REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
26 | 09 | 2020
   

Letras, libros y revistas

Un gran alquimista


Manuel Aceves Mercenario

 Mi padre fue un hombre prodigioso y polémico, poseedor de un talento y una creatividad insuperables. Desde temprana edad, siempre acompañado de enormes sueños intelectuales, muchos libros y también de algunas carencias afectivas importantes, inicia esa carrera frenética de análisis y síntesis de la naturaleza y comportamiento humanos. Me refiero a esa tremenda habilidad de descomponer el todo en sus elementos constitutivos y de volver a unirlos de formas peculiares para crear nuevos elementos, pensamientos e ideas. De igual manera, no deja de sorprenderme la astucia y la vehemencia con la que supera y trasciende las limitaciones y la pobreza de su niñez y adolescencia. En este camino de búsqueda incesante de conocimiento y de materia prima descubre, desde luego, a muchos de los que a la postre se convertirían en sus héroes y pensadores favoritos - Kant, Hegel, Descartes, Nietzche, Schopenhauer, Jung, Tezcatlipoca y muchos más. Ninguno tan venerado como Norma, su eterna musa y el gran amor de su vida, mi madre. No tengo reminiscencia alguna sobre nuestra aventura comunista en Polonia, pero ciertamente mi padre, mi madre y yo pertenecemos al selecto grupo de Mexicanos que vivieron en carne propia la rudeza y las inclemencias del socialismo polaco. A su regreso a México, despojado de cualquier espejismo Marxista, mi padre emprende una carrera lucrativa como director creativo en las principales agencias de publicidad y también funda la maravillosa Piedra Rodante, joya icónica y pionera periodística de la contracultura mexicana. Esta etapa descubre a un Manuel Aceves inquieto, triunfador, polémico, admirado, desafiante, en constante explosión creativa.

Expropiado de la Piedra Rodante continúa su peregrinar por la publicidad mexicana y es galardonado internacionalmente por la concepción de diversas campañas publicitarias. Su reconocimiento y popularidad crecen aceleradamente entre los jerarcas de esta industria. Sin embargo, cansado de las formas y de estos “caciques” decide poco tiempo después emprender una revisión y estudio detallados de la obra de Jung, labor que eventualmente le permitiría engendrar la más grande de sus plataformas alquimistas. Tener en casa a un genio creativo trabajando sin cesar día y noche, durante un buen número de años no fue nada fácil, en especial para una esposa con cuatro hijos en plena formación. Eventualmente los sacrificios personales y familiares empezaron a rendir frutos. El alquimista había bosquejado su nuevo método y la obra final. Sólo restaban la aplicación rigurosa, la formalización, la difusión y un poco más de tiempo.La relación con mi padre durante esos años no fue la mejor. Discutimos bastante, mis reproches y crítica fueron incesantes, me alejé demasiado de él. Nuestros temperamentos y egos se enfrentaron en más de una ocasión, generando heridas y dolores internos. Su vocación y sus sueños habían generado inestabilidades financieras. Sus ahorros se habían agotado.

Ya hecho hombre y en comando de mi destino, empecé a entender el propósito vital de mi padre. Paulatinamente me fui acercando, si bien tímidamente, a él. La intensidad de las riñas disminuyó y los compartimentos aparecieron a menudo.

El alquimista culminaba mientras tanto su gran obra.

Apoyándose de algunos principios Junguianos, logra descifrar finalmente el inconsciente colectivo de los mexicanos, su naturaleza misma, sus arquetipos fundamentales. El mexicano vive, como raza, complicaciones y contradicciones internas demasiado grandes que lo inhiben, que lo dañan, que lo dejan triste, que lo hacen llorar, que lo dejan inmóvil, que lo matan. Mi padre descubre dónde se originan todos estos males y también establece los métodos para curarlos, disminuirlos y aceptarlos.

Las crisis de salud de mi madre y la muerte mi hermano Emiliano fueron momentos de angustia y de gran deterioro para todos, en especial para mi padre. El gran alquimista mostraba síntomas inequívocos de debilidad. Su vida fue transformándose en una existencia volcada al servicio de sus seres queridos. Abandonó para siempre la labor creativa y la alquimia para dedicarse a cuidar de mi madre y también aconsejar a sus hijos. Muchos consideran al Gran Zafarí, mi padre, como uno de los próceres de la contracultura mexicana y el introductor del pensamiento de Jung en México. Esto lo hacía sentir orgulloso. Hoy sabemos que es el creador de una nueva escuela de pensamiento que redescubre y redime al mexicano y a lo Mexicano. Me refiero al pensamiento Acevesiano, que harán suyo muchas generaciones venideras de psicólogos, antropólogos e historiadores.

Mi padre vivió sus últimos años de manera discreta y tranquila, cuidando a los suyos. Tuvimos la enorme fortuna de disfrutarnos grandemente durante esos años y de erradicar las culpas y los sinsabores. Pude también decirle que lo admiraba y lo amaba profundamente. Él murió entero, sin sufrimiento y en los brazos de su amada esposa.

Todos lo extrañamos, pero estoy seguro que Manuel Aceves prepara en el más allá la siguiente ola de alquimia espiritual.