REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 09 | 2020
   

Confabulario

Nuevos Brevicuentos


Roberto Bañuelas

Premonición de un final circular

El abismo no necesitó portero ni vigilante nocturno que acostumbraba perderse en pesadillas recurrentes a la orilla de la nada porque cada generación de peregrinos perdidos se consideró la primera en inaugurar el horror de una caída sin regreso en la antípoda de la medianoche que hubiera justificado una muerte tan auténtica como lo inesperado que sucede siempre ante el alboroto de estrellas extinguidas en un acto de posesión de la soledad acompañada de sí misma hasta formar el abismo sin portero y sin vigilante nocturno que acostumbraba perderse en pesadillas recurrentes a la orilla de la nada…


Reflexiones de Romeo

Las rivalidades ancestrales unieron a nuestras familias en la constancia del odio y de la venganza como consigna fatal. Ambos nos hemos engañado al creer que el amor pondría fin a este torneo de vencidos que se creen victoriosos porque mueren en la hora venidera reuniendo los remanentes de vigor y furia para maldecir al rival.
Este solemne fracaso, frente al cauto aniquilamiento de dos linajes, se corona en la nula descendencia que acompaña al vacío que nos envuelve como anticipo de mortaja.

Viajero solitario

Oyó lejanos y ondulantes tañidos de campanas que anunciaban, como en la repetición de otro tiempo, la hora de incorporarse a la vida de cada día. Antes de alzarse, sin abrir los ojos, se palpó la barba crecida que formaba un conocido campo de simétricas espinas. Se vio a sí mismo caminando hacia el cuarto de baño hasta situarse frente al espejo; pero su rostro no estaba y su cuerpo, más tráslucido y disminuido en proporciones, en una contradicción hostil, le pesaba como si hubiese crecido mucho más que sus fuerzas habituales.
Entre círculos, murmullos de rezos y sollozos difícilmente contenidos, que se alejaban cada vez más y más, la barba y las uñas le seguían creciendo.

Caza mayor

Los árboles daban la impresión de estar siempre luchando para ganar un poco más de tierra; de las ramas, trenzadas en frenético abrazo, caía una sombra verdosa sobre la espesura reflejada en la laguna, crecida en agosto por las lluvias y por los arroyos que descendían como personajes finales de cada tormenta.
La algazara de los patos residentes era el comentario obligado contra la irrupción del pato salvaje de Ibsen y de cualquier cazador furtivo que disparase contra el disco insomne de la luna.
Alguna tarde, enrojecida por el sol que se alejaba, los disparos hacia los patos cayeron como una granizada. La mayoría voló en un espanto conjunto provocado por el estruendo que venía de atrás de los tules; otros, fatalistas o resignados, siguieron nadando y zambulléndose hasta antes de que apareciesen los perros en busca de víctimas sangrantes.
La cacería había sido un pretexto para asesinar a uno de los cazadores que, tres días después, seguía flotando por toda la laguna entre la locura y el olvido de patos que hablaban de lo bueno que había sido este verano.

Amante solo e involuntario

Cuando el sexo sirve más de tema obsesivo de chistes picantes que para el deleite que merece toda espontánea virilidad, es mejor contemplar la vida en la resignada situación de filósofo desempleado o jugar a la ruleta rusa. La precedente y amarga reflexión tiene su origen en la recurrencia imperativa de hacer el amor, indistintamente, con alguna de las tres amigas solteronas que me sueñan como marido y proveedor: me despierto bañado en sudor y con el triste resultado de sentirme más un exhausto sometido que el alegre seductor que todos soñamos con llegar a ser.

Infausto

Fausto penetró al casino con el fastidio anticipado por la seguridad de ganar, pero era una variante en su vida monótona al alcance de todos los caprichos. Jugó al bacará como si las cartas fueran transparentes a través del sabot. Ganaba por la furia y la fruición de duplicar cada apuesta hasta hacer saltar la banca. Cuando eso sucedió al pretender la quiebra del casino en el juego de la ruleta, estaba amaneciendo y se hacían ya los preparativos para arrojar a la calle a los perdedores agresivos y a los suicidas indecisos. Resignado y cargado de dinero que no necesitaba para comprar una felicidad que no tenía razón de ser frente a la ausencia de la desdicha, se encontró con la sonrisa de Mefisto que, conocedor de cualquier respuesta, hizo la pregunta de rutina, cortesía mínima para todo vendedor de su alma:
-¿Contento de volver a ganar?
-Sí, porque ya tengo suficiente para rescatar el derecho de posesión de mi alma.
-Querido Fausto: puedo devolverte tu vejez y tu angustia, pero tu alma contaminada de fórmulas y profecías ya está fuera de mi control. Además, aprende de una vez por todas que en este mundo puedes ganar todo lo que se acumula, pero no rescatar lo que fue único. Regresa a jugar mañana y da orden a tus deseos de perderlo todo para que encuentres una nueva satisfacción.
Silenciosos, insinuados por los primeros resplandores del alba, se encaminaron a la mejor taberna con servicio de restaurante para disfrutar de un abundante desayuno.

