REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 07 | 2019
   

Confabulario

Despertar


Derek Jean López Vergara Anaya

Desperté. Mientras abría los ojos, la luz de la luna me cubrió. Aún era de noche. Ya había perdido toda idea de cómo era el tiempo afuera de mi habitación.

Abrí la ventana, la noche era igual que una sonata de Debussy, y aun así volví a mi escritorio.

Tenía que empezar a escribir, pues no había ninguna otra razón que justificara haber dejado mi trabajo. Yo renuncié, era lo mejor para todos, además de que la gente con la que trabajaba estaría perdida sin mí. Eran unos idiotas todos, no sé ni porqué acepté el trabajo. Sí, estarían perdidos sin mí, lo sé y también por eso renuncié, pues su ruina sería mi venganza, por los años desperdiciados en esa oficina.

Tomé mi pluma. Vi la hora. No, aún no se despertaba. Ah, mi vecinita…

Desayunábamos juntos todas las mañanas. Era algo curioso, pues antes de renunciar a mi trabajo, yo apenas si había tenido tiempo para estar en mi departamento. Con todo lo que pagaba de renta y ni siquiera había ejercido el derecho de gozar del paisaje de Oriente que desde mi ventana podía contemplar. Fue en la misma mañana del día en que renuncié, cuando me di cuenta de que a mi cuarto le faltaba luz. Qué mejor forma de empezar una nueva etapa en mi vida, que con un amanecer y con ella.

Muy animado me levanté de mi cama, crucé la sala y al llegar a mi cocina, advertí que una cortina al igual que en eclipse, estaba rodeada de sol. La levanté. Y ahí, en la casa de enfrente estaba Lucía, qué bella mujer… ¡Qué tonto fui los años que viví aquí! ¡Tantas mañanas y jamás me pasó por la cabeza ver un amanecer que la incluiría a ella!

Pero tenía que actuar de inmediato: estaba parado en medio de la cocina con la ropa del día anterior. Tenía que arreglarme, bañarme, impresionarla y que no me viera en facha de desempleado. ¿Bañarme? No, no hay tiempo pensé. Me escondí detrás de la pared.

Ella estaba desayunando leía un libro o algo así. Tal vez el periódico. No por favor, todo menos el periódico. Qué horrible es la gente que lee el periódico, no hay en todo el mundo personas con menos sentido de la belleza literaria que aquellos que leen los periódicos, libros de texto o enciclopedias. Era una novela. Muy probablemente de Oscar Wilde. Si, tenía que ser una novela.

Me agaché, gateando pasé debajo de la ventana y empecé a buscar un plato o algo para disimular que desayunaba. Algo informal, nada forzado, como si fuera una mañana típica en mi espontánea y alegre, pero productiva vida. Una taza de café que obviamente rellené de agua, y un plato de cereal vacío serían mi intento de desayuno.

Me di cuenta de que nunca había tenido la necesidad de comprar comida. Cómodamente todas las mañanas en el escritorio de mi oficina aparecía un café de Starbucks, y algún tipo de mufin, beagle, baguete o lo que fuera. Probablemente era algún tipo de política o prestación de la compañía, o más triste aún, tal vez era la obra de alguno de mis subordinados, del cual nunca tuve la ocurrencia de averiguar su nombre. Una pequeña acción que seguramente implicó mucho sacrificio para alguien, puesto que nunca me faltó ni mi café ni mi beagle.

Bostecé y lánguidamente caminé a mi mesa. Sin levantar la vista empecé a disimular que desayunaba. Seguí así, esperaba algún tipo de contacto visual de su parte. De reojo podía ver su hermoso rostro, pelo negro y largo, que parecía el mar a la luz de la luna, y sus labios… estaban tan bellamente delineados, que podían ser poemas, novelas y canciones enteras, su cuello de cisne me pareció terso y blanco. De pronto, solté mi taza, cayó de mis manos y el ruido me hizo darme cuenta de lo tonto que había sido, había despertado al fin.

Punto y aparte: abandonar mi trabajo fue una regia decisión. Despedirme del trabajo, dejarlo todo y convertirme en novelista, vivir mi vida tan apasionadamente como lo haría en mis historias, con tanta euforia y pasión que le sacaría hasta la última gota a lo que el mundo me fuera a ofrecer. Entendería lo que es vivir, porque sabía perfectamente lo que era no vivir. Los colores tendrían más intensidad y el contraste entre lo que había sido y lo que sería me parecía tan claro como el rayo de luz en la noche.

