REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
27 | 01 | 2020
   

Letras, libros y revistas

La generosidad divina


Esther Mandujano García

El libro La generosidad divina, es en esencia un homenaje a la amistad. Pretende, no me queda duda, inmortalizar el recuerdo. Es un aullido de dolor por las presencias perdidas, por los caminos andados, por las emociones que invadieron el alma y la piel en ayeres lejanos, y hoy, desdibujados por la bruma del tiempo, en el último momento, momento posible mientras la vida, hoy, son salvados por la literatura.

Raúl Hernández Viveros es un maestro de su oficio, victima de su destino, este libro lo confirma. Es una mezcla de géneros literarios, relatos, anécdotas, semblanzas y hasta poesía. En sus relatos, su vibrante humor negro, su sarcasmo e ironía se entremezclan con grandes valores y profundos sentimientos como el de la amistad.

En el relato “El tigre del Guadalquivir” dice: “… Mima, las inglesas y yo formamos una especie de invencible tronco: el del árbol de la amistad, que no podría ser derribado ni siquiera por otro diluvio universal…” Un invencible tronco, que no puede ser derribado por ninguna fuerza ni siquiera catastrófica.
La nostalgia es otro ingrediente que subyace en casi todos sus relatos, el recuerdo es tan poderoso que penetra el cuerpo y traspasa el alma, aniquila el presente con su daga impiadosa, porque en la mente lo imperfecto se hace perfecto, lo trivial resplandece con un aura de esplendor, sin embargo, el placer perdido en las veredas de nuestra historia es causa del dolor, de la profunda soledad donde sólo caben los recuerdos, el presente termina por ser aniquilado.

En “Las gaitas gallegas”, escribe un hermoso párrafo de una poética exquisita: “… Llueve demasiado. Tengo los ojos llenos de recuerdos. En la imaginación nadie puede quitarme la posibilidad de mirar. En la soledad intento traer hasta aquí la presencia de mis padres. Me atrevo a contemplar aquellos años infantiles cuando jugaba con mis hermanos a las escondidillas…”

La soledad como destino final, es para Raúl también salvación, único sitio para purificar el alma. En “El espíritu invisible”, termina el texto diciendo: “… Cuando me quedé solo, muy lejos de la ciudad decidí escapar hacia las montañas en busca de la inevitable ausencia de cada una de mis familias (en el relato describe con su humor sorpresivo, que había formado tres familias, con el mismo número de hijos y a quienes les había puesto los mismos nombres). Por suerte, transcurrieron los meses y nadie advirtió la desaparición. Creo que fueron radiantes al saber que yo no pertenecía ya a nadie y sin pensarlo me dejé caer en las profundidades de mi soledad…”

Diecinueve textos en prosa y un poema conforman este libro. Entre mis favoritos están por supuesto, “Las colinas verdes” y “Día de acción de gracias”, ambos relatos entrañables, situados en la vieja Europa de los años setenta y con un sentido del humor muy al estilo de los países del Este, estos relatos me recordaron un poco El libro de los amores ridículos de Milán Kundera pero con el toque nostálgico que caracteriza la obra de Raúl Hernández Viveros. “Fuimos bastante felices” es una semblanza sobre la obra de nuestro querido amigo Roberto Williams García. El bellísimo poema “En las rayas de las manos”, está dedicado a Juan Vicente Melo y a Sergio Galindo, personajes que habitan el corazón de Raúl Hernández Viveros. Otro texto interesante titulado “José Emilio Pacheco y su Pluma Sheaffers”, y varios textos más, ilustrativos, enriquecedores, divertidos y amenos.

Imposibilitada por el espacio para comentar cada uno de los textos de su libro, me refiero brevemente, sólo para antojar su lectura al primer texto del libro, “El tigre del Guadalquivir”, relato pintoresco, de humor, que por momentos sorprende con pasajes desoladores, con remembranzas añejas o con párrafos de picante sensualidad.

El tigre del Guadalquivir, personaje de un relato donde los espejismos entrecortados con la realidad, se mezclan con el paisaje tangible y añorado de Sevilla. La giralda, la catedral, la cartuja, el barrio de judíos, las fachadas multicolores, la torre de oro, son el marco en donde el tigre del Guadalquivir, un alcohólico retirado del ring, no del alcohol, deambula, las menos veces sobrio, pero con el anhelo persistente e ingenuo de retornar a su vida de glorias pasadas, “… a su fama de golpeador”. El cuadrilátero y el río, son su ancla con la realidad. El cordón que le ata al mundo, hilos de papalote de un alma solitaria, turbia, que deambula por la vida entre el recuerdo, el ensueño y el alcohol.

El río, útero, cuna, desahogo, receptor de la ignominia, aguas sagradas para limpiar las ansias o el dolor, faro de vida y de esperanza. El alcohol catalizador, purgador, amo, amigo y enemigo, vida y muerte, puerta de los sentidos, de la ignominia, del sueño, de los recuerdos, de la sensualidad. Ambos líquidos, ambos cómplices.

“El tigre del Guadalquivir”, despliega una sensualidad voluptuosa y sórdida en medio de un humor al estilo de Luna amarga de Polanski, mordaz e irónica, por momentos incluso, repulsiva. A través de la mirada del tigre del Guadalquivir, que pretende ser distante, el lector se sumerge de pronto en un mundo viscoso, denso, de un erotismo patológico y amorfo.

En medio de su alcoholismo, de la añoranza, de la sensualidad, del recuerdo de sus días de gloria en el cuadrilátero, el tigre del Guadalquivir, pareciera más un filósofo o un poeta cuando en medio de su locura etílica nos dice al final del relato: “…Y las voces que oigo en mi mente me confunden todo. Qué hago yo aquí con tantos remordimientos y recuerdos, examinándome el alma, bajo el peso del invierno.” Debo mencionar también que además de ser un conocedor del quehacer literario y un estudioso de las letras universales, Raúl Hernández Viveros es promotor independiente, y hasta mecenas de la literatura veracruzana contemporánea.

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* Leega Literaria, México, 2009.
1 Ibidem, pp. 23.
2 Ibidem, pp.31
3 Ibidem., pp.20.
4 Ibidem. pp 28.