REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 10 | 2018
   

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El 68 explicado a los jóvenes. El carácter lúdico del movimiento del 68


Gilberto Guevara Niebla

La hora de las brigadas
La manifestación del día 13 de agosto fue una demostración de fuerza, pero no produjo un cambio en el comportamiento de las autoridades. No hubo respuesta a las demandas del movimiento. Sin embargo, el CNH hizo pública una nueva declaración en la que afirmaba, entre otras cosas, que con sus demandas los estudiantes querían construir un país libre, “en el que la vida para todos fuera cada vez mejor” y agregaba esto: “Nosotros luchamos hoy para que en el futuro todos los mexicanos tengan derecho a protestar y a exigir sin que la policía y el ejército los repriman; para que no haya más presos políticos, para que los responsables de los crímenes y la violencia de las pasadas semanas sean castigados como se merecen”
—Pero si el gobierno no cedió ante semejante demostración de fuerza ¿qué lo haría cambiar de opinión? –Preguntó Estrada.
—Una presión mayor. Y eso ocurrió realmente, en los días siguientes la protesta escaló hasta alcanzar una dimensión insospechada: la actividad de las brigadas se convirtió en una verdadera ola de agitación que conmocionó a la ciudad y atrajo la solidaridad y simpatía para los estudiantes de grandes sectores de la población; se produjeron expresiones de apoyo de todas partes: académicos, artistas, sacerdotes, empleados públicos, colegios profesionales, sindicatos, comerciantes, taxistas, vendedores ambulantes y obreros. En un momento dado (15 de agosto) el consejo universitario de la UNAM formuló un conjunto de exigencias a las autoridades y manifestó su apoyo a las demandas estudiantiles. Un grupo numeroso de escritores, pintores, dramaturgos y actores se reunieron en CU y decidieron formar la Asamblea de Escritores y Artistas en apoyo al movimiento estudiantil. En esa asamblea participaban escritores como Juan Rulfo, José Revueltas, Carlos Monsiváis, José Carlos Becerra, Eraclio Zepeda y otros más; pintores como José Luis Cuevas, Manuel Felguérez, Vicente Rojo y Vlady. El vocero de dicha asamblea fue el señor Héctor Castro. Por iniciativa de los artistas se realizaron en la Universidad varios eventos, incluyendo festivales artísticos, un mural “efímero”, un maratón con música, pintura, baile y teatro, etc. El festival del domingo 18 se convirtió en una verbena popular que reunió a millares de estudiantes en la explanada de Ciudad Universitaria.
—¿Qué impacto tuvieron las brigadas?
—Fue un impacto formidable. Miles de brigadas estudiantiles salieron en esos días a la calle e invadieron, por distintos rumbos, la ciudad. En el centro, en los barrios, en las plazas, en los cines, en los autobuses, en el Metro, en los supermercados, en los mercados tradicionales, en los grandes centros comerciales, en las zonas más remotas del valle, por todas partes aparecían, de súbito, grupos de estudiantes que organizaban columnas, pequeños mítines, repartían volantes, coreaban consignas o lanzaban discursos contra la policía y el ejército y a favor del movimiento estudiantil. La ciudad comenzó a hervir bajo el impacto libertario de los grupos estudiantiles y las simpatías por los estudiantes se multiplicaban día con día y se expresaban de muchas formas. Las brigadas sacaron de su somnolencia a la urbe: recuérdese que la capital era hasta entonces una ciudad tranquila, conservadora y silenciosa, vacunada contra toda forma libre de expresión política, dominada por los valores que había impuesto el sistema de dominación simbolizado por el PRI, valores como la obediencia, la resignación y el apoliticismo. En el seno de las familias comenzaron a estallar agrias discusiones entre padres e hijos: lo que ocurría usualmente era que los padres criticaban los desórdenes causados por los estudiantes y los hijos, por el contrario, simpatizaban con el movimiento. Ése era el típico síndrome de la división generacional. Estimulados por su éxito, el entusiasmo de las masas estudiantiles aumentaba. Aquí y allá empezaron los actos políticos improvisados que congregaron a multitudes significativas: en la Zona Rosa una sola brigada logró reunir a dos mil o tres mil personas; otro tanto ocurrió en Coyoacán. En el cine de las Américas apareció un grupo de estudiantes y sublevó al auditorio. Los diarios comenzaron a documentar esos actos políticos improvisados: uno de ellos reportaba, por ejemplo, que en sólo un día se habían realizado 800 mítines. Pero un área donde la acción estudiantil suscitó disturbios directos fue el sindicalismo: las brigadas estudiantiles lograron infiltrarse a las asambleas del Sindicato Mexicano de Electricistas y en ellas llegó a hablarse directamente de estallar una huelga en apoyo a los estudiantes. La agitación en este gremio tenía orígenes remotos, pero el ambiente creado por el movimiento estudiantil contribuyó a estimular la agitación sindical. Otro tanto sucedió en algunas secciones del sindicato de petroleros que, bajo la influencia estudiantil, estuvieron a punto de estallar una “huelga salvaje”.