Identificación

-¡Claro que la recuerdas! Desde la escuela secundaria ya tenía facilidad de palabra, entusiasmo por la intriga y para no ocultar las inclinaciones que la han llevado a ocupar altos puestos al lado de los más connotados depredadores. Es una lesbiana que adora el teatro a través de las actrices y las cantantes de voz grave, defiende la flora y la fauna, y, más aún, ataca a los hombres aunque no sean cazadores o taladores. ¿Ya te acordaste?...

En defensa de mi otro yo

Declaro solemnemente que desde hace tres años, en forma paulatina e incontrolable, he sido víctima de alguna influencia maligna que no han podido extirpar ni cirujanos sin escrúpulos ni médicos de almas. Admito que en una ocasión, a mitad de la más profunda devoción, fui arrastrado por una fuerza invisible y atroz hasta quedar situado en el alcázar del púlpito, y, desde ahí, como si recibiese un dictado que penetraba en mis oídos, declamé con furia mesiánica postulados del más categórico materialismo, lenguaje que resonó, para las gentes piadosas que llenaban el templo, como la más impía Suma de blasfemias.
Un mes después, a la hora temprana en que debía rasurarme, confundí las cejas con el bigote obsoleto que me había cansado. Cuando recobré la conciencia, perdí el control ante la pavorosa expresión del extraño que me miraba desde el espejo al encontrarme sorprendido de mí mismo.
Además de que sufro con frecuencia la pesadilla de un gnomo con armadura ortopédica que me persigue sin dejar de reír y de mover el estrabismo de sus ojos redondos de serpiente incomprendida, los vecinos –a quienes he respetado siempre en lo más profundo de su elaborada mediocridad- me acusan de turbar su sueño con el escándalo que organizo cada noche al espantar a los fantasmas que insisten en ayudarme a encontrar mi propia destrucción.

Metamorfosis de Noé

Al venerado dictador –elevado sobre las condecoraciones y los doctorados sin causa-, en otro desesperado intento para justificar la empleomanía de un nepotismo reinante, la Dirección de Previsión Histórica lo llamaban el Gran Capitán y a la nación, saqueada y ofendida, La Nave; cuando ésta se encontraba a punto de hundirse, el Gran Capitán oprimió un botón y el puente de mando se separó para transformarse en un poderoso yate en el cual, con su inmensa parentela y una tripulación de abyectos seleccionados, huyó hacia la Isla del Exilio Dorado.

Maestro megalópulus

Había transitado por países cargados de tradición y de mitos venerados, pero los ideales, por ajenos y lejanos, no se dejaban alcanzar por su ambición de dudoso predestinado. Incansable, como galeote insomne, remaba contra el tiempo presente para desentrañar, más allá de estructuras preconizadas, las rutas que le seguían siendo extrañas en la esfera huidiza de la creación.
La acumulación de opus, abortos robustos hechos a deformación e imagen de obras consagradas, le atrajeron el reconocimiento obsequioso de vacuos poderosos en turno que lo elevaron al rango de representante triunfador del cortejo de mediocres que adulaba cada experimento de inexpresividad. Apoyados por mezquinos ilustrados, pronto logró marginar a los soñadores puros que se identificaban amorosamente con el misterio de la belleza y la luz.
Cuando se sintió poderoso y preferido, después de cerrar todos los caminos por donde pudieran marchar aquellos que aún le disputaban el reino sonoro en la multitud de sordos voluntarios, hizo una pausa para proyectar y erigir el monumento de su propia inmortalidad…
Una noche, al volver de un fallido ritual de erotomanía, se imaginó a sí mismo volando en la eternidad; pero tuvo miedo de quedarse más solo que un dios obsoleto, sin que nadie lo venerara ni lo temiera, pudriéndose en un olvido de dimensiones cósmicas.

* Del libro inédito Los inquilinos de la Torre de Babel.