REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Nicanor Parra


Roberto Bravo

Quería comprar la obra completa del poeta, y desde Punta Arenas, hasta Valparaíso, pasando por Santiago, la busqué sin encontrarla. Cada que salía de las librerías con la negativa del dueño o del empleado, me reía, se había convertido en un reto hallar aunque fuera un libro. No creo en las encuestas, ni en los records, ni en las estadísticas; este relato es verdadero. Pasé por: Punta Arenas (una librería), Puerto Natales (una librería), Puerto Montt (una librería), Valdivia (tres o cuatro librerías), Temuco (una librería), Chillán (ciudad natal de Parra, una librería),

Santiago (tres o cuatro librerías, incluida la del museo de La Moneda), Valparaíso (una librería), Viña del Mar (A la tercera librería visitada encontré las obras completas, y la antología que publicó el Fondo de Cultura Económica).

La fotografía de Nicanor en la portada de Poemas para combatir la calvicie, me hizo sonreír, esta vez, satisfecho. La obra reunida, estaba fuera de mi presupuesto, 1700 pesos mexicanos aproximadamente, a pesar de lo humilde de su encuadernación. La edición del Fondo, contenía lo mejor de los poemas recogidos en los dos volúmenes, y costaba lo mismo que en el Distrito Federal, 210 pesos mexicanos, más o menos. La pagué. El empleado, un joven seguro de sí mismo, me dijo que Nicanor, era el mejor poeta que había dado Chile.

-¿Qué es de él?
-Está muy viejo? Y no da entrevistas.
Respondió ante la vaguedad de mi pregunta, aunque pensé que Parra, era tan joven como yo, o él. Me investigó después:
-¿Eres mexicano?
-Si.
-¿Lo has leído?
Preguntó y me dio uno de los libros de Roberto Bolaño, que abundaban en una de las mesas.
-Lo leí cuando quiso ser poeta, pero su narrat
-¿Lo conociste?
-Si, cuando estuvimos en el taller de la Casa del Lago.
-Lo que cuenta en sus libros ocurrió en la Ciudad de México. ¿Cómo era él?
-Nervioso, fumaba mucho, pero educado. A veces iba a visitarme por las tardes, y pasó a despedirse antes de marcharse a España.
-¿Por qué se fue de México?
-Su mamá se había ido a Barcelona, y tenía que reunirse con ella.

El empleado, me dio la mano agradecido; contento de estar con alguien que había tenido relación con Bolaño.

Teresita, que conocía el itinerario de mi búsqueda de los poemas de Parra, estaba feliz de que hubiera terminado. Escribió en la primera falsa del libro:

Bought by Roberto Bravo in the 02 february 2012 in Viña del Mar, after much searching truth the books shops of Chile. Lovingly supported by his hot-headed scottish lass!

Salimos de Viña del Mar a Santiago, e instalados en un hotel frente al Mapocho, le pedí a Teresita que me tomara una foto en uno de los puentes que lo cruzan. La corriente espesa y marrón, era estéril; los peces, no podrían respirar en ella. Busqué un resquicio en el paredón que contenía el cauce en las crecidas, bajé al lecho del río, y me recosté sobre el muro de hormigón viendo las piedras, los insectos y la hierba. Allí habían sollozado Augusto Monterroso, y su personaje de “Llorar orillas del Río Mapocho”, humillados, después de que el escritor renunciara al único trabajo que tenía para sobrevivir. El sol pegaba sin clemencia, sólo una mariposa amarilla papaloteaba frente a mí. Teresita, había ido al centro a comprar hilos y agujas para zurcir la ropa rota durante el viaje, y como Monterroso, sin llorar, me lamentaba de un accidente que tuvimos con el carro en la autopista. Nos había costado cerca de 5000 dólares la volcadura, y eso, para una pareja que vive al día, es una cantidad considerable. Estábamos endeudados y adoloridos del cuerpo. Teresita, debía traer un sostén para su cuello por cinco días más, y a mí, el pecho y la espalda, me dolían al respirar y caminar. Pensaba lo frágil de la vida, el alto costo que debemos pagar para su manutención, y el abuso de quienes sacan provecho cuando te encuentras en apuros, cuando a mi lado, un hombre de poncho rojo, sentado sobre las piedras, miraba la corriente, y las crestas que hacía el agua sobre las piedras por donde pasaba. Lo observé. El pelo canoso lo usaba alborotado, como si un ventarrón lo hiciera apuntar en todas direcciones, aunque tenía la cara de un pícaro, había una dignidad oriental en cada una de sus arrugas. Sus ojos, tan pequeños como los de un coreano, o un indio, la nariz roma, de un ciudadano universal, su frente amplia, le hacía ver orgulloso de quien era, y su barbilla levantada, en ciertas posiciones que adoptaba al mirar fijamente el agua, le hacían guapo. Dejó de mirar el agua para acomodar bajo el poncho, y entre las piernas, un depósito de agua de boca ancha. Se concentró en la operación y después de orinar puso el depósito a su lado. Cuando volteó hacía mi, me di cuenta que era la boca y su mirada los que proyectaban el carácter de alguien decidido a seguir adelante a pesar de tener todo en contra, o de no importarle a nadie.

