REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 11 | 2019
   

Confabulario

La diosa rubia y el irlandés


Hugo L. del Río

La noche del cuatro al cinco de agosto de 1962 en la casa de Marylin Monroe había una convención de espías:
El FBI, la CIA, el Servicio Secreto, un destacamento de detectives privados al mando de Fred Ontash, rey de los huelebraguetas de Los Ángeles; investigadores del Departamento de Justicia y matones de la mafia.
Por razones obvias, la KGB soviética y el G-2 cubano no estaban invitados, pero tenían micrófonos en la vivienda y desde edificios vecinos grababan todo.

La diosa de la ironía puso en esta ocasión la cereza al pastel. El destacamento de policías de Los Ángeles que también llegó –faltaba más– iba al mando del teniente Jim Dougherty, el primer marido de MM.
¿La conoció bien? Difícil. Ambos eran menores de edad cuando se casaron. Marylin no existía: la que firmó en el Registro Civil se llamaba Norma Jeane Baker, una bellísima y perturbada güerca de quince, dieciséis años.
Apenas hubo tiempo de gozar de la noche de bodas y un poco más. El Tío Sam llamó a filas a Jim y se acabó la película.
Esa madrugada, el ex –era tío de pro: obrero, soldado raso, policía, estudió y se hizo juez– fue el primer hombre en hablar con sensatez:
  No se suicidó ni la asesinaron.
Y señaló con la mano la botica de drogas permitidas por la ley que la reina del mundo tenía en su alcoba.
La luz del amanecer fue cruel. Marylin había dejado de ser la mujer más sexy del planeta: cobraron la factura las décadas y décadas de abusar de medicamentos de uso delicado mezclándolos con Dom Pérignon, las diez mil y una noches sin dormir, los ejércitos de compañeros de cama –en los últimos siete días de su vida hizo felices a nueve hombres de los cuales ocho eran de origen humilde– pero, sobre todo, las heridas que sufrió su alma de niña, hija y nieta de alcohólicas locas y de padre desconocido, completaron la tarea de autodestrucción que se había impuesto años atrás como el insulto definitivo a una vida que a cambió de la mirada lujuriosa de millones de varones y unos minutos de la cegadora luz de las candilejas, la obligó a beber el vino amargo de la humillación, el desprecio…
Y, lo peor de todo, incomprensión y soledad.
La muerte de la rubia más deseada del mundo fue la explosión de una bomba atómica en el mundo político de Estados Unidos. El procurador general, Robert Kennedy, no durmió esa noche:
Había que localizar y destruir apuntes, grabaciones, agendas y toda una amplia parafernalia que comprometía al secretario de Justicia y, lo más importante, a su hermano, el Presidente de la Unión Americana.
Bob Kennedy no pegó ojo: nerviosismo, prisa por capturar los materiales antes que sus archienemigos:
Edgar Hoover, rey con corona del FBI; James Jesus Angleton, entonces número dos de la CIA; Otash y sus cómplices; los muchachos de Sam Giancana, Carlos Marcello, Santo Trafficante y sabrá Dios cuántos más.
La leyenda urbana dice que el gran ganador fue Hoover: tenía en su nómina a José Bolaños, cineasta mexicano de quinta fila, el último amante de la estrella. Ésa fue su única gloria.
Hubo otro hombre quien, abrumado por el dolor, tampoco durmió: Joe DiMaggio, el único animal macho que la amó.
Pero John Fitzgerald Kennedy recibió la noticia, bostezó y con la compañera de cama del momento –no era Jackie– volvió a cabalgar yegua de nácar sin espuelas y sin estribo.

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Norma Jean tendría diez u once años cuando su padre adoptivo trató de violarla. Habría sido la primera de una larga y dolorosa serie de experiencias. California siempre fue cruel con ella. Se sabía inteligente y encantadora pero, ¿cómo abrirse paso en una sociedad de hipocresía puritana que trata como basura a una hija de alcohólica con tendencias suicidas y de padre desconocido?
Sabía leer y podía escribir su nombre. Y no más. A mamá Baker la educación de su hija no le quitaba la sed ni la obsesión de autodestruirse.
Norma Jean sólo tenía su belleza: su cuerpo y su magnetismo sexual. El reto era no morirse de hambre y usó las únicas armas que tenía.
Modeló desnuda para comprarse la hamburguesa con papas. Y habrá hecho otras cosas: a ver quién tira la primera piedra.
Fue subiendo a la cumbre ascendiendo trabajosamente por una escalera de camas. Dio el primer campanazo con un clásico de cine negro. La jungla de asfalto: sale cosa de medio minuto como el juguete sexual del abogángster magistralmente interpretado por Louis Calhern.
Y sí, registra bien en el celuloide. Y está buenísima y dispuesta a pagar el precio.

