REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 07 | 2019
   

Letras, libros y revistas

En busca del tiempo perdido


Edwin Lugo

Tal es el título de la interesante obra del escritor francés Marcel Proust, y añadiría que entre todas las cosas irrecuperables el tiempo es una de ellas. El tiempo es vida, es posible aún recuperar el dinero, trabajando arduamente para volver a generar riqueza, es posible volverse a enamorar para volver a recuperar el amor que se ha ido, pero un cuarto de hora desperdiciado equivale a una pérdida absoluta, porque el tiempo pasado ya no nos pertenece; y aún es posible que cuando la vida se nos va acortando y nos acercamos a la hora de la despedida, lamentamos profundamente el no haber alcanzado a escribir el libro que anhelábamos, hacer el viaje eternamente pospuesto o volver a disfrutar el magnífico don de la vida con la experiencia ganada y el propósito de no volver a incurrir en los pasados errores.

Marcel Proust, el autor de este interesante libro nació en Paris en 1871. Hijo de un médico conocido, ilustre y depositario de una fortuna y de madre judía, la vida hubiera sonreído al único vástago del matrimonio, si no le hubiera sobrevenido al pequeño cuando sólo contaba nueve años, la devastadora enfermedad que se manifestaba cruelmente en frecuentes fiebres asmáticas que casi le desgarraban el pecho, poniéndolo al borde de la misma muerte, y privando al pequeño de -como cualquier niño sano- asistir a la escuela, jugar, moverse, tener amigos de su edad y disfrutar plenamente de la cómoda existencia que la desahogada posición de sus padres le hubiese permitido. Incapacitado para llevar una existencia normal, el pequeño debió adaptarse a la soledad y reclusión de su alcoba, ubicada en el segundo piso del palacete ubicado en el Boulevard Haussman donde habitaba, la cual permanecía continuamente cerrada para evitarle los cambios de temperatura, el ardor de los rayos solares y hasta el viento refrescante; su enfermiza sensibilidad se alteraba hasta con el benigno tiempo de la primavera, incluido el aspirar el perfume de las flores cuyo colorido le encantaba, llegando a ser tan vulnerable que un simple clavel que algún visitante, pariente o amigo, portaba en el ojal, bastaba para alterar aquella naturaleza frágil.

Enclaustrado, envuelto en ropas o mantas, titiritando a veces pese a un cúmulo de abrigos, sin poder abandonar la habitación se fue haciendo paulatinamente un minucioso observador de las pocas personas que le rodeaban, capacidad que se acrecentaba con la lectura de libros que se fueron convirtiendo a lo largo de su penosa vida en sus únicos y verdaderos amigos a quienes no abandonó nunca, hasta convertirse en autor de aquellas hojas encuadernadas, manchadas con caracteres, mediante las cuales y ayudado por su desorbitada imaginación, al igual que otros escritores, le fue posible recorrer el mundo, conocer infinidad de personajes de lejanas latitudes, adentrarse en una enorme suma de existencias, de sentimientos, costumbres y por supuesto de destinos y trayectorias.

Entre alguna breve mejoría Marcel pudo viajar a Venecia, aunque el viaje lo agotó al grado de temer por su vida.
Pero la dominante ambición de continuar habitando el planeta, común denominador de todos los mortales, lo llevó a sobreponerse al grado de que arrastrando sus dolencias se fue convirtiendo en un diletante social, compartiendo amistades, charlas, comentarios y cultura; primero con la pléyade de relaciones que solían poblar su casa, donde los banquetes, los bailes, y las tertulias se multiplicaban cada semana; y después atendiendo a las invitaciones de numerosos eventos sociales que en justa correspondencia le suscribían. Entonces los criados le encasquetaban el frac y el infeliz muchacho cubierto con doble ropa interior y un grueso abrigo de pieles se aparecía en los salones, donde su simpatía, refinamiento, amabilidad, consideración y elegantes modales aprendidos en las soirées elegantísimas de las embajadas, donde se premiaba la galantería tanto como el saber manejar diestramente copas y cubiertos, le fueron convirtiendo en el invitado indispensable en los tés, conciertos privados y opíparas cenas en las que se servían los más exquisitos manjares rociados con los vinos de Burdeos y la indispensable champaña

