REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
26 | 09 | 2020
   

Para la memoria histórica - Encarte

En el entierro de Benito Juárez


Félix Romero

Hace cosa de dos meses, en distintas partes de la república, manos criminales de la derecha, dinamitaron estatuas de don Benito Juárez. Los medios dieron cuenta del salvaje atentado, vimos las fotografías. Lo que estuvo ausente fue la búsqueda y detención de los rufianes. Hace varias décadas, en la Ciudad de México, la escultura de Juárez que preside el Hemiciclo de la Alameda fue cubierta con una capucha por el sinarquismo, antecedente del PAN, una fuerza que enfrentó con violencia al presidente Lázaro Cárdenas. Esto quiere decir que desde la llegada de Vicente Fox a Los Pinos, de nuevo resucitó el odio hacia la enorme figura de Juárez. Por principio él mismo sacó el retrato de la casona presidencial, como si con ello pudiera borrar un destacado trozo de la historia mexicana. Juárez sigue allí, impasible, como dijera uno de sus mejores biógrafos, Héctor Pérez Martínez.

Por tal razón, nuestra revista le dedica esta importante sección al recuerdo de una figura señera. Que tuvo defectos, es normal no existe la perfección, pero antes que otra cosa fue un patriota y un tenaz defensor de la república. El siguiente texto está tomado del libro 18 de julio de 1872, muerte del presidente Benito Juárez, editado en 1983. Es sin duda una inteligente reunión de textos donde distinguidos mexicanos recuerdan sus hazañas y su tenacidad, su fuerza de voluntad. Las palabras del trabajo seleccionado estuvieron a cargo de Félix Romero, presidente de la colonia oaxaqueña, el 18 de julio de 1887, en el decimoquinto aniversario de la muerte del prócer.

El Búho




ELOGIO*

Pronunciado por el C. Lic. Félix Romero, presidente de la colonia oaxaqueña, y en nombre de ella, en la apoteosis del C. Benito Juárez, celebrada en el Panteón de los Hombres Ilustres, el 18 de julio de 1887, decimoquinto aniversario de su muerte.

CIUDADANOS:

Si me fuera permitido levantar la losa de este sepulcro y contemplar, imperturbable, la talla del muerto que aquí reposa, no podría menos de inscribirle, imitando la divisa ya consagrada por una gran República, este epitafio: “El pluribus unum”.

Era, en efecto, un hombre raro, excepcional, uno entre muchos, aquél que herido por la muerte y encerrado aquí en fecha memorable, con pompa y duelo inusitados, cayó del pedestal del poder para elevarse a la cúspide de la gloria. Ciertamente que nadie puede, al recuerdo de
este día y ante los manes de esta fosa, permanecer indiferente y mudo, tanto más, cuanto que la misma tumba parece hoy estremecerse y el muerto incorporarse, majestuoso, para decir a todos los mexicanos: “Hijos de la Nación, ¡alerta! porque si la bandera liberal flota aún serena en manos augustas y fuertes, allá, en la sombra, se agita el Demonio del retroceso, queriendo envolver en sangre y tinieblas, la página inmortal de la Reforma”.