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En el otro lado del espectro social, John Fitzgerald Kennedy ocupa el lugar de su hermano Joe Jr., muerto en acto de servicio en la II Guerra Mundial.
Papá Kennedy educó a Joe Jr. para ser Presidente de la República. Se murió: viene Jack como pieza de recambio.
Lucifer y su legión de ángeles caídos le tienen miedo al fundador del clan de irlandeses católicos empeñados en llegar a la cima del poder. Así es lo que Gore Vidal llamó “La familia sagrada”. Si el hombre lobo los ve en la intimidad se muere del infartazo.
Papi es contrabandista de licores en los años de la Ley Seca. Embauca a Gloria Swanson y usa su nombre para fundar una empresa productora de películas. Kennedy padre se embolsa las ganancias y le carga las pérdidas a su despistada socia.
En pocas primaveras se hace multimillonario. Y el dinero va tomado de la mano con el poder. Se hace amigo del Presidente Franklin D. Roosevelt, de su esposa Eleanor y de un chaparrito y aparentemente inofensivo político de Misuri. Un tal Harry Salomon Truman, quien se dedicaba a vender camisas.
Claro que cultiva a Hoover. Tal vez le envió efebos y vestidos de mujer. Y se hace de otras amistades no muy presentables:
La mafia. Pero, cómo conservar su puesto en el club de los opulentos si no hace alianza con los chicos de Sicilia.
La alianza florece en la Cuba de los burdeles, la droga, los casinos y todo eso.
Sí, gran negocio hasta que Fidel Castro les dio la desconocida del siglo.
Papá Kennedy es nazi: financia a Hitler; odia a los judíos, a los negros, a los polacos, a los italianos –bueno, con los chicos de Palermo y lugares cercanos hay que tener cuidado, claro está– a los hispanoamericanos pero, sobre todo, a los ingleses.
¿Cómo entender que el Presidente Roosevelt lo nombre precisamente embajador en Londres, cuando los británicos se quedaron solos con los ejércitos alemanes a la distancia de los treinta kilómetros que marcan el espacio más estrecho del Paso de Dover.
Papi deja ver su alma sucia y mezquina. Escribe a la Casa Blanca un día sí y otro también: los ingleses son cobardes, débiles, afeminados: mean sentados. Además, se quedaron sin dinero; se van a rendir, van a besar las botas de los alemanes.
Ya tenía su negocio de licores. Ahora lo hace crecer exponencialmente y, claro, hace las cosas a su manera:
Miles de heridos aliados son transportados en buques-hospital a Estados Unidos. Faltaba más: papá los baja para subir sus cajas de coñac, güisqui y champaña.
Llena los hospitales flotantes con toneladas y toneladas de contenedores de licor fino. ¿Y los heridos? Que se jodan.
In gold we trust.

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Jack se convierte en héroe de guerra. Su negro, Ted Sorensen, escribe el primer libro que firma. Profiles of courage. A paso rápido se está abriendo un espacio cada día más amplio.
Pero el muchacho tiene problemas: lo carcomen las enfermedades venéreas –es un garañón de descarga rápida: según la actriz Angie Dickinson su tiempo más largo es de cuarenta segundos–, está dañado de la espalda y tiene tanta fuerza muscular como un gatito recién nacido.
No importa. Será Presidente. Lo apoyan 400 millones de dólares de los años cuarenta y la estructura de la mafia. Papá le escoge novia.
Jacqueline Bouvier, enamorada del billete, las obras de arte y Francia. Matrimonio a la antigüita. De amor, nada.
Charles de Gaulle era un viejo cabrón. Faltaban años para viajar a Dallas cuando Jaqueline, finalmente de origen francés, visitó al estadista, quien abiertamente se cachondeó de ella.
–Sabe, señor Presidente, mis antepasados eran franceses.
  Qué coincidencia, los míos también.
Luego le comentará mi general a su hombre de confianza:
n La Primera Dama se verá bien del brazo de un armador griego.
Onassis estaba a siglos de distancia: entre el comentario del francés y la boda con la guapa viuda se hundieron centenares de sus barcos pegados con saliva y alfileres, pero con pólizas de seguros como si fueran el “Normandie”.
Oh, sí: los marineros también se hundieron. Pero están asegurados. Las pólizas, claro, se redactaron para beneficio de Onassis.

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Peter Lawford, actor de cuarta categoría pero cuñado y conseguidor de los Kennedy lleva a Marylin a la cama de John Fitzgerald.
Norma Jeane ocupó el lecho presidencial durante diez años. Claro, no fue la única hembra, pero el Presidente tampoco fue el único varón a quien ella le dio algo más que calor.
No nos podemos meter en la faena de enlistar novios y novias del dúo dinámico. Harían falta los volúmenes de la Enciclopedia Espasa Calpe.
Marylin se hundía al tiempo que JFK conquistaba al mundo. A la mujer se le había enfriado el alma desde niña y al irlandés se le despertó un pantagruélico apetito por el poder en cuanto probó ese manjar de dioses.
¿Iba bien, iba mal la relación? MM confundía el día con la noche y sus sueños con la realidad. Sí, estudió: quería ser buena actriz. Pero no se pudo desprender del pasado y se hundía en las drogas legales y el champaña.
Quería ser Primera Dama. Así estaba ya de enferma.
Y en la fiesta del 46 cumpleaños de Kennedy, salió al escenario ante 15 mil personas enfundada en un vestido que le cosieron sobre el cuerpo. Con diamantes, sedas y quién sabe cuántas marinolas más le costó 12 mil dólares de 1961 o 62.
Y le cantó al Presidente su “Happy Birthday” de forma tan cachonda que la chismógrafa de Louella Parsons escribió en su columna:
“Más que cantar, parecía que estaba follando con Jack”.
Se le reventó el vestido. Salió una nalga al aire, luego las dos tetas. Ella seguía cantando. Un caballero cachondo gritó:
            n Por Dios, qué culo.
Y ahí se acabó todo. Al Presidente de la nación más poderosa del mundo ya no le convenía beneficiarse de la reina cuya belleza canceraban las drogas y todos los excesos habidos y por haber.
Peter Lawford, alcahuete de corazón, le dio la despedida del preciso y le dijo:
           n Para Jack no más fuiste un par de polvos.
Y se murió ella, a él lo mataron y todos los personajes de la novela negra cruzaron en su momento el río del que no se regresa.
De Kennedy no nos acordamos mucho. Y los archivos que se abren nos muestran un irlandés feo y malo.
A Marylin la tenemos en la memoria y el corazón. Hermosa criatura débil y asustada devorada por las fieras del bosque donde nunca entra la luz del sol.
No era judía. Yo tampoco lo soy, pero pongo una piedra en su tumba.