REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
20 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Muere el vate Don Tomás Segovia


Francisco Turón

Nacido en Valencia, España, el 21 de mayo de 1927, Tomás Segovia es uno de los poetas más importantes de las letras en lengua española. Arrojado por la Guerra Civil Española, llegó como exiliado a nuestro país en 1940, para convertirse en una de las figuras más destacadas de la vida intelectual mexicana. Sus dotes de escritor, editor, promotor, y formador de literatos, lo hacen uno de los intelectuales más valorados y respetados en la lírica hispanoamericana actual.

La vasta obra de Tomás Segovia se encuentra en diversas antologías de poesía, como la publicada por el Fondo de Cultura Económica Poesía 1943-1999. Así como Fiel imagen, Lo inmortal y otros poemas, Misma juventud, Salir con vida, y Día tras día. Su obra narrativa se encuentra en Personario, del sello Ediciones Sin Nombre. Numerosos son los artículos, y ensayos suyos que han aparecido en revistas y periódicos hasta 1988, todos estos se recogen en 3 volúmenes, de la Universidad Nacional Autónoma de México: Ensayo I: Actitudes Contracorrientes, Ensayo II: Trulla de asuntos; Ensayo III: Sextante. Además cuenta con diversos reconocimientos nacionales e internacionales, entre los que destacan el Premio Xavier Villaurrutia (1973) por Terceto, el Premio Magda Donato (1974) y el Premio Alfonso X de Traducción en 1982, 1983 y 1984. En 1982 lo nombraron miembro de la Orden de Cultura del gobierno francés. Fue ganador del Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo en 2000, del XV Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo en 2005 y del Premio Extremadura. Se integró por completo a las instituciones culturales mexicanas, desde el Fondo de Cultura Económica hasta El Colegio de México, donde dejó una honda huella que difícilmente se podrá llenar. Asimismo recibió el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca. Se cuentan entre sus libros de poesía: La luz provisional (1950),  Apariciones (1957), Cuaderno del nómada (1978), Cantata a solas (1985), Lapso (1986), Noticia natural (1992), Fiel imagen (1996), Creación (2007) y Sonetos votivos (2007).

Como parte de esta actividad literaria, Segovia entabló profundas relaciones con sus pares mexicanos, entre las cuales destaca la larga amistad con Octavio Paz. Precisamente, sobre la poesía de Tomás Segovia, el Nobel mexicano le expresaba en una carta fechada el 25 de mayo de 1965:

“Tu texto me ha hecho pensar mucho y de la mejor manera: me ha obligado a pensar en mí mismo, en mi vida pasada y presente, en esa temible oscuridad del silencio que, al negar al otro, nos niega a nosotros mismos. Aquel refrán: ‘el que calla, otorga’ debería cambiarse por este: ‘el que calla, reniega’'.
A propósito de la entrega del Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo 2000 a Tomás Segovia, Alejandro Rossi, apuntaba que este autor era un “poeta ontológicamente desamparado, sin apoyos ni garantías metafísicas. Sabe que día a día debemos reinventarnos”.

El poeta que es Tomás Segovia, agregaba Rossi, “sabe que en la soledad y gratuidad de nuestra existencia se revela la verdad. El poeta sería el que reconoce nuestro esencial exilio. Precisamente aquí se cruza la historia, y pienso que su biografía le permitió apreciar con mayor agudeza la condición de exilio, el viaje continuo”.

“Algo debe morir, cuando algo nace”, dice un poema de Tomás Segovia. Un par de semanas antes del lamentable deceso del vate español, (acontecido el 7 de noviembre a las 14:30 horas, debido a complicaciones derivadas del cáncer de hígado que le fue detectado recientemente), nos encontramos en un Café del Centro Histórico, de la Ciudad de México. Plací de una entrañable tertulia literaria con el también dramaturgo y traductor, de autores como Breton, Foucault, y Jakobson, entre otros, que al parecer fue la última entrevista que concedió en vida. Comenzamos hablando de Cartas de un jubilado, que es un libro de 300 páginas en donde apuesta a ser una de las obras más ambiciosas y fascinantes del reconocido poeta surrealista. Se tratada de una novela escrita con brillante lírica que funciona al tiempo como radiografía sentimental, y una reflexión hacia lo femenino; pero también una poética de la seducción ante la mirada de un tercero: el lector. Segovia, retoma la figura de Don Juan, signo de una de las mayores interpretaciones de todos los tiempos orientadas hacia el amor y el deseo. Hace de su novela una poética de la seducción, y una reflexión sobre el amor, por medio de un intercambio epistolar entre dos antiguos amantes.