Nada más digno y oportuno entonces, así de la generación republicana que acaba, como de la que empieza, que venir a ofrecer sus homenajes de cariño y adhesión profunda, ante este sarcófago, como el símbolo genuino de la probidad, de la constancia, del talento, del valor cívico, de la intuición política y de la grandeza democrática. Sí, por que Juárez, el eminente Juárez, reunía y representaba todo esto. Y ¿cómo no? si niño todavía, prófugo de la casa paterna, como él decía sonriendo, en busca de la enseñanza y educación esmeradas de la ciudad, se hizo digno de ellas, por afición, por su estudio y su perseverancia; si joven ya, aunque reservado y taciturno, las más veces, discutía en las aulas del Instituto las doctrinas de Locke, los problemas de Euclides, la ciencia trascendental de Newton. los aforismos de Benthan Montesquieu, y cuando el Digesto y las Pandectas le dieron el caudal de ciencia suficiente para vestir la toga, apareció erguido con ella, empuñando la vara de la justicia, puesta en sus manos por el gobierno de la época. A poco, el jurisconsulto se hizo político y hombre de combate, y moviéndose en la esfera en que Méndez, Envides, Cañas, Marcos Pérez, Flores Márquez y otros, eran arrebatados; especie de constelación liberal y radical, en que Méndez era el alma y el fuego. Envides la luz, y Juárez la fuerza y el termómetro, formaron un centro de acción y de propaganda que, amparado primero en el Instituto, de donde eran maestros, y extendido luego a todo el Estado, estableció lo que después se ha conocido por “escuela de Juárez”, y ¡cosa rara! el soldado que asomaba a la escena, mostrando ya el gorro frígido en la cabeza, había sido educado por un sacerdote, Salanueva; instruido en un plantel de ciencias, dirigido por un fraile, Aparicio, y exhibido a la vida pública por un gobierno dictatorial, el de Santa Anna, representado en Oaxaca por López Ortigosa. Ved, pues, de donde ha tenido origen el prestigio y el encumbramiento del hijo desheredado de las montañas, que hizo después una evolución tan inusitada en la soledad y en la conciencia de sus conciudadanos. Con razón manejó, en seguida, todos los puestos del Estado, y ya Gobernador, se rodeó de hombres que llamados por sus aptitudes, partido de la inteligencia, no eran sino una agrupación más extensa que la primera, en que Juárez fue sólo un camarada inteligente, y en la segunda, jefe ya caracterizado y reconocido.

P¿Tendré que deciros, que bajo este Gobierno, que puede tenerse como la época primera de la carrera de Juárez, Oaxaca, exánime antes y desgarrado por la dictadura, resucitó, sacudió sus harapos al sol de la libertad, fecundizó todos los ramos de su riqueza, floreció en fin y resplandeciente de poder y de vida, atrajo hacia él las ávidas miradas de la Nación? Juárez fue ya entonces una entidad, y sólo vino a eclipsarse por un momento, entre las vociferaciones y la bacanal perseguidora de la revolución de Jalisco; revolución que al derribar de la presidencia al insigne Mariano Arista, echó también abajo el orden constitucional de la República.
Vencida y sepultada en sus crímenes esa revolución, y expatriado el dictador, que, se sirvió de ella para afrenta del país, Juárez, que víctima de este orden de cosas, vivía en el extranjero, reapareció bajo la triunfante bandera de Ayutla, como Ministro de Justicia, al lado del Presidente Juan Álvarez; señalando la transitoria administración de éste, con el acto más audaz, único en ella, pero decisivo y fecundo para las instituciones democráticas; acto que maduraba en secreto, era su ideal y como el anuncio de su programa, con lo que sembró la ira y el estupor en las filas del retroceso; fue la ley de 22 de noviembre de 1855, que suprimió los fueros del clero y el ejército. Después, y a la abdicación que hizo el Presidente Álvarez en Comonfort, fue enviado como Gobernador interino al Estado de Oaxaca. Desde allí estuvo en observación, estimulando a la vez a los miembros del Congreso constituyente, que acababa de instalarse, para que la Nueva Carta Fundamental que demandaba el país, fuese expedida en consonancia con los principios de la revolución de Ayutla; rechazó indignado el Estatuto Orgánico, especie de Constitución central, con que Comonfort quiso prevenir e impedir la expedición de aquella Carta, a los representantes del pueblo, y puede asegurarse que, debido a su actitud, a su firmeza y a sus consejos, lo mismo que las declaraciones de Vidaurri desde Nuevo León, gobernantes ambos que, como dos centinelas en las extremidades de la República, inspiraban a sus amigos políticos y sostenían la fe y la poderosa energía de los constituyentes; pudo elaborarse y expedirse, sin grandes contratiempos, la Constitución de 57.

