REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 11 | 2019
   

De nuestra portada

Ceremonial de cíclopes de Roberto Bañuelas


Carlos Montemayor

Celebro la aparición de Ceremonial de cíclopes de Roberto Bañuelas porque es una etapa más en su fecunda obra artística. Porque es una muestra insuperable de que las artes forman una trama común en que todas se contienen y se reconocen.

Roberto Bañuelas es un artista notable. No sólo me refiero con esto a su condición de cantante, maestro o pintor. Quiero decir con artista notable que Roberto Bañuelas es fundamentalmente un creador. Un creador en todas las disciplinas a las que se acerca. Un creador que constantemente trabaja, crea, reflexiona en sus quehaceres artísticos. Un creador porque nada del arte le es ajeno.

En Ceremonial de cíclopes confluyen varios de sus rasgos artísticos importantes: su vigor crítico, su ironía, su mirada atenta a todas las facetas de la vida humana, su pasión por el lenguaje y la expresión contundente, su atención minuciosa a lo breve y cincelado, su buen oído para el ritmo y la sonoridad, sus dibujos y pinturas.

Algunas de las afirmaciones que en otro momento he podido expresar acerca de su pintura, me doy cuenta ahora, no con sorpresa sino con naturalidad, que podría decirlo también sobre sus cuentos. Alguna vez comenté que “la tensión, la fuerza, la agudeza penetrante del color en las obras de Roberto Bañuelas se apoya en una compleja configuración de ideas, planos y profundidades soterradas bajo una riquísima superficie siempre en movimiento. Cualquier área de Los convidados, de Pájaro y esfinge, de Peces en panorama geométrico o de Metamorfosis del héroe desconocido, muestra una sucesión de planos, de tensiones, de volúmenes, de ideas, en disposición tan ágil que podríamos designarlo como segmento de un movimiento continuo, o mejor aún, como instante de un movimiento. En ese minucioso y tenaz despliegue de movimiento cada cuadro adquiere su acabado y prodigioso ritmo. Ritmo que reflejan los colores oscuros y los luminosamente brillantes en El pájaro y esfinge; ritmo en la furia de Los convidados; ritmo en el engarce y la espiral que asciende a lo largo de la corpulencia de la Metamorfosis del héroe desconocido. Ritmo y movimiento, pues, conforman precisamente la base de los cuentos de Ceremonial de cíclopes.

En otro momento, a propósito de su concepción plástica y de ciertos colores, observaba que la armonía más exacta de ese universo, del color como la materia cautiva en sí misma, era un cuadro titulado Memoria de pájaro cautivo, “donde el color envuelve a un ave prodigiosa cuya azul mirada, cuya irisada cabeza, logra mostrar aquello que su universo espera: el ojo que mire, la visión que atestigüe, la visión que nos torna uno con el uno con el universo. Pues en todos los cuadros son ojos los que están acechando tras las imágenes, tras los planos sucesivos, en las profundidades, en los ángulos de cada segmento. Es lo que hace humana e indefensa la mirada de El Quijote. Son los terribles ojos del hombre que nos mira desde el fondo de El proceso. Los ojos como símbolo de la conciencia a la que todo aspira”

Pues bien, me sorprende que en su Ceremonial de cíclopes podamos leer esta visión plástica de Roberto Bañuelas precisamente en un cuento titulado “Cíclope”.

“Anoche, después de una fiesta donde la realidad quedó anulada por la fantasía de continuos placeres, encontré que la escalera de mi casa no terminaba en el segundo piso, sino que se plegaba en la espiral ascendente que me condujo a esta torre. Entre la resignación y el delirio, mientras sueño con la aparición de una puerta que me lleve a una locura conocida, palpo la piel musgosa de los muros e insulto al silencio que me envuelve. El día exterior, en una repetición abrumadora y precisa, me mira por el ojo circular de un herrumbroso ventanuco”.

Sí. Roberto Bañuelas es un creador. Lo es como cantante, como uno de los barítonos más importantes del mundo y de nuestra historia mexicana. Lo es como maestro de canto, como uno de los maestros más creativos, más estrictos, más renovadores de la teoría y la enseñanza del canto. Su arte de cantante lo he apreciado como espectador afortunado. Su arte como maestro lo he vivido con más fortuna aun y honor. Soy su discípulo. Su arte como pintor muchos hemos tenido ya ocasión de admirarlo y analizarlo. En cuanto a su arte como escritor, sólo resta decir que ahora tenemos oportunidad de celebrarlo como lectores.
¡Enhorabuena!