REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

TRANCO I
Obama fue el ganador de las elecciones pasadas y que se celebraron el día 6 de noviembre. Y los habitantes del país del norte, concluido el proceso, siguen sus vidas tan campantes, tan quitados de la pena. No pasa nada extraordinario. Todo sigue igual. Hombres y mujeres continúan levantándose en las mañanas para dirigirse a su trabajo de siempre, duermen tranquilos y bien cenados, bien alimentados. Son los que gozan el ser los amos del mundo. Bueno para eso son primer mundo, para gozarla, para tener autos y lanchas de vapor y motos y viajar en cruceros fantásticos y viajar a Las Vegas y para qué le cuento todo lo que el dinero permite. Y las cosas allá siguen viento en popa -las crisis financieras, si bien ellos las tienen, a quienes sí nos quita la vida es a nosotros los mexicas-, y siguen el curso de siempre. Y por qué tanta calma, me podrá preguntar usted, lectora insumisa, porqué no hay cientos de denuncias, acusaciones de robos de urnas, fraudes por doquier, dinero mal habido que compró votos y compró voluntades al por mayor… La respuesta es fácil y clara como un día soleado: allá no hay la cultura del fraude, no existen los pavorosos y turbios ifes y tampoco tienen los primos tenebrosos y encubridores y manipuladores tribunales electorales. No allá no es México. La turbiedad en las elecciones le pertenece por derecho propio a la afligida patria de Morelos, los ratones locos y el relleno de urnas es propiedad intelectual y material de miles de mexicanos que pululan por los ranchos, por los pueblos, y por todas las ciudades de la otrora república mexicana. Esos miles de mexicanos que roban urnas, que extorsionan, que te quitan la credencial de elector para usarla a sus anchas, y hacedores de todos los mitotes habidos y por haber para hacer ganador a los candidatos del partido que siempre ha estado en el poder, esos mexicanos, esos ínclitos y bullangueros mexicas, funcionan a la perfección y echan a andar la maquinaria del fraude en cada elección, ya sea local, estatal o federal. Da lo mismo. Y aquí sí sigue la mata dando, o sea en cada proceso electoral salta la liebre del vicio y del mangoneo, en cada elección para diputados o para senadores o para gobernadores o para el que pueda ocupar la Silla, se dan esas suciedades que todo mundo ve, que todo mundo es víctima, que todo mundo sufre, que todo mundo documenta, que todo mundo aporta pruebas, éstas, las pruebas, no sirven para los miserables señores encargados de dicho proceso, siempre les falta algo, la copia amarilla, el cuerpo del delito, las huellas digitales, o que no cumplieron con tales o cuales incisos de la tal ley vigente. Y ellos, los jueces supremos, legales que son, justos que son, desechan las miles de voces del pueblo que acusa y grita como se perpetuó el fraude sexenal. Y nada se puede hacer. Son fallos contundentes. Son fallos inapelables y si alguien apela, apela en balde, ésta es la historia real, esto es lo que ha acontecido desde años y años y años atrás, y que se prolonga hasta este siglo XXI, y testigo de las barbaridades horrendas somos todos los que hoy estamos vivitos y coleando, los que hemos sido víctimas de los carruseles, de los rellenos de urnas, del robo de urnas, del robo de credenciales de elector. Y para qué le sigo contando todo esto, a usted, usted que también fue y ha sido víctima propiciatoria de los desmanes de esa fauna que pulula en los partidos políticos de mi país. Sí, mi país, pobre país. Y bueno, ya se preguntó usted, amiga no pripanista, los grandísimos sueldos y prestaciones y bonos y demás cosas que se acumulan en la semana, de los que gozan, con singular alegría, los citados jueces y magistrados y funcionarios encargados de “velar” por la correcta aplicación de la ley, y de ver en todo por el funcionamiento preciso y blanco de dichos procesos. Pues cuando se entere de sus graciosos sueldos, le va a dar a usted un tremendo patatús, las tripas se le van a enroscar y la bilis se le derramará por todo su lindo cuerpo. Son sueldos criminales, por decir lo menos, dado que en México existen millones y millones y millones de pobres. Así de simple, así de sencillo es la apreciación de su humilde y víctima de los tales fraudes, Carlos Bracho. En fin, como ya ni llorar es bueno, y como ya no siento lo duro sino lo tupido y ya no quiero queso sino salir de la ratonera y dado que palo dado ni dios lo quita, y a lo hecho pecho, yo, para calmar mis ansias y mis rabietas y mis dolores y mis penas añejas, me meteré, como ustedes ya lo saben, mis queridas amigas zapatistas y juaristas, a Mi Oficina. Veré con un gusto enorme a María, cuyo cuerpo me hace temblar de pies a cabeza, cuyos labios me ponen en órbita marciana y cuyas piernas son dos delirios que me tienen en ascuas y me hacen ser el más débil hombre que habita este globo terráqueo y que me provocan sueños en los que gozo a plenitud de las facultades que Baco y Venus me han proporcionado. Y su risa, su risa de mujer morena que todo lo sabe -sobre las tretas del amor, claro, sobre los secretos profundos del arte de amar- que todo lo resuelve y que todo lo vive, esa risa, digo, me lleva de paseo a lo oscuro de una cueva o las profundidades del océano y yo allí con ella, la abrazo, la acaricio, la beso, la poseo… María, antes de yo pedírselo, me pondrá en la mesa que mira a la calle por donde pasan los miles de maestros sin trabajo y ninguneados por sus líderes y olvidados por los miserables políticos en turno, una ringlera de caballitos de tequila blanco, sí, del que raspa y en un dos por tres me los empujaré y con el espíritu que allí en ese líquido bulle divagaré, viajaré por los alrededores de su pecho, del pecho de María que pide a gritos una caricia vengadora. En fin. Ya voy llegando a Mi Oficina. Así que yo me despido de ustedes, lectoras que aman la libertad y la justicia republicana...Vale. Abur.