REVISTA DIGITAL DE PROMOCI脫N CULTURAL                     Director: Ren茅 Avil茅s Fabila
25 | 01 | 2020
   

Confabulario

Libra


Marcela del R铆o Reyes

Los viajeros del espacio eran tan escasos en el cielo de Zibanitu que el espaciopuerto estaba por herrumbrarse. Se abri贸 la puerta plateada del cohete: Astrea se detuvo antes de descender por la escalerilla. El aire ol铆a a az煤car quemada. Un calor seco penetr贸 en sus pulmones. El r煤stico espaciopuerto s贸lo contaba con veinticinco arenom贸viles para transportar a los viajeros hacia la ciudad, la 煤nica ciudad, del planeta; Astrea subi贸 a uno de ellos con su computadora port谩til por todo equipaje. La atm贸sfera, densa y caliente, pesaba sobre su piel.

Despu茅s de atravesar el desierto, el arenom贸vil se detuvo frente al doble enrejado que rodeaba la ciudad. Astrea not贸 c贸mo innumerables planchas de metal azul cortaban de trecho en trecho, con perfecta simetr铆a, la continuidad de los barrotes paralelos y afilados. El chofer descendi贸 y se acerc贸 al doble muro de hierro. Prendi贸 una l谩mpara de la cual brotaron destellos violetas. De un edificio, una luz roja intermitente respondi贸 al llamado. Astrea dio al chofer el tal贸n del boleto y se dirigi贸 con paso seguro hacia la reja, esperando que se abriera una puerta con una se帽al electr贸nica. Pero nada ocurri贸. Mir贸 hacia todos lados sin saber qu茅 hacer.

-Ag谩chese y empuje cualquiera de las puertas azules- le grit贸, adivinando su desconcierto- Ya di la se帽al. La esperan.
-Gracias鈥 musit贸 Astrea, reparando por primera vez en que a la mitad de las planchas de metal hab铆a unos goznes dispuestos horizontalmente. Empuj贸 con la mano la parte inferior de la plancha, y la mitad de la hoja cedi贸 a la presi贸n. Era una mujer acostumbrada a indagar las causas y los or铆genes de las cosas y la observaci贸n era uno de sus dones. El doble enrejado de barrotes paralelos y afilados, las puertas azules enanas y la disposici贸n horizontal de los goznes, despertaron inmediatamente su curiosidad. Su profesi贸n de arque贸loga era, tal vez, una consecuencia de esa necesidad innata de conocer el por qu茅 y la raz贸n de las construcciones humanas, fueran f铆sicas, metaf铆sicas o psicof铆sicas. Aquellos dos c铆rculos conc茅ntricos que envolv铆an la ciudad como si se la hubieran tragado, eran un reto a su mente investigadora.

Tuvo que entrar a gatas por la puerta. El metal era pesado, probablemente una combinaci贸n de hierro y plomo. Record贸 la peque帽a puerta magn茅tica empotrada en la parte inferior del port贸n de su casa, all谩 en la Tierra, para que su perro pudiera entrar y salir sin molestar a nadie. 隆Lo f谩cil que ser铆a instalar a estas puertas un sistema magn茅tico de apertura! Tropez贸 con una piedra, luego con otra. Camin贸 con cautela sobre la alfombra de piedras, hasta el segundo enrejado. Los barrotes dejaban una mayor abertura entre ellos, y las puertas ten铆an menor altura. Prefiri贸 empujar la puerta con la espalda. Al quedar de frente hacia el primer enrejado, vio que las puertas azules no ten铆an ninguna agarradera para poder jalarlas desde adentro. "Si en lugar de estar entrando a la ciudad, estuviera saliendo..." -pens贸-. Sinti贸 miedo. Evidentemente el doble enrejado no hab铆a sido construido para protegerse de una invasi贸n, puesto que las puertas no ten铆an cerradura. Alguien que quisiera entrar a la ciudad no ten铆a m谩s que agacharse y empujar una de las puertas, repetir la misma operaci贸n en el segundo enrejado, tal como ella lo estaba haciendo, y ya estaba adentro. En cambio, salir de la ciudad ser铆a m谩s dif铆cil, por el peso de las puertas y la falta de un sistema mec谩nico, electr贸nico o magn茅tico que facilitara la tarea. No pudo dejar de pensar en un campo de concentraci贸n de aquellos que existieron en el siglo XX en su planeta. Se estremeci贸. Acababa de cruzar la segunda puerta, detr谩s de cual otras piedras le hab铆an dificultado la entrada. 驴No ser铆a una trampa siniestra? Las piernas le temblaron al ponerse en pie.
Del edificio del que sali贸 la luz roja, situado a unos doscientos pasos frente a ella, avanz贸 un hombre. A pesar de la distancia pudo distinguir su sonrisa. Sus cabellos hac铆an juego con los botones dorados del uniforme. Se ri贸 entonces de su temor y de aquella ocurrencia sin sentido. Llegaba a una ciudad, no a una c谩rcel. Aunque se trataba de un planeta donde la civilizaci贸n era primitiva, no ten铆a nada que temer.
El calor sofocante hab铆a quedado fuera de la ciudad.

