REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 11 | 2019
   

Confabulario

El curandero


Francisco Javier Arroyo

Caía la noche. En una choza a orillas del río Churubusco, en el pueblo de San José Aculco, se escuchó una voz que decía:
—Termínenselo todo. Si no, nunca va a curarse. Este té es lo mejor que puede haber para el mal que le hicieron. Bébalo todo.

El paciente tragó todo, hasta la última gota, obedeciendo las indicaciones de don Isidoro.

El enfermo llevaba varios meses con cansancio; diariamente amanecía con dolor de cabeza, malestar estomacal y, sobre todo, mareos que lo hacían permanecer la mayor parte del día sentado; había ido con dos médicos de la ciudad, pero no lo curaron; fue a parar con un droguero, que le había preparado una sustancia a base de cloruro de plata y bicarbonato de sodio, provocándole únicamente daño intestinal que, aunado a su malestar inicial, le había provocado mayores complicaciones que lo tuvieron en cama por más de una semana.
Don Isidoro era un anciano de sesenta y ocho años; a lo largo de su vida había acumulado tantas experiencias como arrugas en el rostro. Nacido en Tierra Blanca, Veracruz, sus antepasados habían sido conocedores de los secretos de la herbolaria prehispánica, de ahí que su bisabuela le transmitiera todos los conocimientos que poseía; además, con el paso del tiempo él había adquirido mayores habilidades para la curación de sus pacientes; incluso descubrió que sus manos eran fuente real de energía; en ocasiones llegó a calmar fuertes dolores de estómago, huesos, espalda, cadera, con el sólo contacto de las manos; era increíble ver cómo el calor que emitían sus palmas y dedos disminuía los intensos dolores de sus pacientes. Mucha gente llegó a creer que era un enviado de Dios.

Los testimonios de sus curaciones aumentaban cada día; así surgieron mitos con respecto a que curaba todo tipo de males. A veces acudían a verlo mujeres que solicitaban sus servicios para tener novio, verificar la fidelidad de sus parejas o saber si eran envidiadas por alguien. Era tal la demanda de trabajo de don Isidoro, que me aceptó como alumno y ayudante.

Don Isidoro vivía en la ribera del río Churubusco. En 1929, su casa de adobe y carrizo estuvo a punto de inundarse por las fuertes lluvias que azotaron la zona. Vivía en condiciones humildes; con sus ganancias compraba ingredientes para hacer sus curaciones. Solíamos recorrer las chinampas y canales de Santa Anita, Xochimilco, La Viga, San Antonio Abad y La Merced para buscar plantas, semillas y demás productos medicinales. Una de sus especialidades eran las infusiones, linimentos, pomadas, ungüentos, maceraciones, tés, destilados, bálsamos y demás compuestos y mezclas, la mayoría creados por sus antepasados.
Nunca le pregunté qué motivos tuvo para venir a vivir a la ciudad de México; don Isidoro era muy reservado en cuanto a su vida privada. Yo me dedicaba a obedecer sus instrucciones. Mi casa estaba cerca del pueblo de Iztacalco, a pocos kilómetros de la de don Isidoro, de modo que la mayor parte del día lo pasaba con él. Yo, de trece años, me afanaba en aprender todos los secretos del oficio. Don Isidoro me decía:
—Las infusiones, las mezclas y los tés deben llevar la medida exacta de ingredientes para que surtan efecto; si las cosas no se preparan con el cuidado y la porción necesarios, es mejor que no se las des a los enfermos.

Cada mañana yo llegaba puntualmente y tocaba la puerta de madera de la casa de mi patrón, entre pirules, eucaliptos, nísperos, limoneros y otros árboles frutales; también había un área pequeña donde don Isidoro sembraba algunas plantas que servían para las curaciones, como, por ejemplo, albahaca, manzanilla, hierbabuena, tomillo, laurel, mejorana, ajo, epazote, malva, jengibre, ajenjo y menta. Alrededor de ello se oían el cacarear de gallinas, el parloteo de guajolotes y el ladrido de tres pequeños perros: El Güero, El Flaco y Benji.

En una ocasión llegué más temprano que de costumbre y divisé a alguien sentado a la orilla del río; me parapeté tras un árbol para ver de quién se trataba: era don Isidoro, que pensativo observaba la salida del sol y el vuelo de algunas aves. No me atreví a interrumpirlo.

Cada día me granjeaba nuevas experiencias. Una mañana llegó una señora acompañada por un hombre fornido, que cargaba a un niño de acaso doce años llamado Pascual. La señora, madre de la criatura, contó (entre lágrimas) a don Isidoro que su hijo sufría desmayos desde hacía un mes, que apenas tenía fuerza en las piernas y que no comía; peor aún, se convulsionaba con los ojos casi en blanco, o bien, por la madrugada, aún dormido, se arrastraba al tiempo que profería palabras extrañas y gritos que semejaban el rugido de algunas bestias. Yo escuchaba todo eso horripilado, y mi horror se disparó cuando la señora dijo que Pascual había estrangulado a dos perros que fueran sus mascotas. La señora ya no dormía; se la pasaba esperando que su retoño le hiciera algo malo. Un sacerdote había visitado su casa y asperjado agua bendita, pero ello no aminoró la enfermedad. Entonces, don Isidoro me dijo:

—A ver, Santiago. Tráeme seis almendras, aceite de olivo, dos castañas, una veladora blanca, una cruz de ocote, pirul, ruda y un poco de parafina.

