REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
11 | 11 | 2019
   

Confabulario

Aurora


Carlos Ornelas

Gracias a ella tengo buena ortografía, aunque no sé gramática y mi sintaxis deja mucho que desear.
Apenas tenía una semana que había estrenado mis ocho años de edad cuando comenzaron las clases. Como nos habíamos cambiado de casa, mi abuela me inscribió en la escuela más cercana; ella no tuvo consideraciones para mí, que deseaba quedarme en la Francisco Zarco, donde había hecho amigos en primero y segundo grados. Mi abuela estaba contenta de tenerme más cerca de la casa y, además, me dijo: “Esta escuela tiene fama de ser buena, las maestras son estrictas y trabajadoras y los salones son bonitos”. De los salones me acuerdo que tenían mucha iluminación natural, de lo estricto de las maestras guardo memoria de la seño Aurora, quien fue mi instructora en tercero de primaria. Las que me tocaron en los años posteriores, si bien les gustaba la disciplina –como a la directora– no vapuleaban a los alumnos.
El mero 2 de septiembre, al llegar a la escuela la maestra que recibió a los de nuevo ingreso me indicó que me tocaba el Tercero “B”, en el segundo piso. Luego nos formamos, habló la directora de la escuela, le rendimos honores a la bandera y cantamos el himno nacional. Apenas pasaban las ocho y media de la mañana pero el sol ya pegaba fuerte en el patio y me dolía un poco la cabeza. Fue el primero de muchos dolores de aquel año escolar.
Mis registros de la maestra Aurora son imperecederos. Me acuerdo de su figura por su espalda ancha –escribía mucho en el pizarrón–, su gesto áspero, su hablar pausado pero con volumen y su caminar lento por entre los pupitres, como torero en el paseíllo, cuando dictaba un resumen que teníamos que escribir y memorizar. Era una maestra dedicada, trabajadora como pocas y por eso las mamás la apreciaban y querían que sus hijos tomaran clase con ella; sabía lo que quería de sus alumnos, laboraba con nosotros mañana y tarde, revisaba con cuidado cada línea que escribíamos y marcaba en un círculo cada falta de ortografía o error tipográfico (de ella adquirí el hábito de leer con un lápiz rojo en la mano los trabajos de mis alumnos). Examinaba cada una de las operaciones de aritmética que nos encargaba de tarea de un día para otro, con el rojo indicaba las fallas y con el azul ponía la calificación. También nos encargaba ejercicios de caligrafía para mejorar las letras; a mí no me sirvieron de mucho, era zurdo de nacimiento pero me obligaron desde chiquito a escribir con la mano derecha, comer con la derecha, tirar la pelota con la derecha, apuntar con el índice de la derecha y al final quedé con habilidades mermadas en las dos manos.
La mirada fría y penetrante de la seño Aurora, como la de una loba parda de la Sierra Madre, fue la que dejó más vestigio en mi memoria. En aquellos tiempos estaba seguro que la maestra podía leer la mente; quien le mentía se llevaba una buena cachetada. Si un compañero llegaba tarde ella le miraba a los ojos directo, le escrutaba cada gesto, lo intimidaba y, si pensaba que la quería engañar, le dejaba ir una de las manos a la cara más rápido que el Pepino Azamar, el mejor pícher de los Alacranes de Durango, que habían sido campeones de la liga la temporada anterior. Si alguno metía la mano para protegerse o evadía el golpe le iba peor, pues la maestra porfiaba, y no reposaba hasta que le daba dos o tres y, además, ese alumno se tenía que quedar de pie hasta la hora del recreo. Su noción de la disciplina del grupo era inflexible: en el salón nada más ella mandaba y todo mundo ordenadito, ya sabíamos las consecuencias si había desobediencia.
Luis Fernando (el riquillo del grupo) no era embustero. Una vez que llegó tarde le dijo a la maestra que la noche anterior había ido al velorio de una tía. Más se tardó el chaval en expresar su excusa que ella en darle un sopapo fuerte. El niño se puso a llorar y salió corriendo del salón y se fue a quejar con la directora de la escuela. Ella regresó acompañando a Luis Fernando con una mano en su hombro; le pidió a la seño Aurora que por favor saliera un momento. Nadie escuchó lo que las maestras platicaron, pero por las ventanas vimos que la directora tenía el gesto áspero y la seño Aurora bajó la mirada; ella que siempre la sostenía.
