REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
13 | 12 | 2019
   

Confabulario

Cuando las palabras se convierten en mapas


Perla Schwartz

“Vine a explorar el naufragio./
Las palabras son propósitos,/
las palabras son mapas.”

Adrienne Rich “Buceando el naufragio”

Hoy es un día luminoso, a pesar de la gelidez del ambiente. Día escindido de los contornos de la gran urbe. Una se aparta del gran bullicio que convoca a un sinnúmero de personas. Se deja entrever una potente luz, que aparece a través de la densa smoglobina.

Luz persistente que permite emprender un trayecto interior, más allá de posibles e invasivas intromisiones. A final de cuentas, nos dirá Gilles Deleuze, que todo es diferencia y al mismo tiempo es repetición y que todos: “Somos agua, tierra, luz y aire contraídos, no sólo antes de reconocerlos o de representarlos, sino antes de sentirlos.”

Conjugación de los elementos que gravitan en ese ser que se dispone a emprender un viaje, de antemano, una sabe que no hace falta moverse de un espacio determinado, para poder emprender el tan ansiado trayecto. Basta con acceder a la potencia de los giros lingüísticos y dejarse arrastrar con ellos en una aventura, de la cual siempre se ignora hacia dónde irá a desembocar.

Es entonces, cuando las palabras fluyen y se encuentran prontas a configurar mapas tan sólidos como esa textura intrínseca del universo. Palabras precisas, consistentes, capaces de evitar el naufragio. Se desatan líneas de fuga… que se van entrelazando en un devenir inabarcable.
Pero para ello, es necesario resguardarse en un cautiverio prefabricado -aunque sea por una breve temporada-, sólo así ha de surgir el caudal de los vocablos, caudal que de otra manera sería inasible.

Como diría Bachelard, tan sólo esa imaginación tendrá la capacidad de poblar contra viento y marea, la poética del espacio, en la medida en que las semejanzas queden olvidadas, y las equidistancias adquieran su peso exacto a lo largo de la travesía.

Sólo así la realidad tendrá una presencia, pero no lo suficientemente portentosa para desdibujar a la re-creación. A final de cuentas, el prodigio de las letras, es incansable en el momento en que se inicia su danza y es capaz de ganarle la batalla a la desmemoria.

Desplazarse… en la órbita de un fogoso aislamiento, donde la invención es la herramienta que aquieta las turbulencias. Se sabe que todo escrito es una trasgresión y no hay que temer para decirse, tal parece que nos murmura Marguerite Duras: “Me extirpo la sombra interna”.

Por ello, cada palabra cuenta con su propósito y su fuerza centrífuga. Lo importante es sacarla a flote del naufragio. Y es que cada una de ellas, puede ser capaz de presidir el pasaje inconmensurable de la frase, cada una es una saeta lanzada para poblar la plenitud del espacio.

Sólo así se reunirán los fragmentos dispersos del espejo y se configurará un calidoscopio insondable, se posibilitará el desprendimiento de las emociones, se superará el deterioro a que somete la inercia.

Surgirá una redondez perfecta en la cartografía del decir, una navegación continua que incita a traspasar la neblina y el polvo de la desazón. Ecología emocional para dejar de rumiar el dolor, para evitar ser sofocado por él.

La inmovilidad es vencida con el estallido constante del lenguaje. Un rito que te permites para cifrar la odisea de un estar en este mundo bamboleante. Un rito que logra sofocar al menor atisbo de soledad. Sabes como Hans Georg Gadamer que: “Cada vivencia es un momento de la vida infinita.”

Así tú vives… te esfuerzas por ser una escribana de la luz, más allá del caos y la auto conmiseración, de las posibles miradas recriminatorias. Manipulas las palabras para gravitar en una oósfera presidida por los asombros.

Te dejas ir, sabes que todo papel en blanco aspira a ser habitado más allá de los espectros y las presencias fantasmáticas. Todo papel en blanco espera ser rebasado más allá de su status virginal. Sin embargo, en más de una ocasión, el giro lingüístico se demora en arribar… suele detenerse entre los laberínticos surcos del cerebro, cuando éste no es trastocado por la carga emotiva necesaria, cuando el deseo de expresión se aletarga en un túmulo de temores.