-Vengo en misi贸n de estudio, -dijo Astrea al oficial, mientras entregaba su pasaporte.

EI oficial, m谩s con la indiferencia de un bur贸crata que con la malicia de un agente de migraci贸n, formul贸 las preguntas habituales sobre el tiempo que pensaba permanecer en Zibanitu; el hotel donde se alojar铆a; la instituci贸n que la enviaba; advirti茅ndole, despu茅s, de la obligaci贸n que ten铆a todo extranjero de sujetarse a las leyes del pa铆s y de la constelaci贸n de Libra.

Cuando Astrea sali贸 del edificio era casi medio d铆a. El sol -la estrella m谩s peque帽a de la constelaci贸n- dio resplandores al campanil de una iglesia cercana. Antes de darse a conocer al alcalde, decidi贸 recorrer la ciudad a solas para observar libremente las costumbres de los habitantes. El aspecto de las casas le trajo a la memoria viejas fotograf铆as de las aldeas terrestres del siglo XX, con sus estructuras de hierro, sus muros de cemento y sus calles asfaltadas. A pesar de esas semejanzas, hab铆a dos cosas distintivas: la calle principal ten铆a la forma de una gran espiral, cruzada por estrechos callejones que part铆an del n煤cleo hacia la periferia. Vista desde el aire, la ciudad daba la impresi贸n de una rueda de bicicleta, con sus radios en perfecta simetr铆a. La segunda caracter铆stica, era que no hab铆a m谩s veh铆culos de transportaci贸n que unas peque帽as ruedas que los zibanitas usaban bajo los pies, a manera de patines. El arca铆smo del lugar era fascinante. Le parec铆a estar de viaje por la prehistoria de su planeta de origen.

Sinti贸 hambre. Con un adem谩n autom谩tico, meti贸 la mano al bolsillo de su traje de viaje para sacar carbohidratos proteicos, pero no termin贸 su movimiento. Tuvo una idea mejor. Ya en otros planetas hab铆a probado los alimentos abor铆genes, a riesgo de que sus superiores le llamaran la atenci贸n por ese atrevimiento que pod铆a trastornar su organismo.

-Un buen arque贸logo -les responder铆a es aqu茅l que en lugar de limitarse a observar, analizar y concluir, act煤a conforme a las costumbres de los pueblos que estudia, s贸lo as铆 puede comprenderlos y asimilar la observaci贸n. De otro modo, los conocimientos ser谩n superficiales y no pasar谩n de la descripci贸n inanimada. La arqueolog铆a hay que vivirla, s贸lo por la pasi贸n se llega al verdadero conocimiento.

Con avidez, sus ojos recorrieron el restor谩n. A trav茅s de los electrodos colocados en su cr谩neo, enviaba telep谩ticamente la informaci贸n obtenida a la peque帽a grabadora de su computadora. Era curioso ver la solemnidad que todos daban al acto de alimentarse. Le parec铆a haber entrado a un templo destinado a adorar dioses ajenos. Comprobaba nuevamente su teor铆a, refutada por muchos de sus colegas terrestres, de que para los pueblos primitivos, la comida era un rito con un ceremonial previamente establecido, al que nadie pod铆a sustraerse, a menos de ser considerado sacr铆lego.

Se apret贸 el lagrimal para activar la c谩mara micro-filmadora, situada all铆 con objeto de aprovechar las lentes naturales de sus ojos y que transmit铆a electr贸nicamente las im谩genes al computador.

-驴Qu茅 le sirvo?

Astrea no supo qu茅 responder. No bastaba entender el idioma, hab铆a que conocer los platillos. Su mirada interrogativa fue como una petici贸n de auxilio.

-驴Le traigo el almuerzo? -S铆- respondi贸 con una sonrisa de agradecimiento.

El plato, un arco iris de sabores, le ofrec铆a una aventura a su paladar, acostumbrado al gusto agrio-amargo de la electricidad y a la insipidez de los compuestos qu铆micos. Muchos libros de historia hablaban de aquellos vegetales de colores que alimentaron durante siglos a los pueblos terrestres, pero probarlos era un deleite sensorial imposible de reproducir con la imaginaci贸n.

Cuando dio fin a los platillos que el mesero le sirvi贸, trat贸 de llamarlo para pedirle la cuenta, pero lo vio muy atareado poniendo manteles en las mesas. Aunque el restor谩n estaba casi vac铆o, todos los encargados del servicio desarrollaban gran actividad, como si esperaran que de un momento a otro, una muchedumbre fuera a entrar por las puertas.

Hizo otra tentativa, aprovechando una aproximaci贸n casual de uno de los meseros. -Ahora la atiendo, s贸lo faltan treinta segundos 驴comprende?

Naturalmente, Astrea no comprendi贸, pero perdi贸 el inter茅s en irse. Ahora sab铆a que algo importante estaba por ocurrir, algo digno de ser observado. Se apret贸 el lagrimal y esper贸. Diez segundos escasos hab铆an transcurrido cuando, en efecto, entr贸 al restor谩n una multitud. Las mesas se ocuparon en un instante. Astrea ten铆a que averiguar la raz贸n.

