REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
09 | 08 | 2020
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

TRANCO I
Tranco en el que nuestro autor preferido, el maestro Carlos Bracho, nos lleva casi de la mano por los caminos que él domina y que tanto le son caros. Caminos, o mejor dicho, temas, como el de la música, o el terrible asunto de la política mexicana. Aunque en este Tranco, en realidad, hace una breve comparación entre lo bello y lo malo, lo hace con el sabor que él le pone a sus escritos. Así que leeremos con atención samaritana la carta -que explicará lo que arriba quisimos desentrañar- que le dirige a uno de los pilares de la música:

CARTA A BACH
Presente.
Estimado y nunca bien ponderado Johan Sebastian:
Te escuchaba con atención inusitada. Sonaban los acordes, la melodía que me pone a temblar, ésa que me lleva a contemplar el sin fin de las cosas, esa música tuya crecía sin cesar. El “discurso” de las violas y los bajos, la “charla” de clarinetes y fagotes llenaban mi espacio en donde trabajo con fotografías y con libros de arte. Ese sonido tuyo me permitía pensar en muchas cosas: en lo bueno, en lo malo, en esos valores que la vida diaria nos ofrece. Claro, Johan, tú mejor que yo lo sabes, lo malo -la maldad- le va ganando por más de una cabeza a lo “bueno”. Pero luego tu “fuga” fastuosa se contoneaba a lo largo y a lo ancho de mis oídos -de artillero- pero siempre listos a escucharte con la limpieza del agua de la cascada del Ángel, y eso me ponía a navegar por las rutas sonoras que tú marcabas con autoridad regia. Pues bien, Johan, tú que nunca descansas ni creo que jamás descansarás y no la harás, perdón que te lo diga, porque mientras existan seres que aprecien tus juegos de la clave bien temperada, tú, amigo Bach, no descansarás nunca. Y qué bueno. Que estés siempre con nos pues así no desaparecerá tampoco la belleza -lo bueno- de esta golpeada faz terrícola. Aunque debo decirte que nuestro planeta sufre por las bombas amigas, por los atentados terroristas, por los crímenes, por los robos y los fraudes de toda índole y metralla como la que se abatió sobre Vietnam, Corea, Irak, Afganistán, Panamá y otros lugares que han sufrido esos atropellos monstruosos. Y como digo, Johan, al no desaparecer tu música, en tanto tus obras sean ejecutadas, tocadas, interpretadas, mi querido Bach, maese, tú seguirás tan campante, sacando el pecho para decirles a los “malos” que lo bello está presente, que el espíritu de la humanidad canta contigo. Así que tú sigue tan campante, sigue vivo, sigue como siempre, haciéndote escuchar por todos, a tambor batiente, en todos los lugares del orbe. Tú sigue con la frente en alto, dominando con esas creaciones tuyas el universo entero. Y diles a los hombres -a los malos- que tú y tu creación están por encima, por sobre todas las terrenales cosas banas. Sigue en tu Olimpo, y acá abajo, deja que nosotros nos aniquilemos, deja que los simples mortales nos ataquemos unos a otros, deja que los hombres nos matemos y matemos a más hombres todavía, deja que las mujeres se peleen por todo y por nada, deja que los ejércitos aniquilen a las poblaciones inermes. Sí, amigo, tú, tranquilo, tú déjanos ser así. Deja que corra la sangre, que el combate al terrorismo sea combatido con más terrorismo, que las zancadillas aleves de los políticos para acabar con sus contrincantes las sigan metiendo y que sigan, por lo tanto, enlodando el quehacer político. Yo sé que tú, estimado e ínclito amigo estás en contra de esas fechorías, de esas guerras. Sólo basta con escucharte con atención para saber que no te gusta matar a mansalva ni ejecutar a tiros de metralla a los enemigos, no, tú eres hombre de paz, que eres hombre tocado por los dioses bienhechores… sí, estimado maestro, me conformo con escucharte. Y también, bueno es decirlo, y claro que tú estarás de acuerdo, que yo me conformo -entre otras cosas bellas, por ejemplo- con ver las pinturas y tapices de Nierman, y qué “curioso” -como tu música- esas creaciones me “explotan” en figuras y colores, como lo hacen tus conciertos.
Así es la realidad aplastante: por un lado tú, mi amigo Bach, enhiesto, abrumador, pleno, pletórico, pausado, plenipotenciario, y acompañándote en tu trayecto, haciéndote compañía, sí, qué caray, por los Leonardos: Da Vinci y Nierman, y por Mozart y por Beethoven y por Malher, y claro que aquí podría agregar más nombres ilustres: Tintoretto, Mantegna, Giotto, Rafael…y por el otro lado, por lo oscuro y negro y tenebroso, los hitleres, los malvados que abundan en la historia de la humanidad, y que no me gustaría nombrar para no manchar esta tinta negra con lo negro de sus nombres. Así que a olvidar lo que se debe olvidar y yo, como también lo sabes, compa Bach, lo confieso, que aquí, sentado en mi sillón de cuero, con una botella de coñac al canto, con tus fugas viniendo de los espacios mágicos, y con una fotografía de Marylin, olvidar eso malo que arriba te digo. Y gozar, y gozar y deleitarme con los instrumentos de aire que tú mueves con simpleza dionisíaca…
Pues eso era lo que yo quería decirte, Bach, amigo. Así que mientras te escucho, y los coros cantan al universo, te digo adiós, o más bien hasta luego.
Vale
Carlos Bracho