Ah sí, por cierto, sí se volvió a verme. Sonrió y me gustó. Qué vida iba a tener de aquí en adelante. Todo tendría más sentido, y llevaría una vida hedonista y perfecta, sólo por el hecho de ser vivida.

Consulté de nuevo el reloj. Ya casi era hora de ver a Lucía. Miré por la ventana, ya no estaba tan obscuro y la luna se había ocultado.

La ciudad se estaba moviendo y tomaba fuerza, al ritmo de George Gershwin. Una señora gritaba, tal vez se había despertado sólo para darse cuenta de que su esposo ya no estaría con ella. Las llantas de un coche rechinaron y los primero sonidos de un claxon y de ambulancias empezaron a llenar el ambiente.

Tomé mi pluma y empecé a escribir. La pluma con la que estaba escribiendo fue de mi tío Omar, quien siempre me apoyó en mi trabajo y proyectos, pero en el momento en que supo que renuncié dejó de creer en mí. Supongo que pensó que no tenía futuro en esto de escribir, o tal vez sólo fueron celos. Aún así, él siempre fue un gran escritor y tener su pluma inspiraba a querer escribir tan bien como él.

Ya era hora, empecé mi rutina. Me bañé, me arreglé, me puse mi corbata y mi saco, llené mi plato de cereal y mi taza de café, y me senté a esperar a Lucía.

Después de un rato apareció, y se produjo un baile de miradas y sonrisas ocasionales; era hermoso, era único. Lo mejor era que esto pasaba todos los días y lentamente Lucía, se volvió el sentido de mi vida, ella parecía ser la única razón para mí, la única meta, que impulsaba mis deseos y mis sueños. Era perfecto y seguiría así por siempre.

Desperté, el primer rayo de sol entró por mi ventana y me cubrió el rostro. ¿Qué raro?, normalmente me despierto antes de que salga el sol, pensé. Caminé por la sala y me arreglé. Conforme a mi reloj aún tenía tiempo para desayunar. Tomé un plato de cereal y café. Llegué hasta la mesa de mi cocina, tiré de la persiana y allí estaba, como siempre, mi vecino con quien desayuno todos los días.

Día tras día, durante un mes, el señor que vive en la casa de enfrente ha estado pretendiendo desayunar conmigo. Hace un mes, abrió su ventana al mundo por primera ocasión. Pobrecito, se quedó quieto como una momia, parecía como si hubiera matado a alguien, bueno justo después, se escondió detrás de la pared, y al cabo de un rato llegó con un plato de cereal y su café, como si no lo hubiera visto. Bueno al principió decidí seguirle el juego, porque me divirtió durante un rato, luego me empecé a dar cuenta que todos los día usaba la misma corbata y el mismo saco. Y que siempre me veía y que ni tocaba la comida. Fue raro y me empezó a dar miedo.
Pero bueno. Acabé mi desayuno. Bajé las escaleras y me encontré al portero, Miguel. ¡Ay Miguel siempre tan amable, tan bueno, pero a veces tan indiscreto!

Le pregunté si sabia quién era el señor de la casa frente a la mía. Me dijo que no lo conocía mucho, pero que antes siempre salía de su casa exactamente a las 5:50, y que en el último mes ya no lo había visto dejarla más que para comprar comida. Le previne de que si preguntaba por mí no le diera mi nombre, pero la advertencia, me indicó, llegó tarde, pues unas semanas antes quiso saber todo de mí y Miguel le informó que me llamaba Lucía y le dio amplias referencias de mi personita. Seguí mi camino y pronto llegué a la exposición de arte.
Tres semanas llevo aquí, firmando papeles y teniendo que convivir con esta gente tan insoportable. Sé que la única razón por la que Miguel, el dueño de la galería, me dejó exponer, es porque siempre le he gustado. Yo sé que no soy tan buena, pero bueno, tengo que comer y sólo gracias a Miguel sigo aquí.
¡Ya me quiero largar! Largarme de este mundo tan retorcido, lleno de personas trastornadas, de este medio en el que todos son insoportables y egoístas. Yo quiero a alguien con un buen trabajo, estable al menos. Que no esté en la casa mucho tiempo para no tener que soportarlo 24 horas, y cuerdo al menos, no como toda esta bola de bohemios.

Al fin regresé de la exposición, ya casi estaba terminada. El camino a mi casa es de lo más tedioso. Nunca pasa nada interesante en esta ciudad podrida. Y para hacerlo peor, allí está el pervertido de mi vecino. Estaba parado en la entrada de la privada, buscando sus llaves y con una bolsa de papel llena de cajas de cereal, con su bata de desempleado.
Lucia, la detesto. Es definitivamente el peor error de mi vida. Ayer me la encontré en la entrada de nuestras casas.
El momento era perfecto, el sol se metía y el cielo estaba pintado de colores rojos y brillantes. Se volvió a verme, le sonreí y no pude resistir el deseo incontrolable y apasionado de besarla.