Enseguida le llevé la parafernalia. Advertí que Pascual me miraba con ojos diabólicos y sonreía sarcásticamente. Me estremecí y flaqueé. Don Isidoro pidió a la señora que le dijera, de ser posible, en dónde y con quién había estado jugando el niño antes de que comenzaran sus males. La señora se empeñaba en recordar cuando el propio Pascual balbuceó:
—Demetrio, mi amigo Demetrio, bajo el árbol de eucalipto, en el canal…

La madre añadió que su hijo decía tener un amigo, pero que ella nunca lo había visto. Aquél salía de casa y se la pasaba jugando a orillas del Canal de la Viga, en el barrio de San Andrés. Más de una vez, Pascual había regresado a casa exhibiendo moretones, y el colmo fue cuando lució una herida en la cabeza, presuntamente causada por su amigo, quien (molesto) lo había golpeado con la diestra, en la cual llevaba un anillo pesado. La madre había buscado varias veces al amigo imaginario y, claro, nunca lo halló. Una madrugada notó que Pascual no estaba en casa; lo buscó por los alrededores y lo halló bajo el mentado árbol de eucalipto, llorando; la mujer miró hacia arriba y, pese a la oscuridad, divisó algo o a alguien que subió trepando hasta la copa del árbol. Horrorizada, la señora tomó a Pascual y volvió a casa; fue entonces cuando comenzaron a ocurrir cosas tremebundas; los faroles se apagaban solos, las sillas se movían solas, se escuchaban voces. Creyendo que la causa de los fenómenos era la posesión de su hijo por un espíritu malvado, la señora quiso curar a aquél con yerbas de romero; fue inútil. Una comadre le recomendó que visitara a don Isidoro, quien sin duda curaría a la criatura.

Don Isidoro le pidió que le indicara el lugar exacto donde se encontraba el árbol de eucalipto; la señora dibujó una suerte de croquis, que el curandero examinó apenas y luego guardó. Don Isidoro me recomendó que saliera, pero no quise pasar ante él como un cobarde, de modo que le aseguré que prefería quedarme. Pascual me miró y comenzó a reír a carcajadas; acto seguido balbuceó palabras extrañas e incomprensibles. Don Isidoro pidió al sujeto fornido que atara al niño a una silla, y a mí que apagara el quinqué de petróleo y encendiera una veladora blanca. Entonces, Pascual profirió maldiciones y gruñidos. Afuera, los perros aullaron. Pascual prorrumpió en rugidos. La madre huyó del cuarto para no ser testigo de lo que pudiera pasar. El cargador, perplejo, se quedó, tomó un crucifijo que estaba colgado en la pared y se dedicó a rezar en voz alta. A todo esto, el curandero ordenaba a gritos al espíritu que abandonara el cuerpo de Pascual, al tiempo que molía almendras y castañas en un molcajete; luego agregó a la mezcla aceite de oliva y, no sin dificultad, abrió la boca del niño para hacerle beber; el niño intentó patalear y escupir. Entré en acción; lo tomé por la mandíbula para mantenerle la boca abierta. Don Isidoro le oprimió el estómago para que tragara la sustancia viscosa; el niño cerró entonces la boca, sin que yo pudiera sacar algunos dedos; escuché un crujido y enseguida sentí mucho dolor, que me hizo gritar. Don Isidoro se apresuró a ayudarme; logró abrir la boca de Pascual lo suficiente como para que yo sacara los dedos; tomé un trapo para limpiar la sangre, sobre todo la que brotaba de mi pulgar; don Isidoro me recomendó que me lo lavara con aguardiente, cosa que hice mientras que él forcejeaba con Pascual. En un momento dado se desentendió de él para untarme una pomada en los dedos, envolverlos en un pañuelo rojo y, por fin, darme de beber un té amargo. Exigió que me fuera al cuarto de al lado; obedecí, pero a través de la cortinilla de tela que servía de puerta espié sus movimientos.

El cargador, con los ojos cerrados, rezaba el Ave María junto a la puerta principal. Don Isidoro encendió una pequeña estufa de petróleo, donde colocó una vieja cazuela con agua a la que agregó parafina; después la tapó. Se armó entonces de un ramo de ruda con pirul. Pascual se había callado y agachado; parecía dormir. De repente se escuchó un grito que me sobresaltó:

—¡Sal de este cuerpo! ¡Te ordeno te retires y abandones a este niño!
Mientras gritaba, don Isidoro golpeaba con el ramo sobre la cabeza, espalda y piernas de Pascual, que permanecía agachado, como dormido. Su respiración se aceleraba. Don Isidoro dio un sorbo al aguardiente y lo escupió a los pies de Pascual, después encendió la veladora blanca y la colocó frente a los pies del niño.
—¡Regresa, Pascual! —gritó el curandero—. ¡Regresa de dónde estés! ¡Tu madre te llama, regresa!

Nuevamente dio un sorbo al aguardiente y lo escupió sobre la veladora; para mi horror, del piso surgió una enorme llamarada que, en forma de remolino, desapareció en el techo. Don Isidoro revisó la cazuela con agua y parafina y exclamó que en ella se había dibujado el lugar exacto donde el espíritu se había introducido en el cuerpo de Pascual. Efectivamente, era el árbol de eucalipto. El cargador, aún aterrorizado, se había arrinconado sin soltar el crucifijo ni abrir los ojos. Don Isidoro, complacientemente, le dijo que no sintiera miedo, dado que las ánimas buscan la luz; no hacen daño. De repente, Pascual gritó una serie de palabras:
—¡Sálvame, libérame, agua, río, niño, madre, luz, sol, cielo, dios!
Enseguida sobrevino el silencio, que don Isidoro rompió para pedir al cargador que desatara al niño, ahora completamente relajado, inconciente. Pese al miedo, el hombre obedeció, mientras don Isidoro salía para llamar a la señora. Ésta preguntó si Pascual ya estaba curado; don Isidoro hizo algún gesto con la cabeza y dijo que faltaba otra visita, que sería el viernes, antes del mediodía; ello bastaría para que el niño volviera a la normalidad. La señora preguntó cuánto le debía, a lo que don Isidoro respondió que, en cuanto el niño estuviera recuperado, le cobraría cinco pesos. El cargador tomó a Pascual en brazos y, precedido por la señora, se fueron. Don Isidoro guardó algunas cosas en una bolsa de yute, me preguntó cómo seguía de los dedos y si lo podía acompañar. El dolor había menguado. Accedí a acompañar a don Isidoro y dimos alcance a la madre de Pascual; don Isidoro le explicó que tenía que visitar el árbol de eucalipto. Avanzamos unos cinco kilómetros siguiendo la ribera del río Churubusco hacía el poniente. Pascual seguía dormido. Pasamos de largo chinampas, milpas, campos verdes, hortalizas y huertas. El cerro de Huizachtépetl sobresalía por su verdor.

