REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

¿Es bella arte la mentira?


Daniel Dueñas

Recuerdo haber leído en aquellos felices años de mi primera juventud, cuando vivíamos los mexicanos en la utopía de una patria feliz, en una de las novelas del humorista español Enrique Jardiel Poncela, la presencia de un personaje llamado doctor Eusebius J. Flagg, que se ostentaba como el hombre más mentiroso del mundo, como el ser humano que podía decir las más grandes mentiras, virtud que aprovechaba para vivir de ella, presentándose en escenarios teatrales, divirtiendo al público y cobrando por ello.

Al través de los años, asaz llevados a cuestas, he tenido la oportunidad de toparme con varios Eusebius J. Flagg, mentirosos en todos los campos de la sociedad, mentirosos en la medicina, en las leyes, en el arte, la cultura, mentirosos novelistas y poetas, mentirosos a montones en el ámbito de los negocios, mentirosos de a butte en las lides amorosas, expertos en la mentira histórica, pero sobre todo, mentirosos en el ejercicio de la política, malabaristas de la promesa-mentira, magos de la mentira de la esperanza, sublimes en el discurso mentiroso del luminoso porvenir que tenemos merced a sus programas de gobierno, plagados con toda clase de mentiras que van de comida, techo y lecho para todos, mejores sueldos con menos horas y responsabilidades laborales, cuna, escuela, universidad gratuitas, total libertad y paz, seguridad en las calles, todo dentro de un México más mejor.

Sí, amigo rodeado por el mar de la mentira, dentro de ese mítico México más mejor que no existe, más bien dicho, no existirá, salvo en los discursos mentirosos y campaneros de los políticos de ayer, hoy y mañana, de aquí, de allá y acullá, raza cuasi universal que se reproduce al paso de los años, de los sexenios en México, en cada etapa de la historia nacional y estatal, siempre con los suficientes artesanos y artistas de la mentira, maestros de ese métier, dirían los gabachos, tan socorrido y adoptado por todos y cada uno de los partidos políticos, por todas las organizaciones sociales, por los grupos industriales, por los cenáculos de los intelectuales y, principalmente, por las agencias dedicadas a publicitar la venta de todos esos artículos que no necesitamos, pero sí consumimos. Como digo arriba, los mentirosos los encontramos por doquier, a diario los escuchamos, vemos y leemos en los medios de comunicación, porque ni modo que nos perdamos la diaria cantinela presidencial que hoy más que nunca le estamos ganado la batalla al narcotráfico y, por ende, al crimen organizado, palabras y gestos acompañados de cifras de tantas toneladas de marihuana y tantas de cocaína requisadas, de los tambos de químicos para la fabricación de drogas sintéticas, amén de los “spots” que prácticamente dan por terminada y ganada esa guerra absurda que nunca debió iniciarse y que por desgracia, haciendo a un lado las mentiras, vamos a considerarlas piadosas, se fortalece más al bando de la delincuencia y, con pavor, vemos que es cuento de nunca acabar.

Las desgracias naturales, por su lado, alimentan las mentiras gubernamentales, esas mentiras nada piadosas, que nos dicen de la ayuda a quienes sufren sed y hambre, que nunca reciben completas las toneladas de alimento, medicina y ropa, en su mayoría donada por la propia sociedad mexicana a sus hermanos en desgracia, pero que las autoridades no distribuyen a tiempo o, como sucede a menudo, se queda en manos de vivales que comercian con ellas, sin que los responsables de tan criminales ilícitos reciban las sanciones legales que ameritan.

Mentiras, mentiras, mentiras, diría Shakespeare, pues vivimos inmersos en un mundo de mentiras, de tal magnitud que nos quieren hacer creer que México es la doceava economía del mundo a pesar de que el ochenta por ciento de la población es pobre, que somos inmensamente ricos al contar con cientos de miles de millones de dólares de reserva, al tiempo que con cuarenta millones de indigentes, que tenemos macroeconomía poderosa pero de microeconomía inexistente, y así nos podemos ir de mentira en mentira, hasta llegar a la conclusión que si Thomas de Quincey calificaba al asesinato como a una de las bellas artes, los mexicanos bien podemos colocar a la mentira histórica como bella arte. O, mejor dicho: ¿bello asesinato?