REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 10 | 2020
   

De nuestra portada

Historia de lo inmediato de Renato Leduc


Luz García Martínez

Elegir entre varios libros, para escribir una tarea en un curso que tomé con Christopher Domínguez Michael, maestro de la crítica literaria, en el Centro Nacional de la Artes en noviembre pasado, fue una decisión difícil. En un librero de metal, asoman los nombres de los clásicos y de autores como Oscar Wilde, Gabriel García Márquez, Alberto Moravia, Octavio Paz, Ernesto Sábato y otros. De pronto, mi mirada se centró en la colección de Lecturas Mexicanas (editada por el Fondo de Cultura Económica y la SEP en 1984), que mi hermano Evaristo coleccionó en entregas semanales que compraba en un puesto de periódicos y sentí nostalgia al ver la portada correspondiente al número 62: la fotografía del teclado de una vieja máquina de escribir Olivetti y la cinta de nylon negra-roja que se adquiría en cualquier papelería y recordé cómo aprendí mecanografía en una de esas máquinas, cuando cursaba la secundaria.

Esta portada corresponde al libro Historia de lo inmediato de Renato Leduc, que nació el 15 de noviembre de 1897 en Tlalpan y murió en octubre de 1986. Apasionado cronista taurino, el “poeta del arrabal” como lo llamó Octavio Paz, escribió El aula, 1924, entre otros poemarios y decía que sólo había leído en su vida a tres poetas como influencias en su poesía: Luis Carlos López, Efrén Rebolledo y Ramón López Velarde.

Premio Nacional de Periodismo en 1977, escribió en los periódicos Excélsior, Esto y la revista Siempre! y a quien recuerdo haber visto en algunos programas de televisión y de quien recuerdo su “Soneto del tiempo”: “Sabia virtud de conocer el tiempo, a tiempo amar y desatarse a tiempo”, me parecía un hombre adusto y comencé a leer el prólogo de su obra. ¿Por qué escogí este material y no otro...? Lo escogí porque fue el que tenía más a mano. Entre las decenas o las centenas de kilos de papel mecanografiado producto de más de treinta años de tarea periodística, es muy difícil realizar la rigurosa selección de las doscientas mejores cuartillas...: “Quizá éstas que ahora entrego al FCE no sean las mejores... pero tal vez tampoco sean las peores...” Renato Leduc.

El libro presenta más de diez crónicas sobre variados temas y una “Autominibiografía”, donde Renato Leduc, narra que su abuelo fue un soldado francés, “un zuavo normando de las tropas invasoras del marechal Bazaine”. Fue hijo de Alberto Leduc, periodista de El diario del Hogar de don Filomeno Mata y El País de don Trinidad Sánchez Santos, que escribía como todos los reporteros de la época, lo mismo de policía que de sociales. Su madre, Amalia López, era del rumbo de Calpulalpan. “Durante mi niñez en Tlalpan... ahí escuché las primeras palabras que entendí y que nunca he olvidado. Fue un grito de mi madre a su hermanita Ángela: -“Ángela, tráete un veinte de priscos...”

Cuenta que de vivir en ese pueblo natal, llegó a la Villa de Guadalupe: “... sólo puedo decir que un día el verde, frondoso, amable paisaje tlalpeño se me convirtió en el gris, polvoriento y triste de la Villa de Guadalupe que desde un principio me traumó de melancolía y desaliento.” En la Villa de Guadalupe, en la calle de Montiel pasó el resto de su niñez y parte de su adolescencia. “Todavía a principios de siglo en la católica Villita, con la leyenda de la aparición de la virgencita morena patrona de América, coexistía la de la “Llorona... Nunca oí semejantes lúgubres gemidos, pero la sola posibilidad de escucharlos me paraba los pelos de punta”

Describe con añoranza a su maestra de quinto año en la primaria, la señorita Isabel: “Oyéndola leer en clase el relato de las guerras médicas... al comentar la batalla de Las Termópilas, se me despertó el amor a los griegos, a su literatura y a su historia...”

Estudió en la Escuela Nacional de Telégrafos, situada en la calle de Donceles, junto al manicomio de mujeres. “Cumplidos más de tres semestres de estudio, a mediados del fatídico año 1913, salí de la escuela listo para todo el servicio. El asesinato del presidente Madero estaba reciente. Su asesino, el usurpador régimen cuartelero del gorilato; la Revolución vengadora y redentora rodaba ya por todos los rumbos de la República, incitando a los espíritus libertarios o simplemente aventureros a incorporársele. Como a tantos muchachos de la época, la pujanza carismática de Pancho Villa me sedujo... y fui a dar al Norte... Como todo en esta vida la Revolución llegó a su fin. Como decían los batalladores jefes que la hicieron, ‘degeneró en gobierno’... Me trasladé a la ciudad de México y me inscribí en la Universidad... Mi condición de exvillista me dio prestigio y me abrió puertas.”