—Ya no hubo manifestaciones –dijo Mónica.
—Si iba a haber más manifestaciones, pero en ese momento, de apogeo del movimiento estudiantil, en un gesto de desafío a las autoridades, el CNH decidió llamar a los miembros del Congreso de la Unión a un mitin para hablar sobre el problema que planteaba para México el conflicto estudiantil. El mitin sería en la explanada de Ciudad Universitaria el día 18 de agosto. Los estudiantes querían escuchar a los representantes populares, dialogar con ellos, explorar soluciones al conflicto, ver la posibilidad de que el legislativo actuara como mediador en la contienda. La invitación a diputados y senadores se hizo de forma pública, a través de un desplegado. Ésa fue una jugada política que entrañaba el riesgo de que un grupo de legisladores decidiera asistir al mitin y formulara con vigor juicios críticos de los acontecimientos y de la conducta de los estudiantes. También podía suceder que un partido político quisiera aprovechar la oportunidad para “utilizar” al movimiento estudiantil a su favor. Pero, también podía ocurrir que los diputados y senadores no asistieran, lo cual sería mal visto por la opinión pública. Una vez más, el poder legislativo quedaría exhibido en su subordinación ante el ejecutivo. En sentido estricto, sin embargo, era difícil que un diputado o un senador pusieran en riesgo su carrera política asistiendo a una guarida estudiantil… a menos de que tuviera bajo la manga una carta oculta. Cuando llegó la hora del mitin los estudiantes esperaron con paciencia, pero ningún representante popular se hizo presente, acudió en cambio el líder de las juventudes panistas, Diego Fernández de Cevallos a quien, después de una breve consulta, se le permitió hablar. El joven panista subió a la tribuna y, de inmediato, algunos asistentes le comenzaron a gritar:
—¡Reaccionario! ¡Reaccionario!
A lo cual Fernández de Ceballos respondió:
—Son prejuicios. No me importan esas exclamaciones, en realidad mi partido, como el movimiento del que ustedes forman parte, ha sido sistemáticamente calumniado y deformado, lo cual explica los prejuicios que aquí se manifiestan.
Enseguida, el orador habló de la relación de su partido con la Universidad, “los fundadores del PAN, dijo, fueron eminentes universitarios, como Manuel Gómez Morín quien fue rector en 1933, etc.”. Habló durante 10 minutos sin interrupción. Por respeto a la verdad, hay que decir que, efectivamente, el PAN fue el único partido que declaró casi desde el principio su simpatía por el movimiento, aunque eso no se haya materializado en una acción política directa de apoyo a los estudiantes. Este episodio tuvo lugar cuando el movimiento estaba próximo a alcanzar su apogeo.