Pronto el obsequioso y cortés joven fue admitido en los palcos de los teatros y hasta en las mansiones del Faubourg Saint Germain. donde se reunía la más alta aristocracia que aunque orgullosa de su estirpe alternaba con la ostentación y riqueza de la burguesía que a falta de un título nobiliario o de una rancia genealogía, se desquitaba con el derroche del lujo y una suntuosidad tal, que jamás ha podido ser igualada después de las dos terribles guerras cuyas devastaciones, devaluación y pérdida del buen gusto, cambiaron la faz de Europa, al grado de hacer imposible el renacimiento del esplendor de la bien llamada belle époque, cuyos restos hoy apenas sobreviven en algunas mansiones a quienes la piqueta ha respetado milagrosamente sustrayéndolas de ser convertidas en cómodos y modernos aunque estrechos apartamentos
Proust incapaz de abandonar aquel entorno, que era verdaderamente su refugio, se fue volviendo escritor, consignando al principio, como acucioso cronista, lo que su ya muy desarrollada capacidad de percepción captaba acerca de aquella sociedad: los elegantes ropajes de las engalanadas señoras ataviadas exquisitamente con peinados, afeites, perfumes y una recargada pedrería, los gestos, andares, tonos de voz, actitudes y porte de los caballeros, las conversaciones en ocasiones vanas o insulsas, aunque otras interesantes en derredor de los fuegos de las chimeneas de mármol de Carrara, los escotes, las sonrisas, los abanicos, los flirts y amoríos con sus consiguientes desenlaces, algunas veces románticos y otras francamente grotescos y hasta chuscos cuando se descubrían los adulterios, se desmoronaban los matrimonios de conveniencia, se urdían desafíos y duelos y con el apresurado enriquecimiento que los fondos en ferrocarriles, minas, bancos, industrias y a no dudarlo hasta tráfico de esclavos, -con cuya sangre, tristemente, se enriqueció el rey Leopoldo de Bélgica- o la brutal explotación de las colonias, se alternaban los suicidios por decepciones amorosas, o deudas de juego, y que también surtían lo mismo el Père Lachaise o la Legión Extranjera.

Proust no era guapo pero si caballeroso y gentil, muy derrochador gustaba hacer costosos regalos y enviar flores exóticas a las damas que le correspondían con billetes perfumados y almibaradas sonrisas, pero paradójicamente su primer libro, Les plaisirs et les jours prologado por Anatole France pasó desapercibido y no tuvo éxito, pero el incipiente autor había sido tocado por esa maravillosa locura que es la creación literaria, y particularmente la novela, en la que los autores se convierten en una especie, indudablemente subalterna de dioses ya que crean personajes, trazan destinos, y relatan no sólo los acontecimientos externos, sino lo que acontece en el interior de sus protagonistas, comprendiendo los pensamientos, sentimientos íntimos e inesperadas reacciones. Proust insistió con empeño y tornaba de las reuniones, de los teatros -donde se lucía como un auténtico fanático de la etiqueta- de sus paseos en coche por el bosque de Boulogne, o simplemente en el Hotel Ritz donde gustaba cenar obsequiando propinas escandalosas, lo que le valía ser tratado como un verdadero príncipe; el novelista que había renunciado definitivamente al ocio, se adentraba en su gabinete y se ponía a extraer de sus archivos las crónicas perfectamente ordenadas y estructuradas que irían a engrosar en una obra vasta, verdadera historia de la alta sociedad , así fue creando En busca del tiempo perdido, labor que implicó dedicación desde el año de l905 hasta l9l2.

Concluida la obra los editores la rechazaron, alegando que su autor era un desconocido, si bien desde hacia años firmaba cada semana crónicas sociales en Le Figaro, entonces apelando a su alta posición ofreció un almuerzo a Andre Gide a la sazón Director de La Nouvelle Revue Francaise para concertar la ansiada publicación del libro, pero la editorial la rechazó, aunque después la miope pero ambiciosa empresa, tal y como abundan hasta hoy dichas editoriales, llenó de oro su caja fuerte con la novela; aunque su autor debió transitar por el duro calvario de todos los que escribimos, tocando puertas y solicitando favores; otro tanto se negaron Le Mecure y el editor Olendorf. Al fin, un osado editor no muy importante se decidió en 1913 a publicar la obra, que inicialmente constaba de cinco volúmenes.

La publicación fue despertando interés y la crítica se fue fijando en Proust cuando ya era sólo un cadáver viviente; gravemente enfermo, acabado, incapaz de sostenerse, imposibilitado hasta de pasar una hora en el refinado Ritz, la noche del l8 de Noviembre de 1922 después de declarar la inutilidad de los médicos y la incapacidad de la ciencia, expiró, si bien, totalmente alineado a su vocación autoral, ya que en su mesa de noche atiborrada de frascos y medicamentos el moribundo sostuvo hasta el final un cuaderno de notas, cuyas hojas penosamente garrapateadas anunciaban el esbozo de un nuevo libro.