Don Isidoro continuaba platicando con la madre del niño; ella decía que éste había quedado huérfano apenas cumplido su primer año. El padre, cabo Renato Sandoval, había participado en la Revolución y fue muerto en batalla a manos de los federales. Ella se enteró de la trágica noticia dos años después, por medio de un compadre; nunca supo qué hicieron con el cuerpo de su esposo; le dijeron que había muerto en Querétaro. El fallecido había dejado dos chinampas, donde la mujer sembraba algunas hortalizas y flores que vendía en el mercado de Santa Anita o en el de La Merced, además de un jacal modesto donde vivían ella y Pascual. A la postre éste despertó y comenzó a vomitar; el cargador lo puso en el piso a toda prisa; de la boca de la criatura brotó un líquido negro y espeso, que fue sucedido por una bola de pelos con uñas. Agotado, Pascual se quedó mirando a su madre; se abrazaron y comenzaron a llorar.

Ya en el sitio donde se encontraba el enorme árbol de eucalipto, don Isidoro me dijo que me preparara, porque íbamos a ver algo inimaginable. Sentí terror, pero logré acopiar algo de valor. Ubicado debajo del árbol, Isidoro fue sacando de su bolsa las cosas necesarias para comenzar la sanación; en un anafre de barro puso algunos carbones, que encendió; agregó incienso, mirra y copal, comenzó a regar el tronco con un líquido verdoso, y posteriormente sacó un pequeño ejemplar de La Santa Cruz de Caravaca, que a la larga sería la base para mis curaciones. El hombre pronunció una breve oración, a la que siguieron otras. Pascual, su madre y el cargador se habían retirado algunos pasos. Con una pequeña pala, don Isidoro comenzó a cavar bajo el árbol; quise ayudarlo, pero me dijo que mejor me mantuviera atento de lo que pasara. Tragué saliva.

El hoyo no estaba muy profundo cuando fueron visibles unos huesos humanos; don Isidoro extrajo cada una de las piezas, entre las que destacaron el cráneo, un sombrero y una cuerda con un nudo corredizo. Don Isidoro me explicó que del árbol habrían colgado al dueño de la osamenta. Aquél continuó cavando y encontró una pequeña olla de barro, tapada con algunos trapos; don Isidoro me miró y me dijo que contenía monedas, añadiendo que era peligroso abrirla de repente, dado que “los metales producen gases venenosos”. Agujereó el trapo con un cuchillo y dejó que los gases salieran; luego continuó cavando y encontró un rifle, unos huaraches y un escapulario con la virgen de Guadalupe, que en la parte trasera tenía las iniciales R.S.L. Don Isidoro se quedó pensativo y acto seguido llamó la atención de la madre de Pascual; la señora llegó al pie del árbol y vio el escapulario; comenzó a llorar al ver las iniciales; dijo que eran de su esposo (Renato Sandoval López). Don Isidoro le explicó que el infeliz había sido ahorcado en ese árbol, de ahí que Pascual sintiera necesidad de jugar por ahí; el espíritu del cabo Sandoval quería comunicarse con alguien, y sólo encontró al niño, cuyo cuerpo quiso poseer.

El pequeño anafre continuaba encendido. Don Isidoro rezó en voz alta y pidió a la madre de Pascual que hiciera lo propio, pidiendo por el descanso eterno de su fallecido marido. En eso se escuchó un estruendo, una especie de alarido proveniente de la copa del árbol; levantamos la mirada y vimos algo enorme, oscuro, que salió volando hacía el oriente; era una especie de gato con alas. Don Isidoro me explicó después que se trataba de espíritus materializados en varias formas, que se liberan para salir a la luz.

La mamá de Pascual estuvo llorando por un rato, mientras don Isidoro terminaba de orar. Después enterraron los restos del cabo Sandoval cerca de la casa de Pascual; pusieron una cruz en la tumba y se verificaron los rezos de rigor. Por fin el cabo descansaría en paz. Nunca se supo por qué lo habían colgado del eucalipto.

Oscurecía cuando don Isidoro entregó a la señora la pequeña olla de barro, ahora tapada con un pedazo de manta; le dijo que la había encontrado junto al cuerpo de su esposo. Nos despedimos, no sin dejar firme la cita del próximo viernes. Llegado el día, resultó que no serían necesarias más curaciones; Pascual había recuperado la salud. La señora pagó con cuatro monedas de oro.

Pasaron algunos años. Yo seguía aprendiendo de mi maestro. En cierta ocasión llegué a su choza y no lo encontré; lo esperé un rato; me senté a la orilla del río, acompañado por los perros, y observé a los patos. De pronto me llamó la atención un tecolote posado sobre la rama de un árbol de pirul, justo frente a la choza; su mirada era penetrante; parecía observarme detenidamente. Esa mirada y la de don Isidoro eran iguales.
En 1933, don Isidoro, que ya me había enseñado cantidad de cosas, me dijo que es muy difícil curar a la propia familia: “A la propia sangre no la curas tú. Tienes que buscar a alguien de confianza para que lo haga.”