La segunda época de Juárez, tan borrascosa como llena de peripecias, y en que ya resplandece con vivos destellos el astro de sus glorias, comienza desde que, electo Presidente de la Suprema Corte de Justicia, y llamado a incorporarse al Gabinete de Comonfort, como Secretario del ramo, el renegado de Ayutla dio el golpe de Estado, que lo hundió para siempre en el desprestigio y en la condición de los ambiciosos vulgares. Con tal motivo, Juárez reasumió el poder supremo, como Vicepresidente de la República, y combatió y fue combatido sin tregua por la reacción clerical, defendiendo palmo a palmo el terreno de la ley y de la libertad, por todos los ámbitos de la República, hasta poner el pie en la heroica ciudad de Veracruz. De esta plaza hizo el Sinaí de la Reforma, y fue sobre esa cumbre inexpugnable desde donde lanzó al mundo las leyes que establecen la libertad de todas las religiones; la Iglesia libre en el Estado libre; el matrimonio consagrado por la ley y en nombre de la ley. De este modo emancipó con un rasgo de pluma y un golpe de audacia, el poder civil de toda tutela y traba religiosa, y levantó sobre todas las clases privilegiadas la majestad popular y las conveniencias democráticas.

Miramón, espada fulminante de la Iglesia y de los fueros, desvanecido con las lisonjas conservadoras y embriagado con el humo de la pólvora, que hasta entonces le había, sido propicia en las campañas, quiso escalar el muro tan altamente levantado donde estaban inscritas las leyes de Reforma; pero después de foguearse, vivaqueando inútilmente al pie de la muralla, huyó derrotado y despavorido ante las bocas de los cañones y el valor de los caudillos populares.

Con la restauración liberal y la reivindicación de los derechos democráticos, entramos en la última faz de la vida de Juárez. Estamos, pues, ante la intervención y el llamado Imperio. ¿Quién no conoce, recuerda y admira el valor, la fe y perseverancia desplegadas por ese luchador incansable, contra la conspiración tripartita y las huestes extranjeras, que hacían de nuestras instituciones, escarnio; del país, botín, y de los pueblos, míseros esclavos? En verdad que en este paréntesis de la vida constitucional de la República, desde que fueron rotos los tratados de la Soledad, hasta que Maximiliano cayó prisionero en la plaza de Querétaro, tuvimos hermosos días, pero también horribles desgracias; brillando con esplendor magnífico en ese horizonte nebuloso de la guerra, las jornadas del 5 de Mayo de 62, la de 2 de Abril de 67, y la fecha eternamente memorable, en que el caudillo del ejército de Oriente, rescataba esta capital de manos de la usurpación, y preparaba así la caída inevitable del último baluarte del Imperio. Y Juárez ¿qué hacía desde Paso del Norte, mientras Porfirio Díaz, Rosales, Escobedo, Corona y otros caudillos de la libertad, estrechaban, oprimían y desbarataban los batallones extranjeros? Centro de unión, reconocido y encantado, Juárez mantenía la unidad nacional, haciendo ver desde lo alto la bandera enarbolada; dirigía la política de acción; evitaba los celos de los soldados triunfantes; fortificaba los lazos y la fe de los Estados; y de todo este conjunto de valor, de abnegación y de energía republicana, vino el gran día de la restauración y de la vindicación de la Patria. He aquí la epopeya, la glorificación, el pedestal desde donde el nombre del héroe de la Reforma y la Nacionalidad, enviaba los ecos de su fama, que resonaban en los dos mundos.