Un joven con el cabello encrespado, imagen viviente de aquellas estampas del romanticismo hippiano, se acerc贸 a su mesa.

鈥撀縈e permite sentarme? Ya no hay mesas desocupadas. Astrea hizo un movimiento afirmativo y 茅l se sent贸.
鈥撀縌u茅 es lo que pasa?鈥 pregunt贸 Astrea, al tiempo que se llevaba a la boca un vaso con agua verde y fresca.
鈥揘ada鈥 respondi贸 茅l, sin entender el significado de la pregunta.
鈥撀縋or qu茅 han entrado as铆?
鈥撀緾贸mo?
鈥揅omo si vinieran huyendo de algo.
El joven puso cara de incredulidad.
鈥揈s la hora.
Astrea lo mir贸 con la delectaci贸n de quien est谩 pr贸ximo a develar un misterio.
鈥撀縌u茅 hora?鈥 insisti贸, a riesgo de parecer est煤pida.
鈥揇e la lluvia 鈥揷ontest贸 茅l, a riesgo de parecer est煤pido.
鈥揝oy extranjera. Acabo de llegar a la ciudad鈥. Vio entonces c贸mo se iluminaba la cara del muchacho que ahora comprend铆a la insensatez de las preguntas.
鈥揗e llamo Chela铆.
鈥揧 yo Astrea.
鈥揕os dos tenemos seis letras en el nombre, me alegro.
鈥撀縋or qu茅 se alegra?

En ese momento, como si una v谩lvula se hubiera abierto en el cielo de Zibanitu, se oy贸 el estruendo de la lluvia que, sin aceleraci贸n paulatina, cay贸 a borbotones. En el reloj eran las cero horas, ni un segundo m谩s ni un segundo menos.

鈥揗e gusta la simetr铆a 鈥搑espondi贸 Ch茅la铆 sin prestar atenci贸n a la lluvia. Astrea, en cambio, absorta, no escuch贸 la respuesta.
鈥撀緾贸mo?
鈥揇igo que... no tiene importancia.
鈥撀縇lueve siempre as铆? 驴Tan de improviso?
鈥揝i algo tiene nuestra lluvia es no ser improvisada.
鈥撀縐stedes la producen?
鈥揘o鈥 dijo Chela铆 soltando una carcajada infantil.
鈥撀縀ntonces?
鈥撀ire!鈥 y le mostr贸 su reloj pulsera. "Un precioso modelo arqueol贸gico." Pens贸 Astrea. Advirti贸 entonces que las rayas que marcaban los minutos y segundos eran negras, menos las que estaban entre el cero y el uno.
鈥撀縋or qu茅 son rojas?
鈥揈s el tiempo que dura la lluvia.
鈥撀縏odos los d铆as cae a la misma hora?
鈥揟odos. Desde que Zibanitu existe. Desde antes que existiera.
鈥撀縔 nunca se retrasa o se adelanta?
鈥揓am谩s. La lluvia es nuestra ley. El equilibrio de nuestra atm贸sfera. Nuestra unidad de tiempo. Nuestra civilizaci贸n pende de esa hora de lluvia cotidiana; nuestras cosechas, nuestra industria. De esa hora de lluvia sacamos la energ铆a que mueve nuestras m谩quinas. Ella nos une en nuestras acciones, da cohesi贸n a nuestra vida y enlaza nuestras metas.

Su ejemplo de orden, simetr铆a y perfecci贸n es la columna moral de nuestra sociedad.

鈥撀縔 si un d铆a no lloviera?
鈥揈so no puede ser.
鈥揚ero, 驴y si sucediera?
鈥撀endr铆an los pedriscos!鈥 Aterrado, volvi贸 la cabeza para mirar la lluvia y cerciorarse de su presencia鈥 Eso no puede ser.
鈥撀縌u茅 son los pedriscos?
鈥撀縌ui茅nes son?鈥 La cara de Chela铆 se ensombreci贸. Sac贸 una cajetilla de cigarros y le ofreci贸 uno a Astrea. Dio una bocanada como si su pensamiento estuviera centrado en la aspiraci贸n del humo.
鈥撀縎e quedar谩 mucho tiempo en Zibanitu?
鈥揌asta que termine mi estudio. 驴Qui茅nes son los pedriscos?
鈥撀緿e d贸nde dice usted que viene?
鈥揇e la Tierra, el tercer planeta de la estrella Helios. La pregunta sin respuesta hab铆a quedado registrada en la computadora.

Cuando la manecilla del reloj marc贸 la una, el rosario de preguntas y respuestas no se hab铆a agotado, pero Astrea no vio la manecilla, estaba de pie en el umbral del restor谩n, cara a cara a la lluvia para no perder aquel segundo en que el fen贸meno llegar铆a a su fin.

