REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
11 | 11 | 2019
   

Arca de Noé

La familia muégano mexicana y la concepción social del abuelo


Luis David Pérez Rosas

          Porque la verdadera muerte es el olvido, este artículo lo    dedico cariñosamente
          a mis abuelas Reyna Elmira Herrera Gómez y a Matilde Rosas Alcalde,
          a quienes recordaré siempre y nos cuidarán desde el más allá…


Los mexicanos y los españoles comparten determinadas pautas culturales, y eso es lo que los hace similares en cierta medida, aunque no en todo. A pesar de la lejanía entre ambos países, la familia como núcleo primordial para la socialización del sujeto sigue manteniéndose. Todavía muchas personas tienen la ilusión de casarse y tener hijos, aunque también existen los que prefieren realizar una vida independiente de “ataduras”. En fin, ése no sería el tema a tratar, o sea, no debatiremos sobre qué tan bueno o qué tan malo es tener una familia, sino comenzaremos con uno de los aspectos compatibles sobre la noción de familia entre ambos países.

Nosotros, los mexicanos, y de hecho todos los latinoamericanos, somos “calurosos” en el sentido de la emotividad con que interactuamos en el medio social, y generalmente las buenas y las malas experiencias las compartimos con nuestra familia, o sea, con nuestros padres, primos, abuelos, tíos, hermanos y demás. Con ellos viajamos, festejamos, reímos, disfrutamos, discutimos, lloramos, cantamos, etc. Una de las típicas representaciones mexicanas se ilustra con la llamada “familia muégano”, o sea, que viajan, andan o caminan juntos todos los familiares cercanos y no tan cercanos; así somos los latinos. La película Mecánica Nacional muestra bien a “la familia muégano mexicana”.

Pero también así son las familias españolas. Hace algunos años, cuando mi exnovia y yo estuvimos en Madrid, Barcelona y Salamanca pude observarlo detenidamente; lo veía a cada instante cuando las familias enteras viajaban en el metro, caminaban en la calle o cuando compraban en el centro comercial. De hecho, cuando estuve en España me sentía como en mi casa; el mismo idioma en esencia, la misma algarabía en la calle, vendedores ambulantes, “estatuas humanas”, bullicio por doquier, muchos latinos, además de la similitud racial de muchos mexicanos con los españoles, al menos ésa fue mi impresión. Cuando estuvimos mi novia y yo en la Universidad Complutense de Madrid y en la Universidad de Salamanca, por motivo de una breve estancia académica, fuimos muy bien atendidos.

Sin embargo, cuando llegamos a París, Francia, sentimos un cierto choque cultural, porque ya no nos comunicábamos con los demás en nuestro idioma, ya no había bullicio por la calle, los franceses aunque amables son un tanto serios en su comportamiento. Esta seriedad cultural, por así llamarla, también se repitió en Inglaterra, en Holanda y en Bélgica. Allí la gente camina muy concentrada y parece que va pensando en sus actividades, cada quien en su “onda”; pero son formales y con un cierto exceso de seriedad, sin negar su cortesía. La gente allí es más “fría”.

Igualmente, existen diferencias en cuanto a la noción del abuelo entre Europa y América Latina. El abuelo al estilo mexicano es apreciado, es alguien que se entretiene tejiendo, cuidando a los nietos, viajando con la familia, y así se le va el tiempo; pero es alguien que pasa los días esperando la muerte, no obstante vive y muere con sus seres queridos, generalmente. Lo mismo sucede con el abuelo español, en cierta medida, obviamente no en todos lo casos. Esto porque en todo el mundo, se manifiestan formas de vida independientes de la familia, la que como tal tiende a desaparecer.

En cambio, en países como Francia, Holanda, Bélgica e Inglaterra, entre otros, los abuelos pueden tener 50 años o menos, y se sienten “jóvenes”, es decir, son gente que se jubila, recibe una cierta cantidad de dinero (claro que mucho más que una jubilación en México), además de su dinero ahorrado y siente que ya cumplió con buena parte de su misión, y por ello adquiere inmediatamente una libertad de acción. Quiere vivir nuevas experiencias, viajar, desprenderse de sus hijos, volverse a casar (si es el caso, pero puede seguir viviendo con su pareja, o sea, la abuela); el abuelo(a) no se queda a esperar la muerte. Siente que el destino le dio una nueva oportunidad.

En los países europeos existen muchas “especies de asilo” donde los viejos, los ancianos, los abuelos(as) viven; pero esta noción de asilo no es compatible con la concepción latina, que refiere a que “ya no nos interesa el viejo, y por eso lo depositamos en un lugar para que no nos dé molestias”. En la concepción europea es al contrario, es algo benéfico y significa la estabilidad y la independencia del abuelo y la abuela. Es como cuando un joven acaba de salir del internado, o de la secundaria o preparatoria, simple y sencillamente se siente libre de “hacer y deshacer”. Esto quiere decir que, los holandeses casi no van a visitar al abuelo cada semana ni cada mes, sino después de temporadas largas... tan largas que en algunos casos luego ni se enteran de su muerte. En cierta forma, el “papitis” y la “mamitis” no son gran problema para la pareja europea.

Pero esto presenta un cierto dilema entre el “bien y el mal”: ¿es cruel enviar a un abuelo al asilo?, ¿son malos los holandeses o los franceses que lo hacen?, ¿son los latinos muy conservadores y los europeos más liberales? Es una cuestión que usted, amigo(a) lector(a), tendrá que reflexionar pero sí le puedo adelantar que esto se valora comprendiendo el contexto de cada cultura. Por esto, los latinos no pueden calificar de “malos” a los holandeses por enviar a sus abuelos y abuelas al asilo, ni los holandeses pueden tildar de extraños a los latinos por vivir toda la vida en compañía o con estrecha cercanía de los abuelos. La cuestión, pienso, es saber entender el por qué de los choques culturales, asimilarlos sabiamente e incorporar lo mejor de cada cultura en nosotros mismos.


luisdavidper@yahoo.com.mx