REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 11 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Shakespeare y la Tragedia Griega


Elsa Cano

El poeta inglés Thomas S. Elliot afirmaba que cada generación necesita de sus propios críticos y de sus propios traductores, porque la tradición es cambiante, no es una acumulación indiferenciada de datos. Lo que importa de la literatura es el conocimiento de la vida. Cada época ha vuelto la mirada atrás y ha rescatado parte del pasado, de acuerdo a otros marcos culturales. Los clásicos (y por eso lo son), han podido enseñar algo a cada una de las generaciones que les siguieron. El período isabelino no fue la excepción William Shakespeare tuvo el talento necesario para comprender y aprehender la esencia de la cultura grecolatina.

La hermenéutica literaria es el arte de interpretar textos, especialmente si estos se consideran sagrados. La relación entre los estudios literarios y la historia cada vez más evidente, sobre todo porque en ambas áreas de conocimiento está presente la interpretación. Esta actividad intelectual se hace presente cuando se efectúa la lectura. El texto literario existe sólo en el acto de ser leído. Su realización como texto exige la participación activa del lector. Así la obra literaria está destinada a un lector y necesita de él para existir.

El texto se hace realidad cuando se le interpreta. Una verdadera comprensión implica recuperar los conceptos de un pasado histórico de manera que contengan al mismo tiempo nuestra propia comprensión. Esta hermenéutica tiene una naturaleza histórica; de tal manera que cualquier interpretación es producto de la experiencia vital de la persona, misma que está vinculada a un tiempo y a un espacio. La obra también es producida por un individuo, por tanto igualmente está anclada a una temporalidad y una ubicación.

Hans George Gadamer, en su libro Verdad y Método afirma que: “No es la historia la que nos pertenece, sino que somos nosotros los que pertenecemos a ella. Mucho antes de que nosotros nos comprendamos a nosotros mismos en la reflexión, nos estamos comprendiendo ya de una manera autoevidente en la familia, la sociedad y el estado en que vivimos. La lente de la subjetividad es un espejo deformante. La autorreflexión del individuo no es más que una chispa en la corriente cerrada de la vida histórica. Por eso los prejuicios de una persona son, mucho más que sus juicios, la realidad histórica de un ser”.

Comprender un texto literario significa estar vinculado al asunto que se expresa a través de la tradición desde la que habla el texto. Por ello resulta muy difícil acercarse a textos fuera del contexto cultural del lector. Cada época entiende un texto de una manera peculiar, ya que ese texto forma parte de una tradición por lo que cada época tiene un interés objetivo y en la que intenta comprenderse a sí misma.

De aquí inferimos que el sentido de un texto tal como se presenta a su lector no depende del aspecto que presentaba a su autor o a su público original; sino que está determinado por la situación de su intérprete y éste a su vez, por todo el proceso histórico. La lectura de cualquier texto está determinada por nuestra visión del mundo, nuestros prejuicios, conjunto que forma el horizonte de un presente, desde el cual comprendemos y más allá del cual no se puede ver.
Ahora bien, después del derrumbe del Imperio Romano, generaciones de guerra y peste destruyeron su cultura con rapidez. Entre los bárbaros del norte (suevos, alanos, godos, hunos, visigodos, etc.), el arte de la escritura era poco común. La lengua y la literatura latina clásica sobrevivieron en las bibliotecas y escuelas eclesiásticas. Los monjes conservaron y copiaron muchos manuscritos, tarea impuesta por la disciplina monástica.

El Renacimiento exhumó las obras de los autores clásicos. La revelación de las formas literarias grecolatinas, junto con la introducción de tantos recursos estilísticos, el enriquecimiento de la lengua y el acopio de materiales proporcionado por la historia y las leyendas clásicas, estimularon la más grande producción de obras maestras que ha presentado el mundo moderno. El redescubrimiento de las culturas clásicas fue algo más que una adquisición de los libros en una biblioteca. Trajo consigo una expansión de todas las artes.

Shakespeare experimentó una fuerte influencia clásica. De las cuarenta obras de teatro que escribió, 37 fueron puestas en escena; tres tratan de historia romana: Antonio y Cleopatra, Julio César y Coriolano. Y dos transcurren en ambiente griego: Timón de Athenas y Troilo y Crésida.

Shakespeare tomó varios de los argumentos de las biografías romanas de Plutarco. Troilo y Crésida es una obra de madurez que narra una leyenda romántica de la guerra de Troya. Troilo es hijo de Príamo, el rey de Troya, por lo tanto es hermano de Héctor, de Paris, de Casandra y de Polixena. Crésida es hija de Calcas, un sacerdote troyano. Troilo está enamorado de Crésida, pero ella no lo ama y piensa que Aquiles, Héctor o Paris son más atractivos que Troilo.

Pándaro, es tío de Crésida y es el correveidile de los dos personajes centrales. Cabe señalar aquí, que cuando en la obra se habla de Ayax, de Héctor o de Paris y Helena se narran sus historias personales; esto demuestra que el dramaturgo inglés tenía un conocimiento profundo de los mitos griegos a pesar de que su amigo Ben Jonson expresara lo contrario. Cuando por fin se entienden Troilo y Crésida deben separarse porque ella será cambiada por el esclavo Atenor. Pero ella traiciona a Troilo y se entrega a Diómedes.

Troilo y Crésida narra una leyenda romántica de la guerra de Troya. La ambientación es griega, pero la hermenéutica que realiza Shakespeare es renacentista. Nos muestra el lado humano de los personajes. Veamos: Troilo se burla de las heridas que ha recibido Paris en batalla: “Que sangre Paris, está herido por los cuernos de Menelao”.

Héctor se resiste a seguir la guerra por Helena: “No vale lo que nos cuesta guardarla”. Diómedes recrimina a Paris de ser un libertino que desea tener hijos salidos de los lomos de una ramera. Troilo se queja de tener que pelear por Helena: “No puedo combatir por tal causa, es un motivo demasiado endeble para mi espada”. Es decir, que Shakespeare censura claramente la conducta de la bella Helena y manifiesta la inconformidad de los guerreros griegos y troyanos.

Pero la verdadera presencia clásica de la tragedia en las obras de Shakespeare es evidente en la estructura. La tragedia griega es cósmica, teocéntrica; el destino es una fuerza inevitable que no depende del hombre, es algo cósmico que está más allá de lo humano. El hombre no puede luchar contra los dioses.

La hermenéutica que realiza Shakespeare es una vez más, renacentista. En sus tragedias el destino es humano y está llevado por las circunstancias; generalmente, pero no siempre, este destino lo representa un personaje: por ejemplo: en Romeo y Julieta el destino son las dos familias, es decir, los Montesco y los Capuleto. En Otelo el destino es Yago; así el hombre triunfa por su propio esfuerzo, el hombre tiene un valor autónomo en relación a las fuerzas que lo rodean: castigo y perdón son responsabilidad del individuo. Es decir entonces, que la tragedia de Shakespeare es antropocéntrica y no podía ser de otra manera puesto que en el Renacimiento el centro de todas las cosas es el hombre. Dada la hermenéutica el final de las tragedias de Shakespeare es renacentista. Por ello se basó en los clásicos, pero tiempo después él también se convirtió en un clásico.