En el umbral de este intercambio epistolar, el paso del tiempo es subrepticio. La prisa permanente aleja. La memoria no debe ser un lastre. Juan -hombre mayor y jubilado- le escribe intensamente a Elvira, una hermosa mujer que fuera su amante años antes. Esta anécdota hace de la novela una aventura hacia la razón sentimental, la reconstrucción del deseo, y una reflexión apasionante en torno a la figura del Don Juan; un personaje que ha encontrado su sitio en múltiples manifestaciones del arte, la cultura, la literatura, la ópera y la poesía, así como la sexualidad y la muerte. He aquí una de las cartas:

“Querida Elvira:

Un paso más es no sólo liberarse de esa versión inquisitorial y podrida del amor (…) pero no por eso tiene uno el derecho a intervenir en las decisiones de esa mujer atropellando su derecho a la autonomía, a la libertad, e incluso al secreto. No sólo aceptar el derecho de una mujer a amar, o desear a otro hombre, sino no envidiarle a ese hombre la parte de esa mujer que recibe (…)
Tu Juan.
F.T.: Cartas de un jubilado es la primera novela que escribes. ¿Aquí el poeta se disfraza de novelista? o ¿Don Tomás se convierte en Don Juan?
T.S.: (Después de una franca carcajada) ¡El poeta Tomás Segovia! (continúa riendo) ¡No confundamos! (se recupera). Bueno, yo he escrito narrativa toda mi vida, las primeras cositas que escribí cuando tenía 15 años, eran narrativas. Lo que pasa es que me dicen: “que tu relato se ha publicado”. Sí, son bastantes. Pero nunca había terminado una novela. Ésta es la primera que he logrado terminar.

F.T.: Creas un Don Juan jubilado del “donjuanismo”, en una nueva dimensión que haces del mito en pleno siglo XXI. Liberas a la figura de Don Juan de todas las interpretaciones sicológicas que lo han ubicado como el hombre que resuelve su vida a base de galanterías y conquistas femeninas; lo reconcilias con ese otro hombre que encarna un diálogo interno y reflexivo, hacia el universo femenino. Hay una doble sustancia: la complicidad de dos personas mayores que fueron amantes en el pasado. ¿Cómo surge la idea de escribir esta obra?

T.S.: La idea yo creo que surge de una manera bastante intelectual. Es el tema. Por un lado, siempre me ha interesado hacer narrativa con desafíos. Por ejemplo, escribí esta novela epistolar, que es un desafío en este siglo, y otros desafíos que hay ahí. Varias veces han dicho: “Pero Tomás seguro lo resuelve”. El tema me ha interesado toda mi vida. El tema de todo ese abanico que va desde el deseo hasta la seducción pasando por el amor, y por la conquista, por los celos. En algún momento empecé a pensar que todo eso del tema del deseo, está tradicionalmente encarnado en el tema de Don Juan, que es el mito que en occidente debería correspondernos a nuestra época. Hasta ahora era el mito de Fausto, el que valía la pena. Entonces empecé a pensar que se podía hacer una novela en torno a ese mito. Y una novela no es lo mismo que un poema. Hubiera -por ejemplo- de hacer un poema sobre Don Juan, y entonces hubiera sido una cosa exaltada. Pero hacer una novela tenía que ser una cosa juguetona, irónica; porque una novela exaltada no hay quien la soporte.

F.T.: El género de la novela le permite acudir a la ficción para ejercer una realidad inmediata.

T.S.: Sí, claro. En esta época nada se puede generalizar porque hay toda clase de versiones de todo. Pero normalmente una novela lo que hace es tratar la realidad bajo la forma de ficción.

F.T.: Conquista y seducción no van de la mano, sin embargo la seducción es un tema que tiene carácter universal. Seducir está inscrito en la naturaleza humana, y sus señales son instintivas. Seducir es una disposición que activa la conducta, y promueve actitudes para contactarse con el otro desde uno mismo. El que seduce, le da vida al seducido. ¿Elvira es una seductora que sedujo al seductor? ¿Quién sedujo a quién?

T.S.: Mutuamente. Eso es lo que está diciendo Don Juan todo el tiempo: “No hay seductores, sino que son seductor-seducido, o más a menudo, seducido-seductor. Ahí -por ejemplo- mi personaje utiliza eso, y le da vueltas. El personaje del Don Juan más real, es Casanova, porque sí existió. Siempre le cuentan a uno que Casanova seducía señoras, las engañaba, y las abandonaba. Y eso quiere decir que no han leído las memorias, porque Casanova lo que está diciendo todo el tiempo es: “A mí me seducían unas señoras, entonces yo trataba de seducirlas, y luego esas señoras me engañaban a mí (ríe). ¡Eran ellas! Él algunas veces, las engañaba. Él lo dice a lo largo de sus memorias: “A mí me han engañado mucho más mujeres, que yo a ellas”. Es una idea ideológica. El personaje de Don Juan, ha sido -ideologizado- por el pensamiento que no se distingue en cierto nivel: el pensamiento católico, y el pensamiento violento, dominante, machista, y dominador.

