REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 11 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Eran como sombras que pasaban


Roberto López Moreno

Escribo estas líneas el 21 de marzo, designado como el Día Internacional de la Poesía. Y se da en esto un sustancial simbolismo, por que al escribir sobre la obra inédita de Jesús R. Guerrero, quiero empezar precisamente por la poesía de éste, por que es con la poesía con la que empieza todo en la Tierra. Ayuden a no desmentirme en tan categórica afirmación, Schiller, Holderlin, Mallarmé, Poe, Baudelaire, Gotffried Benn y un larguísimo etcétera de quienes tal han sustentado, mucho antes que estas letras que apenas ahora inicio.
El pensamiento poético es el principio de las cosas, de todo cuanto existe creado por el ser humano. En el principio fue el verbo, su poesía, y siempre lo ha venido siendo antes del postulado académico, del método científico para desentrañar misterios, de teorías que han llevado a conocer tiempos, medidas y ubicaciones de las cintilaciones cósmicas. Esos postulados académicos, métodos científicos, teorías hacia las posibilidades y demás procederes abstractos de la mente y la imaginación, han nacido precisamente del vientre lumínico de la llama poética, de su esencia vidente vaticinadora y luego evidenciadora.
Apoyándonos en la galilea visión, al introducirnos en la obra inédita de Jesús R. Guerrero -un libro de poemas, sin título y dos novelas cortas: Burócratas y Eran como sombras que pasaban- , iniciamos la revista con el libro de poemas. En el principio fue la poesía. Y es que después de transcurrir por los poemas de Guerrero, tendremos más clara la vena poética que corre por las páginas de su obra narrativa.
En la poesía de Guerrero, ¿poesía existencial o existencialista?, están los planteamientos que van a sustentar el resto de su obra, desde ahí se encuentra el incierto eterno que equilibra su visión en las aseveraciones sobre los hechos vitales que son pero no son (Berkeley dudaba de que la información de los sentidos nos diera la expresión exacta de la realidad) y así es, pero no, es hasta el final. En la poesía de Guerrero el hombre y las cosas fluctúan en un sí y en un no permanente y en esa combinación se forman los cuerpos con los que ocupamos el espacio. Desde el principio del libro Jesús. R. Guerrero nos advierte: “La vida es azul y tornasol (en esta aleación ya hay un sí y un no -subrayo- si damos al tornasol un valor de azul indeciso, cambiante para la pupila) como las mariposas./ El hombre a veces mira las cosas/ y sonríe/ y a veces mira las cosas/ y llora (su dualidad actuando -sigo en el subrayado-) y el hombre y las cosas/ no tienen un sentido fijo (aquí la filosofía de toda la obra -vuelvo a subrayar-).
A veces utiliza un tipo de anáfora muy a su modo, que consiste no en repetir explícitamente apegado a lo que marca la fórmula retórica, sino repitiendo sus frases íntegramente, procedimiento que sirve para subrayar el sentido atormentador de lo expresado, la palabra que se repite sobre la misma herida, y ése es el momento en que la dualidad, fugazmente abandona al autor, sólo para subrayar con el cuchillo de la palabra: “Hasta que después, otra vez,/ otras vez de las miles de veces que me detengo,/ de las miles de veces que me palpo la carne,/ de las miles de veces que se me caen las lágrimas,/ de las miles de veces que se me caen las lágrimas,/ que se me caen, sin que yo las vea…”, para luego volver a la relatividad entre el sí y entre el no. Esto ayuda a acentuar sus juegos de inciertos: “Uno a veces es luz,/ a veces, sombra,/ a veces uno es luz y sombra./ ¿Por qué?/ ¿Quién le dijo a uno / que siempre había de ser uno mismo/ y parecerse a uno mismo...?”
En el Poema 14, Guerrero nos informa: “Ese día/ yo no tenía nada/ qué decir,/ porque ese día/ yo tenía mucho qué decir./ Las palabras,/ a veces,/ son pobres palabras,/ y a veces son como grandes incendios,/ como expresiones gigantes,/ como impresiones gigantes./ Uno, a veces,/ no tiene nada que decir,/ quizá/ porque esas veces,/ uno es más pequeño que las palabras (---) Por eso el hombre,/ nosotros, bien a bien,/ no sabemos qué es el dolor,/ ni la alegría/ ni el color/ ni el sonido,/ no,/ nosotros no sabemos todo eso./ No lo sabemos/ y no lo sabemos/ porque no sabemos/ a punto,/ a punto fijo:/ si está en todo lo otro/ de lo otro… o si está en todo lo otro/ dentro de nosotros/ mismos”.