El homosexualismo, un timbre de gloria

Enrique Serna escribe en su artículo “Renato Leduc: el paso del desdén” (Letras Libres, Giros Negros, Mayo 2001): “Al parecer, en los años 30 Leduc se sintió amenazado por el predominio de los homosexuales en la vida cultural mexicana y creyó necesario escribir un AntiCorydón que en pleno siglo XXI se lee como una curiosidad arqueológica.” Este relato aparece en Historia de lo inmediato, “El “Anti-Corydon” -señala Renato Leduc-, capítulo de mis Banquetes, es una diatriba más piadosa que violenta contra al Corydón de André Gide, Biblia de los intelectuales maricones de los años veinte. Como el homosexualismo se ha extendido a todas las clases sociales, incluso a las analfabetas, ya no necesitan Biblia que les guíe. Ahora los maricas son todos ellos librepensadores cuando no francamente anarquizantes. Sin embargo, como aparte de sus móviles y motivos, la mariconería es un hecho real, actual y objetivo, no creo que mi articulejo al respecto resulte anticuado o demodé.
La feria de abril es otra crónica que habla de los homosexuales que Renato Leduc veía cuando trabajó como telegrafista en Zacatecas y era conocido por su contraseña como el “YE” de Zacatecas, que transmitía los mensajes a un conocido, el “RA” de Aguascalientes, Sergio Valverde, en 1912, con quien Leduc trabó amistad durante nueve meses a través de la hebra “como se le llamaba en el caló profesional a los alambres telegráficos”, señas que se han transformado en el presente en los nombres que utilizamos en nuestro correos electrónicos o email: “cochinitopeludo”, “mangosaborfresa”, “holaclose”, etc.
“.... La recepción tumultuosa y cálida que amplios sectores del pueblo de Aguascalientes tributaban a la tradicional caravana de maricones vendedores de pollo, enchiladas y otros antojitos que, en carretas y carretelas llegaban por el polvoriento camino de Los Altos para inaugurar la feria.”

Y narra también el famoso suceso que Carlos Monsiváis llamó “la primera redada homófoba del siglo XX”, del sábado 17 de noviembre de 2001, conocido como el “41”: en una fiesta privada realizada en el Centro Histórico de hombres homosexuales y bisexuales, la policía porfirista irrumpe en el lugar y aprende por faltas a la moral a 42 personas, pero entre los detenidos estaba un yerno de Porfirio Díaz que fue liberado de inmediato por lo cual quedaron solo “41”, y Renato Leduc señala : “... El novedoso deporte hizo escuela, pues por aquellos mismos días la policía irrumpió en un baile de sociedad en el que cuarenta y un filántropos –como llamaba Salvador Novo (q.e.p.d.) a los militantes de esta sectase consagraban jubilosamente a la práctica de la máxima evangélica “Amaos los unos a los otros”.

“Pero el clou –como dicen los franceses-, o la cereza del helado de la feria, son los puestos de pollo de los maricones... En ellos se duplica todo el repertorio del cine nacional: Hay la Pinal, la Tongolele, la María Félix, Toña la Negra, etcétera... Ahora las cosas están cambiando. El homosexualismo es ya casi un timbre de gloria. “Para hacer carrera en el Servicio Exterior... en México se requiere ser maricón o heredo-porfirista”. Y el musicólogo Paco de la Barrera (q.e.p.d.) murmuraba: “Algo debe tener esto... Conozco infinidad de putas regeneradas... pero no he visto todavía un sólo maricón arrepentido...”

Esta crónica me hizo recordar a mi hermano Evaristo Mario que murió de VIH en 1996 y los relatos que me contaba sobre las osadías que tuvo que pasar cuando era un joven estudiante en la Facultad de Arquitectura de la UNAM y los prejuicios de algunos maestros y compañeros por su preferencia sexual. Me narraba las vejaciones, los acosos y “razzias” que sufría él y sus amigos por ser “maricones”, como los nombra Renato Leduc.

Conocí la preferencia sexual de mi hermano cuando el médico familiar le mandó a realizarse la prueba Elisa en 1993, y saliendo del consultorio me dijo: “María, yo juré jamás decirles a ustedes que soy homosexual por todos los prejuicios que existen, siempre quise proteger a mi familia que para mí es lo más importante” y al preguntarle quién era él verdaderamente, contestó: “El que salía en la noche a caminar sobre avenida Insurgentes, para buscar con la mirada mi verdadero ser...”
Recuerdo que comenzó a padecer gripe constante, perdió el apetito y bajó más de 10 kilos de peso en un mes. Tenía un gran cansancio, fiebres nocturnas y un dolor intenso en los ganglios. “Pensé que quizá tenía una fuerte bronquitis, jamás imaginé tener SIDA, esto era un tema que sólo existía en lo que leía en los periódicos y revistas, tan irreal y tan lejos de mi vida. Cuando el médico me informó que estaba enfermo de SIDA, me dijo que era urgente que me internara, que él no podía ni quería tratarme, que estaba en la fase terminal y que sólo viviría dos meses; nunca pronunció una palabra de consuelo ni quiso volver a atenderme... Afortunadamente mi familia comprendió mi problema e iniciamos una intensa búsqueda con otros médicos privados para iniciar algún tratamiento. En mi desesperación acudimos con homeópatas y yerberos que aseguraban me curarían y después de un año de que se me había detectado el VIH, finalmente llegamos a la Clínica 25 del Instituto Mexicano del Seguro Social, donde he recibido un inmejorable trato... Pero nunca olvidaré que en el Hospital de Nutrición, después de una larga espera, el trato que me dio un médico cuando detrás de un mostrador, casi gritando me dijo: ¿cuándo te contagiaste del VIH? ¿Eres promiscuo? ¿Eres casado o soltero?

