REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 09 | 2020
   

Confabulario

Nuevos brevicuentos


Roberto Bañuelas

La mejor curación
Nuestro gobierno, en defensa de la economía y la justicia, no gastará más dinero en casos de salud sospechosa ni en construcción de manicomios; en virtud de lo antes expuesto, será inútil que vagos y fracasados se hagan pasar por locos subversivos con el fin de ser apre- hendidos y alimentados con cargo a las reservas del Estado. A partir de hoy, se decreta la total libertad de morir de hambre a los agitadores que amenacen la estabilidad de las institu- ciones que han procurado el bienestar y progreso de la clase trabajadora
Si algún país, en su hipócrita defensa, expuesta a título de “derechos humanos (para gente inhumana), acepta hacerse cargo del presente superávit de parásitos sociales, este gobier- no concederá documentos y garantías para una perfecta y reglamentada emigración

El desencato de un vals

Era un hermoso y sencillo vals para ser escuchado junto a la mujer que pudiera ser la primera esposa. La segunda vez que escuché la pieza en compás de 3⁄4, fue ejecutada a cuatro manos por dos hermanos mellizos que se divertían a costa del público que los confundía en cada concierto. La tercera ocasión en que escuché el obsesivo opus, éste había logrado hincharse en densas armonías y crecer en arpegios y escalas cromáticas que asfixiaban la inicial esbeltez de la melodía
Debido a que no fue posible conseguir una orquesta con los fondos reunidos, se optó por contratar a tres pianistas para que nos abasteciesen de música en el baile de aniversario de “Comandos defensores del medio ambiente”. Todos, en la música multiplicada por tres, sentíamos la obligación de bailar a seis pies, sufriendo en cada vals, polka o danzón, la falta de más piernas bailables.

Algunos, auxiliados por el Don Juan que llevan dentro, pudieron bailar con dos damas a la vez, y ellas, las pioneras de la inminente emancipación, bailaron abrazadas a dos hombres cohibidos que no encontraban tema de conversación.

Conquista matriarcal


-Recuerden, señoras, que el clima de intolerancia se acentúa siempre por una falta de equilibrio que la vida sufre entre los anhelos y los satisfactores. Cuando las abuelas, como un símbolo solidario de emancipación, conquistaron el derecho a montar y conducir bicicleta, se aceptó su lucidez y dinámica como un bene- ficio social y humano; si somos consecuentes con una aspiración de felicidad que nos incluya como reflejo derivado, no podemos negarles ahora el derecho a conducir veloces motocicletas con la condición, quedando entendido y protocolizado, de que respeten las rutas y los horarios, lejos de centros escolares y de trabajo y, desde luego, que no ingieran bebidas alcohólicas.

Las voces del árbol


-Cuando se acercaron los hombres empuñando afiladas hachas, el árbol centenario sintió que se le congelaba su largo corazón y que su fin sería el de morir para ser transformado en toscos mue- bles o de terminar quemado como un pobre iluminado acusado de herejía contra el imperio de la verdad dogmatizada.

Fue cortado y pulido en láminas vibrantes hasta quedar convertido en familias de instrumentos de cuerda que cada día cantan en ensayos y conciertos, como transmigración organizada de asociación de pájaros canoros que durante varias generacio- nes se habían posado en las torres de sus ramas.

Identidad repetida

El imperativo categórico de una vejiga llena hasta los bordes de ese límite en el que el ser se aisla de toda perspectiva exis- tencial para encontrar el descanso supremo de descargar el envío disciplinado de los riñones, me hicieron correr escaleras arriba en busca del aparatado de caballeros angustiados.
Al acto del desahogo siguió, ante testigos desconocidos, el ritual absurdo del lavatorio de las manos. Frente al espejo, en una representación que no requería de rangos ni apellidos –lejos de todo narcisismo estéril-, reconocí al portador de una edad, ideales, ambiciones, amores, fracasos y penas que conducían a ese momento y a esa conclusión del héroe invicto de mí mismo.


Trono vacío

-Sé cuánto has soñado con un heredero varón que se haga cargo de tu apellido compuesto y de tu fortuna acrecida en la corrupción; pero ne me culpes de que, por quinta vez haya nacido otra niña: eso es lo que tú sembraste... ¡¡¡Ya basta!!!

Curso de castidad


Abrumado por las prédicas moralizantes y la mística ecológica, acepté inscribirme en un curso intensivo de castidad. Confiado por el desgaste producido en la batalla existencial, por la suma de sexenios sin beneficios y por la colección de frustraciones eróticas, me creí con deterioro y voluntad suficientes para absolver la prueba con diploma y honores.

Todo casto militante se gratifica ante las negativas que responden a sus requerimientos para dejar de serlo. Resultó, en oposición a mi anhelo legítimo de combatir los apetitos carnales, que una compañera de curso me invitó a desafiar la tentación de no caer. Juntos, como furibundos apóstatas y fervientes iconoclastas, con nuestro ejemplo escandaloso estu- vimos a punto de hacer fracasar el curso con cupo completo de rencorosos e impotentes.

Para librarse de nosotros, el director del seminario ofre- ció restituirnos los costes de la inscripción y de las lecciones, incluyendo las que faltaban para completar el método del absurdo y del engaño. Ante nuestra negativa ardorosa y febril, fuimos expulsados entre la furia de los ingenuos perversos que hubiesen obtenido mayor satisfacción en regalar ese dinero para actos de beneficencia sin tener que engañarse, confun- diendo el presente inútil con un pretérito consumido.
Seis meses después, en este retiro de lujuria inventada oigo, con suavidad lisonjera, la voz amiga de una castidad espontánea.

Deshinibidos, S.A.

Agotado el abrevadero alcohólico, todo el personal de la com- pañía se despojó de sus trajes con un desenfado que inutilizaba en todos sus ángulos el concepto del pudor. Todos, prematura- mente envejecidos, se sentaban perniabiertos y mostraban, sin proponérselo o sin importarles, los hombres su falo marchito y las mujeres su pubis calvo o encanecido.
La sensación de náusea me despertó antes de que diera principio la frustrada orgía.


* Del libro inédito Los inquilinos de la Torre de Babel.