Cuando regresó al salón, le dijo a Luis Fernando que ocupara su lugar y al grupo que nos pusiéramos a trabajar. Recogió las tareas, garabateó unas cuentas en el pizarrón, en unos minutos recobró su expresión adusta y todo regresó a la normalidad. Cuando retornamos por la tarde (a mí me tocó la escuela de jornada completa de cuatro horas y media por la mañana y tres después del mediodía) la maestra no entró al salón. Nadie sabíamos qué pasaba, pero todos estábamos callados, ordenaditos (como exigía la seño),
sentados, algunos avanzándole algo a la tarea. Como a los 15 minutos llegó la maestra Aurora, la acompañaban la directora y otra señora que luego supimos que era la mamá de Luis Fernando. La seño dijo: “Luis Fernando, te pido que me disculpes, me sobrepasé”.
El grupo se quedó admirado, la otra señora sonrió, la directora puso cara de intranquilidad y Luis Fernando, sin hablar, asintió. El papá de Luis Fernando era diputado; creo que fue la primera vez que escuché lo de las influencias (la seño no volvió a tocar a Luis Fernando, si acaso un regaño, pero ni siquiera lo mandó al rincón). Por unos días la seño Aurora trabajó más tranquila; no le aventó el borrador a ninguno de los alumnos, tampoco nos apaleó la cara y no nos daba con la regla en las manos por las faltas de ortografía o los errores en las tareas de español y aritmética. Ésa era su rutina favorita y la que más sufrí en los dorsos de mi diestra. Muchos años más tarde entendí porqué una tía mía, que también era maestra pero en una escuela federal de las afueras, decía que la seño Aurora era una seguidora de Lugones: “La letra con sangre entra”, solía decir el poeta y educador argentino. Pero al final de aquel año ya no tenía una sola falta de ortografía, le temía al dolor.

Cuando ya estaba en la prepa, leí el Ulises Criollo, de José Vasconcelos. Todavía no sabía que la educación sería mi profesión, pero un párrafo de aquella obra me hizo saltar de la cama (leo acostado cuentos y novelas) porque trajo a la seño Aurora a mi cabeza de repente y hasta me dolió el revés de mi mano derecha. Subrayé el párrafo y ahora de vez en cuando se los leo a mis alumnos para que comparen su situación de privilegio. Hoy ellos son los jefes natos, no el rector. Vasconcelos escribió: “No recuerdo por qué falta, se me obligó a extender la mano; en ella cayó un varazo dado con ganas [...] Nunca he sido partidario de la blandura de cierta pedagogía posterior que suele convertir al maestro en juguete del niño y al estudiante en censor del catedrático”. A mí no me tocó la pedagogía blanda 70 y tantos años después. La diferencia es que al buen primer secretario de Educación Pública le pegaban con una vara, a mí con una regla de madera.
Los días de calma no duraron una semana completa. La seño Aurora pronto regresó a su rutina, a exigir, a “fomentar el trabajo fecundo y creador”, como decía el presidente de aquel tiempo y a quien ella citaba con asiduidad. Ella marchaba entre las filas dictando de memoria los municipios de Durango y sus cabeceras, la geografía del estado, los ríos, las sierras, las zonas desérticas. En realidad se sabía todo lo que había que saber en aquellos tiempos para ser una buena maestra. Conocía los nombres de todos los gobernadores desde la Independencia, nos explicaba por qué aquella calle llevaba el nombre de algún prócer, y quién fue el susodicho. Me parecía una enciclopedia andando. No he conocido a nadie que como ella escriba en el pizarrón tan rápido y con tan buena caligrafía, puras líneas rectas y círculos casi perfectos. Han de saber que la seño Aurora, si uno le preguntaba con cuidado y humildad, lo sacaba de dudas, nunca dejaba un problema sin resolver, ni una tarea sin calificar de sus 48 alumnos.