Este libro está fechado en 1964, en esos entonces, entre las listas de los poetas mexicanos reconocidos se encontraban nombres como José Emilio Pacheco, Gabriel Zaid, Homero Aridjis, José Carlos Becerra, Marco Antonio Montes de Oca y otros de la misma abundancia reflectora. En esos mismos tiempos formaban la lista de los poetas no reconocidos nombres como los de Enrique González Rojo, José Revueltas (en su calidad de poeta) Ramón Martínez Ocaranza, Juan Bautista Villaseca, Abigael Bohórquez, Horacio Espinosa Altamirano, Margarita Paz Paredes, Aurora Reyes, en realidad, la gran poesía mexicana ignorada hasta hoy en día. En tal coincidencia vectoral se encontraba la obra de Jesús R. Guerrero.
Creo que rigurosamente se impone hacer una nueva lista de la literatura mexicana; el lector mexicano, y el extranjero, no se pueden quedar a medias con el magro producto que le ofrecen. La poesía mexicana es más grande y más rica que el cuadro que le han dibujado, que si no fuera por figuras inobjetables como la de Marco Antonio Montes de Oca, se podría hasta afirmar, en varios de los casos: que se trata de un menesteroso cuadro.
Enmarañaciones, diría Guerrero, y anguilizando el gesto se pondría a escribir su narrativa, que ya alguna vez, lo había llevado a la polémica. Eso fue cuando el asunto de Los olvidados. Fue cuando Luis Buñuel tomó la novela de Guerrero, le hizo cambio de locaciones (del ambiente rural, la transportó a la atmósfera citadina), cambió actitudes y nombres de algunos personajes y se lanzó a la realización de su tan famoso film sin dar crédito alguno a Jesús R. Guerrero. Hasta la fecha siguen saliendo artículos sobre la polémica situación justificando a Buñuel, unos, reprobándolo, otros.
En el inter, hay un prólogo ni más ni menos que de José Revueltas a una de sus obras. No sólo es la coincidencia de épocas la que propicia tal prólogo, hay también una visión colindante de las cosas que los junta y los hace expresión de un mismo anhelo humanístico. Como distinguido y muy querido profesor del Politécnico, Guerrero conocía las historias tremantes de la gente humilde, la institución a la que daba su entrega manumitía a miles de jóvenes de procedencia humilde que venían cargando sobre sus espaldas de edades tiernas, el gran peso centenario del desajuste social en nuestro país. Guerrero se estremecía con esas realidades que después actuaban tanto en sus cátedras como en sus obras literarias. José Revueltas era hermano de esas visiones, entonces, su prólogo a un libro de Guerrero venía a ser lo más natural.
Incluso en la novela Burocracia, Guerrero utiliza a uno de los personajes para expresar un discurso que finalmente se convierte en un discurso, más que del personaje, del autor de la novela, procedimiento literario que muchos criticaron en su momento al propio Revueltas respecto a sus obras.
Existe una obra de Jesús R. Guerrero titulada El corral pintado. El libro empieza con las palabras introductoras de su autor bajo el título de Tonos para este libro y que ahora, aquí, quiero reproducir íntegras:
El hombre busca afanosamente una luz en su porvenir. El hombre de todos los pueblos. Pueblos grandes, pequeños, ricos, pobres, cultos, incultos. Porque el hombre de todos los pueblos desea vivir feliz. Pero vivir verdaderamente feliz. Eso desea la humanidad. Lo sueña. Lo sueña. Lo sueña.
¿Cuándo podrá ser feliz la humanidad?
Quién sabe. Tal vez pronto.
Tal vez.
Porque… ah, porque no han querido que la humanidad sea feliz.
No lo han querido los monopolistas de la dicha humana.
Esos miserables.
Perros miserables con sarna deslumbrante.
Ellos son los que no han querido que el hombre sea feliz.
Como si la felicidad ajena, ésa que ellos tienen amontonada en sus escondrijos, pudiera servirles realmente para algo bueno.
Y no les sirve de nada.
Y así, ellos ahí la tienen acaparada bajo sus ojos y olfatos y garras.
Ahí la tienen.
No más.
Y entonces quieren desangrar más al hombre. Lo quieren meter en hogueras. En guerras aplastantes. Lo quieren aplastar como a ratas, bajo la metralla y los piojos.
Lo quieren remoler bajo la luz. Sobre la luz.
Lo quieren reventar más. Más.
Para que se anublen los ojos de sus niños.
De sus novias.
De sus mujeres.
De sus madres.
De… De todos los que duelen y amargan y consuelan.