-Se parece usted a Pablo Neruda con ese poncho.
Dije pensando en que eran tan diferentes, pero aquel poncho que me gustó desde que lo distinguí por primera vez, me hizo decirle aquel sinsentido.
-Pablito, lo usaba para hacerse fotografiar, y yo, porque los carabineros me llevarían si me orino en la vía pública.
-¿Por qué mira la corriente del río como si fuera a decirle algo, como si trajera un mensaje?
-Efectivamente, yo amo las montañas, y esta agua emporcada, viene de las alturas. La cordillera, impasible, ve lo que nos sucede, y forzosamente eso debe provocarle comentarios, usted sabe, pensamientos, cavilaciones, razonamientos, canciones, y hasta risa. Pero todavía no conozco a nadie que entienda el lenguaje de los cerros y los volcanes.
-Y usted cree que está agua sí, y va a decirle lo que quiere saber.
-Parece conocer más de lo que aparenta. ¿Dígame? ¿De dónde es?
-De México, soy mexicano.
-Conoció a Juan Rulfo.
-Sí, y ¿usted?
-También, pero me desconcerté cuando nos vimos. El fumaba mucho, y yo, soy asmático. Además, me felicitó por un poema que yo no había escrito, y pensé que él debía creer que yo era otra persona, y esa confusión no me dio tiempo para aclarárselo. Luego nos despedimos.
-Quizá, él, le habló de un poema que apenas va usted a escribir.
-No había pensado en eso, y usted se ve una persona sería como para querer tomarme el pelo.
-Lo dejaría calvo.
-Dejemos las cosas en ese lugar. ¿Cómo era Juan Rulfo?
-Lo vi cuatro veces, pero sólo una vez platiqué con él. Nos tomamos un café.
-¿Qué apreció en él?
-Era la encarnación del pensamiento, tenía un yo que no le ordenaba, si no que reflexionaba. Y se distraía fumando, tomando, leyendo, y escuchando música, era un apasionado de la música de concierto.
-Cuando me asalta su nombre, sólo acierto a asociarlo con Shakespeare, y Cervantes.
-¿Qué pasó cuando estuvieron en el café?
-Flirteó con mi novia todo el tiempo.
-Aaaaaaaahhh qué Juanito.
-Y dígame, espera que esta agua sucia le diga algo, o ya se lo dijo, y quiere hablar con ella otra vez.
-No conozco su idioma, no puedo hablarle, espero que ella me cuente de las montañas, de lo que habita en la cordillera, y de lo que piensan de nosotros los chilenos. No puedo pensar hacerle preguntas; ella dirá lo que conoce, no puede comunicar otra cosa.
-Cómo espera comunicarse con ella, o ella con usted.
-Entiendo que volviéndome agua, y ser parte de ella, es como percibiré lo que trae consigo, y su significado. Eso es lo que trataba de hacer cuando me dieron ganas de orinar, y después lo vi a usted.
-Ha logrado alguna vez su propósito.
-Si, por supuesto.
-Y, ¿qué le ha dicho?
- No lo sé, lo olvido cuando dejo de ser parte de ella.
- Y entonces, ¿por qué insiste?
-Trato ahora de escribir siendo agua, siendo uno con su naturaleza y forma.

El sol arreció tanto que diluyó los colores de lo que rodeaba, ciego de luz, escuchaba el murmullo de la corriente del Mapocho, y entre esa música, la voz de Teresita, me gritaba desde el puente que fuera hacia ella. Y me volví por donde había bajado a su realidad de carne, hueso, y hermosos ojos azules.