 1813. Pero además, era tanto el regocijo de los meridanos que la propia madre del futuro prócer de la Independencia mexicana Andrés Quintana Roo, María Ana Roo, esposa de José Matías Quintana, donó sus joyas para engarzar la letra “C” de Constitución en la lápida que se erigió en honor a ella y que fue colocada en la Plaza Mayor de la ciudad, que mientras perduró el sistema constitucional sería denominada “Plaza de la Constitución”.

A este punto cabe preguntarse por qué especialmente estos personajes de la sociedad meridana impulsaban de manera tan tenaz y emotiva todo avance liberal. La respuesta no es otra: la encontramos en el hecho de que precisamente tanto Quintana como su esposa, Tintó, Sauri y Quijano, eran miembros de un grupo local de hombres a los que les vinculaban profundas ideas de contenido liberal, los sanjuanistas.

¿De dónde su nombre? Justamente así se denominaban porque semanalmente se reunían, luego de acudir a misa, en torno al padre Vicente María Velázquez, capellán de la Ermita de San Juan Bautista, edificada ésta al sur de la ciudad en honor al santo al que periódicamente los emeritenses invocaban cuando había plagas de langostas.

Ya desde 1805 era práctica común que se hicieran allí tertulias frecuentes para discutir cuestiones religiosas, pero a partir de las noticias que iban llegando sobre los acontecimientos peninsulares, muchas de ellas también a través de la prensa cubana, la temática de sus reuniones cambió entre 1808 y 1810: los problemas políticos, económicos y sociales se convirtieron a partir de ese momento en el nuevo eje de las cuestiones a debatir.

Los así denominados “sanjuanistas”, más allá de categorizar qué tipo de asociación conformaron, eran tanto clérigos como laicos y en su mayor parte procedían del grupo de alumnos que provenían de la cátedra que impartía el también cura sanjuanista Pablo Moreno sobre preceptos del racionalismo cartesiano en el Seminario Conciliar de san Ildefonso, y de quien abrevaron justamente las nociones de filosofía moderna y de crítica hacia los antiguos sistemas gnoseológicos, principalmente en lo concerniente al escolasticismo, del que Moreno fue un feroz detractor, al tiempo que se caracterizaba por ser un ideólogo de corte tomista.

Muchos de los miembros sanjuanistas destacaron no sólo en la política local yucateca, fueron también agentes trascendentales de cambio tanto de la política nacional como aún de la internacional. Entre los más conocidos y jóvenes del grupo podemos citar a Andrés Quintana Roo y a Lorenzo de Zavala, pero también figuraron otros menos conocidos por la historia oficial pero cuya obra sería fundamental en la construcción de la sociedad peninsular del Mayab como Manuel Jiménez Solís -llamado el “Padre Justis”-, Pedro José de Guzmán, Pedro Manuel de Regil, Buenaventura del Castillo, Francisco Calero, Tomás Domingo Quintana, José Francisco Bates, Pantaleón Cantón, Pedro Almeida, Agustín Domingo González, Agustín Zavala, Alonso Manuel Peón, Manuel José Milanés, Julián Molina Bastante, Basilio María Argáiz, Rafael Aguayo, Juan de Dios Enríquez, Luciano Viana, o bien José Mariano Cicero, Manuel Núñez de Castro, Mateo Cosgaya, Marcos Martínez, Manuel García Sosa, Mauricio Gutiérrez, Pablo Oreza, Joaquín Castellanos, Fernando Valle, Pedro Ruz y Santiago Conde, Ignacio Prevé, Felipe Capetillo y Miguel Ortiz, además de mujeres como la propia María Anna Roo y su sobrina Joaquina Cano Roo. Tal vez resulte excesivo haber referido todos estos nombres, pero sería nuevamente una injusticia de la historia omitirlos, pues muchos de ellos forman parte de esa historia no oficial que termina siendo la más profunda y determinante en los procesos de transformación que viven las sociedades.

