REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 11 | 2019
   

De nuestra portada

Etnohistoria: nuevos retos y perspectivas en los albores del siglo XXI


Betty Luisa Zanolli Fabila

¿Qué es la etnohistoria?
¿Es la etnohistoria un método, una disciplina, un campo interdisciplinario? Hemos arribado al siglo XXI, nos encontramos en la segunda de sus décadas, y aún seguimos envueltos en una discusión permanente por definir qué es la Etnohistoria. De continuar así, habrá tenido razón Gonzalo Aguirre Beltrán cuando sentenció: “las fronteras de la etnohistoria no son fáciles de fijar; probablemente nunca lo llegarán a ser” .

En 1987 el INAH publicó una obra determinante para la comprensión de la Etnohistoria como disciplina antropológica: La etnohistoria en Mesoamérica y los Andes, integrada por artículos de destacados investigadores como Pedro Carrasco, John Murra, Franklin Pease y Luis Millones entre otros , pero es la contribución a ella de Carlos Martínez Marín, la que habría de marcar pauta determinante en el desarrollo de nuestra disciplina con su artículo ya clásico “La etnohistoria: un intento de explicación” , pues a partir de su revisión histórica sobre la evolución de la etnohistoria, nos adentra en su rico universo disciplinario, a través del cual destaca cómo desde un inicio el término etnohistoria se comenzó a emplear “para identificar trabajos interdisciplinarios de antropología e historia que se habían hecho con anterioridad, y a los que con el mismo tono y contenido se investigaban entonces en ese campo intermedio, aún sin delimitación y teóricamente impreciso” .

Algo que en su momento había sido del agrado de los estudiosos porque permitía agrupar en una misma categoría a los trabajos considerados como historias antiguas o etnografías históricas junto a aquellos que abordaban el México prehispánico a partir de fuentes históricas tradicionales pero aplicando categorías y conceptos de la antropología. El problema es que por décadas, como el propio Martínez Marín lo advirtió, quienes pretendían hacer etnohistoria lo hacían con base en los conceptos, categorías y métodos de la historia y de la antropología, particularmente la cultural, es decir, sin manifestar un específico interés “en la reflexión acerca del origen, naturaleza, campo y problemas de conocimiento, metodología y variantes de esta nueva disciplina” .

Sucinta revisión histórica

Etnohistoria es un término que se acuña a principios del siglo XX y sólo media centuria después su uso es generalizado. Hunde sus orígenes en la necesidad por redimensionar temporalmente los estudios antropológicos que a principios de 1900 negaban toda factibilidad de reconstrucción histórica para las sociedades primitivas.

A cambio de ello, antropólogos de la talla de Alfred Kroeber y Robert Lowie desarrollaron los conceptos de áreas geográfico-culturales –tal y como se planteó en la obra Cultural and Natural Areas of Native North America de 1939- con el objeto de establecer ciertas relaciones histórico-cronológicas entre dichos grupos, pero sin buscar una reconstrucción histórico-cultural de su pasado. Posición de rechazo hacia la historia que agudizó aún más la escuela inglesa de antropología social a través de autores como Bronislaw Malinowski y Alfred R. Radcliffe-Brown y que luego continuó la corriente funcionalista: sustentados en la imposibilidad por reconstruir el pasado de las sociedades primitivas ante la ausencia documental, parcialidad y cortedad temporal de los informantes, lo que los condujo a considerar que la historia y la antropología social eran opuestas, de ahí que sus trabajos prescindieran de toda fuente histórica y de todo enfoque diacrónico.