La lluvia ces贸 a la una en punto, tan abruptamente como hab铆a empezado. A trav茅s de sus ojos, Astrea film贸 los detalles. Junto a ella, Chela铆 la miraba. La cortina de agua hac铆a destacar su perfil como un bajorrelieve del paisaje. Al oprimir el interruptor f铆lmico, el brazo desnudo de Astrea roz贸 la mano de Chela铆. Una corriente el茅ctrica los estremeci贸.

鈥撀縑amos?
鈥揤amos.
Salieron juntos del restor谩n por la rosca de asfalto.
*

Todav铆a entre los brazos de Chela铆, Astrea vigilaba su sue帽o. Por primera vez pens贸 en el destino. Siempre que el ser humano se daba cuenta de que no era omnipotente, pensaba en el hado; siempre que varias circunstancias fortuitas se daban cita para modificar el rumbo de la vida, hablaba de fatalismo. El destino era la compuerta de la debilidad, y pod铆a abrirse en ambos sentidos: para justificar la flaqueza, o para atizar el empuje. Muy largo hab铆a sido el camino que hubo de recorrer hasta llegar a la calculadora que la escogi贸 para realizar la investigaci贸n en ese planeta virgen. Ella hab铆a tenido la fortuna de ser la primera en penetrar en aquella constelaci贸n inexplorada. Pero nunca pens贸 que all铆 descubrir铆a el amor. Ese sentimiento anacr贸nico por helioc茅ntrico, en el que cada uno se cree el eje del universo del ser amado. As铆 como la humanidad tuvo que partir de la aceptaci贸n de que viv铆a en la periferia de una galaxia, para poder adaptarse a un cosmos que no giraba a nuestro alrededor, as铆, en el mundo pasional, habr铆a que desprenderse de la ilusi贸n de ser el centro motor del amante, para llegar al amor sin sentirse defraudado.

Trataba de situarse en su lugar y sin embargo no pod铆a evadir ese deseo arcaico de absorci贸n. Chela铆 dorm铆a, y si dorm铆a, seguramente so帽aba. 驴Estar铆a ella presente en esos sue帽os?
Como si 茅l hubiera adivinado sus pensamientos, pronunci贸 un "te amo" casi inaudible, mientras una de sus manos, oculta bajo las s谩banas, acerc贸 a Astrea hacia su cuerpo h煤medo. Ella bebi贸 el aire de la boca de Chela铆 y se sinti贸 completa. Hicieron el amor. Astrea se durmi贸 despu茅s, sin saber si so帽aba con 茅l, y dej贸 de preguntarse si 茅l so帽ar铆a con ella y si no compartieron los sue帽os, al menos la hora de sue帽o s铆 fue compartida.
*
Caminaban de la mano, como ya era costumbre, cuando escucharon un griter铆o. De todas las casas vecinas sal铆an hombres, mujeres y ni帽os en direcci贸n del doble enrejado.

鈥撀os pedriscos! 隆Los pedriscos!鈥 se oy贸 por todas partes.
鈥撀縌ui茅nes son?
鈥揧a los ver谩s 鈥揹ijo Chela铆 con otra voz de la que ella conoc铆a鈥. Tenemos que ir.
鈥撀縋or qu茅? 鈥揟enemos que ir. 隆Ven!鈥 orden贸 Chela铆, y corri贸 a unirse a los dem谩s. Astrea se dej贸 remolcar. Apret贸 su lagrimal. Un r铆o humano inund贸 la espiral. Los zibanitas avanzaban sim茅tricamente en filas de siete en fondo, hacia la periferia. El asfalto gem铆a bajo ruedas y zapatos, como un cuerpo vivo. Pronto, Astrea y Chela铆 tuvieron a la vista el doble muro rebanado por las puertas azules. El espect谩culo paraliz贸 a Astrea. All铆, atrapados entre las dos cercas de hierro, estaban unos treinta hombres de piel negrusca, cabellos como filamentos de 茅bano retorcidos y el terror sali茅ndoles por los ojos. Los zibanitas, con un orden feroz, les lanzaban piedras, una tras otra, inexorablemente. El sonido met谩lico al chocar contra las puertas y barrotes, opacaba el ruido seco y macizo de las piedras que pegaban contra los cuerpos sudorosos y brillantes de los pedriscos. A gatas, trataban in煤tilmente de salir por las puertas enanas. Encaramados unos sobre otros, hac铆an intentos, tambi茅n in煤tiles, de saltar por encima de los barrotes de puntas afiladas. Chela铆, transformado, irreconocible, lanzaba piedras con la fruici贸n de un ni帽o que jugara al tiro al blanco. Astrea se horroriz贸. No pod铆a comprender. De pronto desconoci贸 a la especie humana. Los protozoarios no eran menos ciegos que aquella masa enajenada.