La seño Aurora era estricta y a las mamás les gustaba, pero a nosotros no; no nos daba tiempo para un respiro. Nadie podía salir al baño, aprendimos a disciplinar el cuerpo, a no tomar agua o refresco antes de la clase e ir a la casita antes de entrar al salón. Los alumnos de mi grupo y yo éramos los más tristes de toda la escuela, casi no jugábamos en el patio a la hora del recreo. A pesar de ello, nos las ingeniábamos para de vez en cuando hacer un chiste a costa de la seño o de algún compañero y gozar un poco. Muchos nos quedábamos en el aula completando la tarea y otros castigados, algunos nada más porque habían sonreído y no pudieron explicar por qué. Pero también éramos los mejores. En los concursos internos, a veces calificábamos arriba que los de cuarto y quinto para resolver problemas de matemáticas. En los concursos de enero que organizaba la directora, mi grupo sacó el primer lugar en matemáticas, historia y ortografía. La motivación para sobresalir era fuerte: si no lo hacíamos la seño Aurora se enojaba.
Martín, era el más aplicado y de memoria prodigiosa, ganó ese año el concurso estatal de geografía de Durango que organizaba una radio difusora local. Cuando fue el certamen, en el cine Principal, todo los del grupo fuimos a echarle porras, también fueron de otros grupos porque además de Martín participaban alumnos de cuarto y quinto. Cuando se dio el fallo, todos gritamos de contento, la directora organizó la porra y se notaba que estaba dichosa. La seño Aurora sólo esbozó una sonrisa y le acarició el pelo a Martín cuando nos juntamos. La mamá del chamaco, como nos decían, no cabía de feliz y felicitó a la seño Aurora porque su hijo fue vencedor en la justa (se notaba que a la mamá le gustaban las competencias) y porque hacía muy bien su trabajo, también a la directora, para no dejar. No recuerdo quién pagó, si la mamá de Martín, la directora o la seño Aurora, pero nos invitaron un refresco en el Excélsior, que era la nevería de los popis, en una equina de la mera Plaza de Armas. A Martín le tocó una copa de nieve.
Ese fue su día. Pero el encanto se acabó el lunes siguiente.
Para empezar la clase la seño le dijo a Martín que no se creyera mucho, que el triunfo era de todo el grupo, que el mérito era del trabajo fecundo y creador, que nada cambiaba, que para ella, él era nada más otro alumno. “A sentarse y a trabajar, todos ordenaditos”. Todos nos desanimamos y regresamos a las caras largas que acostumbrábamos aquel año pues la seño Aurora se puso a recoger las tareas y luego a dictar un resumen. Nadie se atrevió a decir nada a favor de Martín, aunque a la hora del recreo todos nos acercamos a él, también de los otros salones, y le dijimos un montón de cosas buenas. Su sonrisa era lamentable, forzada, él quería el reconocimiento de la seño Aurora, había estudiado duro para ello y era inteligente, pero era una aspiración imposible.
La venganza de Martín fue que dejó de ser el más aplicado, traía sus tareas pero ya nunca levantaba la mano para responder a alguna pregunta y cuando la maestra le preguntaba directo alguna cosa decía que no se acordaba. La seño no se tragó la finta y le exigió más que al resto de nosotros, le solicitaba información todos los días unas tres veces y la respuesta era la misma. La regla de madera cumplió su función y le dejó a Martín varias marcas en las manos y las nalgas. Pero no lo rindió. Él se hacía apocado, pero en el fondo era rebeldía y desafío a la autoridad. Incluso, llegó a aguantarse las lágrimas para que la seño no lo viera llorar por los trancazos.
Fue más de un mes de esa práctica. Todos los del grupo salíamos al recreo para cobijar a Martín, era como nuestro representante. Luis Fernando le invitaba refrescos y algunos compartíamos con él la fruta o el lonche. Pero él no festejaba mucho, como que sabía que el duelo con la seño le iba a acarrear broncas. Martín se hizo taciturno, ya era costumbre que cada día se llevara uno o dos reglazos o un coscorrón con el puño cerrado. Un día supimos que su mamá vino a hablar con la seño Aurora y la directora, pero no pasó nada extraordinario.