Esta situación pronto se vio revertida cuando a raíz de la aprobación en los Estados Unidos de la legendaria Ley de Reclamaciones Indígenas de 1946 -por la que los indios norteamericanos podrían solicitar al gobierno indemnizaciones por las tierras que les habían quitado-, los etnógrafos enfrentaron la necesidad de investigar en diversos archivos con objeto de allegarse toda clase de evidencias. Había nacido así la etnohistoria norteamericana para designar a la nueva técnica de investigación antropológica enfocada a la interpretación y rescate de documentos antiguos para resolver reclamaciones agrarias de los indios nativos. Sólo después antropólogos sociales como sir Edward E. Evans Pritchard comenzarían a emplear fuentes históricas para comprender mejor los procesos de permanencia o cambio, especialmente de transculturación o aculturación, al tiempo que introducirían los conceptos de diacronía y sincronía en sus análisis, a tal grado que el propio Claude Levi-Strauss llegó a sugerir que la etnología y la historia deberían unirse a fin de reconstruir la historia de los “primitivos”. El problema era que sus correspondientes métodos evidentemente eran distintos.

La Etnohistoria en México

En México, durante la primera mitad del siglo XX, personajes como Manuel Gamio, Miguel Othón de Mendizábal, Luis Chávez Orozco, Federico Federico Gómez de Orozco, Alfonso Caso y Pablo Martínez del Río fueron pioneros de la investigación formal que hoy denominaríamos etnohistórica mediante el estudio de códices y documentos escritos. Más tarde, el creciente movimiento nacionalista impulsó la investigación sobre nuestra herencia indígena y los procesos de cambio producidos en Mesoamérica a partir de su contacto con otros pueblos o culturas, especialmente a raíz de la Conquista, en tanto que autores como Sol Tax, Jules Henry, Melville J. Herskovits, Paul Kirchoff y Howard Cline influyeron en estudiosos como Silvio Zavala y Gonzalo Aguirre Beltrán , que ofrecerían significativos aportes a la teoría y metodología etnohistóricas.

Como campo de formación de nuevos investigadores, sólo a mediados de los años cincuenta se crea la especialidad de etnohistoria dentro de la licenciatura en etnología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia gracias al impulso académico de Wigberto Jiménez Moreno y José Miranda, carrera de la que se independizó en 1960 al contar con un propio plan de estudios. La etnohistoria comienza entonces a ser considerada punto de unión entre diversos enfoques disciplinarios, tal y como lo reconocen Stutervant, Richard Adams, Huber Deschamps, Luis Valcárcel, John Murra y Franklin Peace, llegando a ser definida por Martínez Marín como: “la explicación diacrónica y sincrónica de la cultura del hombre y de las sociedades, tratando de comprender mejor su estructura y su desarrollo histórico” (p. 8). Definición que él mismo presentó en el Primer Encuentro de Historiadores

Latinoamericanos celebrado en 1974 en la UNAM declarando que su objeto era:

la reconstrucción histórico-cultural de los grupos indígenas autóctonos independientes, de los grupos indígenas sometidos al poder colonial, de grupos con cultura tradicional y de grupos modernos marginales y de sus relaciones con los demás grupos con los que conviven. Con ella se estudian unidades como las formas de contacto cultural y los procesos de cambio o dinámica socio-cultural, o la reconstrucción monográfica sobre temas como localización, migración y asentamiento; adaptación al medio; demografía; política de población, mestizaje y rebeliones; ciclo económico con sistemas de tenencia de la tierra, modos de producción en los que cuentan sistemas agrícolas, sistemas de regadío, productos, comercio, guerra y tributos y sus implicaciones en el sistema general y sus repercusiones y efectos en el cambio; organización social en donde clanes, linajes y sistemas de parentesco cobran especial atención; sistemas políticos y de dominio; conquista y contacto; formas de dependencia y explotación en los grupos bajo dominio colonial; religión y formas del culto; creaciones y expresiones intelectuales; sistemas de comunicación; instituciones socioculturales; expresiones populares y tradicionales, papeles determinantes de hechos o de individuos en la sociedad y mucho más.