鈥揘o lo hagas, Chela铆. Pero Chela铆 no la escuchaba. Con un ritmo metron贸mico, como un gimnasta en entrenamiento, se agachaba, recog铆a una piedra, la lanzaba y volv铆a a agacharse. Los dorados zibanitas repet铆an aquella trayectoria circular implacable, como un acto de comuni贸n que los fund铆a en uno s贸lo. Astrea mastic贸 su impotencia. 驴Se dar铆a cuenta Chela铆 de que participaba en una matanza insensata? 驴C贸mo era que en lugar de reprobarla, se sumaba a aquella muchedumbre lapidaria? Ahora descubr铆a el origen de la alfombra de piedras con la que tropez贸 al cruzar el doble enrejado. Vio la desesperaci贸n en los rostros oscuros y record贸 su propio temor.

Volvieron a su mente las viejas fotograf铆as de los campos de concentraci贸n terrestres. No pudo ver m谩s. Sus ojos se nublaron, s贸lo o铆a los golpes secos de las piedras sobre los cr谩neos, sobre las espaldas y los vientres.
Cuando al fin pudo abrir los ojos, todo hab铆a concluido. Ah铆 yac铆an los cuerpos de los pedriscos, qui茅n con la cabeza abierta, qui茅n ensartado en las agujas de los barrotes, quien con los ojos vaciados. Los gritos se apagaron. Un ni帽o, prolongando el deleite del juego, levant贸 el brazo e inocentemente lanz贸 la 煤ltima piedra. La muchedumbre se dispers贸 con lentitud. Con lentitud, Chela铆 tom贸 a Astrea de la mano. Ella no tuvo fuerzas para rechazar el contacto. Era una estatua de hielo. Tensa e incapaz de reacci贸n.

鈥撀縑amos? 鈥揹ijo Chela铆, abraz谩ndola con ternura.
鈥撀uiero vomitar!

Desde aquel d铆a, Astrea no fue la misma. Mentira que los sentidos s贸lo captaran el presente. Ahora, cada vez que ve铆a a Chela铆, ella percib铆a una imagen duplicada: Chela铆, levantando una piedra y disponi茅ndose a lanzarla, estaba fundido al Chela铆 sonriente, como un aura impalpable, como una superposici贸n fotogr谩fica imposible de disociar.

鈥揝oy tan culpable como t煤, como esa multitud enloquecida. No mov铆 un dedo para impedirlo. El que realiza un acto malvado y el que, pasivamente, permite que el otro lo ejecute, merecen el mismo castigo. Ambos se igualan en la culpa 鈥揹ijo Astrea, al llegar a la plaza central.
Chela铆 abarc贸 la plaza con los ojos.
鈥揗ira 鈥搇e dijo鈥, contempla nuestra ciudad y piensa cu谩ntas horas de energ铆a han sido necesarias para construirla. 隆Cu谩nta observaci贸n, observaci贸n y experiencia! Cu谩ntas vidas dedicadas a la b煤squeda, descubrimiento, desarrollo y perfecci贸n de nuestra t茅cnica. Cada aportaci贸n cient铆fica va precedida de una estela de sacrificios tan larga como una cola de cometa. Muy alto es el precio que se paga por edificar una civilizaci贸n. Pero lo hemos pagado con gusto. Hemos construido un mundo y queremos conservarlo. Tenemos derecho. Lo hemos comprado con una moneda dif铆cil de acu帽ar: la p茅rdida de nuestra libertad. No somos libres, pero somos civilizados. Los pedriscos son destructores, indolentes, apestan. Por eso los expulsamos de nuestra ciudad. S贸lo que de cuando en cuando tratan de invadirnos. Se sienten tentados por la facilidad de empujar dos puertas azules. Huyen de su miseria y tratan de penetrar en nuestro mundo.

Si flaque谩ramos, ellos acabar铆an por derrumbar todo lo que hemos erigido. Por eso, respondiendo a un llamado com煤n, como un cuerpo con infinitos brazos, y en un gesto de amor que nos acopla, levantamos la mano contra los pedriscos para salvar nuestra civilizaci贸n. No es cuesti贸n de culpa, sino de sobrevivencia. Combatimos para salvar un mundo. Hacemos la guerra para alcanzar la paz. 隆Matamos para poder vivir! Astrea se volvi贸 a mirarlo. La sombra del recuerdo segu铆a doblegando la imagen del presente. Buscaba dentro de s铆 un catalizador que la .ayudara a disgregar la simbiosis temporal: En alguna parte habr铆a una raz贸n que justificara a Chela铆, que justificara a ese pueblo al que condenaba por un acto criminal sin atenuantes.

