REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 11 | 2019
   

Arca de Noé

Turbocrónicas


Marco Aurelio Carballo

Beca para leer basura
Me gusta Tuxtla, Pollo Borrás, no para trabajar. Me encanta la cafetería Avenida. El Taller de Narrativa no es trabajo y hago periodismo a mi gusto. Trabajar con políticos son vivencias, sí, como fue tu caso. Siniestras, ¿eh?
Desecho la boñiga de la red. Si no, en medio siglo lamentaré haber perdido tiempo chateando, feisbukeando, twiteando.
Hay un apartado en un blog que difunde mis textos y gano pisto, aunque ni sé vender ni cobrar. Lo publico hace tres años y hace nueve meses mi hijo Mariolín descubrió que recurriendo a cierta oferta ganaría un centavo de dólar por cada click de cibernauta. Llevo 2.83 dólares. El costo de un café y pan tostado. Podré cobrarlos si acumulo diez, tras cumplir los requisitos, ¿caminar de manos tres días?
A diario corrijo en pantalla hasta cuatro turnos. Publico catorce columnas al mes (mi comida) y reviso de veinte a treinta cuartillas del mamotreto en marcha (mi postre).
Leo tres periódicos, veo y escucho noticiarios. Si leo en un café quiero checar en casa, del verbo to check, el significado preciso de ciertas palabras. Hago listas. Tengo decenas porque se me olvida buscarlas o cambia mi interés por otras. No leeré libros en pantalla, creo. Analizo el tema con mis hijos y con Petunia Flowers, quienes leen ya en el Kindle. Hablan maravillas del chunche. Decidiré entre ése y el iPad.
El K tiene un diccionario chafa, ni el de la RAE ni el de Mejicanismos, que busco en la red. En casa consulto los de filosofía, psicología, aztequismos, etcétera. Podré meter al iPad un texto y corregirlo en el café o viajando. Podría pergeñar una Turbo o un relato.
Los amigos mandan chistes. Debo leer noventa y nueve mediocres para sentir las cosquillas con uno. ¿Lo sabe el patoso? Tengo decenas sin abrir en espera de una beca para leer correos. Al Rayo Macoy le mandaban rezos, cadenas. Por piedad, gemía, no más. René Avilés Fabila los abre todos, dice. Cada escritor es un mundo.
Un sodomita del norte pidió el envío gratis de mis textos para su portal. Otro del sur con portal y revista impresa pagó una colaboración nomás. El viejo truco del mercachifle transa. Otro me dice sobre qué escribir. Los caza-talentos se la pasan diciéndote qué hacer. Lo hacían mis padres, profesores, amigos, novias, hijos. ¿Me verán indeciso?
Si viajas al DF, avisa, Pollo. A veces veo al profe Rojas Arévalo en la cafetería de la Gandhi.

El piloto y los reporteros
Lamento no haberlos seguido en la comida, maestro Camposeco: Hubiera superado el trauma de los chiles rellenos. Desde hace cinco sexenios los embaúlo sin capear. Capeados absorben mucho aceite, dice Petunia Flowers. Chiles sin capear, pozole de pollo sin triquina, huevos revueltos resecos. Por eso bebía.
Le pedí a mi madre para que hiciera un cochi(ni)to a la juchiteca, frito en mole rojizo. Petunia aceptó congelar veinte raciones para consumirlas en dos años. ¿Sabes cuándo volví a probarlo? Nunca. Le hablaba a mi madre y le decía que acababa de paladear una ración. Mentira.
David parece bien ecualizado. Por primera vez no resentí sus agresiones, síndrome del reportero chilango. Irónicos, quieren enseñarte a beber trago y a vestir y a poseer este reloj, aquel coche. Te ven de arriba abajo. Preguntan si ya leíste a tal o cual y ay de ti si titubeas. Autodidactos, terminan sabihondos. Conocí a varios en media docena de periódicos. Con sus excepciones. Si bien actué a la defensiva, caía en la provocación. No hallaba cómo trabajar la indiferencia y cerraba el círculo vicioso. Había reglas de oro: “Un reportero nunca dice no sé o no pude” y también: “Borracho no vale”.
Recuerda que los malvados cachacos (los chilangos de Colombia) le decían Trapoloco a nuestro cuais Gabo por sus camisas de colores y estampados estrambóticos. El primero en felicitar a Fausto Fernández Ponte cuando informó de su nombramiento como corresponsal de Excélsior en Washington, a mediados de los años sesenta, fue Enrique Loubet junior, inglés nacido en España. Enrique lo abrazó y al mismo tiempo le sacó las gafas oscuras de la bolsa del saco y las tiró a la basura. Un corresponsal del mejor diario del país no usa gafas de naco en la Casa Blanca, le dijo. No eran Ray Ban, como la colección de todo piloto aviador. Hay para todos los gustos, incluido el de Bono… Fausto, de tez blanca y ojos un tanto saltones los había usado desde niño cuando recibía cada mañana el chaparrón de rayos solares bañándole el rostro en su cuna de Coatzacoalcos.
David Martín del Campo no fue un simple reportero, aunque la morralla lo contaminó. Multipremiado, es el mejor novelista de su promoción. Por lo visto, liquidó el síndrome aquél o lo manifiesta en defensa propia. Tu presencia debió ayudar a su equilibrio. Lo que no habrás enfrentado como piloto de jumbo jet. Micos chillones en la cabina de pilotos.