Aspectos cuyo estudio plantea una amplia problemática derivada, como ya lo destacara el propio Martínez Marín, “de la naturaleza y pluralidad de las sociedades en estudio” (sociedades ágrafas cuya tradición oral se transmite mediante crónicas orales, sociedades con escritura y sociedades sobre las que han escrito extranjeros ajenos al contexto cultural del que refieren); del “grado de desarrollo o de la duración y efectos del sometimiento cultural”; del “grado cuantitativo y cualitativo de las evidencias histórico-antropológicas disponibles; del espacio temporal seleccionado para la investigación; de la orientación teórica de los investigadores y naturalmente de las posibilidades materiales” .

Sí, de dichos aspectos y de muchos más, proviene gran parte de la problemática metodológica que presenta la Etnohistoria, pero que no es más ni menos distinta a la que viven muchas otras disciplinas. La cuestión es que la Etnohistoria va más allá de una metodología unidisciplinaria. Requiere de la confluencia metodológica de varias disciplinas y del uso de otras categorías e instrumentos de investigación, lo que la vuelve mucho más compleja, ya que no sólo emplea los métodos de la historia y de la antropología, no sólo parte de lo conocido a lo desconocido, tampoco se limita en ubicar la “línea base” para desde allí atender el análisis sobre el proceso de aculturación de la sociedad que aborda.
Hoy en día la etnohistoria sigue consultando fuentes y documentos tal y como lo hace la historia, pero también necesita como la antropología de la labor etnográfica y del trabajo de campo para identificar rasgos e instituciones culturales. De igual forma, continúa siendo evidente que en la etnohistoria fundamentalmente confluyen los aportes principales de la historia y de la antropología, pero también los de disciplinas como la arqueología, lingüística, etnología y sociología y, actualmente y de modo cada vez más evidente y consciente, los del derecho, la filosofía y la geografía.

Diversidad que ha permitido en el trabajo etnohistórico, “quizás como pocas áreas de estudio, una pluralidad de enfoques y metodologías que han hecho de la interdisciplinariedad una práctica común, más allá de la legítima confrontación de ideas” , como bien lo refiere el colombiano Christian Martínez Neira.

Etnohistoria: su teoría y método

¿Es la Etnohistoria un campo o una especialidad disciplinar? De acuerdo con Bourdieu un campo es “un ámbito donde se configuran ciertos temas y prácticas sociales de investigación”. ¿La diferencia es el objeto de estudio distinto? No. La diferencia entre una disciplina y otra no radica en los objetos de estudio sino en “la manera de problematizarlos” .

De manera simple podría decirse que la historia busca “comprender el desenvolvimiento social a través del tiempo, pero con algunas exigencias, tales como la contextualización en una época, la vinculación a distintos planos de lo social y la reconstrucción de las acciones y pensamientos de sus actores” , mientras que la antropología busca construir “universos simbólicos” e instituciones significativa y culturalmente válidas en tanto que la sociología se concentra “en la interacción social y en los vínculos entre el mundo de vida y los componentes sistémicos en que se desenvuelven” considerando aspectos como lo “social”, la “sociedad”, sus reglas, normas y valores socialmente compartidos, sus relaciones conflictivas y tensiones. Sin embargo, actualmente los respectivos campos disciplinarios son incursionados por los distintos especialistas: los sociólogos realizan exhaustivas descripciones, los antropólogos teorizan con Foucault y los historiadores realizan entrevistas paralelamente a su análisis documental, en tanto que antropólogos y sociólogos se dan cita también en los archivos.

El futuro de la Etnohistoria

El próximo año se cumplirán 20 años de que un grupo de alumnos, entre los que nos encontrábamos Betty Fabila, Felipe Flores y su servidora, organizamos en septiembre de 1992 el “Foro Académico Etnohistoria: pasado, presente y futuro”, dedicado a la memoria del maestro Wigberto Jiménez Moreno. La razón de dicho foro fue defender a la Etnohistoria como disciplina antropológica autónoma y para ello se convocó a los principales involucrados con ella en México, ya que en la ENAH se había planteado la fusión de las carreras de antropología social y etnología, así como la de etnohistoria con la de historia. Andrés Medina refiere así en su obra: Recuentos y figuraciones: ensayos de antropología mexicana:

Dicho foro se compuso de una solemne sesión de homenaje al profesor Jiménez Moreno, de una conferencia magistral del profesor Carlos Martínez Marín, fundador de la especialidad, así como de cuatro mesas redondas en las que se debatió sobre los principios y técnicas de la investigación etnohistórica, la etnohistoria y la docencia, la etnohistoria en la práctica, y la interdisciplina y la historia. El acontecimiento fue todo un éxito, pues no sólo hubo una presencia y participación numerosa de maestros y alumnos, sino también se logró reunir a todos aquellos que han contribuido a definir la tradición mexicana de etnohistoria, así como a quienes actualmente realizan investigaciones. Más de veinte instituciones de investigación y cerca de cuarenta ponentes ofrecieron un espléndido panorama de la etnohistoria hoy, reunidos por el activo grupo de estudiantes que rescataba la memoria histórica y la vitalidad de esta comunidad de antropólogos, en evidente contraste con el pragmatismo administrativo de las autoridades, fieles a la línea política gubernamental que atenta contra la educación superior y ajenas a la tradición antropológica y al papel que en ella ocupa la ENAH.

Sí, el objetivo se logró: la carrera de etnohistoria continuó y hasta la fecha continúa siendo impartida en nuestra Escuela. A dos décadas de distancia, el panorama es otro.

Hoy en día la Etnohistoria sigue abriéndose paso firme en el ámbito de las humanidades y de las ciencias sociales. Y hoy, más que nunca, resulta imprescindible su participación en el desarrollo de investigaciones interdisciplinarias en diversos campos del conocimiento humano que hasta ahora han descuidado el aporte único que sólo puede ofrecer esta disciplina antropológica. Conceptos fundamentales a través del tiempo y del espacio tales como cultura e identidad, Estado y nación, tradición y modernidad, uso y costumbre, comunidad y sociedad, requieren de su análisis correspondiente para alcanzar una mejor comprensión sobre los procesos sincrónicos y diacrónicos por los que han atravesado y atraviesan las diversas sociedades humanas, tanto las “nuestras” como las de los “otros”. De ahí la necesidad por desarrollar investigaciones interdisciplinarias en las que la participación de la Etnohistoria cobre su justa dimensión y donde su aporte enriquezca los resultados por obtener y que uno de los principales retos que enfrente en la actualidad sea lograr no ser considerada un método o una técnica de investigación más. La Etnohistoria es un campo interdisciplinario de suma complejidad que de origen involucra tanto a la Antropología como a la Historia, de las que toma sus visiones y se plantea el objeto de analizar los procesos de cambio en un mundo de origen dual pero que como tal ha nacido multifacético.

La etnohistoria no es una variante etnográfica cuya mira sólo está reducida a un enfoque descriptivo del pasado. Su esencia, su origen y fundamento es el hombre mismo, de ahí su naturaleza eminentemente antropológica, y por ser justo él su tema central de análisis, la Etnohistoria ha de profundizar en los procesos de desarrollo del hombre mismo, de sus comunidades, de sus sociedades, lo que hace que las obras de Murra, Peace y Martínez Marín adquieran renovada vigencia. ¿Por qué? Porque la verdadera historia humana está por hacerse, está en proceso de reescritura. La historia del hombre necesita ser revisada, releída y por lo tanto rehecha, y el encargo de dicha tarea corre a cargo justamente del etnohistoriador.

         Martínez Marín señaló:

a nuestros indígenas prehispánicos, que tuvieron una desarrollada conciencia histórica y formas de preservación de su pasado, les fue arrebatada con la Conquista la posibilidad de seguir haciendo su propia historia. La única manera de continuarla quedó subyacente en los registros indirectos contenidos en todo tipo de documentos que, con fines diversos, hicieron los colonizadores; los descendientes de aquéllos y de éstos quedaron reducidos en época nacional a grupos jurídicamente iguales, pero en realidad distintos, unos con historia y registro, los más marginados con casi ninguna historia propia”.