Pero terminas por vencer la fiereza de tu deseo; por no sentir la desnudez ni ese viento que impetuoso golpetea contra la ventana, te dejas ir, por tu impulso, porque sabes como Deleuze en su magno libro Crítica y clínica: “Toda obra es un viaje, un trayecto pero que sólo recorre tal o cual camino exterior, en virtud de los caminos y de las trayectorias interiores que la componen, que constituyen su paisaje o su concierto.”

Y tú te encuentras en tu desierto soledoso componiendo un texto que aspira a encontrar las huidizas aristas de la gran poesía, ésa que configura el Alma Mater primigenia. Hoy sabes más que nunca, que escribir es un asunto de devenir, por ello debes de evitar frenarte, has de seguir impetuosa en curso, y hacer caso omiso de cualquier atadura posible.

Tan sólo, una sólida hazaña intelectual podrá redimirte al tiempo que justificará una vida conformada por saltos de mata, envuelta entre avances y retrocesos.

Pero tú has de ser clara, firme en tu proceso escritural, has de desbordarte cual yegua desbocada, al acecho de una perfección que bien sabes no es tan fácil de ser alcanzada. No te detengas… Cree en ti misma y tu poderío de hechicera, de alquimista de la palabra, no te limites, aunque tengas que profanar lo preestablecido.

Ya lo dijo el viejo Yeats: “Los sueños empiezan y acaban en la turbulencia del corazón.” Lo que importa es tener la disposición… aclarar las pulsaciones del corazón, aunque esté habitado por sentimientos contradictorios… El vaivén, ante todo.

Recuerda que el corazón es el arquero capaz de apuntar flechas hacia el infinito, el que te permitirá cruzar la densa niebla para configurar nuevos retazos de realidad. Como Truffaut has optado siempre por el reflejo de la vida a la vida misma. Es mejor poseer una fantasía desbordada que poner los pies en tierra firme, a veces ésta es en exceso movediza.

Pero fuiste capaz de despojarte de tu docilidad. De ese estar sumisa a los otros. Te has atrevido a cruzar senderos polvosos, has osado a despabilar tu mente y día con día te eriges en una guerrera invencible, y das la batalla.

Amazona que posees un alfabeto configurado con ecos transparentes. Has preferido ser la prolongación del torrente de tus emociones y pensamientos, así como de tus decires y querencias. Lo que menos deseas es estar trunca.
¡Poco importa si eres subjetiva, en la medida en que te permitas ser! Toda línea recta está conformada por múltiples rugosidades y tú bien lo sabes… y lo que importa es llegar a establecer un equilibrio más allá de la desorientación y permitir que fluyan los dones del azar.

Hay que dirigirse hacia la plenitud de la libertad, así te lo hizo saber Jorge Luis Borges en su Arte poética: “El arte debe ser como ese espejo que nos revela nuestra propia cara.” Tú te guías por la sabiduría de dicha consigna… en tu encierro forzado pero necesario has hallado nuevos asideros para no naufragar.

Te cobijas en el grafiti que es personal y universal a un mismo tiempo. Cada palabra que concatenas delinea un arco iris, el inicio de un nuevo mapa, que tal vez cristalice en nuevas texturas… hasta ayer inimaginables.

Paciente, vas desarrollando tu tarea. Es una jornada intensa, te eriges en una Madona posmoderna, quien nace ante el latido del lenguaje que puede traspasar los prejuicios milenarios, un lenguaje que apuesta hacia la liberación del vocabulario. Está determinado a derrotar el estatismo del silencio.

Y escribió el sensato Coleridge: “La lengua es la armadura de la mente humana y contiene al mismo tiempo, los trofeos de sus conquistas pasadas y las armas de sus conquistas futuras.” Escribir y escribir, y de nueva cuenta para superar el asfixiante hastío de la vida, la monotonía de los días y las horas, el estigma de haber optado ser una Mujer Des cabellada, una mujer que decidió desterrarse de su cabello para hallar esa plenitud del ser, que antes le estaba vedada.

Una Nefertiti del siglo XXI que no está dispuesta a dejarse vencer por los desencantos. Una emperatriz que aunque converse consigo misma, se sabe acompañada. Ella rebasa los límites de su melancolía sin adormecerse. Se mantiene en pie de lucha, se deja ir en el flujo continuado de su propia alegoría.