Cuando ya todo era rutina, Martín dejó de ser el centro de la hora de recreo, poco a poco regresamos a jugar a los encantados o al beis con pelota de esponja. Aquella temporada los peloteros eran los héroes de Durango; Los Alacranes lideraban la Liga Central, Martín Dihigo, el manager y bateador ocasional del equipo era un idolazo y le decíamos a nuestro amigo que pasara tocayo. Pero no sonreía ni jugaba a la pelota con nosotros. Tampoco salía en las tardes a la Alameda donde hacíamos raza antes de la cena.
Eso contrastaba con el Martín de comienzos del año escolar, que era cuando empezaba el fin de la temporada de beis. Apenas tenía unas semanas en esa escuela cuando Martín y yo nos encontramos en el parque de beisbol. Fue una de las veces que mi papá me llevaba con él. Allí en el estadio, Martín y yo disfrutamos con la afición “un juego histórico”, como dijo el Mago Castaños, el cronista oficial de Los Alacranes. Fue el día en que los de casa dejaron en el terreno a los poderosos Mineros de Fresnillo, con el Cachihuila Valenzuela de catcher y manager. Al cerrar la novena entrada, el equipo visitante, que tenía un pícher jovencito, que después brilló en la Liga Mexicana, el Balazos Martínez, había mantenido a raya al lineup de los ponzoñosos.
Pero en ese cierre, el Viejito, Buck Leonard, se la voló por el derecho llevándose por delante Julio Pérez Azcuí y al Charolito Orta (al papá del más famoso Charolito que jugó 16 temporadas en las mayores y es del mero Gómez Palacio, Durango). El juego se empató, y luego de dos o tres bateadores más, con un corredor en segunda, el gran Dihigo de emergente la hizo más chica todavía. Un sólido sencillo al central bastó para que los arácnidos ganaran. Esa tarde fue cuando Martín y yo nos hicimos amigos, cuates, más allá de ser compañeros del grupo.
Nuestros papás se conocían, habían crecido en el mismo barrio de Tierra Blanca y regresamos los cuatro juntos a la ciudad por el parque Guadiana, no había prisa. Jugamos un rato en los columpios y tomamos refresco mientras los padres platicaban de beis y –me imagino– de algunas otras cosas. Veía poco a mi papá. Mi mamá murió cuando yo todavía no cumplía el año y medio. Mi papá se casó de nuevo y yo vivía con él y su nueva esposa, pero parece que cuando nació mi hermano me puse celoso y lo golpeaba, alguna vez lo tiré de la cuna y entonces me fui a vivir con la mamá de mi papá.
Ella me recibió con los brazos abiertos, creo que ya iba a cumplir o acababa de llegar a los cuatro años. Para mi mamá grande fue muy bueno que me fuera a quedar con ella, sus hijos e hijas se habían casado y todos dejaron el hogar. La mayoría vivía en Durango, pero ella se quedó sola en una casa pequeña; a mi abuelo no lo conocí pues había muerto como 10 años antes. No se piense que me crió como hijo único y consentido, era una mujer trabajadora y me puso obligaciones desde el primer día. Nunca tendió mi cama ni barrió mi cuarto, ésa era mi encomienda, así como hacer los mandados a la miscelánea de la vuelta (no había que bajarse de la banqueta), con eso me forzó a hacer cuentas para pedir cambio, y otras tareas más, como secar los trastes, regar las macetas y acomodar la ropa que ella planchaba.
A mis abuelos maternos les veía menos aún que a mi papá. Vivían en una colonia allá por el Tepeyac (que en aquel entonces se me hacía lejísimos) y casi no los conocía, aunque cada día de mi cumpleaños me visitaban y regalaban algo, hasta cerca de los 20, cuando ya estaban viejitos y era yo quien tenía que frecuentarlos.

Después de aquel concurso que ganó Martín pasaron tres meses, las vacaciones de la Semana Mayor, como le decían a la Santa, cruzaron más rápido que un avión de propulsión a chorro. Se acercaba el final del año escolar, preparábamos los festivales del día de la madre y del día del maestro. Ésa era una responsabilidad de los alumnos. La organización corría por parte de los de sexto año y dedicábamos una hora u hora y media de las tardes a esas tareas. En nuestro grupo decidimos presentar un bailable de matachines (nada original porque éramos puros varones, las niñas estaban en la escuela de junto) y otro niño que estudiaba canto y música iba a cantar Cariño verdad, una canción melosa de Los Churumbeles de España que halagaba a una madre ciega.