Es verdad, el olvido ancestral de nuestros antepasados indígenas fue criminal por siglos, pero hoy en día también uno de los retos de nuestra disciplina no es sólo rescatar al indígena en sí mismo sino el de buscar el reencuentro con el hombre en pleno a partir del rescate y análisis de: sus procesos históricos de cambio y transformación, de la interrelación cultural, de la revaloración hermenéutica de sus fuentes, de la vinculación centro-periferia, de los límites y complejidades de los espacios y regiones fronterizos, de la dinámicas interétnica y regional e internacional y sus efectos en las culturas y sociedades participantes en cualquier proceso de intercambio cultural, desde el contacto hasta el posible establecimiento de una relación hegemónica, no sólo en el conquistado sino también en el conquistador, a fin de partir del desarrollo y empleo de nuevas categorías conceptuales que contribuyan a un mayor y mejor esclarecimiento de nuestro pasado y, por ende, de nuestro presente y posible devenir.

La Etnohistoria frente al siglo XXI

Sabemos que en la Etnohistoria confluye “una pluralidad de técnicas de investigación compartidas en torno a un eje temático”, pero en realidad ello no necesariamente implica una “asimilación disciplinaria”. “Repensar” la etnohistoria implica reconsiderar sus temas y metodologías, pero también el papel que la etnohistoria cumple y ha cumplido en la construcción de relaciones interétnicas, en la discusión de políticas públicas así como en la conformación de un espacio público ciudadano, independientemente de que en gran parte el espíritu de la investigación etnohistórica sea producto de la presencia de herederos de las civilizaciones indígenas y de la riqueza y variedad de las fuentes documentales.

En las últimas décadas, la investigación etnohistórica en México ha priorizado como líneas de investigación la historia de los indios y de los campesinos y la evolución de los pueblos rurales abordando temas relativos al estado, el comercio, los tributos, la identidad igualmente indígena y campesina y el parentesco, en especial durante los periodos prehispánico y colonial. Pérez Zevallos, hace justo una década, destacó cómo, más allá de los trabajos antropológicos clásicos de Ángel Palerm y Pedro Carrasco o históricos de François Chevalier y Charles Gibson , hacían faltan investigaciones que aborden los procesos de cambio en la tenencia de la tierra indígena, especialmente en el siglo XVI, y para ilustrarlo remitía a las obras de Hanns Prem e Hildeberto Martínez , que analizan los cambios en el régimen de la propiedad agraria y la formación de la territorialidad española e indígena, un vacío que existe no sólo para el siglo XVI sino que se extiende hasta el siglo XIX.
Pero además, de esa misma revisión que elabora sobre la investigación etnohistórica realizada hacia fines del siglo XX, deseo destacar un hecho: es evidente que la etnohistoria, por su propia naturaleza interdisciplinaria, técnica y metodológicamente posee un potencial inigualable para poder profundizar en el análisis de los procesos de cambio y transformación que ha vivido México desde los tiempos prehispánicos y hasta la fecha, y para ello indudablemente el aporte que provenga de otros campos disciplinarios hermanos será fundamental en aras de poder alcanzar una mejor comprensión e interpretación de dichos procesos. Un ejemplo de ello son justamente esos ámbitos de investigación que se destacan en dicha revisión como pioneros de los estudios etnohistóricos a finales del s. XX, me refiero a los trabajos que se comenzaron a elaborar sobre:

a) la familia, el parentesco, los linajes y los barrios, instituciones desatendidas por los historiadores mexicanos a diferencia de lo que ocurría con la comunidad antropológica nacional o bien la peruana, que para el área andina trabajó dichos temas especialmente a partir de la obra de John Murra y de Rostworowski .
b) Los procesos de cambio agrícola en el mundo indígena, a raíz de la introducción de especies vegetales y técnicas europeas, y sobre el control del agua, entre los que destacan como pioneros los trabajos de Rojas y Sanders y Ruvalcaba .
c) El análisis sobre los conceptos de región, espacio y pueblo en el que incursionó García Martínez hacia 1987 para los altépetl del área de la Sierra Norte de Puebla en la época colonial y que ha continuado García Castro para el área matlatzinca (1999) .
d) Las preocupaciones sobre el impacto que en el medioambiente ha generado el hombre y que como “historia ambiental” recientemente interesa lo mismo a historiadores y antropólogos como el propio García Martínez o Elinor Melville .
e) Así como el interés por la elaboración total de una historia social indígena, como la que realizó Nancy Farris para la sociedad maya yucateca, en la que su eje es el “proceso de cambio y asimilación de la población indígena a la estructura colonial” .

Sin embargo, es al momento de referir que la obra de Farris es un “trabajo histórico desde una perspectiva antropológica”, que “ofrece un nuevo modelo de interpretación” que “nos sugiere contar con una formación interdisciplinaria para realizar investigaciones de esta magnitud”, cuando justamente nos encontramos al borde de poder replantear justamente dónde y cómo puede la Etnohistoria insertarse en estos nuevos procesos de investigación científico-social.

Desde mi personal visión, la Etnohistoria hoy, en los albores del siglo XXI tiene como principal reto y perspectiva la de erigirse, por su propia naturaleza, en un campo interdisciplinario modelo, abierto a toda posible vinculación con otras ramas del conocimiento a fin de poder interpretar y reinterpretar nuestro pasado desde una nueva dimensión conceptual que nos permita romper con el esquema tradicional unilineal y unidisciplinario y, por ende, abordar de manera permanente los fenómenos de distinta naturaleza desde el marco de su manifestación en el sincrónico como en el diacrónico.

La Etnohistoria, por su intrínseca doble naturaleza disciplinaria, está abocada a impulsar la convergencia de esa doble o múltiple mirada para poder entender nuestro pasado y presente, partiendo de un hecho por demás contundente: nuestra realidad es de suyo heterogénea, por lo que su estudio debe también partir de una reconstrucción proveniente de diversos ángulos disciplinarios en aras de poder confluir en una interpretación en la medida de lo posible más integral. Es cierto que toda investigación será siempre un pequeño aporte “en un mar de temporalidades –o contingencias- que siempre nos sobrepasarán”, de modo que todo conocimiento será “siempre parcial y precario” (148), pero también es cierto que: redescubrir nuestro pasado a la luz de la perspectiva interdisciplinaria que nos ofrece la Etnohistoria, reconocer nuestro pasado a partir del análisis etnohistórico que pueda elaborarse sobre las instituciones que se han desarrollado considerando sus procesos de cambio y transformación, reconsiderar los conceptos de espacio y tiempo y su significado respectivo para los mundos indígena y español, a través de la época colonial del México independiente y contemporáneo, son algunas de las tareas impostergables que de modo fundamental ha de enfrentar la Etnohistoria venidera, cuyo mayor reto será remontar las interpretaciones disciplinarias tradicionales ofreciendo su propia perspectiva interdisciplinaria, vanguardista y en constante reformulación conceptual. Tal es sólo parte mínima del gran reto y perspectivas que nos ofrece la Etnohistoria en México en los albores del siglo XXI.