Bullyng entre reporteros
Estimados Macdonald y Daumier la falta de espacio impidió que especificara el tema del bullyng entre reporteros. En principio estoy contra la palabreja pero es como si me opusiera a llamar pay al pay.
Viví la experiencia que me marcó de 1968 a 1976. Salí expulsado por la borda de un diario de colorines debido a un golpe de timón astral y caí en el considerado uno de los diez mejores periódicos del mundo. La competencia era feroz. No con los colegas de enfrente, con el compa de junto o contigo mismo.
Las metas eran las ocho columnas, el cintillo o la primera plana donde cayera.
Las experiencias se ventilaban en la taberna. Un toma y daca amable o brutal. Lo peor no era el ingenio o la dialéctica sino los sarcasmos y acaso los albures. A veces el duelo terminaba a golpes. Había un consejo atroz. Si alguien había perdido una nota informativa por descuido o en la máquina al enfocarla mal, no era extraño que alguien le dijera ¿por qué no te suicidas?
Época en la cual las redacciones estaban compuestas por destripados de universidades. La carrera de periodismo se pondría de moda sexenios después. Destripados propensos al alcoholismo. Con este detalle: si uno lograba la de ocho o el cintillo, el jefe de información te endilgaba por ese mismo hecho cualquiera de las guardias. Había una demoledora, “La caballona”, de dos a seis a.m. Cuando le preguntaron las razones de la saña contestó que era para que el éxito no se te subiera a la cabeza.
Muchos de esos reporteros fundamos el diario en el cual conocí a David Martín del Campo. Él la pidió de fotógrafo y, como ya había publicado una novela, se la dieron de reportero. Fui su jefe pero en tanto aspirante a narrador lo procuré y parrandeamos juntos. Alguna vez un compa que se sentaba a su lado le criticó sañudo las novelas. Sería mejor no publicar nada, le dijo. También contaba que al verlo güerito y bien vestido la gente intentaba abusar de él o estafarlo.
Años después organizó una comida en La Bodega un restaurante del DF. Cada semana alguien escribía una crónica de la reunión y esos bodegueros escribieron a once manos la novela El hombre equivocado (Mortiz, 1988), en la que me dieron chance.
Sólo estoy agradecido con David. Lo cual no quita que al reencontrarnos intercambiemos sarcasmos en buena onda, evocando los buenos tiempos.

Los Cacasenos
En efecto he acuñado media docena de frases, Juan José Flores Nava. El Rayo Macoy tenía decenas. Sirven para los diálogos de un cuento o novela. El defecto profesional de un reportero es acreditarlas, por escrito o de manera oral. Por respeto, porque los ladrones son repugnantes y debido a las denuncias de plagio. Mejor perfeccionista que Cacaseno.
Ésa de “ahora reporteo la vida” es mía. De mi inspiración, je je. Casi me voy de espaldas cuando alguien escribió que él hacía lo mismo tras escuchársela a Fernando Benítez (FB). Con este maestro coincidimos en Unomásuno y en un anteproyecto de diario. Nunca le escuché nada semejante. Incluso el Cacaseno aludido tiene escasas horas de vuelo como reportero. Si mis encuentros con Benítez hubieran sido continuos nada extrañaría que el subconsciente me hiciera la mala jugada de terminar suponiéndola mía. Habérsela endilgado a FB es trivial. Me queda claro que aquel cuate no es reportero. Quizá FB hubiera rechazado la acreditación. Como periodista reclamó premios de reportaje y de artículo, no de simple reportero.
Esa clase de frases surgen sobre la marcha. Aunque terminen de frases hechas con los años. Veré si Cacaseno le halla padrastro a la que redondeaste y mencionas en la entrevista y que sintetiza la diferencia entre narrativa y periodismo, pregunta recurrente de los colegas de cultura: “Escribir novela y cuento es reportear la vida. Ser periodista es reportear las fuentes”.

Incluso fíjate que utilicé el título de dos columnas: “¡En esta esquina...!” para el Diario de México dirigido por Jorge Villa Alcalá, ya fallecido y “La vida en rojo” para las páginas de René Avilés Fabila en Excélsior. Bueno pues se las fusilaron. Cuando alguien me pasó el dato sugirió que las registrara en derechos de autor, y contesté con una frase de Carlo Coccioli: “Prefiero que me corten un dedo a hacer un trámite burocrático”. Tampoco presumo de ingenioso porque han cambiado la mayoría de los títulos de mis mamotretos.
A manera de ejercicio utilicé seudónimos como nombres de personajes. Cacaseno II me pidió uno. Prestado, le dije. No, regálamelo. Pos ai’tá, le dije. Me arrepentí porque escribía de la patada. Puedo revelarte el seudónimo: Cuauhtémoc del Valle. Total, Cacaseno II nunca firmó nada con su nombre. No volveré a hacerlo. Saludos, Juan José. La entrevista te quedó de puta madre... Esos recuadros distinguen las páginas del maestro Roura.

marcoaureliocarballo.blogspot.com