REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Dragon Mart: ¿la oficialización de la invasión China?


Benjamín Torres Uballe

Cuando adquirimos o usamos una computadora, chamarra, desarmador, la serie para el árbol de Navidad, el teléfono para la casa, el celular, tenis, reloj, baterías, foco ahorrador de energía, refrigerador, horno de microondas, juguetes, es decir, prácticamente todo aquello que de manera cotidiana forma parte de nuestro entorno en el hogar o en nuestro centro de trabajo, nos encontramos con la muy famosa leyenda: “Made in China”, frase a la que lamentablemente nos hemos acostumbrado, principalmente en las últimas dos décadas.
China, como todos lo sabemos, pasó de ser una economía cerrada a una con presencia en prácticamente todos los países del mundo. Su Producto Interno Bruto creció a porcentajes muy elevados y constantes, aun por arriba de las naciones más industrializadas que paradójicamente hoy enfrentan serios problemas económicos y sociales como consecuencia de sus lamentables e inmorales excesos, amén del irresponsable desorden en sus finanzas; simplemente gastaron lo que no habían generado.
El llamado “gigante asiático” desarrolló la extraordinaria habilidad para acumular reservas monetarias excepcionales, recursos que de hecho son un instrumento contundente a la hora de negociar y comprar en condiciones ventajosas materias primas a otros países, lo cual, aunado a los subsidios gubernamentales y los paupérrimos salarios de hambre que se pagan en esa nación, le permite llegar con sus productos a los mercados internacionales con precios inferiores a sus costos reales, esto en detrimento de los mercados locales, cuyos efectos perversos no se han hecho esperar: quiebra de empresas y desempleo, son los principales.
Las naciones “tercermundistas” -hoy pomposamente llamadas “economías emergentes”- han acusado el daño de manera inmediata e irreversible, ya que al no contar con tecnología competitiva les es más cómodo comprar que intentar competir, lo cual les resulta imposible. En México, y sólo a manera de ejemplo, basta con abordar el Metro en el DF para ser intimidado por la saturación de mercancía chatarra que se oferta sin recato alguno, o caminar por cualquier calle del Centro para darse cuenta que prácticamente todos los vendedores ambulantes expenden mayormente baratijas chinas.
La perseverancia de los chinos es francamente de resaltar, van a donde sea, donde están los mercados. Aprenden las costumbres de los consumidores locales, se integran a ellos; eso los hace unos competidores difíciles de enfrentar y vencer. Junto a esto, han logrado la transición para producir hoy ya no únicamente baratijas, sino bienes de alta tecnología.
Es precisamente en el tema tecnológico y en la economía de escala donde se mueven con toda comodidad los exportadores asiáticos. Los países técnicamente pobres constituyen sus principales y sumisos clientes. Tristemente entre estos se encuentra México.
La república mexicana es un país que nunca invirtió lo suficiente en investigación para desarrollar tecnología propia, sus gobernantes por años consideraron a este rubro poco importante y políticamente nada redituable. Hoy paga el alto costo, pues carece de los recursos técnicos para hacer frente a la oleada china, quien desde hace años pasó como aplanadora sobre la endeble industria mexicana, particularmente en los sectores textil, zapatero, ferretero, mueblero, de autopartes, e iluminación, por mencionar sólo algunos.
Transformado México en uno de sus bastiones de mercaderías en América Latina, China pretende convertir de manera oficial a nuestro país en su bodega en el continente americano, es decir, que de manera descarada, sin inhibición alguna, va por la consumación oficial de la “invasión china” mediante la apertura del megacomplejo comercial Dragon Mart, en Quintana Roo, el cual tiene como meta la exposición permanente y venta al mayoreo de productos chinos, tales como muebles, ferretería, equipo médico, agroindustrial, autopartes y de construcción, en una superficie de 122 mil metros cuadrados, donde se ubicarían 3 mil 040 locales, a lo que habría que agregar la llegada de unos 12 mil chinos relacionados con la operación del proyecto.
El golpe mortal no se hará esperar en el muy corto plazo en la desigual contienda entre “David y Goliat”. Las dificultades para las micro, pequeñas y medianas empresas, que son más del 90% en México, aparecerán irremediablemente en el horizonte, en caso de que el mencionado proyecto sea aprobado sin el análisis riguroso, puntual y objetivo que por lo delicado del caso deben realizar inexcusablemente las autoridades mexicanas en consenso con todas las partes que de una u otra forma pudiesen resultar afectadas.
Por lo pronto, líderes de las diversas cámaras industriales y de comercio, así como académicos y expertos en comercio internacional, han alzado la voz y alertado sobre el inminente peligro de la consumación atroz y aberrante de tan cuestionado proyecto en perjuicio de fuentes de empleo tan urgentemente necesarias en el país.
Cierto es que el país no puede ni debe aislarse de la dinámica actual con la que se mueve el comercio global en el mundo, pero tampoco es aceptable entregar el territorio en una muy dispar e “inocente” cauda de “facilidades” oficiales. Los asiáticos defienden a ultranza su moneda, colocan barreras arancelarias cuando así lo consideran, también sin pudor alguno levantan muros disfrazados de trámites burocráticos, por lo que no pueden invocar la reciprocidad comercial cuando ellos no la ponen en práctica. Por lo tanto, la pregunta fundamental es: ¿debe México tender ilimitadamente y de forma servil el tapete para que los chinos nos sigan vapuleando comercialmente?
Cabe entonces cuestionar al actual gobierno de Enrique Peña Nieto si está dispuesto a pagar el altísimo costo político que implicaría autorizar esta nueva forma de colonización de una potencia extranjera. Y por si acaso en el gabinete aún no le han informado al Presidente las estimaciones de crecimiento en el PIB de ambos países para el 2013, aquí las participamos: México alrededor de 3.4%, China arriba del 8%; en consecuencia, vaya que luce un tanto desigual la competencia entre un peso completo y un peso gallo, ¿no lo cree usted así, amigo lector?
Aunque tan delicado asunto tiene aristas y repercusiones sociales y políticas, no debe juzgarse como un nacionalismo mal entendido, se trata primordialmente de negocios. Astucia, firmeza y estrategia comercial deben predominar para defender la enorme cantidad de empresas y fuentes de empleo que estarían en riesgo, y de las que México hoy, absolutamente, no puede darse el lujo de perder una sola.