Entre los principales objetivos que perseguían los sanjuanistas como apasionados defensores del liberalismo gaditano y cuyas ideas buscaban la reivindicación social, a partir de una conciencia crítica y de compromiso frente a la realidad de su provincia, figuraban:

a) en materia agraria -sobre todo bajo la influencia del padre Velázquez-, luchar por la restitución al indígena de todos los derechos que debía gozar como hombre libre y que la Conquista le había suprimido;
b) en materia educativa: brindar instrucción pública y gratuita a todo el pueblo, comprendiendo a los mismos indígenas, según lo plasmaron en la Casa de Estudios que para tal efecto inauguraron en 1813;
c) en materia económica: pugnar por un reparto equitativo de la riqueza, tal y como lo demostraron al participar en la abolición de las obvenciones parroquiales decretada por las Cortes españolas;
d) en materia ideológica: impulsar la reacción del “ser colectivo” contra las usurpaciones, y
e) en materia política: fomentar la participación popular democrática en toda elección, comprendiendo a los indios como electores y elegibles.

Sin embargo, a pesar de lo anterior, compartir estos intereses y pugnar decididamente por ellos terminó por contraponerlos frente al sector social que fincaba su posición y seguridad material en los usos y prácticas tradicionales, cuyos miembros no podían estar a favor de ninguna reforma, cambio o reestructuración que implicara el menoscabo de su status. Dichos opositores al sanjuanismo fueron los “rutineros” o “serviles”, evidentemente de ideas absolutistas, quienes ya desde 1811 informaban a las autoridades locales y virreinales que había una serie de agitadores que pululaban por la ciudad de Mérida inquietando a la población con sus ideas. Entre los “principales agitadores” estaban José Matías Quintana, José Francisco Bates y José del Castillo, quienes caminando por la calle recolectaban firmas prometiendo, entre otras cosas, que a través de ellas:

1. se declararía libre el abasto de carne en Mérida para que hubiera un mercado sujeto a las leyes de la oferta y la demanda, en favor de los pobres;
2. se constituyera un fondo para establecer una sociedad económica que acabara con los obstáculos de la agricultura, las artes y el comercio y
3. se luchara porque el ayuntamiento contara con un procurador del pueblo para la defensa de los intereses indígenas.

Su lucha continuó adelante en tanto la dicotomía ideológica quedaba evidenciada en los órganos locales de poder: mientras los rutineros inicialmente coparon los cargos de la Diputación Principal de Mérida de Yucatán, “la primera diputación provincial establecida en los límites actuales de México”, que incluía las provincias de Yucatán, Campeche, Tabasco y Quintana Roo, los sanjuanistas hicieron suyo al primer Ayuntamiento Constitucional de Mérida, desde donde pudieron impulsar una serie de reformas de corte liberal además de aplicar con todo rigor los postulados liberales de la Constitución gaditana.

Abolida la Constitución española en 1814, Zavala, Bates y Quintana fueron recluidos en las tinajas de San Juan de Ulúa; Pedro Almeida, aprisionado en Mérida, y tanto el padre Velázquez como el cura Jiménez Solís, vejados públicamente, pero ello no impidió que siguieran adelante, aún desde sus prisiones.

Con el paso de los años volvieron a ocupar cargos públicos importantes, desde los cuerpos municipales locales hasta diputaciones a Cortes, a principios de los años veinte, y más tarde curules dentro de los Congresos Nacionales, ya en el México independiente. De tal forma que no resultaría extraño advertir, en términos generales para esos momentos, la presencia de una línea de continuidad entre sanjuanistas y federalistas y otra entre rutineros y centralistas. Continuidad de todas formas no férrea, pues de pronto algún rutinero se volvió sanjuanista y un sanjuanista rutinero, lo que fueron de todas formas casos aislados, no una tendencia generalizada, pero que especialmente se observó entre los que firmaron en 1823 el acta federativa, pues varios de ellos destacaron luego como defensores del centralismo con objeto de “cumplir lo que el federalismo no había logrado”, no obstante que más tarde terminaron retornando a las filas federalistas.

El sanjuanismo fue pues el alma del liberalismo yucateco que hizo suyo al liberalismo gaditano plasmado en la Constitución de Cádiz.

Así lo comprueban los periódicos que se imprimieron en la capital yucateca entre 1813 y 1814 en la imprenta de José Francisco Bates, como El Redactor Meridano, El Semanal de la Diputación Provincial, El Aristarco, El Misceláneo y Clamores de la fidelidad americana contra la opresión o fragmentos para la historia futura de Mérida de Yucatán, en muchos de ellos, con evidente influencia masónica. Imprenta que sería confiscada una vez abolida la Constitución gaditana el 4 de mayo en España y el 24 de julio de 1814 en Yucatán, dando inicio con ello al calvario antes señalado que padecieron algunos de los sanjuanistas más notables.