El movimiento era una fiesta
Hacia la tercera semana de agosto el movimiento estudiantil avanzaba, como una ola gigantesca que se extendía hacia todos los rincones de la urbe. El país vivía una insólita convulsión política. Algo nuevo había nacido. El espíritu de insubordinación y de revuelta despertaba ahora a nuevos grupos sociales y pronto saltó de la calle al interior de muchas oficinas públicas donde los empleados, contagiados, comenzaron a organizarse.
Otro tanto ocurría en algunos sindicatos. En las escuelas, las asambleas matutinas se abarrotaban de jóvenes poseídos de una nueva fe en el país y en la política, pero que, sobre todo, habían adquirido confianza en sí mismos. Las asambleas eran ejercicios de discusión colectiva de eficacia dudosa, pero en ellas cada uno encontraba el sentido de las cosas y tenía oportunidad de intervenir y desarrollar sus habilidades. Un nuevo sentimiento de cohesión y unidad se había forjado entre los estudiantes, cada uno de los cuales se sentía parte del “movimiento”. En realidad, los referentes del movimiento eran sencillos: era el pliego de seis demandas y era el CNH. Pero las asambleas eran también espacios donde cada estudiante tenía el medio para hacer cosas, para organizarse, para incorporarse a un grupo o realizar alguna tarea específica.
Cada escuela había ingeniado una división del trabajo propia, concebida en términos de brigadas: había brigadas de vigilancia, brigadas de propaganda, brigadas de alimentos, brigadas de finanzas, etcétera, de tal modo que cada estudiante encontraba fácilmente una manera de incorporarse a la labor colectiva dentro de la misma escuela o bien de salir a la calle a continuar con la labor de propaganda y agitación.
La alegría lo contaminaba todo. En muchos sentidos se puede decir que el movimiento era en ese momento una fiesta, una fiesta política y, al mismo tiempo, una fiesta donde los jóvenes festejaban a la vida misma que se les revelaba bajo esta forma maravillosa que es la acción colectiva. Atrás había quedado la existencia solitaria, rutinaria, prisionera de las reglas y costumbres de los adultos y en el movimiento cada uno descubría ante él nuevos horizontes para su desarrollo personal y, aunque esos horizontes eran inéditos e inciertos, el futuro individual aparecía luminoso y cargado de optimismo. La vida “en el movimiento” adquiría nuevos significados: los jóvenes se relacionaban entre ellos, hacían nuevos amigos, se enamoraban, compartían la alegría y el gozo del activismo, participaban del estado de ánimo exaltado que nace del compañerismo y el salir a la calle para enfrentar al mundo era una aventura y un riesgo que unía con fuertes lazos de solidaridad a unos con otros.
–Maestro –me dijo Mónica–, usted se emociona al recordar todo eso, pero nos dejó a la mitad con el relato de los acontecimientos.
–Tienes razón. Antes les dije que los líderes decidieron realizar una nueva manifestación que tendría lugar el martes 27 de agosto y que marcharía de Chapultepec al Zócalo y la nueva marcha, se pronosticaba, tendría una enorme concurrencia. El objetivo era llenar la plancha del Zócalo. Era un objetivo realizable dada la amplitud que había logrado la movilización. Pero en los días siguientes se darían una serie de acontecimientos insospechados. El día 22 la prensa dio a conocer un boletín de prensa emitido por la Secretaría de Gobernación: “El gobierno de la República”, decía, “expresa su mejor disposición de recibir a los representantes de maestros y estudiantes de la UNAM, del IPN y de otros centros educativos vinculados al problema existente, para cambiar impresiones con ellos y conocer en forma directa las demandas que formulen y las sugerencias que hagan a fin de resolver en definitiva el conflicto”. Como se ve, la declaración no la firmaba ningún funcionario concreto, tampoco incluyó procedimientos concretos a seguir ni hacía referencia al Consejo Nacional de Huelga o al “diálogo público” que se había convertido en axioma en la retórica estudiantil. Era una declaración y punto. No obstante, esta iniciativa abría la puerta para iniciar contactos entre las partes y para explorar