Preciso es decir aquí, para ilustraciones de las generaciones futuras, y fijar los puntos de vista de las narraciones contemporáneas, que Juárez, en su larga carrera de gobernante y hombre de Estado, tuvo, a más de Ocampo, Doblado, De la Fuente, Lerdo, Degollado y otros, dos colaboradores adictos e infatigables; era el uno activo, inteligente, insinuante, especie de consejero íntimo, amigo de juventud y de fortuna y gran favorito de palacio durante quince años; era el otro, joven, arrogante, intrépido, que en un arrebato de entusiasmo salvó las aulas universitarias, y se incorporó en filas las de la Guardia Nacional para ser luego, por su valor, su talento y su audacia, el caudillo del pueblo, y después el Jefe del Ejército. Ambos influyeron notablemente en las empresas y destinos de Juárez; ambos viven y nos observan; el primero encorvado por los años y lejos de las tempestades políticas colgó ya su espada de sauz de los campos; el segundo, en pie a la cabeza de la nación y dirigiendo su marcha acelerada, está hoy rindiendo tributos con nosotros al gran Padre de la Reforma; son dos figuras que desde lejos se adivinan, y cuyos nombres andan en los labios de todos; son Ignacio Mejía y Porfirio Díaz. Hasta qué punto hayan podido su influencia y su acción determinar los acontecimientos que durante treinta años se vienen desarrollando a nuestra vista; -esto no es asunto mío: es una tarea de la historia.

Para conocer todavía mejor a Juárez, es preciso estudiarlo en estos diversos, pero culminantes actos de su vida. Diputado el año de 1847 al Congreso electo para reformar la Constitución del año 24, se propuso en una de las sesiones de febrero, un voto de confianza al Gobierno de Gómez Farías, por la inversión acordada a los millones tomados de los bienes del clero, para la guerra; lo combatieron con denuedo, Otero, el gran orador de la Cámara, y Muñoz Ledo, político y orador también. Entonces Juárez, modesto, ignorado y confundido casi entre la plebe de la Asamblea, se levantó de su banco, combatió a los atletas de la palabra, los acribilló a golpes, los derribó, en fin, y bajando de la tribuna en medio de atronadores aplausos, tuvo el orgullo de ver aprobado el voto de confianza al Patriarca de la Federación. Del mismo modo estalló indignado contra Otero cuando en el mes de marzo, y siendo éste Presidente del Congreso, propuso ir en comisión con otros diputados a Guadalupe Hidalgo, donde acababa de llegar Santa Anna, para recibirle el juramento, como Jefe de la Nación. Entonces no triunfó Juárez; pero nunca estuvo a la mayor altura de su carácter, reprobando aquel acto de lacayos, que degradaba a la Asamblea Nacional, y hacía irrisorias las instituciones.
Después de las derrotas de Cerro Gordo y Molino del Rey, Santa Anna requirió a Juárez, a la sazón Gobernador de Oaxaca, para que lo recibiese, a fin de continuar en Oriente la defensa nacional, Juárez, que conocía al guerrero sus hazañas y sus desgracias, le dijo: que le prohibía salvar las fronteras del Estado, bajo pena de la vida; porque sin el cortejo de calamidades que el dictador llevaba consigo, aquél se bastaba a sí mismo.

Sorprendido y traicionado Juárez y su Gabinete en Guadalajara, al ser perseguido por las fuerzas reaccionarias, después del pronunciamiento de Zuloaga por religión y fueros, en Tacubaya; Landa, jefe de la guarnición sublevada, maltratándolos y escarneciéndolos en la prisión donde estaban, los enviaban luego al patíbulo; pero Juárez, irguiéndose frente a los soldados y mostrándoles el pecho, les dijo: “dejad en paz a los que me acompañan, que no son responsables de mis actos, y fusiladme a mí, por todos, para que quedéis satisfechos”. Aquel fusilamiento en masa no se verificó, por que Guillermo Prieto, valiente o inspirado, hizo a los ejecutores la pintura heroica de aquél a quien iban a asesinar y estos, rindiendo entonces las armas, los dejaron en paz.

