REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Apantallados

Moviola en su Laberinto - La invisible fragilidad de la democracia estadunidense


Alonso Ruiz Belmont

Las acusaciones de fraude (legítimas o infundadas) esgrimidas por la izquierda lopezobradorista ante los resultados oficiales de las elecciones presidenciales en 2006 y 2012 simbolizan el infortunado regreso de la sospecha y la desconfianza en la vida electoral de nuestro país. El término “recuento electoral” ocupa un lugar ya simbólico en la memoria de varios mexicanos que observamos con preocupación la fragilidad de nuestras incipientes instituciones democráticas, así como las sistemáticas dificultades que experimentan nuestras leyes e institutos electorales para resistir los embates originados desde los centros del poder económico y asegurar la limpieza de cada elección.

Sin embargo, no deberíamos perder de vista que en el año 2000 los recuentos de votos jugaron un papel central en otra crisis poselectoral que se desató tras los comicios presidenciales celebrados el 7 de noviembre en los Estados Unidos. En aquella fecha, el vicepresidente demócrata Al Gore y el republicano George W. Bush, entonces gobernador de Texas, eran los dos principales aspirantes a ocupar la Casa Blanca. El vicepresidente destacaba por su brillante oratoria y una larga experiencia en la vida pública, mientras que el tejano sobresalía por la ausencia de méritos políticos e intelectuales. Bush cargaba con el estigma de la mediocridad, Gore con el de la falta de carisma.

Las encuestas de opinión levantadas en días previos anunciaban que aquélla sería una de las elecciones más reñidas en la historia de ese país. Hacia las 19:00 horas, tiempo del este (ET) del 7 de noviembre se hizo evidente que la victoria en el estado de Florida definiría al ganador: quien obtuviese la mayor votación allí tendría los 27 votos decisivos que aquel Estado aportaba al Colegio Electoral (el presidente de los EEUU es elegido por votación indirecta). A las 19:00 hrs. (ET) en el centro del país, CNN y NBC anunciaban que Al Gore había ganado Florida, un dato que el resto de las cadenas confirmaron una hora después. Sin embargo, conforme avanzaba la noche comenzaron a fluir en los medios reportes contradictorios sobre lo que estaba ocurriendo en aquel estado. A las 21:00 hrs. (ET) Tom Brokaw, locutor de la NBC, informaba de un cambio abrupto y declaraba que Florida era para Bush; en ese momento la cadena también emitía los primeros reportes sobre protestas de votantes demócratas en el condado de Palm Beach, que decían haber votado equivocadamente por el ultraderechista Pat Buchanan, candidato del Partido Reformista, a causa de una confusión generada por la configuración de las boletas electorales en esa demarcación. En varios estados, entre los cuales se hallaba Florida, los electores votan perforando con una aguja el recuadro correspondiente al candidato de su preferencia en la boleta electoral e insertan ésta en un lector automatizado que contabiliza su voto de manera electrónica. Pese a ello, el sistema no es infalible ya que, en muy contadas ocasiones, las máquinas registradoras pueden anular o contabilizar erróneamente un voto al leer la boleta. Sin embargo, hasta aquel entonces eso sólo había sido un problema menor que no había influido en el resultado final de alguna elección presidencial.

Para las 2:16 (ET) todas las cadenas de televisión confirmaban el triunfo republicano en Florida; dos minutos después, éstas declaraban a George W. Bush presidente electo. Gore se comunica telefónicamente en privado con el gobernador de Texas para felicitarlo y aborda un auto con su esposa afuera de su hotel en Nashville, Tennessee. La comitiva del vicepresidente se dirige hacia el War Memorial en el centro de la ciudad para que Gore pronuncie su discurso de aceptación de derrota frente a las cámaras de televisión. Sin embargo, unos segundos antes de subir al templete para comenzar a hablar en el Memorial, sus asesores le comunican que la ventaja de Bush en la península se ha estrechado, de cincuenta mil votos, a poco menos de dos mil. Florida sigue en disputa. El demócrata abandona apresuradamente el lugar y llama nuevamente a Bush para retractar su concesión, los medios difunden la noticia inmediatamente. En el transcurso de la madrugada las cifras muestran que la ventaja del republicano en Florida era de tan sólo 1,784 votos, un 0.03% del total local y suficiente para que se activase un recuento de votos reglamentario estipulado por las leyes electorales. Las máquinas registradoras comienzan dicho recuento y para el 10 de noviembre la brecha se reduce a apenas 327 votos. Sin embargo, desde las primeras horas del día 8 los asesores de Gore habían detectado también un número anormal de votos anulados. El 9 de noviembre, los demócratas piden a la junta electoral de aquel estado el primer recuento manual en los condados de Volusia, Palm Beach y Miami-Dade; comenzaba así una sorpresiva crisis poselectoral que colapsaría a mínimos históricos la credibilidad de la democracia liberal más importante en el mundo occidental.

