REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 11 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos de Bracho


Carlos Bracho

TRANCO I
Nuestro escritor preferido, el maese Carlos Bracho, en este Tranco se abstiene de hacer una crítica a los actos políticos que en realidad empobrecen el panorama de las libertades manifiestas en la Constitución del 17, hechos que violentan la justicia democrática, que niegan los valores republicanos y afectan la convivencia pacífica de los habitantes de este país que todavía se llama México. Sí, qué bueno que Bracho, en su ya famoso Tranco, no se ocupa de estos menesteres pedestres y vulgares que los políticos se empeñan en practicar en forma consuetudinaria. Qué bueno que nos habla de otras cosas más agradables, más “gozables” y más bellas que la vida nos ofrece magnánima y a raudales. Qué bueno que no se ocupó de las bajezas y venganzas a las que son tan dados los capos de la política mexica. Qué bueno que no señala en su escrito las atrocidades que en nombre de la justicia cometen presidentes, gobernadores y demás pillos sedientos de poder y no sedientos de paz, de amor a la patria, de respeto al derecho ajeno. Sí, qué bueno que el tal Carlos no ha dicho nada sobre la tormenta desatada por la detención de la señora Gordillo, y mejor todavía es que no comentó nada acerca de los montieles, de los janks, de los deschamps, y demás pillos vividores que pululan alrededor de las ubres hacendarias. Qué bueno que no menciona que la Justicia es ciega, sí, tan ciega que no ve sino los delitos de los carteros, de los maestros, de los estudiantes, de los obreros, de los campesinos, y claro, es omisa, ciega, de los robos, de los fraudes, de los saqueos, de los abusos, de las violaciones a la Constitución o a las leyes secundarias que día a día, sexenio tras sexenio, los encaramados en la cumbre del poder cometen a destajo. Sí, mala suerte para los pobres que la Justicia sea ciega totalmente para ellos y que con el único ojo que ve, sólo vea los actos “buenos” que son “malos” de los malos. En fin, amigos y amigas de esta empedernida revista digital del Búho, nosotros, los siete veces H. Miembros de este Supremo Consejo Editorial, nos pasamos un rato más que agradable al leer las líneas del escrito enviado por don Carlos. Y claro, como ustedes ya lo saben, al terminar dicho artículo, y sin decir agua va, nos encaminamos a la Oficina, o sea la democrática cantina que es cobija cotidiana de nuestras pesadillas y pesares que provocan los no tocados -por hoy, creemos-, los no aguijoneados, los no heridos por las puyas y los dardos venenosos que el señor Bracho lanza con singular alegría y que por cierto dirige con certeza samaritana a las nada inocentes nalgas de los polacos mexicas. Y ya allí, en el lugar mágico de las cubas, de los cocteles, de los tequilas, de las margaritas, de los rones, de las carnitas en salsa verde, de las tortillas de maíz morado, de las pechugas al vapor, de las verdolagas y quelites, de los cacahuates, de las habas tostadas, del guacamole y del queso Cotija, de las enchiladas, de los tacos de cabeza, todos nosotros, los sacrificados trabajadores de editar este Búho, nos empujamos raudos y veloces unos caballitos de tequila y luego, ya entrados en gastos, y ya quitada toda posible inhibición citadina, nos deleitamos con algunos platillos de los arriba mencionados. Total, nos pasamos una tarde deliciosa, es más, al calor de los aguardientes, doña Rosario Casco le pidió al capitán lujuria, o sea René Avilés Fabila, que invitara al compañero Bracho a esta tertulia inacabable y que también gozara con nosotros de las delicias culinarias que ofrece este sitio fastuoso. Pero el poeta Dionicio Morales alegó, poéticamente, por cierto, que no era conveniente, que ellos ya tenían varios tequilas entre pecho y espalda y que no era justo invitar a Carlos, pues él llegaría pleno y puro y sin ningún rastro de alcohol en sus entrañas. Total, nadie encontró el número del teléfono del maestro y así continuamos sin su presencia, aunque grata, esta vez no necesaria. Bueno, lectoras insumisas, el tiempo se nos ha ido diciendo aquí barbaridad y media y al maestro Bracho es bueno ya escucharlo, es bueno ya leerlo, así que aquí va lo que escribió:
Cité en mi estudio a mi amiga María, la morena de fuego que trabaja en Mi Oficina, era día de descanso de ella. Llegó con un vestido tan ligero como el viento que corre por las montañas sagradas del Tibet. Me abrazó con sus brazos que tienen la fuerza de tigre en celo, me besó con sus besos que le fueron enseñados por las cascadas del Ángel y por Venus y alimentados con la poesía erótica de Pita Amor y asegurados con la verdad del verbo de Sor Juana. Me miró con los ojos que tienen el negro de las almas pervertidas y que por ello merecen estar en el quinto infierno. Sus manos se posaron por mis hombros y sentí cómo la lava de sus dedos deshacían cualquier pudor que yo pudiera tener. Su boca me llenó de la miel que las abejas tardan siglos en recolectar y que ahora, aquí, hoy mismo, ella María, me convidó a absorberla y con ello, con este dulce y con esa azúcar, con ese néctar salido de las flores primaverales, me hizo rejuvenecer, me hizo fuerte, me hizo presa de un sofoco extraño y lúdico. Esa noche fui el hombre más feliz de la calle, el hombre más contento que sobre la faz de la banqueta pudiera haber. Fue una noche digna que cualquier tojolabal envidiaría, que cualquier hombre que pululara por los caminos que los canes precipitan tomaría como la noche más completa de la luna llena. Así fue. Así fue como María y yo nos dijimos cosas al oído, nos besamos como se besa en un día de frío, como se besa en una noche invernal. Caminamos nuestros cuerpos todo el tiempo en que la araña tarda en tejer un círculo de su tela. Y luego, después de la lucha emprendida, después de la batalla sin igual, después de aquella vorágine causada por dos cuerpos sedientos y plenos y puros, dormimos. Descansamos. Pasamos horas enteras viendo cómo el sol salía, como la luna tomaba su turno, como la araña se había escondido de los rayos solares. Fue entonces que María y yo nos dijimos adiós. Fue así como María y yo cumplimos con los designios corporales. Fue así como María y yo volvimos a vivir la vida que está siempre allí, presta y dadivosa…
Vale. Abur.