Un mediodía, mientras preparábamos un ungüento a base de eucalipto, mentol y petrolato, alguien llamó a la puerta. Abrí y vi a dos hombres: uno robusto, alto, bigotón, con sombrero de palma y huaraches de tres correas, con pistola al cinto. Esto último me asustó; creí que nos ajusticiarían a tiros. En cambio, el tipo preguntó por don Isidoro, quien a mis espaldas me ordenó hacerlos pasar. Entonces vi al otro hombre, cuyo rostro estaba cubierto con una especie de paliacate; caminaba lentamente y despedía el hedor de la carne podrida. Don Isidoro, aparentemente inmune a la pestilencia, le preguntó al de la pistola el motivo de su visita, y el hombre contestó que su hermano Paulino se encontraba muy mal; alguien le había hecho algún tipo de brujería, de ahí que su rostro se estuviera llagando día a día. Don Isidoro descubrió sin ambages la cara del enfermo; sentí miedo y asco al notar lo poco que quedaba de ella; estaba despellejada y cubierta de ámpulas. El maestro Isidoro contempló aquello de cerca y luego anunció que tenía cura, si bien el procedimiento sería lento, de un par de meses.

De alguna parte tomó una bolsita roja rellena de algo, y pidió al enfermo que la llevara siempre en el bolsillo, sin quitársela ni aun para dormir. El contenido lo protegería de toda maldad. Preguntó al enfermo cuál era su oficio, y el interpelado, no sin dificultad, respondió con voz trémula que trabajaba en el panteón municipal de Iztapalapa, pero aclaró que había dejado de ir hacía seis meses, pues fue entonces cuando empezó a sentir mucha comezón en la cara, la cual degeneró en ámpulas y despellejamiento. Curiosamente, la enfermedad o lo que fuera no se había extendido al resto del cuerpo.

Don Isidoro les recomendó que tuvieran fe; poco a poco advertirían la mejoría. Ellos preguntaron cuánto costaría el tratamiento; don Isidoro les dijo que hablarían al respecto una vez que el enfermo se recuperara. Eso sí, los conminó a que cierto día le llevaran un zopilote vivo y que Paulino se presentara en ayunas. Los hombres, tan extrañados como yo, estuvieron de acuerdo y, antes de irse, le dijeron a don Isidoro que el señor Adalid, que vivía en Culhuacán, le mandaba saludos; él los había recomendado con don Isidoro. Para mi sorpresa, éste puso cara de espanto al escuchar ese nombre. Me quedé intrigado, pero no pregunté nada. Don Isidoro me dijo que me fuera a casa; aunque repliqué que nos faltaban cosas por hacer, alegó que se sentía cansado y que nos veríamos a la mañana siguiente. Su actitud me inquietó; la atribuí a que escuchara el nombre de Adalid. No puse más reparos y me marché.

Transcurrieron tres o cuatro semanas antes de que Paulino y su hermano Gaspar volvieran; el primero aún llevaba el rostro velado. Llevaban, dentro de un costal de yute, un zopilote vivo que se agitaba continuamente. Don Isidoro me pidió que cerrara las ventanas para evitar que el zopilote escapara. Don Isidoro lo agarró por el cogote y pidió que Paulino se quitara el paliacate. Yo acerqué un jarrón de barro preparado especialmente para la cura; don Isidoro se las arregló para atar con un mecate el pico y las patas del zopilote, y acto seguido lo cortó el pescuezo de un tajo con un hacha; llenó el jarrón de barro con la sangre de la criatura. Don Isidoro conminó a Paulino a beber la sangre hasta la última gota. Los hermanos, como era de esperar, se quedaron estupefactos. Tras breve vacilación, Paulino se quitó el paliacate, tomó el jarrón con ambas manos y comenzó a beber, poco a poco y con evidente asco. Ingirió hasta la última gota.

Una vez concluida la curación, don Isidoro le pidió a Paulino que descansara. Al rato éste preguntó sobre la próxima curación, a lo que el maestro contestó que sería el siguiente viernes, antes de las doce, en ayunas y con un nuevo zopilote. Don Isidoro se negó otra vez a cobrar, y los otros, al irse, volvieron a dejarle saludos de parte de Adalid. Don Isidoro guardó silencio.

El siguiente viernes, los hermanos se presentaron puntualmente, con el consabido zopilote. Paulino volvió a beber la sangre del ave, y luego contó que ya podía descansar un poco mejor; dormía en ciertas posiciones sin sentir comezón en el rostro; además, las ámpulas habían desaparecido. Antes de irse, don Isidoro les preguntó sobre Adalid, concretamente si seguía viviendo en Culhuacán; ellos respondieron afirmativamente. Por fin, y ante mi mirada interrogadora, el maestro me dijo que Adalid era un amigo al que tenía más de treinta años de no ver; la última vez que lo vio le había hecho una infusión, y ambos habían prometido no reencontrarse. Entonces le pregunté cuál era esa infusión, y me contestó tranquilamente que algún día yo sabría todos los secretos del mundo, incluyendo el de la infusión que diera a Adalid.

Una tarde llegaron una señora y su hijo (de ocho años, más o menos), que era tartamudo, de modo que todos se burlaban de él; esto lo había vuelto triste y retraído; no quería salir ni jugar con nadie; se pasaba todo el día bajo el cuidado de la madre. Don Isidoro le preguntó su nombre, a lo que la mamá respondió que Teodosio, y que tal vez había nacido así porque, cuando ella estaba embarazada, sufrió un susto muy grande: un toro escapado del rastro casi la corneó; milagrosamente no pasó nada, pero el susto quizá repercutió en el problema de la criatura. Don Isidoro dijo que tal vez ésa fuera la razón, y enseguida pidió a Teodosio que abriera la boca; observó la lengua y las encías y anunció que el mal tenía remedio, si bien la curación debía llevarse a cabo bajo la luna llena, así que habría que esperar hasta los dos últimos días del mes en curso.