Los detalles de este acontecimiento histórico son abordados en la cinta de ficción Recount (2008), de Jay Roach. Dicho filme está centrado en la encarnizada batalla política que protagonizaron los equipos legales demócrata y republicano, encabezados a su vez por los ex secretarios de Estado Warren Christopher (asesor de Gore) y James Baker III (asesor de Bush). Mientras Gore se dirigía al War Memorial, Ron Klain, ex jefe de asesores del vicepresidente y encargado de prensa durante la campaña, recibe en su habitación del Hotel Loews en Nashville una perturbadora llamada del periodista Ron Fournier, corresponsal de Associated Press (AP), la agencia de noticias más antigua de los EEUU. Fournier le informa a Klain que las cifras de AP no concuerdan con las del resto de las cadenas informativas y que el margen de diferencia en Florida es muy estrecho para declarar un ganador en ese momento. Al mismo tiempo, Michael Whouley, asesor demócrata, observa confundido en el monitor de su computadora las cifras de la votación actualizadas en tiempo real y se comunica con Klain para decirle lo mismo que Fournier. Los lectores electrónicos estaban fallando en varias demarcaciones, quitándole miles de votos a los demócratas en cifras que rebasaban el número de votantes registrados. En ese momento, Gore y su esposa viajan solos en una limusina que se hallaba en la punta de la caravana motorizada, pero su línea telefónica está apagada y nadie puede hablar con él para informarle que la situación ha dado un vuelco inesperado. Bill Daley, el director de la campaña es contactado en su teléfono por Klain y Wohuley, Daley se comunica entonces con otro asistente llamado David Morehouse, la persona que viajaba más cerca del auto de Gore, para pedirle que detenga al vicepresidente antes de que suba al templete y acepte su derrota ante las cámaras de televisión. Morehouse, con una rodilla lesionada, trata de correr hacia Gore y le grita infructuosamente, finalmente lo alcanza y se interpone desesperadamente entre éste y los escalones al proscenio exclamando la frase más importante de toda su vida: “Sr. vicepresidente, hay un problema con los números en Florida”.

A partir de entonces se inicia una batalla contra el tiempo en la que el equipo demócrata solicita a las juntas electorales un recuento manual en cuatro de sus más importantes bastiones en aquel estado, ubicados en los condados de Miami-Dade, Broward, Palm Beach y Volusia; de conformidad con lo estipulado por las leyes de Florida, los recuentos debían concluir el 14 de noviembre. Sin embargo, únicamente Volusia estaba en condiciones de cumplir el plazo perentorio establecido. Ante esta situación, la única funcionaria con atribuciones para ordenar la extensión de dicho plazo en los tres restantes condados era Katherine Harris, secretaria de Estado en el gabinete de Jeb Bush, gobernador de Florida y hermano del candidato republicano. Sin embargo, Harris, quien también participaba como promotora en la campaña de W. Bush, rechaza extender el plazo legal. Los asesores de Gore y las juntas electorales de Broward, Palm Beach y Miami-Dade acuden entonces a la Suprema Corte de Justicia del estado de Florida; ésta ordena extender la fecha hasta el día 26. Posteriormente, los magistrados facultan a los funcionarios electorales para recontar las boletas anuladas que hubiesen sido procesadas erróneamente por los lectores electrónicos, estas representaban varios miles de votos, suficientes para alterar el resultado de la elección.

A pesar de la extensión otorgada por la Suprema Corte del estado, los tres condados mencionados no logran completar el recuento para el 26 de noviembre. Harris declara a Bush como ganador el día 27 y, tras un accidentado proceso de apelaciones y fallos, los magistrados de Florida ordenan contabilizar los recuentos extemporáneos en Palm Beach y Miami-Dade así como otros sesenta mil votos nulos. Baker y su equipo ya habían apelado el fallo en Florida ante la Suprema Corte de la Nación en Washington, dominada por jueces conservadores. Esta última anula la determinación de los jueces estatales el 12 de diciembre. En un fallo dividido por cinco votos a favor (William H. Rehnquist, Sandra Day O’Connor, Antonin Scalia, Clarence Thomas, Anthony Kennedy) y cuatro en contra (John Paul Stevens, David Souter, Stephen Breyer, Ruth Bader Ginsburg), la Suprema Corte en Washington ordena finalizar el proceso electoral, argumentando que el recuento de los sesenta mil votos nulos en Florida alteraba la llamada “cláusula de equidad constitucional” (equal-protection clause) en perjuicio de Bush y que sería imposible finalizar a tiempo los demás cómputos. George W. Bush se convertía así en el 43er presidente de los EEUU.

Recount consigue retratar de modo verosímil los contrastes entre los equipos legales demócrata y republicano. Mientras Christopher creía ingenuamente que la batalla que se estaba librando era una disputa entre caballeros con estricto apego al orden jurídico, Baker entiende desde un principio que el problema era eminentemente político y que la crisis poselectoral sería una auténtica pelea de perros. Los demócratas buscaron conjurar el peligro de enfrentamientos callejeros entre sus partidarios y los seguidores de Bush, en tanto que los republicanos enviaban grupos de agitadores a las juntas electorales en Tallahassee, Florida con el propósito de agredir e intimidar a los funcionarios que estaban efectuando los recuentos y demorar el proceso para evitar que concluyera a tiempo.