Las discusiones para ver quién iba a ser el Viejo de la danza, el que dirigía al conjunto, tomaron muchos minutos, la mayoría aspiraba a ese puesto. Martín no mostró interés, pero alguno de los muchachos lo propuso, acaso como reconocimiento a su lucha y todos dijimos sí, que sea él. Pero el chaval manifestó que no, que era lo mejor. Incluso, insinuó que ni siquiera vendría a la escuela el 10 de mayo, dijo que ya buscaría cómo agasajar a su mamá, junto con sus hermanas. Del día del maestro no quería ni hablar, seguía con su mirada retraída. Por fin, el grupo se puso de acuerdo y quien lanzó la pelota más lejos en el jardín, al acabar la clase, fue el elegido. Mal arbitrio: buen pelotero, pésimo danzante. Tuve que entrar al quite y, sin ser el manager, desde mi posición en la primera línea, comencé a dirigir al conjunto. No que fuera buen bailarín, pero me sabía los pasos, ya que mi abuela me forzaba (o me motivaba con jerarquía) a que cada 12 de diciembre participara con el matachín del barrio. Creo que ser el tipo importante en la danza y disfrutar los pocos juegos de beis a que me llevaba mi papá es lo único agradable que recuerdo de aquel año.
A Martín se le puso más negra tras de las vacaciones. A la directora se le ocurrió organizar un concurso para festejar el día del maestro. Dijo que el mejor regalo que le podían hacer los alumnos a sus mentores era demostrar que aprendían bien. Propuso un “Festival de la inteligencia” (o del saber, ya no me acuerdo bien). Cada grupo, de tercero para arriba (ya sabíamos leer y escribir) debería desarrollar un pequeño proyecto que tuviera que ver con la limpieza. Se llamaría “Mi escuela, mi casa y mi comunidad”. No recuerdo el orden en que iban, pero era en esos tres lugares. Se trataba de hacer poemas, cuentos, relatos o alusiones a la limpieza, la higiene, las responsabilidades y algo más. Los muchachos de los otros grupos se entusiasmaron, nosotros no. Ya sabíamos que si no ganábamos, la seño Aurora se iba a enojar.
A uno del grupo se le ocurrió que nosotros deberíamos hacer poesía coral. Muchos no entendimos qué era aquello y él y la maestra se pusieron a explicar. Pero la seño Aurora decidió que además el poema que sería puesto en escena tenía que salir de la inspiración del grupo. Ella se puso al frente y dijo: “Sí, eso es lo mejor; a partir de hoy por la tarde nos ponemos a trabajar en ese poema. Traigan ideas. Martín, tú serás quién les dé orden”. Martín puso cara de ¡Y ora qué! “¿Pero yo, seño?”. “Nada, nada, ya está decidido”. Y eso lo expresó como diciendo que era la palabra de Dios.
Martín se armó de coraje y le dijo que no, que él no sabía nada de poesía, que no quería participar. La seño se encabritó. Le echó una de sus miradas, se encaminó al pupitre de Martín y le dijo que no le había preguntado si quería o no, que era una tarea, que era su deber. Martín le sostuvo la mirada, con pocas palabras, aunque con la voz cortada, le dijo que no quería festejar el día del maestro, que no era su obligación.
“Al rincón”, gritó la seño Aurora. Martín se levantó con parsimonia, pero apenas estuvo de pie, la maestra le tiró una cachetada con su mano izquierda. Por instinto Martín dio un giro a su cabeza y, aunque no esquivó el golpe, la mano de la seño no le impactó de lleno. Eso molestó a la maestra Aurora y de regreso con el puño cerrado de la derecha le pegó en la mera nariz. Un moquete como de boxeador (me hizo pensar en el Toluco López). Yo estaba sentado a unos cuantos pasos y me tocó una salpicada de la sangre que le brotó de repente y a presión.