El día 29, a las once de la noche, el par regresó puntualmente; el plenilunio era hermoso. Don Isidoro no quería que yo lo apoyara, pero ante mi insistencia accedió; me pidió que vaciara un poco de vinagre de alcohol y una aguja en un recipiente y lo pusiera a hervir; por su parte, él se armó de unos trapos limpios y después de un rato inició la curación. Até al niño a una silla y le abrimos la boca; don Isidoro usó la aguja para pinchar ciertas partes de la lengua y del paladar. Por supuesto que Teodosio rompió a llorar y a gritar. La curación fue efectiva; pasados diez minutos, don Isidoro pidió a Teodosio que hiciera gargarismos de vinagre y luego escupiera; repetida la operación tres veces, la sangre dejó de fluir de la boca. El niño quedó más tranquilo. La madre le pedía que hablara. Don Isidoro le pidió calma y recetó al niño que durmiera, y que a la mañana siguiente, al despertar, se lavara la boca con jugo de limón para acelerar la cicatrización de las heridas.

Una mañana llegué a casa de don Isidoro, que estaba a punto de salir; llevaba a cuestas su bolsa y vi que metía en ella una pequeña daga. Me dijo que nos veríamos al día siguiente. No estuve de acuerdo y me empeñé en acompañarlo. Nos dirigimos a caballo a San Francisco Culhuacán; el maestro desmontó al fin y preguntó a un hombre algo que no escuché, y luego me dijo que iríamos a la hacienda Los Girasoles, al pie del cerro del Huizachtépetl. Ante el portal de la hacienda nos detuvieron tres caporales, que nos preguntaron a quién buscábamos. Don Isidoro contestó que al señor Adalid. Entonces se oyó una voz:
—Déjenlo pasar, es mi amigo. ¡Pásale, Isidoro, pásale! Ya sabía que vendrías. Ésta es tu casa. Veo que traes compañía. ¿Es tu nieto?
Isidoro contestó con una pregunta:
—¿Por qué tantos guardias? ¿A quién le debes? Sigues en las mismas, no cambias.
El fanfarrón contestó:
—Claro que he cambiado. ¿A poco no se nota? ¿No me veo más joven? Yo diría que unos cincuenta años menos, ¿no?
Comenzó a carcajearse. Isidoro se acercó a él y le dijo:
—Quería visitarte para salir de dudas. Quería ver cómo estabas. Paulino me dijo que me mandabas saludos y quise venir a saludarte personalmente. Veo que ya tienes tu propia finca, muy grande y con trabajadores. Creo que te ha ido bien.
Adalid, sarcásticamente, respondió:
—Las herencias de la familia. Mi padre, mi madre, mis tíos, mis hermanos y uno que otro amigo, no todos podemos llegar a los ciento seis años, ¿o no, mi querido Isidoro? Todo te lo debo a ti. Pero pásale, te voy a enseñar la finca, para que veas mi ganado.
—Mira, Adalid —dijo Isidoro—, ya nos vamos. Sólo quería saber cómo estabas y la verdad te veo bastante bien. Creo que cuarenta años no pasan en balde y mi alumno quería conocerte. Le he platicado de ti. Le quedaba la curiosidad de verte para creer.
Adalid se quedó pasmado y preguntó:
—¿Ya sabe el secreto?
Isidoro contestó que sí. Me quedé callado, no gesticulé. Adalid saco de su pantalón de cuero un costalito con monedas y le dijo a don Isidoro:
—Toma, amigo. Para que te ayudes.
—No, Adalid —contestó Isidoro—. No vine a pedir ayuda. Al único al que le puedo pedir ayuda es a mi dios. Cuídate y espero que te vaya muy bien.
No se estrecharon la mano. Dimos media vuelta y nos retiramos al trote. Adalid se quedó en el portón. De pronto, el maestro me dijo:
—¿Sabes por qué tuve que mentir, Santiago?
—No.
—Te contaré. Hace aproximadamente cuarenta años, yo era muy joven.

Adalid tenía sesenta y seis años, se enteró de que yo curaba y que había adquirido un poco de fama. Acudió a mí para que lo pudiera rejuvenecer, cosa que en mi vida había podido hacer. Habían venido mujeres muy ricas que con tal de darme la mitad de sus fortunas; trataban de convencerme para que creara una fórmula y les hiciera el milagro de que se vieran como doncellas. Nunca accedí, por miedo a cometer alguna locura y perjudicarlas. Mi madre, que en esa época se encontraba muy grave (nunca supe de qué), necesitaba cuidados especiales. Estábamos hundidos en la pobreza, yo huérfano de padre y ella muy enferma y sin poder hacer nada. Justo entonces se me apareció Adalid; me dijo que me haría rico a cambio de ayudarlo. Me negué, pero me prometió que llevaría a mi madre a la ciudad, al mejor sanatorio y la curaría, que yo sólo me dedicara a crear la fórmula.
“Era tanto el amor que le tenía a mi madre, que accedí; sólo quería que ella se curara.”

Aproveché una pausa para preguntarle por qué no la había curado él mismo.
—Santiago —contestó—, recuerda lo que un día te dije: sangre no cura sangre. Yo no puedo curar a mi propia sangre, es la maldición que heredamos los que tenemos este don. Fue una de las razones por las que me alejé de mi familia en Veracruz. Por eso nunca quise hijos; es mi destino desaparecer o convertirme en viento, en agua o en fuego. Ahora comprendes por qué estoy solo.