Como gotitas de agua sobre la carne viva, en el frío de la noche o en el alto calor de las horas cálidas.
Pero, algún día.
Un día.
Un día vendrá.
Y entonces los pueblos reirán de sus canallas verdugos.
Reirán locamente.
El hermoso y buen pueblo de los Estados Unidos, no los nazis, yanquis testaferros y ricos pelafustanes, no, el lindo pueblo, el grandioso pueblo de los Estados Unidos, reirá. (aquí interrumpo en cursivas para manifestar una sola diferencia con el autor, el pueblo de Estados Unidos, ese “lindo” pueblo es tan responsable como sus dirigentes. Su ignorancia y su aparente ingenuidad no lo disculpan de los crímenes que han cometido sus gobiernos, esa aparente y muy cómoda ignorancia los vuelve cómplices, vergonzosos cómplices de tan graves crímenes; pero volvamos a Guerrero).
Reirá el pueblo de los negros del África.
Reirá el pueblo amarillo.
Los pueblos oscuros, reirán.
Los pueblos blancos y buenos.
Y entonces acabarán todas las ratas: las ratas humanas tan poderosas.
Acabarán las otras ratas, los piojos, la mugre, la idiotez.
Acabará el hambre de todos.
Y entonces todos los hombres sabremos qué hacen y qué piensan todos los hombres respecto al hombre.
No más.
Jesús. R. Guerrero
Bajo estos “tonos” se abre la narrativa de Guerrero.
En el presente tomo se incluye su novela corta, Burocracia, mesogonalmente, abrimos la corola de este trabajo narrativo. A la mitad del tomo, entre el libro de poesía con el que se inicia y la obra maestra con la que se cierra, en ese espacio se desarrolla la trama de Burocracia, una novela corta que incursiona en las entrañas de ese mundo que de alguna manera nos asfixia en nuestra vida diaria.
¿Cómo se inicia la novela?, con estas palabras:
En el fondo oscuro de un amplio salón de clases, maestro y discípula se hallaban frente a frente. Ella estaba emocionada, y no sabía precisar si era dolor o la alegría lo que le piqueteaba el alma en esos momentos de tanta solemnidad.
La voz del maestro era la única que se desparramaba por todos los vértices y meandros del gran salón. La voz de la discípula yacía agazapada; pero su brillante silencio contorneaba la sonoridad de las palabras del profesor.
-Luz del Carmen -le decía-, ahora ya todas sus tristezas han terminado; sus vicisitudes, sus problemas. ¿Qué le falta ya? Nada. Ha merecido usted un diploma. Es usted una magnífica taquimecanógrafa. Desde hoy comenzarán su nueva situación y su nueva vida. (---) ¡A ganar dinero, Luz del Carmen, a vivir bien, que para eso estudió usted dos años en esta eficaz y famosa Academia Comercial!

La novela está fechada en 1939, tiempos aquellos en que las proliferadas “academias comerciales” ofrecían “carreras cortas” a las jovencitas, asegurándoles que la taquimecanografía les iba a sacar de las entrañas de una clase media baja llena de urgencias y necesidades y a colocarlas en la gran ruta de los progresos personales; la novela no es ajena a la realidad de esos años y se inicia con ese espejismo para después entretejer una trama de tragedias que van a concluir en un final funesto.
En este trabajo Guerrero es un excelente creador de personajes (El Güilo, el Piropo, Figueroa (jefe corrompido y corrompedor), Torritos (personaje imaginado muchas décadas antes de aquel Gutierritos célebre en alguna telenovela) y un buen creador de atmósferas. El kid se centra en el pobre siempre expuesto a ser utilizado, ultrajado, destruido incluso por quienes detentan el poder, veracidad como si rescatada fuera siempre de la piedra silvana en la que está inscrita, en esta selva de hombres que entran y salen continuamente de los estadios de la bestialidad.
Para las épocas actuales algunos pasajes o discernimientos sobre el tema pueden parecer de cierta ingenuidad, pero hay que recordar que es una obra de los 30 y que por aquellos años, todavía el tema de la virginidad era central en nuestra sociedad, en torno de ello, y en aquella realidad, se fincaban verdaderas tragedias en la que quedaban hechas polvo las honras de familias enteras, y la obra de la que estamos hablando se apoya en tal tema como su principal nudo dramático. Como sea, se puede tomar como un testimonio de los usos y costumbres de aquellos tiempos; decía José Martí que el arte representa la verdadera historia de la humanidad, desde ese pensamiento, Burocracia es una especie de metro altamente considerable.