Y te desplazas para leer el mundo, a final de cuentas te das cuenta que es el tuyo propio. Estás sumergida en la escritura como lo estuviera Walter Benjamín, te comienzas en cada nueva frase, la delineas con sigilo, gozas, cada vez que logras traspasar el caos del tiempo.

Te rescatas a través de tu cráneo desnudo. Eres etérea, estás alerta al susurro continuado de tus voces… Permaneces, no te desintegras. Estás abierta a una introspección. El día continúa brillante con su sol.

El sol se funde con ese alfabeto de luz que es tu guía. Permites que aflore la escritura generosa. Poco te importa si les gusta a los otros. Te limitas a destapar la arqueología de tu ser. Buscas dejar huellas. Dinamizas tu propia historia, estás inmune ante esa intemperie que pretende avasallarte. Cierto, María Zambrano: “Toda palabra es una liberación de quien la dice.”

Dices y te dices. Trazo sobre trazo en cada línea. Sabes que el naufragio no será tu derrotero, es algo que no estás dispuesta a permitir. A pesar de que sean más las interrogantes que las respuestas. Te mantienes, prosigues.

La pasividad y la incertidumbre se quedan en los márgenes. Es tu relato de viaje y de nadie más. Ahí vas conjugando tu entendimiento, tu imaginación, lo mismo que tus deseos soterrados. Eres poeta y lo sabes.

Pero es el momento de demostrarlo. Para ello, tienes tu poética, ese péndulo hilvanado a través de intuiciones, donde tu dolor se transforma en lenguaje vivo. Más allá de los recuerdos trasterrados, más allá has de encontrar tu esencia presencial, acceso al testimonio vivo.

Por ello no debes cejar hasta que logres dibujar tu estadío de mujer errante, de mujer felizmente desgajada de su timón de control. Deberás trasponer a los embates de tu alma y salir ilesa. Te sabes malabarista que trasciende borraduras, Que combate la metástasis de su soledad.

Recuerdas y te condueles. Y recuerdas a Jacques Derrida cuando escribía: “Mis recuerdos se detenían en su propio olvido… Entonces no se trataba de recordar, sólo se trataba de explicar distintos modos de lo sucedido. He ahí mi primer dolor, ausentarme de mi propio recuerdo, de mi propio olvido, de mi propia persona.”

Y prosigues te ausentas de tu memoria /desmemoria, pero prosigues presente en la viveza de un lenguaje para que tu sensibilidad se renueve. Signo a signo, das un contundente significado a tu vida, y perteneces a un lenguaje.

Tiendes tus redes al devenir, más allá de enigmas y acertijos irresolutos. Porque has de dejar un testimonio, una conversación que metaforice una circunstancia, la tuya. Ya decía Rosi Braidotti: “Una sola vida en su radical inmanencia, en su afirmación y los conjuntos discontinuos pero sustentables de devenires.”

Porque yo soy una en el tiempo trascendido. ¡Oh maestro Brook! A pesar de los espacios vacíos, he de mantenerme incólume, y será incandescente mi materia lingüística. Me aferro a ese guión abierto dispuesto al azar.

Mi sombra y su doble… el viaje que es un tránsito continuado a la genealogía de recuerdos y a la no memoria… Me encadeno a mi propia auto representación, soy esa mujer indómita que busca su salvación. Más allá del constante remolino de catástrofes. No quiero permitir ser sojuzgada por la rigidez de las reglas. Me niego.

La luna y su inmenso poderío han de salvarme y me han de resguardar en ese jardín paradisíaco donde no he de doblegarme a la inercia de lo establecido, escribo y escribiré… Llegaré al final, sin sucumbir al tedio ni a la locura,..

Me rebelo. Soy musa de mí misma. Y comulgo con Bachelard y su Biblia de Chagall: “Soñar cobrando conciencia de que la vida es sueño, que aquello que se sueña más allá de lo vivido es cierto, vive, está allí, presente en toda su verdad, ante tus ojos.”

Yo soy, embriagada por las palabras, liberada de mis sentimientos soterrados, torno más tolerable mi vida, trasciendo mis desgarraduras… la áspera piel de mi cuerpo se suaviza. Me resguardo en mi designio de transfigurarme a través de la palabra.

P.D. Mis horas han sido entretejidas. Lo cotidiano ha logrado vislumbrar una nueva tesitura. Lentamente las palabras se han deslizado y me han embriagado. El tiempo aún no concluye para desglosar los claroscuros de la memoria.