REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
13 | 08 | 2020
   

Letras, libros y revistas

Cuento infinito, de Guillermo Verduzco


Juan Carlos de León

Me veo escribir un cuento. Desde fuera, puedo verme escribiendo. Estoy sentado frente al teclado de mi computadora, mis manos pulsando las letras, creando palabras por aglutinación. El cuento fluye a través de mí, viene desde fuera, mis dedos se mueven por un impulso externo, crean un cuento: el cuento me usa, usa mis manos para derramarse en la página, liberado (Pág. 21).

Me encontré el libro del escritor Guillermo Verduzco (Orizaba, Veracruz, 1986), en una caminata por el Centro. Entré a la librería y hurgué en los estantes hasta que di con él: Cuento infinito. Lo tomé inmediatamente, le eché un vistazo a la portada: negra con el título en blanco y rojo y en el centro, algo que parece una flor ensangrentada. Me entusiasmó la idea del título y su diseño, así como el nombre del autor que en alguna ocasión escuché en una reunión, y que hoy confirmo poco se ha mencionado en la crítica literaria. Las razones sobran.
Éste es su primer libro, publicado en 2008 y editado por Ediciones B, en su serie Ficcionario. Es un compendio de relatos divididos en tres partes: “De lo leído”, donde aparecen las primeras líneas de esta reseña; “Intermedio”, y “De lo vivido”. Sin embargo, la prosa que escapa de sus páginas contiene una viveza extraordinaria, fiel a la tradición de la ciencia ficción y el suspenso, con pinceladas de humor negro en sus tramas y, en alguna que otra parte, deja entrever guiños de sus influencias literarias: Salvador Elizondo, Franz Kafka, Juan José Arreola, así como el escritor serbio Zoran Zivkovic.
En las primeras historias del libro: “Óleo”, “Welcome to Innsmouth”, “Los perros no ven en color”, “Cuento infinito”, “Umbral”, “La espera”, “El jardín”, “Juego nocturno” y “Meta-metamorfosis”, se aprecia en todo su esplendor la narrativa fantástica, tal como lo hiciera otro joven narrador, Gonzalo Soltero, en Invasión (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2007); sin embargo, Verduzco va más allá, entrelaza al lector con sus personajes para satisfacer una intención específica: retratar la esquizofrenia y ese sinsentido que produce estar al borde del abismo del propio cuento.

En “Welcome to Innsmouth” se ejemplifica tal observación, cuando el propio escritor que aparece como personaje, declara: A través de la pesada puerta, oyes pasos que suben apresurados las escaleras. Creíste que tardarían más en encontrarte, pero ya están aquí. Detienes tu escritura y oyes esas voces espantosas justo detrás de la puerta, voces que se parecen demasiado al croar de ranas pero que articulan palabras en español. Acaricias el frío metal pulido del revólver, el cual contiene sólo una bala, como sabes muy bien. Más que suficiente para lo que tienes en mente. (…) Oyes los golpes en la puerta y escribes. Piensas en los ojos como de pez, vacíos, que verás en cuanto la puerta se abra, y en las manos palmeadas con membranas que te tomarán para llevarte al mar y a lo que yace esperando debajo. Piensas en todo esto y escribes.

La segunda parte contiene dos minificciones y dos relatos breves: “Flores”, “Pesadilla de las dos de la mañana”, “Kafka on the rocks”, y “Pesadilla de las tres de la mañana”. Cada historia posee una narrativa oscura, rayando en lo gore y la extravagancia de las cintas de David Lynch, donde la historia comienza de una manera extraña, sin un motivo aparente, y no cabe la menor posibilidad de encontrarse con un final feliz. Ya en la tercera y última parte, Verduzco revela con hilaridad sus aventuras cotidianas que le dan un contrapeso al contenido del libro, en ellas se encuentran: “De discotecas y nativos”, “El señor Rodríguez, de noche”; “Memento mori”, y “El Carnaval”, que retrata un regionalismo desparpajado de la juventud veracruzana en tránsito a la madurez y quizá hasta una suerte de expiación de culpas del propio escritor, pero que no deja escapar, sin embargo, la oportunidad de encontrar la redención a través de la literatura al mencionar a Lovecraft, Robert E. Howad, Borges, Cortázar y José Agustín.

Por lo demás, este libro es exquisito por su composición y su ritmo, así como por la originalidad de los textos que fluyen velozmente sin un afán protagónico y que reinventa géneros con una técnica envidiable de cualquier escritor reconocido. Sólo basta abrir este libro para asombrarse y, sobre todo, para valorar el trabajo de los escritores noveles que es urgente difundirlo.

*Ediciones B. Serio Ficcionario, 2008.