bettyzanolli@hotmail.com

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1 Cit. en Pérez Zevallos, Juan Manuel, “La etnohistoria en México”, en http://www.ciesas.edu.mx/desacatos/07%20Indexado/1%20Saberes%206.pdf
2 Pérez Zevallos, Juan Manuel y José Antonio Pérez Gollán (compiladores). La etnohistoria en Mesoamérica y los Andes, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México, 1987.
3 Martínez Marín, Carlos, “La etnohistoria: un intento de explicación”, en Anales de Antropología, vol. 13, núm. 1, 1976, disponible en http://www.etnohistoria.inah.gob.mx/images/stories/pdfs/etnohistoria_mex.pdf
4 Ibidem
5 Ibid.
6 V. Zavala, Silvio, La encomienda indiana, México, Porrúa, 1935 y Aguirre Beltrán, Gonzalo, La población negra de México, México, FCE, 1972; Regiones de refugio, México, INI/SEP, 1973; El proceso de aculturación, Mëxico, Ediciones de la Casa Chata, 1982.
7 Ibid.
8 Martínez Neira, Christian, “Repensar la etnohistoria a partir de la experiencia mapuche”, estudios avanzados, 2008, vol. 6, núm 9, pp. 141-52, disponible en
http://usach.academia.edu/ChristianMartinez/Papers/883283/Repensar_la_etnohistoria_a_partir_de_la_experiencia_mapuche
9 Ibidem, p. 146.
10 Ibid., pp. 146-147.
11 Medina, Andrés, Recuentos y figuraciones. Ensayos de Antropología Mexicana, UNAM, IIA, 1996, p. 106.
12 Martínez M., C., op. cit.
13 Palerm, Ángel, Agricultura y sociedad en Mesoamérica, México, SEP/Diana (Sep Setentas, 55).
14 Carrasco, Pedro, Los otomíes: cultura e historia prehispánica de los pueblos mesoamericanos de habla otomiana, México, UNAM/INAH, 1950; Estratigrafía social en la Mesoamérica prehispánica, México, CISINAH, Nueva Imagen, 1976.
15 Chevalier, François, La formación de los latifundios en México Tierra y sociedad en los siglos XVI y XVII, México, FCE, 1976.
16 Gibson, Charles, Los aztecas bajo el dominio español (1519-1820), 1980, México, Siglo XXI (Col. América Nuestra, 15).
17 Prem, Hanns, Milpa y hacienda. Tenencia de la tierra indígena y española e la cuenca del alto Atoyac, Puebla, México (1520-1650), México, FCE, Gobierno del Estado de Puebla, CIESAS, 1988.
18 Martínez, Hildeberto, Codiciaban la tierra. El despojo agrario en los señoríos de Tecamachalco y Quecholac (Puebla, 1520-1650), México, CIESAS, 1994 y Tepeaca ne el siglo XVI. Tenencia de la tierra y organización de un señorío, 1984, México, CIESAS (Ediciones de la Casa Chata 21).
19 Murra, John, La organización económica del Estado Inca, México, Siglo XXI, 1989; Rostworowski, María, Etnia y sociedad. Costa peruana prehispánica, Lima, Instituto de Etudios Peruanos, 1977; Historia del Tahuantinsuyu, Lima, Instituto de Estudios Peruanos y Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, 1988.
20 Rojas Rabiela, Teresa y William T. Sanders, Historia de la agricultura. Época prehispánica siglo XVI, 2 vols. México, INAH, 1985.
21 Ruvalcaba Mercado, Jesús, Agricultura india en Cempoala, Tepeapulco y Tulancingo, siglo XVI, México, Departamento del DF, Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas, 1985.
22 García Martínez, Bernardo, Los pueblos de la sierra. El poder y el espacio entre los indios del norte de Puebla hasta 1700, México, El Colegio de México, 1987.
23 García Castro, René, Indios, territorio y poder en la provincia matlatzinca. La negociación del espacio político de los pueblos otomianos, siglos XV-XVII, México, El Colegio Mexiquense, CIESAS, INAH, 1999.
24 García Martinez, Bernardo y Alba González Jácome, Estudios sobre historia y ambiente en América I: Argentina, Bolivia, México, Paraguay, México, El Colegio de México, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 1999.
25 Melville, Elinor G. K., Plaga de ovejas. Consecuencias ambientales de la conquista de México, México, FCE, 1999.
26 Farris, Nancy, Maya society under colonial rule. The collective enterprise of survival, Princeton, New Jersey, Princeton University Press, 1984.