Antes de soltar el llanto, Martín cayó de costado y apenas podía levantarse. Cuando estaba medio hincado ella le dijo que se callara y se fuera al rincón como castigo. Pero la sangre le seguía brotando y en menos de un minuto ya había manchado su camisa y dejado una estela roja en el piso, al tiempo en que el grupo se asustó; todos temblábamos de miedo. Ya se me olvidó su nombre, pero un niño que siempre se quedaba quieto, que se sentaba atrás, que casi no platicaba con nadie, fue el único que se armó de valor y le dijo a la maestra que Martín tenía que ir a la enfermería (enfermería es un decir, había un botiquín en la oficina de la directora con mejorales, curitas y algo más).
Nadie le paró la hemorragia. La directora llamó a la Cruz Roja y mandó a un muchacho a la casa de Martín para que le avisara a sus papás, a su mamá, su progenitor estaba en el trabajo. Cuando se fue la ambulancia ya era la hora del recreo y los niños de los otros grupos preguntaban que qué había pasado. Nosotros en el grupo nos quedamos callados, ordenaditos, aunque por la ventana informamos a otros niños lo del golpe. La directora se fue con Martín en la ambulancia. Luego supimos que lo llevaron al Hospital Civil y allí por fin le pararon la salida de la sangre, pero como había perdido mucha lo pusieron en cama y luego una transfusión. El resto de aquella semana Martín no fue a la
escuela.
Como todos éramos del barrio y conocíamos a Martín y su mamá distinguía a algunos de nosotros, fuimos a preguntarle cómo estaba. Ella dijo que ya bien, que seguía en el hospital y que un doctor, nos dijo el nombre y sonaba como alguien importante, le iba a hacer unos estudios para ver si había fractura. Antes de dar las gracias y meterse a su casa nos pidió que le comentáramos al resto del grupo lo que nos dijo y que ya no fuéramos más por allí.
Los dos o tres días siguientes, Martín estuvo en la mente de todos, pero no en las clases. Parecía que la seño Aurora se había transformado en un hada afable; bueno, no tanto, pero dado lo que habíamos pasado, el hecho de que no diera con la regla en las manos, no golpeara a nadie, no lanzara el borrador a la cara de alguno, nos parecía el paraíso. Sólo puso en el rincón a dos o tres compañeros y por menos de media hora. Lo que no disminuía era el volumen de su voz ni templaba su mirada de hielo. Incluso, algún día nos obsequió una sonrisa, ella la del gesto siempre áspero. Algunos pensamos que lo que le hizo a Martín la había domesticado. Luis Fernando nos dijo en tono de confidencia que le platicó a su papá lo que pasó y que se había molestado. Le comentó a su mamá que si esa maestra seguía allí, él, Luis Fernando, se iría a otra escuela. Yo también le platiqué a mi abuela y expresó que lo más seguro es que ese niño se lo merecía por desobediente. ¡Híjole! Pensé: “Con que la seño Aurora no me toque de nuevo en otro año ya la hice”. Tuve esa buena suerte.

Muchos años más tarde, en 1966, cuando ya casi terminaba la licenciatura, unas semanas antes que comenzara el movimiento del Cerro del Mercado, me encontré con Martín, que andaba de vacaciones en Durango. Él se fue a estudiar a México, a la mera Universidad Nacional, hoy es un médico de prestigio. Nos fuimos a tomar unas cervezas a La Terraza y a recordar nuestros años de primaria (después nos separamos, él se fue a la Secundaria 6 y su familia se mudó a otro barrio). Por supuesto, la seño Aurora fue la materia primordial en nuestra conversación. Me dijo que si no le hubiera fracturado un tabique y dejado la nariz chueca, como de boxeador de segunda, tal vez la recordaría como la mejor maestra, la que enseñaba de a de veras. Se sinceró conmigo; él sabía que toda persona tiene un lado sensible, aun entre las que son crueles, como dijo Kierkegaard; la seño Aurora de seguro lo tenía y tal vez hasta le brotaba espontáneo de tiempo en tiempo, pero con nosotros lo disimuló muy bien.
Martín, esbozó una sonrisa que quiso ser sarcástica, pero degeneró en un rictus desagradable. “Ella, la seño Aurora” –expresó– “sí que dejó huella imborrable en mí, en mi cara y mi memoria”. Coincidí con él, como que queríamos perdonar sus excesos, pero la contrastamos con las otras maestras que tuvimos en la misma escuela –algunas exigentes, mandonas y hasta gritonas pero no golpeadoras– y nos ganó el rencor. Ella no se merecía el cielo, concluimos.