caminos de solución. Tan sencillo como eso. Ésta fue la opinión de los estudiantes que formaban parte de lo que yo llamo la fracción democrática que habían desempeñado un papel crucial en la creación del CNH y que desde el inicio del movimiento habían sostenido la postura de que el objetivo era que las autoridades dieran solución a las seis demandas del pliego petitorio. En los primeros momentos este grupo logró conquistar el respeto de la mayoría de los representantes, pero con el transcurrir de los días el ambiente interno del Consejo se descompuso sobre todo por la acción de los estudiantes (marxistas) revolucionarios que buscaban no la solución del conflicto, sino el agravarlo más, con el fin de ampliar el descontento social y, eventualmente, suscitar una lucha obrera y popular violenta contra el “estado-burgués”. Eran doctrinarios y fanáticos. No escuchaban argumentos y se reducían a repetir una y otra vez sus frases estereotipadas de condena a la burguesía y a los estudiantes que, según ellos, le hacían el juego a la burguesía. Su lenguaje agresivo y su reiterada actitud de sabotear cualquier medida racional dirigida a la solución del conflicto contribuyó decisivamente para crear en el consejo una atmósfera cada vez más irrespirable y cargada de intolerancia y de odio. Junto a estos radicales estaba un grupo numeroso de provocadores, agentes encubiertos del Ejército y de la Dirección Federal de Seguridad (Secretaría de Gobernación) que se dedicaban dentro de la asamblea del CNH a sembrar la confusión y el desconcierto. Estos agentes aplaudían y solapaban las posturas disolventes de la tendencia revolucionaria. El hecho es que en el CNH se instaló la desconfianza. En este ambiente crispado llegó la propuesta de Gobernación. ¿Qué pretendía el gobierno? ¿Quería realmente negociar o se trataba solamente de una maniobra para distraer o debilitar al movimiento? Como antes dije: para los estudiantes democráticos la invitación de las autoridades era algo serio, que no podía dejarse pasar, en todo caso había que contestar a este llamado de inmediato y, en su oportunidad, investigar los verdaderos propósitos de las autoridades. Pero la racionalidad había perdido espacios importantes en la asamblea. La discusión de qué hacer en este caso, desencadenó un agitado debate donde se pronunciaron discursos incendiarios y se lanzaron acusaciones violentas contra los “reformistas”, “entreguistas”, “transas” que querían negociar dejando de lado el diálogo público. La postura de los revolucionarios fue muy contundente. Había que rechazar cualquier intento de contactar a las autoridades porque hacerlo era “traicionar al movimiento”. Al día siguiente (viernes 23), tres prominentes miembros del grupo de provocadores que actuaban encubiertos en el seno del CNH se presentaron en la asamblea para informar que “un empleado de Gobernación” se había contactado con ellos para decirles que existía disposición para entablar un diálogo del gobierno con el Consejo. El funcionario les había dado un número telefónico. Horas más tarde, tres maestros de la Coalición (Herberto Castillo, Eli de Gortari y Fausto Trejo) se presentaron en el Consejo para informar que ellos también habían recibido similares llamadas telefónicas de Gobernación. En este punto, los estudiantes democráticos propusieron que se publicara en la prensa una declaración del CNH donde se informara que el Consejo respondería a la invitación por el mismo medio (se publicó en El Día el sábado 24). Ese día, el CNH tuvo su sesión más tormentosa, durante 10 horas continuas la asamblea discutió con ardor si se respondía o no, a las llamadas telefónicas de Gobernación. Los demócratas sostenían que había que hacerlo, sin dudarlo; los revolucionarios lanzaron furiosos ataques contra la idea y los provocadores (agentes encubiertos del gobierno) se unieron a los revolucionarios para, finalmente, rechazar la propuesta de “dar respuesta a los telefonazos”.
Eran las dos de la madrugada del domingo 25, era una noche densamente oscura, tan oscura, que no se veía por delante luz alguna.

El 68 explicado a los jóvenes
El carácter lúdico del movimiento del 68