REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

Tranco I
Aunque ahora las sequías pegan duro en varios estados de la república, y el ganado muere por falta de agua y los sembradíos se secan y se pierden sin remedio. Y claro, la gente del campo sufre la pena gorda ante tales desfiguros climáticos. También -por otro lado- es claro para toda la raza que los políticos de este Mexicalpan de las Ingratas trabajan para el “pueblo” -le atinó, lectora singular y rumbera, el “pueblo” son ellos y sus familias y todos los que forman la clase dominante-, trabajan, digo, para sus clanes y para obtener beneficios propios y acumular poder y hundir a este México lindo y querido en la nada sartreana, y así, a lo largo de estos pasados años se ha ido perdiendo la soberanía, la libertad, el honor, y de la república que era mexicana, hoy es un remedo del país ideado por Juárez y los hombres de la Reforma, México -para acabar pronto- es hoy una cuna de traidores a la Revolución del 17. Y no existe, por ejemplo, un político que resista una auditoría revolucionaria. No, qué va. Pero mire usted lectora mía, yo quería hablar, y lo hablaré, de otro de los males recurrentes. Me refiero a los fenómenos naturales. Y digo que no sólo las lluvias nos azotan sin piedad alguna, no sólo las tormentas acuosas se ciernen sobre estas tierras mexicas, sino también los rayos y las centellas y los truenos se abaten sobre nuestros pobres cuerpos doloridos. Cierto, la naturaleza no se conforma con lanzarnos lluvias pertinaces y mojadoras, no, no se contenta con ponernos a nadar sin traer traje de baño, no sólo se pone feliz al vernos naufragar, al vernos como apenas logramos rescatar del caudal de agua furiosa dos o tres pertenencias miserables, no, las nubes cargadas de líquido van y vienen y luego, cuando lo desean, derraman su contenido a lo largo y ancho de lo que nos queda de república mexicana. Sí, lo vemos y vemos cómo los ríos se desbordan implacables, las presas que se saturan y revientan, arroyos que se ensanchan peligrosamente, lagunas que se hartan de recibir el líquido y que luego, llenas, la sueltan por arriba de sus compuertas inundando terrenos labrantíos, anegando tierras donde antes se mecían las apacibles milpas. Ante tales embates, en donde el agua se place en desintegrar bardas, derribar techos y tumbar casas y además exponer con ello a los habitantes de los lugares afectados y además les causa severos castigos, severos sufrimientos que le dejará marcas imborrables. Ante ello ¿qué hacer? Nada. Sólo queda el aguantar vara. Así pasa cuando sucede: muerte y desolación es lo que dejan a su paso esas tristes y furiosas tormentas septembrinas -o cuando a los huracanes les toca el turno, entonces sí, ante sus ataques demoledores ya ni llorar es bueno-. Y ante esas calamidades bíblicas, ante esas iras divinas y celestiales habrá que agregar -y lo digo en serio- los castigos que los políticos en turno nos endilgan. A los males tormentosos habrá que agregar los más de cincuenta mil muertos habidos en el régimen calderonista, habrá que sumar las mentiras o verdades a medias que a diario nos endilgan los políticos mexicas en sus tristemente célebres campañas electoreras. ¡Ay! Tres veces ¡Ay! Sí, qué pena penita, qué dolor tan profundo, pero sobre todo -y eso ya es demasiado aguante- qué vergüenza es la que nos causan, como arriba anoté, los discursos y las promesas de los polacos que se candidatean para la silla grande. Y entonces, amigas insumisas, amigas no pripanistas, ante esos azoros, ante esos atropellos a la moral republicana, ante la impunidad manifiesta, cuando la lluvia me amenaza, cuando las calles se tornan ríos, cuando los rayos y los truenos que lanzan con singular alegría toda su furia, cuando las presas están prestas a reventar, cuando las vasquezmotas nos van a lanzar un discurso prometedor, yo, ni tardo ni perezoso, corro, corro, y rápido, rápido busco refugio, busco abrigo, busco paz, busco tranquilidad, y créamelo usted, lectora pluscuamperfecta y bailadora, encuentro ese remanso, sí, vaya que lo encuentro. Y sí, también le atinó usted, lectora juarista, le atinó, todo esta calma la encuentro en mi democrático lugar, en Mi Oficina. Así que sin preámbulos, entro, me siento en mi mesa que mira la calle, María, mi hermosa María, la de los senos que son dos Paricutines indisolubles y bellos y cuyas piernas son las columnas de Afrodita no remilgosa, y que después del abrazo que dura toda la eternidad del rayo, me sirve una ringlera de caballitos de tequila blanco, del que raspa, claro. Y enseguida me pone el molcajete con unas rajas de queso Cotija y unos chilitos serranos bien toreados, y que al lado hermosean humeantes unas chilaquiles picantes y olorosos… y… a entrarle, compadre, a llegarle duro al bastimento, comadre. Y… y a olvidar a los polacos mentirosos que trabajan para el “pueblo”, y a olvidar las tormentas citadinas y a no hacerles caso a los candidatos a la grande y olvidar sus discursos lecheros y a beber, a beber y a beber y a dejar que el mundo ruede, que los huracanes y los ciclones y los tifones hagan de las suyas… a mí, allí sentado y observando las piernas de María, me vale un soberano cacahuate -como a los políticos- lo que a mi alrededor suceda.
Vale. Abur.

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