鈥揅uando fuimos tolerantes, pon铆an todo su empe帽o en entorpecer nuestro desarrollo. La ganancia que nos proporcionaba su trabajo, no compensaba el costo de su manutenci贸n. No sab铆an que cada paso del progreso se paga con sacrificio. Fuimos generosos. Les permitimos entrar a trabajar pero en lugar de agradecer nuestra confianza, s贸lo provocaron conflictos. Contaminaban con su hedor nuestras f谩bricas, nuestras escuelas, nuestras calles y no contentos con eso, empezaron a destruirlo todo. Les construimos casas en lugares apartados, tambi茅n escuelas especiales y les dimos trabajo propio para su capacidad, pero tampoco entonces vivieron en paz. Quer铆an nuestras casas, nuestras escuelas, nuestros trabajos. Hasta que tuvimos que expulsarlos. Astrea quer铆a juzgar con ecuanimidad, pero si a Chela铆 le faltaba perspectiva para juzgar los actos de sus contempor谩neos y de 茅l mismo, a ella, que ven铆a de una civilizaci贸n tan superior, la perspectiva la sobrepasaba. 驴D贸nde estaba el punto de equilibrio para poder juzgar? Entend铆a toda verdad como una hip贸tesis que nunca se puede comprobar ni confirmar.
鈥揕os pedriscos nos odian 鈥揷oncluy贸 Chela铆.
鈥撀縉unca has pensado que tal vez ustedes les han dado alguna raz贸n para ese odio? Chela铆 guard贸 silencio. Astrea lo mir贸 inquisitoriamente.
鈥撀縔 t煤 los odias?
鈥揂strea, t煤 me amas y yo te amo. Es todo lo que nos importa.

Deja que el mundo ruede. No permitas que nos aleje un problema que no es nuestro.

Pero Astrea no pod铆a poner una l铆nea divisoria en el amor humano. Amar a un hombre o a una mujer implicaba un amor a la humanidad. No se pod铆a sostener con cada mano una bandera opuesta. Para ella el acto amoroso era un hecho total. No pod铆a amar a un hombre y odiar el universo. Era como si el ser amado fuera la encarnaci贸n del espacio, el tiempo, la materia, la energ铆a y cualesquiera otras entidades posibles. Los pedriscos, los mares y los astros, formaban parte de ese universo. El cielo de Zibanitu se nubl贸.

鈥揟enemos s贸lo tres minutos para llegar a casa. Astrea no se movi贸. Estaba demasiado aturdida para pensar en la lluvia.
鈥揤en, t煤 no sabes c贸mo pega en la nuca.
Debemos guarecernos. Apenas queda tiempo. Como una aut贸mata, Astrea intent贸 mover las piernas. No pudo. Los pies eran grilletes que la ataban al suelo. La espiral la atra铆a hacia su centro, como un remolino. Sinti贸 nauseas.
鈥揕a lluvia se nos vendr谩 encima, Astrea. Camina. Oy贸 la voz de Chela铆 dos veces m谩s. Vio que el piso iba a estrellarse contra su cara.
鈥撀縌u茅 te pasa? Resp贸ndeme 鈥搊y贸 Astrea lejanamente. Entonces se dio cuenta de que estaba tendida en el asfalto.
鈥揧a estoy bien 鈥揹ijo, y escuch贸 su propia voz como si saliera de otra garganta.
Chela铆 la bes贸 en la mejilla dulcemente.
鈥揌a sido demasiado fuerte para ti, pero ya pasar谩. Es natural que al principio te parezca espantoso, pero poco a poco te ir谩s acostumbrando. Y lo aceptar谩s como nosotros lo hemos aceptado.
鈥撀縉o comprendes? As铆 no puedo amarte. No puedo. 鈥揂strea se incorpor贸鈥. Tomar茅 el pr贸ximo cohete. Adi贸s Chela铆. 隆Adi贸s!
Chela铆 sinti贸 escurrirse su vida por las grietas de aquella palabra. Ahora se daba cuenta de lo mucho que amaba a Astrea. La sangre le golpe贸 las sienes y las manos.
鈥揘o puedes irte. No puedes dejarme Astrea. No puedes 鈥搕artamude贸 Chela铆, con la desesperaci贸n de un ni帽o que viera, impotente, c贸mo le arrebataban lo m谩s importante de su vida: su juguete鈥. No permitir茅 que te marches.

En ese momento, Chela铆 estaba dispuesto a echar mano de cualquier recurso para retenerla.

鈥揘o podr铆a vivir sin ti. 驴No lo comprendes? El amor es entrega y yo me he dado a ti. Dejarme ser铆a como si abandonaras uno de tus brazos o una de tus piernas. Si no resultara una paradoja, te dir铆a que doy la vida porque permanezcas a mi lado.

Astrea vio ennoblecerse la figura de Chela铆. 驴Por qu茅 era necesario el sufrimiento para que las dimensiones de un hombre se agigantaran?

De pronto, como en un rel谩mpago alucinante, Chela铆 record贸 la lluvia y el estupor le contuvo la respiraci贸n.

鈥揂strea. El reloj... el reloj..., no me atrevo a mirarlo.
Astrea no comprendi贸. Chela铆 con un esfuerzo supremo mir贸 la car谩tula. 隆Hab铆an pasado dos minutos de la hora cero!
鈥撀strea! 脡ste es el fin. La lluvia no ha comenzado. Se ha roto el equilibrio. 隆Se ha roto el equilibrio! Estamos perdidos.

