REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Juan Rulfo, algunos recuerdos


René Avilés Fabila

Hace unos días, respondiendo a una pregunta formulada en las redes sociales de Internet, recordé que cuando llegué a estudiar a Francia, comencé a viajar por Europa, alrededor de 1970-1973, las personas que conocía me preguntaban por Juan Rulfo. La misma pregunta me fue hecha en París, Madrid o Lisboa, que yo recuerde. En la Sorbona fui invitado, y esa fue mi primera conferencia en una institución extranjera, a platicar sobre: Pedro Páramo. Los asistentes inquirían sobre la obra y el enigmático autor. No era novedad, ya había escuchado a notables escritores que no llegaban a la fama todavía, como Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez, hablar del asombro que les produjo leer dicha novela, mientras que mis maestros universitarios de la talla de Henrique González Casanova y Ricardo Pozas hablaban de su genio y amigos entrañables como Juan de la Cabada, Andrés Henestrosa y José Revueltas, señalaban su impresionante forma de dominar la narración, sus imágenes suaves y originales, sus estructuras siempre diversas, memorables. Y Jorge Luis Borges, en exceso severo, reconocía el talento de Rulfo. Las leyendas comenzaron: algunos decían que Pedro Páramo era al principio una voluminosa y farragosa novela de unas quinientas páginas que Alí Chumacero y José Luis Martínez desbrozaron. El primero me confirmó el apoyo, el segundo optó por el silencio. Rulfo, trabajó mucho en esa novela en el Centro Mexicano de Escritores, donde grandes escritores, escucharon sus páginas. Su ausencia en el notable libro de Emmanuel Carballo, Protagonistas de la literatura mexicana, llama la atención. Aunque hay otros trabajos fundamentales sobre Pedro Páramo y El llano en llamas, escritos por Luis Leal, Seymour Menton, Susan Sontag, John Brushwood o Claude Fell, por citar críticos extranjeros que le dedicaron lúcidas reflexiones.

En 1958 leí a Rulfo por vez primera y lo conocí personalmente en 1965 a través de la beca del legendario Centro Mexicano de Escritores, en ese momento los maestros de los jóvenes eran Juan José Arreola, Francisco Monterde y el propio Juan Rulfo. Me tocó, pues, trabajar un año con ese extraordinario trío. Fueron algunos de mis mejores mentores de literatura. La mía era una generación inquieta que denominaron de la Onda, nombre que se ha conservado a pesar de nuestro rechazo. De todos los escritores nacidos alrededor de 1940 y que comenzamos juntos entre 1959 y 1960, únicamente Parménides García Saldaña, parecía cómodo con la calificación o intento de clasificación. José Agustín y yo fuimos vehementes en la negativa. Casi todos nosotros fuimos parte del Centro Mexicano de Escritores, en consecuencia nos correspondió trabajar nuestros primeros libros con Juan Rulfo.

Para mí era un sueño tratar al autor de libros magistrales. Por ser un autor citadino, eminentemente urbano, con marcadas tendencias a la literatura fantástica, me sentí siempre más cercano a Juan José Arreola. Más aún, todos nosotros continuamos trabajando en su casa particular, donde sin cobrarnos un centavo, nos daba hermosas lecciones de literatura. Él fue, por ejemplo, el primero en leer y editar La tumba, novela inicial de José Agustín y con nosotros fundó la que sería su última gran revista: Mester, cuya existencia pasó el año de vida, algo difícil en aquella época, y aparecieron doce números. Sin embargo, yo podía comunicarme bien con Juan Rulfo, quien era un enorme lector, profundo conocedor de las mejores novelas. No acostumbraba hacer alardes de su cultura. Era reservado y de apariencia tímida. Hablaba sólo cuando era necesario y de pronto era capaz de lanzar dardos muy afilados.

Alguna vez Fernando Benítez, entonces en la revista Siempre!, me mandó entrevistarlo, no fue fácil. Pensé que lo sería porque lo veía todos los miércoles por la tarde y a veces solía acompañarlo a su casa, me gustaba oírlo hablar, su voz suave y pausada me mostraba libros que desconocía. Le pedí la entrevista y él aceptó. Me contestó con monosílabos y frases muy cortas. Cuando le mostré a Benítez el resultado, desdeñoso me dijo: No sirve: hay más preguntas que respuestas. Adelante, entendí que otros eran los caminos de la entrevista como género y que en efecto, había sido mal periodista.

Pero lo importante es que Juan Rulfo me tenía alguna deferencia, al menos me aceptaba, no era igual con mis compañeros generacionales, con José Agustín, por ejemplo, tuvo encontronazos severos, donde, claro, mi amigo salió más lastimado. Alguna vez, tomamos un café y le dije a Rulfo que no tenía ningún libro suyo firmado. Sonrió. Más adelante me regaló una hermosa fotografía donde aparece de medio cuerpo, con esa mirada triste que le vi más en el Instituto Nacional Indigenista, donde trabajó por años, que en el Centro Mexicano de Escritores. La firmó afectuosamente y hoy es parte del acervo del Museo del Escritor.

La obra de Juan Rulfo realmente se limita a dos libros. Existen otros trabajos menores que los editores se han empeñado en mostrarnos como obras acabadas, pero no necesitó más para ganarse en lugar de altísimo rango en la literatura escrita en castellano. Quizá por ello era severo con los jóvenes, pedía más rigor y menos páginas. Insistía en ello, igual que lo hacía Juan José Arreola. Los críticos han sido claros en exaltar sus méritos, aunque algunos, pienso de nuevo en Emmanuel Carballo, fue severo en el largo prólogo a su antología del cuento mexicano. Tal vez opinó así en vista del deslumbramiento que le producía la obra de Juan José Arreola y sin reflexionarlo mucho, contribuyó al mito que dividía al país en dos tendencias, haciéndolas, incluso, odiosas. La ausencia de crítica literaria seria, no la de escritores usurpando funciones que no acaban de comprender, nos llevó a padecer más de una década de “luchas” entre arreolistas y rulfianos, una pugna inexistente que era el producto bobo de imaginar que había una lucha entre la fantasía y el realismo. La primera la representaba Arreola, mientras que el segundo tenía como general a Rulfo. El simplismo de aquella época, nos separó y yo quedé del lado de los arreolistas, incluso recuerdo alguna nota donde decía que yo era el más arreolista de los arreolistas.