La compunción lo movió a llorar. Al cabo relató que Adalid le había pagado para que investigara la fórmula; regresó a Tierra Blanca para investigar al respecto. Pasó poco tiempo allá; regresó para ver cómo seguía su madre. Había fallecido. El mismísimo Adalid la había mandado sepultar en el panteón del barrio de la Asunción.
—Pasé varias noches sin dormir —relató—, y luego, fuera de mí, fui al panteón y desenterré el cadáver de mi madre; lo llevé a la choza y lo enterré en medio de mi huerto. Nadie lo supo, y si te lo cuento es porque estoy próximo a desaparecer. Adalid no tardará en venir a buscarme y tengo que confiarte esto y más cosas para que ese desgraciado no te pueda hacer daño. Necesito terminar de contarte la historia del rejuvenecimiento. Eso es lo que anda buscando Adalid; hoy que le vi los ojos, los noté muy claros, signo de que de un momento a otro volverá a envejecer y va a querer más fórmula. Sólo tengo una ración más y no se la vas a dar a nadie, aunque te ofrezcan todas las riquezas del mundo; no vayas a caer en la ambición, porque ésa será tu perdición.
Íbamos ya por la ribera del río Churubusco, cuando el maestro continuó su relato:
—Adalid no había llevado a mi madre a ningún lado. La dejó morir, sólo para que yo le hiciera su fórmula. Pasaron algunos meses y continuamente llegaba a amenazarme con su pistola, para que le entregara la poción. Le di largas, al principio, y al final le avisé que ya la tenía. La llamé “El renacimiento”; dijo que no le importaba cómo se llamara, sino que funcionara. Le previne que necesitaría quedarse, por lo menos, quince días en la choza, pues el tratamiento era lento y doloroso. Accedió, informó a su familia que saldría de viaje y se mudó conmigo. A nadie le dijo lo de la fórmula, y me hizo prometer que sólo nosotros lo sabríamos. Por eso le dije que tú sabías, para que sintiera miedo.

“Primero le dije que debía estar en reposo durante tres días, comiendo muy poco; luego tendría que extraerle un poco de sangre durante cinco días, tres veces al día, y esa misma sangre debía beberla en la misma dosis que la extracción, para que estuviera en constante purificación; después de un receso de un día comenzaría el tratamiento de materia prima, el cual contiene varios ingredientes, unos traídos de Tierra Blanca y otros que pude conseguir aquí. Uno de los mas difíciles de conseguir fue la hoja de chilhuacle, que crece en la zona húmeda de Perote y Tajín. Con ese ingrediente ya tienes la mitad de la fórmula.

“Adalid se debilitaba día a día. Le di una maceración de víboras de cascabel, zincuate y coralillo, incluyendo sus escamas, lo cual le provocó un sueño de dos días y ciertas convulsiones; le sobrevenían fiebres que yo tenía que controlar con trapos mojados. También sufrió delirios y leve pérdida de razón. Perdió todo el cabello y su piel comenzó a madurar; se convirtió en un bulto morado, como si estuviera lleno de moretones. Desfallecía a cada pérdida de sangre, y al ingerirla con aguardiente se revigorizaba. Le unté un bálsamo a base de ajenjo, jengibre, albahaca, mejorana, laurel, hoja santa y otras yerbas prodigiosas, que transpiraba cada día. A los doce días se le cayeron todos los dientes y comenzó a despellejarse; al desprenderse, su piel crujía, haciéndolo convulsionarse y gritar de dolor; los ojos se le transparentaban, las encías se le amorataban. No dejé de darle líquidos para evitar que muriera.

Pasaron tres días. Al cuarto abrió los ojos, un poco más repuesto, y me dijo: “Ya quedó listo, ¿verdad, Isidoro? Me siento muy bien.” Me pidió un espejo, y su sorpresa fue mayúscula al darse cuenta de su transformación radical. No creía lo que había pasado. Tenía cabello nuevo, más corto y delgado, dientes blancos como perlas, piel tersa sin arrugas. Efectivamente, había renacido en perfecto estado de salud. Me besó las manos (quise resistirme), me dijo que me volvería rico.

“Le dije que no quería nada de él. Lo albergué por dos días más y al tercero le exigí que se olvidara de mí para siempre, que no quería volverlo a ver en mi vida, y que nunca más volvería a darle la fórmula. Antes de que se fuera, le eché en cara que mi madre había muerto por culpa suya, cosa que nunca le perdonaría. Se largó a caballo. Eso fue hace cuarenta años. Ahora que lo vi noté que su piel comienza a agrietarse y su rostro está cansado, muestra clara de que está pasando el efecto de la fórmula. Lo que te voy a pedir es que por nada del mundo le des la fórmula. Sólo tengo una dosis; bueno, son dos, una es verde y la otra, azul. Si algún día tienes que dársela a alguien, dale la azul. Tú te quedas con la verde, no lo olvides. Ésa es la clave para que sigas aquí. Todo lo que tengo va a ser tuyo, recuérdalo. Le dices a tu madre que yo te lo dejé. Voy a escribirlo para que quede en papel; te dejo mi formulario y mis ingredientes. Serás un curandero; eres valiente, atento, obediente y muy inteligente. Yo me encargaré de dejarte todo listo. Debes recordar todo lo que te he dicho y jamás cobres.

Deja que la gente te pague lo que considere necesario. Nunca le quites nada a nadie, nunca abuses de los débiles. Trata a los demás como quisieras que te trataran, ayuda a los que no tienen, da esperanza a los afligidos, auxilio a los necesitados, paz a los aturdidos, amor a los infames, tu vida a los enfermos.”
El viernes siguiente llegó Paulino, sin su hermano, con un zopilote dentro del costal. Ya no tenía paliacate; su rostro estaba prácticamente recuperado. Lo primero que hizo fue darle las gracias al maestro, que le impidió que le besara las manos y luego me ordenó que desangrara al ave. La curación culminó. Paulino preguntó si sería necesaria otra, a lo que el maestro contestó:
—Depende de cómo te sientas. Si quieres recuperarte totalmente y sientes que ya estás bien, ya no vengas, pero recuerda que el que está enfermo eres tú. Tú debes saber cómo te sientes.
Entonces Paulino dijo:
—Es que la verdad no tengo dinero para otro zopilote. A mi hermano lo asesinaron y el patrón Adalid no quiso ayudarnos para el entierro. Unos tipos entraron a la finca y mi hermano estaba cuidando el portón, le dieron varios balazos y lo encontraron muerto al amanecer. Me gasté lo poquito que tenía y no tengo ni para pagarle.