Cuando Maximiliano, hecho prisionero en Querétaro, dejaba presumir la suerte que le estaba reservada, la Europa se llenó de consternación y se cubrió de duelo, y los filántropos de ambos mundos, como Seward y Victor Hugo, pidieron a Juárez el perdón del Archiduque. Entonces el Presidente, inflexible y fuerte, como la estatua de la justicia y razonando sobre cuan imprudente es ponerse en contradicción con la salud de los pueblos y la enseñanza de la historia, contestó con este decreto: “Júzguese a Maximiliano de Habsburgo, por el crimen de usurpación de autoridad pública, y a los Generales Miramón y Mejía, por el de traición a la patria”. He aquí el último relieve del hombre que es hoy el objeto de tierna memoria y de la aclamación general.

En fin, los azares del poder, las amargas decepciones que acompañan la carrera pública bajo las falsas sonrisas y las flores cortesanas, la actividad incesante de aquella cabeza pensadora e inagotable, sus trabajos de muchos años en servicio de la causa popular, todo esto y mucho más, que pesaba como una montaña sobre el cerebro de aquel hombre, se lo llevó de entre nosotros, anunciando él mismo su ausencia de la vida, puesta la mano sobre el corazón, después de acerbos dolores, con esta exclamación digna de Sócrates: “Ahora sí, todo se acabó; a dormir el sueño eterno”.

Juárez se fue, Juárez pasó como exhalación radiosa, es cierto; pero dejó una escuela con sus máximas y su doctrina; y su propia tumba es hoy una enseñanza, ante la que venimos a pedir inspiración y fe, porque, sabedlo bien, los vivos no enseñan nada a los muertos; al contrario, ellos instruyen a los vivos. Pero, su escuela, ¿cuál es? La que forma todo el partido liberal, reformista, nacional; todos los que veis aquí, desde el Jefe del Estado, que fue su discípulo más querido y su más grande colaborador, hasta el último de esta falange oaxaqueña: es esa generación nueva, altiva, generosa, que abarca los extensos horizontes de la Nación, capaz de elevadas miras y de hermosos hechos y a la que está encomendada la más grande evolución del porvenir de la República; su elevación a potencia respetable y respetada, por la conservación de la Reforma, por el fomento y ensanche de los progresos actuales, por el culto del amor a la Patria.

Después de los sucesos que han consagrado la vida de Juárez, y que constituyen todo un programa, ¿tendré que deciros cuáles eran sus doctrinas?... Sólo agregaré estos pensamientos, que son como un reflejo del alma de Rousseau, a quien, como a Benjamín Franklin, profesaba una particular predilección: “La mejor política es aquélla que sigue la línea recta. -El respeto al derecho ajeno es la paz. -Las vulgaridades no se discuten. -Los gobiernos se han hecho para los pueblos, y no los pueblos para los gobiernos. —Ningún hombre es inservible: el verdadero tacto consiste en saberlo aprovechar conforme a sus aptitudes y según las circunstancias”.
Pero, en mi afán por seguir en todas sus fases al patricio que hoy conmemoramos, olvidaba que su tumba está abierta y que, acaso, espera el modesto, pero sencillo tributo, de los que atraídos por sus virtudes republicanas, protestamos vivir y morir por ellas. Acercaos, pues, todos los que venís conmigo; acercaos y escuchad lo que digo, en vuestro nombre y en el mío, ante esta tumba, que cubre hoy de flores toda una generación y que glorifica la posteridad: “

¡Padre inmortal de la Reforma! recibe esta humilde ofrenda, como símbolo del cariño filial, de la admiración patriótica y del recuerdo imperecedero de todos los hijos de Oaxaca”.


* Tomado del libro 18 de julio de 1872. Muerte del Presidente Benito Juárez. Volumen 3. Colección Conciencia Cívica Nacional. México, 1983. Originalmente apareció este texto en El Monitor Republicano.
México, 29 de julio de 1887.