Unos años después de aquel encuentro, le escribí una carta a Martín recomendándole que leyera Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Le transcribí una oración que me encontré en ese libro y que de nuevo me hizo pensar en aquel año fatídico; me dije para consolarme que había otros peores. Dice El Gabo: “Fue también por esa época que se restauró el edificio de la escuela [en Macondo]. Se hizo cargo de ella don Melchor Escalona, un maestro viejo mandado de la ciénaga, que hacía caminar de rodillas en el patio de caliche a los alumnos desaplicados y les hacía comer ají picante a los lenguaraces, con la complacencia de los padres”. Ya no he tropezado con don Melchor en alguna de las otras novelas y cuentos de García Márquez que he leído, pero estoy seguro que era pariente cercano a la seño Aurora.
Esa tarde, mientras disfrutaba de una Cruz Blanca, me enteré que los días de receso que se obligó tomar debido al “incidente” fueron los peores en la vida de Martín. Hubo pleitos en su casa. Él le pedía a sus papás que lo cambiaran de escuela, pero ya se iba a acabar el año. Entonces que le dijeran a la directora que lo mandara al Tercero “A”, pero su madre argüía que se aguantara, que ya nada más faltaban unas semanas para que el año concluyera, que eso le ayudaría a templar su carácter y quién sabe qué más, le decía. ¡Aguántate hijo! Su mamá había estudiado cuatro años en la Escuela Normal del Estado, no concluyó sus estudios porque con su familia se regresó a vivir unos años a Santiago Papasquiaro, que de allá era. Su papá y su hermana mayor lo apoyaban, pero la mamá insistía en que salirse del grupo le iba dar la razón a la seño Aurora. ¿Cuál razón? Pensaba Martín. También se molestó con su mamá. Me confesó que el enfado contra ella le duraba hasta aquellos días, casi 12 años después de la golpiza que recibió. ¡Yo entendía por qué!
Para alegrar el encuentro cambiamos de tema. Me platicó que él se trasladó del beisbol al básquet y que era parte del equipo de su escuela y que tal vez lo seleccionaran para el equipo grande. Su 1.95 de estatura era un buen argumento. Le comenté con orgullo que yo la había hecho en el beis, que jugué tres temporadas (creo recordar que ese año fue la última) en un equipo semi profesional de Guadalupe Victoria en la Liga de Los Llanos y que defendía la tercera. Cuando llegamos a especular acerca de nuestro futuro, por supuesto él veía el suyo muy claro y yo todavía no sabía que iba a ser de mí, pero ya me había dado cuenta que no iba a llegar a las ligas mayores. Martín siempre fue un estudiante brillante, de los que iban a visitar al presidente al final de cada ciclo.
Algunos cuates se acercaban y saludaban y tras charlas breves con Martín o conmigo o con los dos y los abrazos de rigor por ver al ausente, se iban a sus mesas o con sus corrillos. La tertulia se agotaba, se acercaba la hora de decir adiós y una remembranza de los días de la primaria nos despidió con cara de “para qué me acordé”. Le platiqué de la expectación que había en el grupo cuando él regresara de nuevo a clases, de la imagen que la seño Aurora nos transmitía de cambio. Martín expresó que el sábado y domingo anteriores se las pasó negras, nada más imaginando en que volvería al salón de la maestra Aurora.

Aquel lunes por fin llegó. Algunos divisamos a Martín pasar a la dirección con su mamá, pero no se puso en la fila, no rindió los honores a la bandera ni cantó el himno nacional. Ya estábamos en el salón ordenaditos, cuando llegó el trío: Martín, su mamá y la directora. Él tenía parches alrededor de la nariz, la cara hinchada y todo morado alrededor de los ojos, al grado de que parecía que traía una careta de luchador, como las del Mil Máscaras. Las ansias del grupo se acrecentaron pues los tres en la puerta esperaron a que la seño Aurora se acercara. Luego escuchamos lo que nos dejó fríos. La mamá de Martín le dijo a nuestra maestra con voz alta para que todos la escucháramos:
–– ¡Aquí se lo dejo, apriétele! ¡Déle duro, para que aprenda!

Coyoacán, agosto de 2006