Lucía, la odio me empujó como si fuera un animal, un loco, un enfermo. Tantos días que me desperté para hacerle compañía en las mañanas, y me desprecia de este modo. No la quiero volver a ver, jamás quiero volver a saber de ella, es sólo un obstáculo en mi vida, que no me deja concentrar. Nunca volveré a abrir mi ventana del Oriente.

Tengo muchas ideas para mi libro, nada del desamor ni nada, sería darle demasiada importancia a ella. Se va a tratar de las ideas, de cómo llegan a tu cabeza. Cuándo me imagino una idea, ¿tuve anteriormente una idea de la idea? Como una meta-cognición, una idea sobre las ideas.

El tiempo siguió, mi libro al fin iba adquiriendo forma. De nuevo tenía una visión clara del mundo, sin distracciones ni partes borrosas. Estaba decidido y enfocado. Las palabras fluían como ríos y hoja tras hoja, día con día, me encontraba cada vez más cerca de terminarlo. Había tanta fuerza y pasión en mí, que escribirlo se estaba convirtiendo en algo totalmente surreal (palabra que tuve que inventar).

Mi novela iba a ganar todos los concursos, lo sabía, sin albergar la menor duda. Pronto recibiría una llamada de algún productor de cine y en dos años sería una película. Yo escogería al director, sería alguien totalmente fuera de Hollywood, alguien con un nombre de prestigio como Woody Allen o Peter Greenway. Mejor aún, una cara nueva con un nombre diferente que atrajera al público algo así como Derek Jean. ¡Si! Sería perfecto. Es una idea única y brillante.
Desperté, aún era de noche y por más tranquila que se veía la luna, la ciudad era como una sonata de Liszt. Grotesca por toda la gente que la habitaba. Tan árida y egoísta, que no había forma de que alguien pudiera disfrutar una noche así.
El día anterior, fui con un editor. Ésta era mi oportunidad de sacar a la luz mi obra maestra. Fue horrible, ni siquiera la leyó, sólo me dijo que si quería que la publicara, iba a tener que dar dinero. Fui con otro editor, y me dijo lo mismo.

Seguí así con la misma respuesta en todos lados, y los que se dignaron leerla, después de la primera página perdieron todo el interés. Me decían que era muy compleja y con demasiadas vueltas a las situaciones cotidianas. Llegué a mi casa, y lancé el manuscrito por la ventana. Había desperdiciado los últimos meses de mi vida. No tengo ningún plan ya, no tengo futuro, la vida me ha dado la espalda y no sé qué hacer. Me siento perdido. Tengo un sentimiento de culpa tan intenso, que no se cómo llenarlo, tal vez nunca pueda. Es un vacío inenarrable.

Desperté, mi vida era mejor ahora. La exposición de arte fue un fracaso, pero al fin conocí a alguien con quien me siento feliz. Es un productor de cine y es, como dice el lugar común “lo mejor que me ha pasado en la vida”: dejé el mundo de los artistas para convertirme en esposa de alguien importante. Es justo lo que necesitaba.

Vine a recoger algunos libros, porque al fin me mudo de aquí, lejos de todo esto. Caminé, y enfrente de la portería de Miguel, estaba tirado en la calle un montón de hojas. Parecía ser una historia. Y lo más curioso de todo: estaba firmada por mi vecino. Así que si estaba desempleado después de todo, y ahora resulta con que hizo una novela.

Desperté, el sonido del teléfono era horrible. Tengo una entrevista con un productor de cine. Ya no tengo muchas más esperanzas de este mundo, todo parece tan irreal ahora, siento que a la vida le falta pasión, drama, todo es monótono y gris (mi novela sí que tenía drama)… Y ahora me llama un estúpido productor, para darle un poco de esperanza a mis sueños, aunque sé que pronto también esta pequeña esperanza será disuelta en la dicotomía que es la vida.

Estoy manejando y no he manejado en mucho tiempo, siempre me he preguntado qué sentido tienen los semáforos, debería de haber otro sistema para controlar el tráfico. Además la mayoría del tiempo que uno espera en un semáforo nunca pasa nadie, es totalmente ilógico e inútil. Serían mejor unas glorietas, así no habría necesidad de esperar. Simplemente habría un flujo continuo de circulación. Otra luz roja, no hay nadie y no le veo el sentido a esperar aquí. Tomo el volante y avanzo...