Don Isidoro se metió al cuarto contiguo, y después de dos minutos le entregó a Paulino dos monedas de oro; le dijo que con eso trajera el próximo zopilote para que terminara la curación. Paulino le dio las gracias. Don Isidoro replicó:
—Paulino, recuerda que al que mal obra, mal le va. Sigue tu camino y no voltees atrás.

El hombre salió. Don Isidoro se sentó, bajó la cabeza y se quedó ensimismado. Alcancé a escuchar que maldecía a Adalid entre dientes. Luego me dijo que me fuera y que regresara al otro día. Entonces tuvimos una sorpresa: nos visitó Teodosio, aquel niño tartamudo, acompañado por su madre. Estaban muy contentos; el niño, hablando perfectamente, saludó a don Isidoro y le dijo que, gracias a él, su vida cambiaría. La mujer preguntó al maestro cuánto le debía.
—Señora —dijo don Isidoro—, para mí es mucha alegría ver al niño feliz. Ésa es mi mejor paga.
—Señor —dijo ella—, pero si lo que ha hecho no se lo pago con nada. Ha curado a mi hijo, le ha cambiado la vida. No voy a discutir. Le dejo estas monedas, le doy las gracias a nombre de toda mi familia.
El niño tomó las manos del curandero y las abrazó contra su mejilla. Cuando se fueron, don Isidoro me dijo:
—Ven, Santiago. Hoy es el día. Cierra la puerta y ven al cuarto.
Movió una mesita de madera, debajo de la cual removió una tabla falsa y, a su vez, un baúl cerrado con un candado desgastado por el paso del tiempo. Del baúl sacó una pequeña caja de ocote; dentro de ella había algo envuelto en un paño rojo. Eran las dos fórmulas, cada una en un frasco de vidrio. Las miré claramente, una azul y otra verde. Me dijo nuevamente que, si alguna vez tenía que dar alguna, diera la azul. Me dio la llave del candado y me dijo que pusiera todo adentro, después me enseñó un cuadro con la foto de su madre; lo descolgó de la pared y dejó al descubierto un hueco, del que sacó un pequeño recipiente de barro lleno de monedas de oro.
—Éstas son tuyas —me dijo—. Tú sabrás si te dedicas a malgastarlas, a trabajar, a ahorrar o a gastar lo necesario. Tú sabrás qué hacer.
Era tal mi incertidumbre, que le pregunté:
—¿Por qué me está dando todo esto, don Isidoro?
—Tengo que desaparecer. Estaré en el viento, en el agua y en el fuego. Soy materia, no me voy, permanezco. Ahí estaré, tú te darás cuenta y me observarás y me sentirás a tu lado, enfrente, encima, detrás, en la noche y en el día. Éste será tu hogar y el mío.
No entendía todo lo que el maestro trataba de decirme, pero ya no quise preguntar más. Transcurrió la tarde, el clima enfrió. En la noche me despedí del maestro. Lo noté muy raro. Antes de que yo saliera, me dijo:
—Recuerda todo lo que has aprendido y todo lo que te he dicho. Todo esto te pertenece. Tú tomarás mi lugar.

Ésa fue la última vez que lo vi. Nunca olvidaré su mirada, su semblante, su tristeza, pero tampoco su bondad, su nobleza, su humanidad. Durante tres días estuve llegando temprano a la choza; tocaba hasta cansarme, pero el maestro no aparecía. Al cuarto día decidí abrir la puerta y no lo encontré. En la mesa había unas hojas amarillentas con algunas fórmulas y pociones; algunos dibujos de animales voladores y otras cosas que con el tiempo entendería.

