REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 01 | 2020
   

Letras, libros y revistas

En memoria de Manuel Aceves


Norma Mercenario

Ha muerto Manuel Aceves, un hombre que se adelantó a su tiempo y a quien no se le ha dado un justo reconocimiento. De una inteligencia preclara y una cultura vastísima, realizó estudios de filosofía, historia de las religiones, sociología y psicología en México y Europa, especializándose finalmente en Carl Gustav Jung y su psicología, misma que introdujo y difundió en México. Periodista desde jovencito, editó y dirigió la revista Piedra Rodante que se convirtió en la máxima contribución al periodismo nacional y a la libertad de expresión, en certidumbre y evangelio de menores y mayores de 18 años, todos inmersos en la subcultura del rock, vehículo y medio para comunicarse entre sí y que fue clausurada en 1972. A 30 años de distancia comenta el escritor: “Veo que nuestro movimiento pese a sus excesos, no fue tan disoluto e inútil pues el número de sus aportaciones a la cultura nacional es creo deseable. Por ejemplo, está la introducción al vegetarianismo, la escuela macrobiótica en la divulgación de las filosofías mentales, el yoga y el I Ching, los viajes hacia adentro, la liberación sexual, y lo que es tal vez más importante, el descubrimiento de la psicología junguiana.” En la publicidad, Aceves fue director creativo en varias agencias importantes y ganó varias veces el tan deseado Tepruaxtli, premio a los mejores anuncios y compañías publicitarias. De él fue la campaña del Taconazo Popis que bautizó con este nombre y que de ser una zapatería populachera pasó a ser una cadena de zapaterías de moda con sucursales en las mejores colonias. Aceves, autodidacta siempre, se educó en la teoría publicitaria en maestros norteamericanos como Claude C. Hopkins, David O’Gilvy, Leo Burnett, William Bernbach entre otros. En relación con el fenómeno publicitario con Dichies, Mc Luhan, Drueker, etc.

Estudioso y luego experto en Jung y en religiones orientales, el escritor de innumerables ensayos juriguianos comenta de su libro: “Mi libro es un estudio alquimista de la psicología del mexicano. En Alquimia y Mito del Mexicano se aislaron del complejo psíquico dos de los componentes estructurales arquetípicos de nuestra mentalidad: lo mexicano y lo hispano, en lo que se compadecen y son afines, tanto como en lo que se distinguen; para luego mostrar su interrelación y como a dúo o como solistas se filtran en la conciencia, afectan el yo y determinan la personalidad.

Entre la comprensión del pensamiento de Jung, el de sus continuadores y discípulos, la lectura de los autores complementarios, el estudio de los cronistas e historiadores de Indias, (Sahagún, Deesán, Mendieta y Torquemada), la asimilación de la filosofía de lo mexicano (Antonio Caso, Samuel Ramos, Leopoldo Zea, la monografía de Justino Fernández, Paul Westheims, Miguel Cervantes Saavedra, José Ortega y Gasset y por último Freud quien me permitió entender a Don Quijote en su aspecto fundamental), median 25 años de dedicación, en este libro y en tres más: Antilaberinto, Canasta de Temas Mexicanos y Junguianos y ensayos varios con el título Historia Occidental del Ching.

Dejé a otros la labor ingente de orquestar y sumar a los protagonistas básicos el personaje del negro y conjuras tras bambalinas la sombra majestuosa de la que también somos progenie directa; el árabe andaluz y el judío neoconverso; andando el camino no habrá pierde para el viandante.
Me retiré juramentando de no abrir más la boca sobre el tema, no en amargura por el ninguneo y la falta de reconocimiento, sino seguro de que había pagado a plazo largo un ticket to ride; pero en realidad fue un vistazo retroactivo lo que me hizo votar por el silencio: yo no viví, sólo leí y no volví a abrir un libro de Jung ni de nadie; fastidiado también del papel que me tocó desempeñar de outsider, sniper y destripador cultural de ídolos, celebridades y famas.

