REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
12 | 08 | 2020
   

Confabulario

Los patriarcas


Ares Demertzis

(i)
El resplandeciente sol había cruzado el vasto cielo, desapareciendo en el horizonte, cayendo empinado al abismo en donde termina el mundo; lo perseguía a través del vacío infinito un sudario nocturno tenebroso, agujereado con incontables perforaciones. En lo profundo de esa amenazante y siniestra negrura estaba ágilmente ascendiendo el filoso borde de una luna creciente, un impaciente machete medieval, partiendo las alturas celestiales.

(ii)
Los tres ancianos estaban sentados en un círculo cerrado sobre la compacta y aún tibia arena del altiplano frente a un fuego luminoso que los calentaba por el momento del helado viento. A una distancia respetuosa detrás de ellos, los miembros masculinos de la aldea se encontraban en cuclillas, formando una muchedumbre rígida; a una distancia todavía más relegada quedaron amontonados las mujeres, los niños y los perros.
Un joven, su cuerpo desnudo temblando de frío y firmemente atado con gruesas cuerdas desde sus tobillos hasta los hombros, estaba enroscado boca abajo como un bulto deformado; la cuerda que fue utilizada para acarrearlo todavía sujetada alrededor de su cuello. Su madre estaba sentada a su lado, sollozando. Al otro lado estaba inerte el cadáver de otro muchacho, su camisa de algodón blanca salpicada de un carmesí rígido, seco; el cuchillo todavía clavado a su pecho.
El más viejo de los ancianos, el tuerto Teófilo, un arcaico indígena, fue el primero en hablar. Estirando el sarape de lana gruesa que lo cobijaba, las palabras ásperas cayeron de sus labios al frígido aire nocturno en soplos vaporosos.
-Recuerdo a mi abuelito hablar de uno qui mató a otro, -él proclamó en una voz calculada, soberbia. -Sembraron al qui mató en el mismo hoyo con el qui había matado.
-Hay que avisar la autoridad, llevarles el vivo y el muerto, -comentó otro anciano con una cara pasmosamente arrugada, simultáneamente aplacando una repentina comezón en sus genitales con rasguños vigorosos a través de la manta blanca de sus calzones.
-Son dos días en burro a la ciudad, y dos de vuelta -se opuso el tercero, colocando su dedo índice contra la nariz, soplando vigorosamente para expulsar el viscoso moco acumulado.
-El muerto apestará; se llena de moscas, -Teófilo añadió.
-Pos, mandamos alguien pa que venga la autoridad aquí. Tienen carros y helicópteros
-insistió el arrugado.
Teófilo manifestó su desacuerdo escupiendo una gota gruesa de saliva en las llamas, la cual silbó y desapareció en una fina columna vertical de vapor. -No necesitamos pa que digan que es correcto. Somos los verdaderos Hijos de Dios; son ellos los que han perdido el camino honrado; la justicia del Eterno. Tenemos nuestra ley, nuestra costumbre y tradiciones pa gobernarnos. Ellos deben respetar.
-¡Dinos porqué mataste tu amigo! -exigió el arrugado con una voz estridente, anhelando hallar una justificación aceptable para prevenir la segura condena mortal que esperaba al joven.
-Peleamos, vino la contestación balbuceada.
-No es razón pa matar, objetó el viejo.
-Él dijo que vio mi hermana llevando agua del pozo, y ella le sonrió.
Teófilo se agitó: -Eso tá mal, pero no pa dar muerte. Mataste uno de nosotros, no un extranjero. Si tu hermana manchó el honor de tu familia, ¡es ella quien se castiga!
-Él me dijo que le pidió un beso.
-Ta mal, pero no se castiga con muerte, Teófilo replicó categóricamente.
-¡Me dijo que ella lo besó!
Un gruñido colectivo de estupefacta incredulidad emanó de los aldeanos.
-¡Tráiganme la muchacha! Teófilo ordenó, enfurecido.
-¿Tu le sonreíste?
-No.
-¿Lo besaste?
-No. ¡Pero él quería besar a mí!
-¡Entonces sí te beso!
-No.
-¿Y porqué no lo hizo? Dices que quería besarte. Si lo quería hacer, ¡lo hubiera hecho!
-Me huí. ¡Corriendo!
-¡Bah! Veo en tus ojos que estás falseando. ¡Llévensela! Mañana la castigo yo.

(iii)
Varios hombres acomodaron el cadáver en un burro; otros arrastraron al joven amarrado con la cuerda alrededor de su cuello al cementerio. Los seguían las mujeres, los niños, y unos perros curiosos, meneando sus colas en la inútil expectativa que la procesión terminaría con algunos desechos de comida lanzados hacia ellos.
-“¡No me maten por favor! ¡No me maten por favor!” el joven gritaba cuando su cuerpo fue atado fijamente, cara a cara, al cadáver. Luego arrojaron al muerto, y el otro que pronto estaría muerto, al hoyo como un sólo bulto pesado. Los aldeanos comenzaron a llenar el sepulcro; unos con palas, otros empujando la tierra con troncos de madera. La madre del joven vivo repentinamente se lanzó en el agujero con una lamentación angustiada y tuvo que ser sacada, inconsolable, gritando; su hijo chillaba desesperado, -¡Mama! ¡Mama! ¡Mama!
La tierra se amontonaba más arriba y más arriba, cubriendo los dos abrazados cuerpos tirados en la fosa. Todos quedaron de pie alrededor de la sepultura hasta que los últimos gritos sordos emanando debajo de la tierra cesaron. Entonces regresaron mudamente de nuevo a sus chozas de adobe para dormir hasta el amanecer inminente.
Nadie mencionó, nunca, que el joven acuchillado era el nieto predilecto de Teófilo.

(iv)
El sol no se levantó en la mañana. Salvaguardando un cielo lacerado, nubes oscuras se habían formado como una costra, presagiando un aguacero purificador.

aresdemertzis@yahoo.com