La calle se hab铆a llenado de gente. Docenas, cientos de rostros anhelantes contemplaban pasmados el cielo. Nadie pod铆a creerlo. 鈥溌縋or qu茅 a una persona acostumbrada a que las desgracias caigan sobre los dem谩s, le cuesta trabajo aceptar que la daga penetre en carne propia.鈥 Pens贸 Astrea. Vi贸 frente a ella c贸mo nadie aceptaba que la columna que sosten铆a su existencia se hubiera quebrado. El cielo no pod铆a jugarles esa mala pasada. Cada segundo de espera era un milenio comprimido. 鈥 La angustia, con un don de ubicuidad inexorable, habitaba en todos los cuerpos. Cuando al fin, despu茅s de seis minutos, cay贸 el torrente del cielo, los zibanitas hab铆an envejecido.

Los habitantes de la ciudad pasaron de la angustia, al gozo y despu茅s al estupor. 驴De d贸nde proced铆a el anonadamiento? 驴De qu茅 regi贸n dormida de la mente? 驴O del tiempo? Los or谩culos gritaban desde el fondo del atavismo indescifrable: "隆El d铆a que se rompa el equilibrio, vendr谩 una raza oscura y nos exterminar谩!" El vaticinio. Las voces de los muertos m谩s audibles que las voces de los vivos, atiborraban la atm贸sfera. Pasado, presente y futuro, ensamblados en una sola dimensi贸n, ca铆an sobre los hombres con m谩s furia que el agua. El cielo, abierto en canal, se vaciaba sobre la ciudad.
La lluvia, con su exacta simetr铆a, ces贸 seis minutos antes de la hora se帽alada. Aquello significaba el principio del fin. As铆 como una desviaci贸n milim茅trica en el punto de partida puede desviar la ruta de un cohete millones de kil贸metros de la meta trazada, as铆 aquel encogimiento en las orillas del agua indicaba una disminuci贸n paulatina que conducir铆a irremediablemente a la supresi贸n de la lluvia.

Tras el estupor vino el p谩nico. El azote de la tradici贸n no golpe贸 jam谩s a los zibanitas con igual fuerza. En su imaginaci贸n, los pedriscos cobraban estatura de gigantes. Todos los clarividentes que peri贸dicamente hab铆an hollado con sus palabras el futuro, hablaron de aquella hora fatal que una vez llegada nadie podr铆a hacer retroceder. El tiempo era irreversible. Y hab铆an anunciado que los pedriscos exterminar铆an a la raza dorada. La raza del sol.

鈥揧 nadie les crey贸, Astrea. Se acus贸 a los videntes de traici贸n.
El pueblo los se帽al贸 y los maldijo. Se les inciner贸, como a p谩jaros de mal ag眉ero...

Chela铆 se interrumpi贸 al escuchar a lo lejos un ruido de tambores. Eran los pedriscos.

De toda la ciudad emergi贸 un grito como respuesta. Los zibanitas hab铆an comprendido. La radio enmudeci贸.

鈥揌emos pedido ya los veinticinco arenom贸viles al espaciopuerto 鈥搃nformaba el alcalde a trav茅s de las pantallas de televisi贸n鈥, pero la evacuaci贸n tendr谩 que hacerse por sectores. Nuestros escasos medios de transporte nos obligan a cruzar el desierto por etapas.

El discurso qued贸 trunco. Los t茅cnicos abandonaban sus puestos de trabajo. Ahora, todav铆a ser铆a posible llenar de agua las alforjas. Cualquier retraso disminuir铆a las posibilidades de escapar con vida de los pedriscos.

鈥揈l equilibrio se ha roto, Astrea 鈥揼ritaba Chela铆, sin poder creerlo todav铆a鈥. Estamos perdidos. Llegar谩n los pedriscos, se abrir谩n los goznes de las puertas azules y acabar谩n con nosotros.

La gente se lanz贸 a la calle como estaba. Unos, cargando sus tesoros m谩s preciados, otros sin nada en la mano; unos vestidos, otros medio desnudos.
Como un volc谩n que vomitara fuego, del centro de la espiral part铆a la lava humana arrollando y consumiendo a su paso todo vestigio de serenidad.

Con su computadora en una mano y los ojos en el vac铆o, Astrea se dejaba empujar por Chela铆. Ambos comprend铆an que algo se les hab铆a hecho a帽icos, pero no era el momento de tratar de unir los fragmentos. Aunque tal vez no tendr铆an otro momento para hacerlo. A medida que se acercaban al doble enrejado, crec铆a el estruendo de los tambores, mezclado ahora con las voces oscuras de los pedriscos. Afuera de la ciudad, en los recintos abiertos del calor, el ceremonial lat铆a acompasadamente. Era la se帽al de vida. La presencia inescrutable de una raza.

Al llegar al doble enrejado, Astrea pudo ver que dos murallas humanas hab铆an nacido de aquel matrimonio de hierro. Una de ellas, bastarda y oscura, cantaba all谩 afuera, en actitud expectante. La otra, como hija leg铆tima y dorada, permanec铆a silente sin atreverse a cruzar los c铆rculos conc茅ntricos.
Los zibanitas contemplaban aterrados a los pedriscos. Y los pedriscos esperaban. Esperaban. Quietos y brillantes bajo su canto oscuro.