Un día antes de la navidad, mientras curaba a una señora paralizada con una mezcla de abejas vivas, alguien tocó a la puerta. Abrí y quedé espantado: era ese hombre, no olvidaré su rostro; era el diablo, era Adalid. Me preguntó por el maestro, le dije que no se encontraba; insistió en esperarlo, le dije que no regresaría y decidió esperar a que la señora saliera para ingresar. Me dijo con voz amenazadora que si trataba de esconder al maestro yo también sufriría las consecuencias. Me tomó por las solapas y me azotó contra la pared. Su mirada perturbada me indicó que estaba desesperado; sus ojos estaban completamente transparentes y sólo le quedaban dos dientes que sobresalían de sus moradas encías, cientos de arrugas cubrían su rostro, manos, cuello; ya no tenía cabello; su piel estaba amoratada. Traté de no sentir miedo, pero él sacó una pistola y me apuntó con ella.
—Dame la fórmula —dijo— o te meto un tiro y luego vengo a matar a tu maestro, te lo juro.
Tomé las cosas con calma. Le dije que me esperara. Pasé al cuarto contiguo, saqué mi llave, moví la mesa, abrí el candado y saqué los dos frascos, guardé el azul y tomé el verde. De repente, a través de la ventana entró una enorme lechuza dorada con su cabeza blanca, me miró fijamente, me espantó; comenzó a aletear a gran velocidad, trató de tirarme el frasco verde. Recordé en ese instante que traía el frasco equivocado, así que tomé el otro, regresé con Adalid, que desesperado me quiso quitar la fórmula; se lo impedí, conminándolo a sentarse y calmarse. Le extraje un poco de sangre y poco a poco comenzó a calmarse; respiraba agitadamente; fui vaciando poco a poco la fórmula en la sangría y después de un momento le di a tomar la poción. Se relajó, durmió, era de noche cuando despertó. Me pidió un espejo, se lo di, quedó convencido y se retiró, no sin antes sacar del pantalón una pequeña bolsita de tela y arrojarla sobre la silla
—Ésta es tu paga —dijo—, después vuelvo por si algo salió mal. Me saludas al anciano.
Se carcajeó y salió. Me asomé a la puerta y lo vi alejarse a caballo. De repente apareció una vez más la lechuza y se posó en una rama de un pirul. Se quedó mirándome fijamente. Cerré la choza y corrí hasta mi casa; esa noche no pude dormir. Mi madre se preocupó y trató de calmarme; intentaba cerrar los ojos, pero se me aparecía ese desgraciado, Adalid; veía sus ojos transparentes, sus arrugas, sus encías.
A la mañana siguiente llegué a la choza y vi a Paulino con su zopilote; me preguntó por el maestro y le dije que yo me ocuparía de su curación. Accedió a regañadientes. Tomé el zopilote, lo desangré y vi cómo Paulino bebía la sangre. Le dije que ya no serían necesarias más curaciones. Me dio unas monedas de oro, alegando que el patrón de su hermano les había dado una gratificación y que él ya tenía trabajo nuevamente.
Antes de que anocheciera reapareció la lechuza; se posó en la rama del pirul y me observó detenidamente, después agitó las alas; repentinamente se alejó a toda velocidad. Cerré la choza.
Pasaron dos días y una mañana encontré a media docena de hombres malencarados ante la choza; iban armados con rifles y pistolas. Uno de ellos, con la cara surcada por una cicatriz, dijo que necesitaban urgentemente a Isidoro, por un motivo de vida o muerte. Les pregunté quiénes eran y para qué querían al maestro; no estaban para coloquios; entraron a la choza y la revisaron de punta a punta. Atiné a comentarles que el maestro no volvería. Entonces uno de ellos me aferró por el brazo y me preguntó si yo me había quedado a cargo. Asentí. Uno me dijo que su patrón, no otro que Adalid, estaba muy grave; había despertado “tieso” y con un extraño color en la piel, que parecía escamosa. Les dije que los acompañaría, para lo cual necesitaba algunas cosas: pócimas, aceites, unas fórmulas, yerbas, mentol y demás, pese a que nada de eso era necesario. Emprendimos el camino a Culhuacán.
En Los Girasoles había conmoción; la gente quería ver a su patrón, y cuando llegué empezaron a preguntarme qué le había pasado y si era cierto que la piel le cambiaba. Los caporales trataban de contener a la gente y, de paso, dejarme avanzar. Finalmente pasé de largo la sala y llegué a una recámara, donde un tipo hacía guardia; le dijeron que yo era el curandero que necesitaba su patrón. Me hizo entrar y vi a Adalid en la cama, supino, envuelto en un paño blanco, exhibiendo los ciento seis años que en realidad tenía. Estaba irreconocible; su piel había engrosado, escamado, y brillaba con el sol; sus ojos abiertos se veían transparentes; sus uñas estaban moradas; en su frente se notaban dos protuberancias, que no eran sino cuernos. En la espalda, increíblemente, se apreciaba el nacimiento de dos alas, que de algún modo se estimularon cuando les puse un poco de bálsamo de mentol. Entonces Adalid se convulsionó. Empecé a rezar para evitar el sufrimiento de su espíritu; le di de beber un poco de fórmula de ajenjo para calmar el ansia. Comenzó a toser y a gritar, y a aullar como si fuera coyote; a lo lejos, los perros aullaban también. La gente congregada afuera de la casa comenzó a impacientarse; algunos huyeron porque presentían que algo malo estaba por venir.
Adalid lanzó un alarido, se incorporó y brincó al suelo; su cuerpo comenzó a transformarse, sus piernas se tornaron delgadas y sus alas se extendieron. Algunos presentes huyeron aterrorizados. Un sacerdote asperjó inútilmente agua bendita sobre la criatura. Los caporales corrieron a refugiarse a los corrales. Nada quedaba de lo que fuera Adalid; ya no era un hombre, pero tampoco un ángel; esta criatura era oscura, tenía escamas y un par de cuernos. El clímax sobrevino cuando avanzó de algún modo al patio de la casa grande y, ante el horror de todos, emprendió el vuelo, sus enormes alas zumbaron con fuerza en el aire. Rápidamente se perdió de vista.
El hecho fue atestiguado por no pocas personas. Aquel año, 1933, no sería olvidado jamás por los lugareños. Había sido el año de la inexplicable desaparición del patrón Adalid. A mí, por razones ignotas, la gente de la hacienda me dio un caballo y un costal con 106 monedas de oro, que representaban cada uno de los años cumplidos por el patrón. Conforme cabalgaba rumbo a casa, la lechuza me seguía de cerca.
Pasaron los años. Acumulé experiencia. Una madrugada del 27 de julio de 1957 tuve un espantoso sueño; me levanté sobresaltado, ya no pude dormir. Nunca imaginé que, al día siguiente, un terremoto cimbraría a la ciudad de México, causando muchas pérdidas humanas y destrucciones. Me dediqué a interpretar mis sueños. Cada noche, cuando quería saber lo que deparaba el futuro, ingería una infusión a base de jengibre, ajenjo y menta, y me relajaba. Así predije muchos eventos, como el terremoto de septiembre de 1985 y la muerte de mi madre.

Hay días en que sigo esperando el regreso de mi maestro Isidoro. Acabo de cumplir cien años y a diario me pregunto cuántos más me quedarán de vida. Hoy, al verme en el espejo, he notado que mis ojos comienzan a transparentarse; ya no tengo color, no tengo arrugas, no tengo ánimos, no tengo ganas de seguir sufriendo en este lugar, que se ha convertido en un caos. Recuerdo cuando todo esto era tan bello. Era mi pueblo. Hoy todo está peor. Ya no quiero seguir dando malas noticias, ya no quiero ser el curandero.