Aunque varias investigaciones independientes realizadas con posterioridad llegaron a conclusiones divergentes acerca de quién había ganado realmente la elección, el resultado final del litigio poselectoral cavó brechas infranqueables entre muchos ciudadanos estadunidenses. Autores como Vincent Bugliosi, Alan M. Dershowitz, Michael Parenti y Jefrey Toobin señalaron acertadamente que, lejos de apegarse a su papel institucional como garantes de imparcialidad, los cinco jueces de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que fallaron contra Gore prefirieron honrar sus inclinaciones republicanas y hacer activismo político. Dicha polémica ha seguido presente en años posteriores. En 2007, John G. Roberts, presidente de la Corte nombrado por George W. Bush, invocó también la “cláusula de equidad constitucional” para detener los programas que impulsaban la profundización de la integración racial voluntaria en las escuelas de Seattle y Louisville. La misma cláusula ha sido invocada por Roberts, Scalia, Thomas y Samuel A. Alito (quien ocupó el espacio vacante que dejó O’Connor) para expresar su rechazo a iniciativas de protección al medio ambiente, así como al establecimiento de mayores controles a la venta de armas y de topes a las contribuciones privadas de corporaciones a las campañas electorales, tres posturas que definen a la perfección el ideario conservador del partido republicano.

A ojos de muchos estadunidenses, el 7 de noviembre de 2000 los republicanos utilizaron diversas tácticas fraudulentas en Florida y otros estados (votantes excluidos del padrón electoral, actos de intimidación a los ciudadanos por miembros de las fuerzas de seguridad locales, urnas de votación y boletas desaparecidas, cierre prematuro de casillas) que les permitieron robarse la elección presidencial.

Pero más preocupantes aún resultan las conclusiones de académicos y periodistas como Parenti, Mark Crispin Miller, Rick Garves, Gregory Elich, Bob Fitrakis, Harvey Wasserman, Anita Miller, Andy Dunn, Greg Palast, Steven F. Freeman y Joel Bleifus, quienes aseguran que Bush también le habría robado la elección presidencial de 2004 al candidato demócrata John Kerry. Las encuestas de salida levantadas el día de la elección mostraban que Kerry estaba obteniendo entre 47 y 53 por ciento del total de los votos emitidos y que llevaba una ventaja de 1.5 millones de sufragios frente a Bush, suficiente para conseguir una sólida victoria en el Colegio Electoral. Sin embargo, horas después las cifras oficiales le dieron a Bush la victoria con una ventaja de dos millones de votos, un giro en las tendencias técnicamente imposible. En estos comicios las principales anomalías reportadas fueron la desaparición de urnas provisionales y el envío extemporáneo de boletas a estadunidenses residentes en el extranjero (unas seis millones de personas), la mitad de los cuales habían formado grupos de protesta anti Bush. Extrañamente, el envío corrió a cargo de Pentágono y no del Departamento de Estado, como en ocasiones previas. Otros hechos anómalos, observados en decenas de miles de casos, fueron la exclusión injustificada de votantes demócratas en los padrones de varios Estados y miles de votos contabilizados para Bush que excedían el número de votantes registrados en condados ubicados en Ohio y Florida, así como en la mitad del estado de Nuevo México (¿suena familiar?). En 2004 una buena parte de los lectores de tarjetas habían sido reemplazados por sistemas computarizados que incorporaban monitores con sensores de tacto, una tecnología mucho menos confiable que los lectores, sin respaldos impresos y totalmente vulnerable ante manipulaciones de las redes informáticas. Los sensores de tacto fueron usados en al menos once de los Estados en los que la ventaja de Kerry cambió abruptamente en favor de Bush en el transcurso de la votación. Considerando lo anterior, no resulta ninguna coincidencia que las principales empresas que comercializan dichos sistemas en la unión Americana (Sequoia, Diebold y ES&S) sean propiedad de activos militantes del partido republicano. Todos estos contratistas privados se han opuesto de manera sistemática a que los funcionarios electorales auditen sus softwares operativos aludiendo supuestos secretos industriales.

Todos estos datos conllevan implicaciones demoledoras si consideramos el entusiasmo con el cual numerosos académicos y medios de comunicación en la derecha del espectro político se empeñan en definir a los Estados Unidos como la última de las grandes democracias liberales en el mundo. Mientras que en nuestro país el mayor reto hoy día es la consolidación de las instituciones democráticas, en los EEUU los grupos sociales mayoritarios parecen estar luchando en cambio por evitar que la división de poderes y la rendición de cuentas se conviertan en una ficción. No obstante, y sin olvidar las diferencias históricas y culturales que dividen a ambos pueblos, tanto en México como en los Estados Unidos los violentos embates que están recibiendo actualmente las instituciones democráticas desde los centros del poder financiero y mediático parecen tener un correlato implícito con la virtual desaparición de las clases medias y el escandaloso incremento en los niveles de pobreza.

_______________

Recount, Estados Unidos, 2008. Dirección: Jay Roach. Producción: Everyman Pictures, HBO. Films, Mirage Entertainment. Guión: Danny Strong. Elenco: Kevin Spacey, Bob Balaban , Denis Leary.