Tam. Tam. Tam tam tam. Tam. Tam. Tam tam tam.

De pronto el canto de los pedriscos se volvi贸 griter铆o. La quietud se rompi贸. Los pedriscos se acercaron en desorden al doble enrejado.
Tam. Tam. Tam tam tam. Tam. Tam. Tam tam tam鈥
Los zibanitas se agacharon a recoger piedras, pero nadie las lanz贸. De entre el griter铆o, Astrea pudo distinguir palabras sueltas.

鈥揤einte monedas, s贸lo veinte.
鈥揤einte. No los conseguir谩n por menos...
鈥揤einte y es suyo.
鈥揤einte monedas.
鈥揤einte, veinte, veinte...

Los pedriscos ofrec铆an sus animales para transportar a los zibanitas al espaciopuerto.
Los zibanitas se miraron entre s铆. La duda se dibuj贸 en algunos. En otros el miedo. De la multitud sali贸 una voz fuerte, clara y dominante.

鈥揘o. Es un pretexto. Una trampa. Caer谩n sobre ustedes... sobre nosotros. Recuerden la profec铆a.

Eran las palabras que los zibanitas esperaban o铆r para sentirse seguros. De las gargantas blancas salieron voces confundidas en una sola.

鈥撀tr谩s! 隆Atr谩s! No queremos nada de ustedes. 隆Al茅jense! 隆Atr谩s, o los apedrearemos!

Del otro lado de las rejas, la ondulaci贸n vibrante del calor hac铆a viscoso el suelo, y con 茅l, los pies desnudos de los pedriscos y las patas de los animales que retroced铆an.

Bajo la erupci贸n sonora de los tambores, los zibanitas segu铆an esperando la llegada de los veh铆culos del espaciopuerto, pedidos por radio.

Chela铆, abandonado al terror, temblaba con su sangre, su piel, sus huesos. Era un temblor humano.

En lugar de serenarlos, la espera enardeci贸 los 谩nimos. Un rictus de terror como marcado a fuego contra铆a las frentes. Eran las ocho de la noche.

La muralla oscura de los pedriscos, ahora muda, los contemplaba.

Un grito. Cien cabezas se alzaron. Otro grito. Como una reacci贸n en cadena, los zibanitas, al advertir la llegada de los arenom贸viles, se lanzaron hacia el doble enrejado. Todos quer铆an ir en el primer viaje a trav茅s del desierto. Nadie estaba dispuesto a correr el riesgo de ser abandonado en la ciudad, a la furia de los pedriscos.

Astrea sinti贸 aflojarse la presi贸n de la mano de Chela铆 sobre su brazo. Volvi贸 la cabeza v apenas alcanz贸 a verlo cuando se lanzaba enfurecido entre la muchedumbre enfurecida.
鈥撀hela铆!鈥 le grit贸. Pero Chela铆 no pod铆a o铆rla ya. Una sola palabra habitaba en su mente: escapar. Escapar era la idea fija que desde hac铆a unas horas obsesionaba a todos los habitantes de Zibanitu. Escapar de los pedriscos, escapar del planeta, escapar... escapar de s铆 mismos y de su terror; escapar de la profec铆a que los acorralaba: ese fantasma que los clarividentes hab铆an despertado y que ahora se lanzaba contra ellos con el rencor que lo creado puede sentir por su creador y Chela铆 escapaba olvidando promesas. Olvidando el amor.

Los primeros que trataron de cruzar por las puertas azules para subir a los arenom贸viles cayeron bajo las piedras de los rezagados y esos, a su vez, fueron apedreados por los que estaban m谩s atr谩s. Todos corr铆an con los brazos en alto. Cada uno quer铆a ser el privilegiado. Los que ca铆an fueron aplastados. Los que llegaban a los arenom贸viles fueron arrancados de ellos por otros brazos, Las piedras zumbaban al cortar el aire. Pronto, no qued贸 un habitante que no fuera lapidario y lapidado. Astrea, en un impulso, se lanz贸 entre la multitud para tratar de impedir el fratricidio. Una piedra la alcanz贸 cuando gritaba 隆No! la palabra suprema de los h茅roes. La 煤ltima palabra que qued贸 registrada en su grabadora. Astrea se hundi贸 en la marejada de brazos, cabezas, hombros, espaldas, vientres, piernas.

Una muralla oscura, quieta y silenciosa, contemplaba desde lejos la tormenta dorada.

Al d铆a siguiente, a la hora cero, ni un segundo m谩s ni un segundo menos, una alfombra de cad谩veres dorados y veinticinco arenom贸viles vac铆os, recibieron la lluvia. De la computadora, pisoteada, sali贸 una voz de hombre.

鈥"Matamos para poder vivir, para poder vivir, poder vivir, vivir..."
A la una, dej贸 de llover tan abruptamente como hab铆a empezado y unos hombres de piel negrusca se acercaron con las palas para enterrar a los muertos.
El equilibrio meteorol贸gico se hab铆a restablecido.

                                   Ciudad de M茅xico, 5 de junio de 1968.