Aún a sabiendas de que la ontología del ser del mexicano es escabrosamente la del judío marrano me contuve, al punto de reventar estos años, sin más compañía que la de mi perro Robespierre. Un sueño reiterativo y perturbador me asaltó todas las noches, arruina mi apetito y me saca de mis casillas: es un diablo predicador, encaramado en el templo de michielobos; se dice llamar “Señor Don Fray Bartolomé de las Casas o Casaus tan pronto como puse el punto final a su historia verdadera, sin torceraunladoniaotro,yanolosueñoyhevueltoamivida cotidiana.” Uno de los hallazgos fundamentales del libro es que el tener una estructura de la conciencia de tipo española, aunque nuestro ser profundo sea precolombino, nos obliga a realizar una conjunción, los opuestos alquimistas. Dijo el autor: “mi propuesta es que tenemos que reconocer nuestra herencia española sin olvidar nuestro inconsciente precolombino. Sin embargo subsiste una corriente ‘resentida’ en el sentido Nietzchiano que pretende excluir sin más la herencia española no sólo en la sangre sino en la estructura de la psique. La psique del mexicano está formada por personalidades parciales escindidas de origen racial de cuya integración y armonización depende nuestro futuro.”

En su libro Manuel Aceves rescata en primer lugar a Tezcatlipoca o Espejo Humeante, el más desprestigiado y aborrecible dios del panteón náhuatl sin omitir detalle de su bajeza y su grandeza que en él son infinitos. Quien lo llevó a estudiarlo fue el hecho de que él nació con el pelo rubio y la tez apiñonada, que su madre en un acto piadoso le ofreció al Cristo negro de La Piedad y que con los años Manuel se dio cuenta que en realidad lo había puesto al servicio del viejo paganismo. “Supongo -dijo en alguna parteque el inconsciente colectivo se valió de mis defectos y atavismos para que alguien se atreviera a denunciar los excesos de Quetzalcóatl y el maniqueísmo de su culto y de tantos dioses falsos y fetiches culturales. No se puede ignorar por más tiempo que el eterno y principal dios de México es Texcatlipoca en quien venimos, obramos y estamos.” (San Pablo) Tezcatlipoca, espejo humeante, dios supremo de México y arquetipo de la raza.

De igual manera reivindica a Doña Marina, Malinali, Malintzin o Malinche como “genio de la conquista” (Jean M. Balielón), fundadora del México Moderno y madre de la nacionalidad. Nos habla también del carácter del mexicano como “bovarismo nacional” como lo definiría Caso, en el sentido de que como Emma Bovary, el personaje de Flaubert, basta que una idea asome en nuestra conciencia para que la volvamos realidad. El arquetipo de Don Quijote, que heredamos de nuestros abuelos españoles, es igualmente bovarista ¿Acaso Ortega y Gasset no dijo que “Madame Bovary es un Don Quijote con faldas”? El Quijote puede leerse como la experiencia mitológica de una raza; es el arquetipo de los iberos y, por herencia, de los latinoamericanos modernos.

En cuanto a Antilaberinto el autor comentó “Mi propósito es psicológico junguiano. Mi perspectiva es la historia de las religiones y su método comparativo. Por lo tanto la perspectiva de Octavio Paz es diferente, él recurre a la intuición poética y a la historia para darnos su visión de lo mexicano, en cambio la mía es mitológica-alquimista, es otro el propósito aunque sea el mismo fin. De todas maneras el libro de Paz (El Laberinto de la Soledad) debe ser encuadrado dentro de este gran momento cultural cuya preocupación es la esencia del ser mexicano que a falta de otro nombre llamamos filosofía de lo mexicano.
Estos son sólo algunos temas de los que trata Manuel Aceves en Alquimia y Mito del Mexicano. Como diría alguna vez José Agustín elogiando el libro: “es un manantial de ideas, en donde por primera vez se realiza un ensayo basado en Jung, el cual nos sirve para ver nuestra realidad, para el conocimiento de nosotros mismos”.

El historiador, antropólogo y estudioso de las religiones antiguas Luis Barjau, ha escrito sobre Alquimia y Mito del Mexicano: “este libro abre una nueva discusión sobre muchos asientos de interés político, histórico, social, espiritual. La pista para entender los factores más precisos acerca de nuestra identidad está en las complejas características de la deidad más antigua del panteón mesoamericano, Tezcatlipoca. Otra virtud del libro estriba en que logra convertirse en herramienta de análisis; con eso genera la fascinación del lector que tiene entre sus manos un método de análisis casi impermeable, sin que esta totalidad acabe por convertirse en una teleología.” Es una introducción a la psicología junguiana pero no en abstracto. Es la aplicación concreta del pensamiento a un caso histórico, el mexicano. El Dr. J. Wyly del Carl G. Jung Institute of Chicago, dice que este libro es el primero en llamar la atención de las grandes implicaciones de la mitología mexicana en nuestra psicología.