La denuncia de Guerrero es válida, nos muestra al pobre siempre en cumplimiento de la sentencia de ser exprimido y degradado por el del mayor poder, y nos muestra también al pobre con el pobre, encontrándose como última instancia, en una relación de solidaridad endeble, que es lo último que le dejan para recuperar magramente lo que los otros le han arrebatado desde su impunidad y prepotencia.
El personaje femenino, Luz del Carmen Martínez, quien después de recibir su flamante diploma como taquimecanógrafa, inicia un proceso de degradación indetenible impulsada por las vigentes y oscuras fuerzas sociales, que de alguna manera siguen teniendo validez en nuestros días, es protagonista de milenta mil naufragios que la conducen al drama final de claros (¿oscuros, quizá?) tintes revueltianos.
El final, acogedor y monstruoso (el Revueltas sin salida que nos sacude hasta los huesos), termina siendo una metáfora del pus y la deformación en que se resuelven las prácticas antihumanas que han signado nuestras vidas desde la conformación de esta sociedad movida por el abuso del poderoso, pero también por sus propios prejuicios que se convierten en excelentes caldos de cultivo para la autoflagelación, combinaciones (abuso de los poderosos y prejuicios que provocan autoflagelaciones) que no llevan más que a la derrota, a la aniquilación humana.
La última obra con la que se cierra este tomo y que le da título, “Eran como sombras que pasaban”, es una pequeña y cerrada obra de arte, monolítica en su estructura y su lenguaje, un lenguaje poético que ya nos había anunciado en el libro inicial Jesús R. Guerrero, por ello la importancia de abrir el tomo con la colección de poemas, para que al incursionar en esta tercera obra el lector fuera en máginas a la perfecta conciencia de estar frente a un narrador que nos está hablando desde la certeza de su poesía.
Aquí también, como en sus otras obras, Jesús R. Guerrero, quien en 2011 se cumplió el primer centenario de su natalicio, crea un lenguaje; no existe avilantez en él, no se regodea en lo infando; deja fluir en su corriente mansa, sin riadas galimáticas, corriente mansa pero honda, el fatalismo de los cansancios finales, “qué pronto se cansa la gente cansada”, la grisura de los devenires, la lenta muerte que se acerca en el transcurrir del tiempo hasta que “un puñado de tierra puede ser un hombre”, y otra vez: “un hombre no muere nunca; nada más deja de tener relación con los números. Es todo”.
Eso es este libro de Guerrero, un libro que nos cuenta una historia desde un pensamiento poético que se convierte en lenguaje. El autor empieza por informarnos que a Garrido, uno de sus personajes, “todos los días se le caía la vida”, que quería mirarse en el espejo pero le tenía un gran pavor a lo grotesco, y así, con ese lenguaje, su oficiante empieza a penetrar profundamente en las hoquedades del alma, en las honduras del ser frente a su espejo.
Con una poesía compacta desde su lenguaje hasta la conceptualización que con él logra; otra, desde el lenguaje hasta el estilo que con él diseña, fuente en la que lerman abundantes las ademanaciones diccionarias para decirnos, por ejemplo, que un hombre no muere nunca, “nada más deja de tener relación con los números”, el escritor nos da el episodio de un tiempo, para al final aceptar, cerrado su capítulo, que “el dolor es la raíz del hombre”.
Aquí nos encontramos con una narrativa hecha no por un narrador, sino por un poeta. En esta breve pero consistente obra, la obra maestra del libro, diríamos; no hay una trama llena de intrigas, no le fue necesaria al autor, sólo hay un profundo dolor de los seres humanos percibidos con los ojos de un poeta, relatados con una tinta amarga y luminosa, y eso fue todo para acercarnos a la pequeña gran obra, y hacernos que la escucháramos, y hacernos que la tocáramos, y hacernos que la asimiláramos por cada poro hasta saberla enteramente nuestra porque nos está relatando con los límites de lo que somos dentro de los amores y los desamores que en todos nosotros laten.
Aquí nos enfrentamos a la desilusión, al desamor; tal vez a la desilusión no, porque primero tendría que haber la ilusión; tal vez al desamor no, porque primero tendría que haber el amor. Y los seres de los que aquí nos habla, son seres desolados, yermos, con nada de eso y todo. O a lo mejor con mucho y nada, luego, la posterior desolación de muerte. Pero todos sabemos y con nosotros Guerrero antes, que de la muerte nacerá la vida. Quizá yerma y desolada, pero nacerá. Vida. Y finalmente, a eso fue a lo que le apostó el escritor michoacano, el de la realidad inasible, a asir la vida que trata de ocultarse atrás de la muerte.