¿Eres homosexual?...” Continuaba relatando Evaristo, mientras esperábamos, como todos los lunes, que el médico especialista en el área de SIDA de la Clínica 25, autorizara la aplicación del ganciclovir, medicamento que le aplicaban vía intravenosa para combatir el citomegalovirus, enfermedad que le produjo la pérdida de la visión en su ojo derecho. Y con profunda melancolía, observando cómo entraba lentamente el medicamento en sus venas, refería: “A veces, todo esto me parece un profundo sueño del cual quiero despertar. Los días son agobiantes, de profunda tristeza... Es terrible el peso de esta enfermedad, más aún cuando saben que eres homosexual... La gente te observa, alguna con compasión, pero casi toda como el personaje teatral de lo intocable y lo prohibido... Nosotros vemos en ella, el reflejo de lo que fuimos.”

Lo intocable y lo prohibido... En uno de esos ataques, quizá el más vulnerable, reside en el sentido de la vida y la percepción de la sexualidad: el erotismo y el amor. Porque el SIDA, toca el aspecto más íntimo de nuestro ser y la libertad propia de la preferencia sexual. Y aún con toda la información que actualmente existe, en el caso particular de la sociedad mexicana, ésta ve en su mayoría al SIDA, como algo lejano y quizá improbable cuando es el reflejo de un desafiante espejo del cual podemos formar parte cada uno de nosotros.
Otro tema milenario que toca Renato Leduc es el de la prostitución: “Llegamos a la antigua calle de La Amargura (hoy Garibaldi) en cuya acera sur se enfilaba una serie de hoteluchos de paso. En las puertas hacían guarda, como centinelas, pelotones de mariposillas de todos los pelos, pintas y edades”. Siendo una “criadita indígena endomingada, su “primera educadora sexual”. Prostitución cotidiana que seguimos viendo en las calles del centro histórico como son Izazaga y Loreto, donde infinidad de jóvenes niñas ahora con sus celulares en la mano, esperan pacientemente a sus clientes, afuera de los comercios y se mezclan con la gente que transita por las calles.

Refiere que estuvo con Pancho Villa en el norte y después se traslada a la ciudad de México para ingresar a la universidad, pero su condición de exvillista le dio prestigio y le abrió puertas como el ir comisionado por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público a París donde reside ocho años y se limita sólo a divertirse, pero también fue testigo de la Guerra Civil Española, la derrota de los ejércitos aliados y la ocupación de París por los nazis, donde conoció “a Hitler y a otros inmundos superhombres de esa calaña...”, para posteriormente dedicarse al periodismo.

Leduc señala en la advertencia del libro: “Gran parte de las obras completas de don Alfonso Reyes son artículos de periódico que aún se leen con delectación quizá porque la pureza del estilo compensa la trivialidad de los temas. Yo, por mi parte, volvería a leer gustoso las “Crónicas hebdomadarias” y el “Nueva York de día y de noche” que publicaban en El Universal respectivamente don Rafael López y José Juan Tablada... o bien, las entrevistas del uruguayo Soiza Reilly.”
Las crónicas de Historia de lo inmediato nos hacen ver también un pasado latente, feroz, crucial e inquietante pero que sigue vivo. ¿Qué relataría ahora Renato Leduc con su agudeza, ingenio e ironía sobre los plantones y marchas caóticas en la ciudad, de las bodas gay y el tema del narcotráfico? ¿Qué escribiría de la programación de Televisa y TV Azteca; así como de las revistas semanales de espectáculos (TV Notas, Mi Guía, TV Novelas) que presentan imágenes de “las actrices y cantantes” casi desnudas en portadas, imágenes que antes eran las portadas de periódicos consagrados a asuntos criminales de los años 60 y 70 como era Casos de Alarma (y ahora El metro)?

Historia de lo inmediato obra de Renato Leduc, es un libro de 109 páginas que también yo “cogí porque fue el que tenía más a mano” y me sorprendió su lectura gozosa que nos hace comprender que toda historia de lo inmediato, es también una referencia visual a un pasado que se hace siempre presente.