REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 02 | 2020
   

De nuestra portada

Margarita Peña: El amarre


Ignacio Trejo Fuentes

Diré de entrada que El amarre, la nueva novela de Margarita Peña, se finca en uno de los mecanismos más nobles de la literatura narrativa: la incontenible acción dramática, ésa que obliga a los lectores a preguntarse: “¿Y luego, qué sigue?”, y por lo tanto a no despegarse ni un minuto de la obra. Y ésta posee muchas más cualidades, como el cúmulo de subhistorias, la pluralidad de escenarios y, sobre todo, mucho erotismo. Sobra señalar que Margarita conoce más que bien el oficio narrativo, sabe de técnicas, de trucos, y los aplica correcta y armoniosamente. Agreguemos que su prosa es ágil, plástica, envolvente… y entenderemos que estamos ante un coctel literario seductor.

Miranda es una joven abogada que vive en una pequeña ciudad del sur de México, y cuando conoce al arquitecto Alonso determina que ése habrá de ser el hombre de su vida, no como Ricardo, su anterior amante que la abandonó. Para eso recurre a la brujería, y consigue un amarre a base de brebajes que la atarán sin remedio a Alonso.

Luego viajan, él cumpliendo importantes compromisos profesionales, ella como asistente, secretaria y amante. Van a Brasil, donde pasan un par de meses, luego a Inglaterra, a Italia, a Alemania y otros países. Y ocurre que en varios tramos del largo y sinuoso periplo, el amarre parece flaquear, porque el tipo suele escabullirse alegando motivos de trabajo, y deja sola, prácticamente abandonada, a Miranda. En sus escapadas, él se involucra sexualmente con varias mujeres, en cada país, y como reacción de venganza, ella se enreda con guapos tipos locales; o quizá aplicando el dicho que da título a uno de los capítulos de la novela: “No es mal engañar a quien corteja con engaño”.

Ése es el núcleo de El amarre, pero como dije abundan las subhistorias, que enriquecen la trama central. Contada por un narrador omnisciente (la autora), y en parte por los dos principales protagonistas en primera persona, la historia (las historias) nos lleva a atestiguar los deslices de la pareja “amarrada”, y por añadidura a recorrer las ciudades en que se mueven. Debo apuntar que esos paseos no son turísticos, de estampita o guía de turistas, sino auténticas inmersiones en ciudades como Río de Janeiro, Londres, el Tirol, Berlín…, lo que aumenta el placer de la lectura.

Un ingrediente sustancial de la obra es la locura: aparece casi por todos lados y se apodera de los protagonistas. La reunión de amigos en un paraje solitario y nevado, por ejemplo; o la actitud suicida de la joven drogadicta, hija de una de las amantes de Alonso, que sellaría los primeros pasos del desbarrancamiento de aquél. ¿Y no es una locura que Miranda quiera retener a su hombre mediante la magia o la brujería?
Conforme progresa la historia nos convencemos que esa relación está condenada al abismo, mas no sabemos cómo se llegará a eso, de modo que seguimos leyendo para averiguarlo. Y sí, el desenlace es catastrófico, terrible, aunque como indican los cánones no voy a vender a ustedes el final: descúbranlo; sólo les garantizo que es impactante.

En la novela de Margarita hay humor, aunque sería mejor hablar de ironía y sarcasmo, y sobresalen porque aparecen en momentos de crisis, de tal manera que por momentos nos sentimos frente a un melodrama. Pero eso no es exacto, pues pese a su tono directo y conciso, es una obra altamente intelectual, donde campean la reflexión, las ideas. La cultura de Miranda, sobre todo, puede apabullar, porque tiene referencias literarias, musicales, arquitectónicas, pictóricas, etcétera, y son utilizadas para impedir que la alta tensión dramática ahogue a quien lee, primero, y a la obra misma, luego; es decir, la autora sabe dosificar una cosa y las otras, la acción y las referencias culturales y la exploración de ideas de fondo.

El amarre es profundamente erótica, y puedo asegurar que por momentos adquiere el carácter de esas novelas que se leen con una sola mano. ¿Se entiende? Y hablo de erotismo y no de abierta pornografía porque las escenas sugieren, en vez de mostrar abiertamente lo que pasa entre las sábanas, y somos nosotros quienes debemos completar las imágenes.
Casi por último, confieso que me perturba una reflexión: ¿quién fue la víctima del amarre, Alonso o la propia Miranda.

Comprenderán mi duda cuando terminen de leer el libro.
En fin, me parece que El amarre es una novela que no tiene desperdicio y su autora, Margarita Peña, se pone al nivel de escritoras como Elena Garro, Rosario Castellanos, Inés Arredondo, Amparo Dávila o María Luisa Puga, lo que no es poca cosa. ¿O sí?