F.T.: ¿Por qué liberar la figura de Don Juan del dogma de la iglesia, y el castigo del averno?

T.S.: ¡Claro! Por eso. Porque yo creo que lo del castigo tiene que ver con una realidad. La iglesia no es más que: “uno de los lenguajes, o el instrumento de una ideología ¿no? O, bueno, es una de las manifestaciones de la ideología. Pero la ideología, en el fondo, es la ideología del poder. Y esa ideología del poder es la que condena la seducción, porque hace una división entre el hombre, el varón, masculino, que es dominante y la pobre hembra desvalida que no tiene más remedio que seducir. Entonces para la filosofía que ha dominado todas las civilizaciones, porque todas las civilizaciones han sido machistas, incluso la nuestra todavía es machista. Para esa visión, la seducción, es una vergüenza, es una cosa innoble, porque lo que hay que hacer es imponerse, nada de seducir, sino: “Aquí, por mis pistolas, verdad”. Bien lo dice el dicho: “¡Por mis pistolas!”. Ahora, la idea que yo tengo es que eso manipula la mente de la gente, como manipula siempre la ideología. Hoy en día todos sabemos muy bien hasta qué punto estamos manipulados. Manipula la ideología durante siglos, -nublándonos la vista- para no darnos cuenta de que la seducción es la esencia misma del ser humano. Un ser humano, se hace humano, gracias a la seducción, porque nace como un animalito. El niño recién nacido tiene que humanizarse, y lo que lo humaniza, es seducir, obviamente. Sin la seducción, nadie sería humano. Decirnos que la seducción es un engaño, y es un recurso, ¡no! Es pura ideología dominante aliada con la ideología católica, claro.

F.T.: El amor parece tener cabida, aún en donde se ha abaratado el voraz consumismo que impone la globalización. En ese contexto, ya casi nadie tiene tiempo de escribir “cartas de amor”, y mucho menos epístolas. Los amantes ahora se escriben insulsos fragmentos que trivializan sus “e- mails”, o se contactan por medio de las redes sociales. Sin embargo, el recurso que escogió para escribir la novela, fue el relato enmarcado en un ejercicio epistolar. Hoy en día ese formato resulta una apuesta de alto riesgo. ¿Cómo es uno mismo en los ojos del otro, construido a través de la correspondencia de misivas?

T.S.: En ese sentido, mi novela es subversiva (ríe). Está tratando de subvertir los -no valores establecidos-. Y entre otras cosas, reivindicar la forma de la carta. Tuve un pequeño problema ahí que es que: mis personajes los tuve que situar netamente a mediados del siglo XX, para que él, que es un hombre mayor, escriba cartas bien escritas, porque un hombre más moderno, no escribiría cartas tan bien escritas como ésas. Son concesiones que uno hace a la verosimilitud. Situarlo en una época donde pueda ser creíble que un hombre escriba cartas así. Porque eso yo lo vivía. Yo antes escribía muchas cartas, y últimamente casi no he escribo cartas, escribo e-mails escuetos y ridículos, como los de todo el mundo.

F.T.: Dibujas a Elvira Ulloa como un personaje de la época en la que el socialismo era una moral. ¿Elvira son todas las mujeres en una mujer?

T.S.: En algún sentido, todas las mujeres son Elvira Ulloa, como todos los hombres son Don Juan. Hay algo que se llama la “verdad metonímica”, o como dice la frase: todos somos judío-alemanes; o todos somos el Che Guevara, pero no literalmente, claro.

F.T.: Propones que la confianza sea un componente imprescindible del juego entre tus personajes, que en definitiva son atemporales por ser míticos. ¿Cuál es el mensaje que quieres trasmitirle a los lectores de Cartas de un jubilado”?

T.S.: El primer mensaje para los lectores es: “Espero que no te aburras, espero que te diviertas leyendo esto. Que pesques los juegos. Hay muchos juegos. Que pesques por lo menos una parte de los juegos, y que te diviertan esos juegos. Y dentro de esos juegos, pues, uno va lanzando una visión, o sea, sugerir al lector que revise algunas ideas que tiene sobre la seducción, sobre Don Juan, o sobre sí mismos”.