Cuando murió Rulfo, estaba yo al frente de suplemento de Excélsior, El Búho. El propio director me dio la orden de cubrir la nota. La hice y no apareció en el suplemento sino en las páginas de la primera sección, señal de la importancia del suceso. La adolorida nota fue recuperada en algún libro, si mal no recuerdo de Alejandro Sandoval.

Los tiempos han cambiado y como bien afirma Mario Vargas Llosa en su más reciente obra, La civilización del espectáculo, los literatos son menos apreciados que en el pasado. La alta cultura ha sido sustituida por el entretenimiento, por el show. Sin embargo, a pesar de que nuevas figuras han aparecido y los buenos libros importan menos, el mundo de Rulfo sigue impresionando. Sus tramas inteligentes, sus personajes inolvidables, su prosa justa y renovadora, la temática rural que él llevó a sus más altas consecuencias, nos obligan a seguir leyéndolo. Multitraducido, elogiado por severos críticos nacionales e internacionales, incluido en rigurosas antologías y llevado a la cinematografía, Rulfo continúa vivo. En vida la fama lo abrumó, lo aterrorizó, podría decirse. A diferencia de su amigo y paisano Juan José Arreola, a quien la fama, el éxito, le iban bien, a Rulfo parecía abrumarlo. En las reuniones sociales se marginaba y solía ser cauteloso. Una vez, en una cita con el entonces candidato presidencial Carlos Salinas, organizada por Enrique González Pedrero y Víctor Flores Olea, hoy cercanos al PRD, unos cincuenta escritores, intercambiamos puntos de vista para la posible restructuración de Bellas Artes. Al concluir, el político se despidió de todos nosotros en la puerta de la casona que nos albergó, a cada uno lo señaló por su nombre y le formuló alguna inquietud sobre su obra literaria. Yo quedé cerca de Rulfo y escuche que Salinas le preguntaba por su siguiente novela, La cordillera, la que prometió y jamás concluyó. Sus lectores la esperamos, dijo mientras que Rulfo simplemente sonreía con amabilidad

Curiosamente no puedo dejar de pensar en Arreola y Rulfo juntos, así nacieron a la fama. Se distanciaron por razones más o menos enigmáticas, quizás a causa de las opiniones poco analíticas de la crítica literaria de aquel tiempo. Pero ya desde el Centro Mexicano de Escritores había diferencias e ironías. En tal sentido, Rulfo resultaba más filoso: Arreola, decía, sólo ha leído dos libros, pero eso sí, muy bien. A su vez, Arreola dijo en Guadalajara, en el último homenaje que recibió en vida, ante un público numeroso y algunos de sus discípulos como José Agustín, Alejandro Aura y yo, que lamentaba su separación del amigo de juventud, Rulfo.

Pero las críticas menos piadosas que le escuché a Rulfo fueron para algunos de nosotros. A un colega sensible, al acabar de leer su cuento, aburrido por cierto, el maestro le dijo: Le falta luz, póngale un cerillo. Y a José Agustín, en reacción a un comentario exagerado y fuera de un acertado contexto (Yo aceptaría publicar en España, pero sin censura), le dijo en una reunión en casa de Paco Ignacio Taibo I, entre algunos de los más afamados integrantes de las letras de aquel momento, y un editor español de mucho peso que buscaba autores mexicanos: No te preocupes, José Agustín, no tendrás problemas en España, la literatura infantil no es objeto de censura. Una fotografía de aquella reunión, apareció en Tiempo, de Martín Luis Guzmán. De todos los que estábamos, el editor de Planeta se quedó sólo con la obra de Rulfo.

Conmigo fue menos duro, pero alguna vez, irritado, señaló inconsistencias en un cuento mío. ¿Cómo pueden juzgar legalmente a unas ratas por haber devorado la cosecha? Es imposible. Me sorprendió el comentario de un escritor que hizo hablar a los muertos. A la semana siguiente, la nota graciosa de los diarios era que en Iztapalapa habían detenido a un burro por invadir propiedad privada y puesto en libertad dos días después por falta de méritos. Recorté la nota y se la llevé. La leyó y me dijo: René, la realidad supera a la fantasía.

He intentado hacer una especie de retrato personal de uno de los mayores narradores del castellano que he conocido. Recordar su agudeza y sus bromas afiladas. Un breve retrato de un personaje al que todos recordamos como muy serio y escasamente afecto a la ironía. En sus intervenciones literarias con nosotros solía ser cuidadoso. Desde luego, sentía más simpatías por aquellos que escribían cuentos y novelas cercanos a su tendencia literaria. Se alejaba de José Agustín y Parménides García Saldaña, para quedarse con Raúl Navarrete o con un peruano de paso fugaz en México, Edmundo de los Ríos, quienes tenían afinidades con él. Lo mismo le ocurría a Arreola, sólo que éste era muy abierto.

En lo personal, la ayuda de Rulfo ayuda fue valiosa, gracias a él di con autores que han sido importantes en mi vida de escritor. Seguirá llamándome la atención el recuerdo de un hombre notable que parecía ignorar su fama, su peso en las letras universales.