Es por esto que me permito concluir transcribiendo un fragmento de la mejor definición de lo que era “ser un sanjuanista” en la voz de uno de sus más destacados exponentes, José Matías Quintana, y que podría ser considerado credo del liberalismo yucateco y del liberalismo en general:

Sanjuanista es aquél que (observa públicamente la R.C.A.R.) ama la Constitución: que vive sujeto a las leyes; que respeta a las autoridades en tanto cuanto éstas cumplen con las obligaciones de su ministerio; y a quienes no obedecen cuando sus mandatos no son conformes con la expresión de la voluntad pública, que es lo que propiamente forma el carácter divino de la santidad de la ley; y el sanjuanista verdadero, jamás separa de su corazón esta máxima sagrada como regla de su conducta, que la autoridad no debe ser respetada sino en cuanto cumpla con el objeto de su institución.

Es verdad que muchos se llaman sanjuanistas, cuyas costumbres deshonran tan respetable y esclarecido nombre: pero también lo es que tales hombres no los reconocemos por verdaderos sanjuanistas. Aquél en quien la inmoralidad, la soberbia, el egoísmo y los demás vicios que hacen al hombre horrible se tiene por sanjuanista, éste tal, no es un San-Juanista, es un intruso y un usurpador del eminente dictado con que se aman y distinguen los hombres de bien adictos a la Constitución llamados por sus virtudes San-Juanistas.

No negaremos que un San-Juanista no se conoce por la brillantez de sus vestidos, ni por la hinchazón de su trato, sino por el contrario por la sencillez de sus trajes, por la modestia de su conducta, por la sinceridad de sus expresiones, por la dulzura de sus costumbres y aquel atractivo encantador con que estos hombres cultos y humanos se saben hacer amar de cuantos seres los comunican, es lo que en realidad debe llamarse y reputarse un perfecto San Juanista .

Hoy, a casi dos siglos de la Constitución de Cádiz, sigo creyendo que el “ser Sanjuanista” no sólo no ha perdido vigencia.

Hoy, a doscientos años, el “ser Sanjuanista” sigue siendo un paradigma para todo aquél que cree en el constitucionalismo moderno y que hace suyo como forma de vida el pensamiento liberal.


____________
1 Clamores de la fidelidad americana contra la opresión, 1813-1814, pról. de María del Carmen Ruiz Castañeda, 2ª ed., México, UNAM, IIB, Hemeroteca Nacional, 1986 [ed. facsimilar].

___________
Fuentes de consulta:
AGNM, Intendencias, vol. 178.
Barragán Barragán, José, Temas del liberalismo mexicano, México, UNAM, 1978.
Clamores de la fidelidad americana contra la opresión, 1813-1814, pról. de María del Carmen Ruiz Castañeda, 2ª ed., México, UNAM, IIB, Hemeroteca Nacional, 1986 [ed. facsimilar].
México y las cortes españolas, 1810-1822, introd. de Nettie Lee Benson, México, Cámara de Diputados, Instituto de Investigaciones Legislativas, 1985.
Miranda, José, Las ideas y las instituciones políticas mexicanas, primera parte, 1521-1820, México, UNAM, 1978.
Rubio Mañé, José Ignacio, “Los Sanjuanistas I. Manuel Jiménez Solís, el Padre Justis”, en Boletín del Archivo General de la Nación, vol. VIII, núm. 3-4, vol. IX, núms. 1-2 y 3-4 y vol. X, núms. 1-2.
Zanolli Fabila, Betty Luisa de María Auxiliadora, La Alborada del Liberalismo Yucateco: El I Ayuntamiento Constitucional de Mérida (1912-1814), México, UNAM, Facultad de Filosofía y Letras, 1993 (Tesis para obtener el grado de Maestro en Historia).
  Liberalismo y Monopolio: Orígenes del Federalismo en las Tierras del Mayab, 2 vols., México, UNAM, Facultad de Filosofía y Letras, 1989 (Tesis para obtener el título de Licenciado en Historia).