REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
26 | 09 | 2020
   

Arca de Noé

Turbocrónicas


Marco Aurelio Carballo

El libro inexistente

En la costa de la selva, en el Soconusco, no había talleres de narrativa en los años sesenta, y menos facultad de letras. Sí diarios locales y los de la capital. En casa teníamos varias volúmenes de obras selectas de mis ahora clásicos: Balzac, Dumas, Stevenson, Verne, Dostoiewsky, etcétera. ¿Cómo hacerse escritor en aquel rincón del último rincón del sur del país? Aparte, la escuela no está hecha para mí. No la soporté. No soportaba a ciertos maestros. Leía lo que me gustaba leer, cuentos o novelas.

Me propuse estudiar una carrera para enseguida dedicarme a la escritura. Entré a Economía de la UNAM. Ahí lo confirmé, la escuela era para otros. Ya en la prepa había comprado por correo un libro de periodismo de un autor argentino. Como consecuencia, edité un periódico mensual, El Bachiller. Descubierto el camino para estudiar sin profesores, en el DF compré El periodista profesional y El reportero profesional y cubrí la plaza inexistente de ayudante del ayudante del reportero de policía. Todos éramos reporteros autodidactos en los sesenta. Si ya había escuelas universitarias, los egresados buscaban ser articulistas, no reporteros. El autodidacto, se hacía sobre la marcha, no estudiaba ni en su casa, según me di cuenta.

Atrapado por el periodismo perdí la oportunidad de asistir a los talleres de narrativa, dos o tres por esa época. Sin embargo, empecé a acumular información sobre el oficio de narrar a partir del libro de entrevistas El oficio de escritor (ERA). En libros, revistas o diarios subrayaba y recortaba las opiniones de mis escritores favoritos.

Con todo ese material acabo de publicar La Biblia del narrador (Ficticia Editorial-Universidad Autónoma de Durango). Se trata de una suerte de encuesta entre escritores, la mayoría muertos. Ignoro si hay otro libro de esas características. Se trata del libro que a mí me hubiera gustado leer allá en la costa de la selva hace medio siglo. De haberlo tenido quizá nadie me preguntaría ahora por qué dejé de reportear para convertirme en narrador. Tampoco nadie preguntaría por qué me fui de la tierruca.
Otros escritores han sido médicos, ingenieros, telegrafistas, empleados de correos, pilotos, vagos. Como autodidacto, la intuición me llevó a ser reportero. Muchos son escritores y enseguida quieren ser periodistas. Yo invertí el orden. ¿Porque así lo quise? No, porque no podía hacerlo de otra manera.

Cuánto cuesta crear arte

Respecto a tus comentarios sobre el uso “exquisito” del lenguaje en Últimas Noticias (Ficticia Editorial), querido maestro, sólo resta morderme el rebozo, porque en cuanto a la portada tienes razón. Pero ¿será justo el adjetivo exquisito? Quién sabe si el tratamiento del lenguaje sea producto de mi afán de perfeccionismo. Se trata de una maldición inevitable. Está en mi naturaleza. Cuando quiero torturarme pienso que dejé inconclusos los primeros libros publicados. A estas alturas más o menos sé en qué punto suponer listo un mamotreto... Así que recuerdo los primeros y admito que los dejé distantes del punto adonde debí llevarlos. Entonces la tortura es doble, triple. ¿Qué hacer? Darles un apretón cuando se reediten. Posibilidad bastante remota.

Debo mirar hacia delante y no cometer esa omisión con los nuevos. De todas maneras uno queda insatisfecho. Por ejemplo, ahora he querido convencerme de que tengo listo el noveno para conseguir editor, después de tres años de trabajo de mulo con algunas pausas. La crisis económica me orilla a actuar así. Error. Necesitaría vender dos mil ejemplares al mes durante el próximo sexenio para inyectarle plata suficiente a la economía familiar. Entonces, al proponerlo, albergo la torpe esperanza contradictoria de que me lo rechacen porque de ese modo continuaría con las revisiones hasta llegar al punto en el cual quedo harto.

Si preguntaras en qué he avanzado en cinco sexenios te diría que ahora sé cuándo considerarlo terminado ochenta y cinco, noventa por ciento. Al leerle a Borges la declaración según la cual no hay poemas malos (interpreta, novelas o cuentos), sino poemas inconclusos, me dije ése es el fin del perfeccionista.

Aunque no es tan simple, porque también hay una opinión de Truman Capote. Escribir es agradable, dijo. Escribir bien cuesta un güevo de la cara, pero escribir arte cuesta tres y medio. ¿Hablabas de lenguaje exquisito?... Las dos primeras partes se cubren digamos al cumplir setenta y cinco por ciento de revisiones del borrador y la tercera, con el resto. Dime, ¿qué opinas tú?

Ahora, querido maestro, ¿cuándo estará tu libro sobre los aztecas?

Políticos, fuera

Algunos compas me preguntan de manera recurrente por qué he abandonado el periodismo para convertirme en narrador, querido amigo. Volvieron a preguntármelo ahora que publiqué un libro de entrevistas. Para nada, les he dicho, aunque he dejado de hacer entrevistas con el fin de publicarlas como tales. Sin embargo a la menor oportunidad las hago si contribuyen a enriquecer mis cuentos y mis novelas o estas “Turbocrónicas”.

Llegué a saturarme de entrevistas, género a dominar antes de escribir crónicas y enseguida reportajes. Soñaba con el invento de un programa que permitiera insertar el caset grabado en la compu y apareciera el texto en la pantalla y me limitara a condensar preguntas y respuestas. Dejé de hacerlas porque era un sueño irrealizable.

Durante cerca de tres sexenios de vida reporteril de diario y dos sexenios de semanario debo haber hecho unas diez mil entrevistas. Cuando me pregunté ¿por qué no publicarlas en libro?, hice una selección estricta. Como tenía para dos tomos hubo selección de la selección. Los políticos, fuera, por soporíferos y mendaces. María Félix, Lola Beltrán, Juanga, Rulfo, García Márquez, Avilés Fabila, Rius, Freyre, Ferriz. Así que estoy agradecido con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) al publicarme De Quijotes y Dulcineas. Son 28 entrevistas incluida una a Don Quijote.

Además de la publicación, Mireya Vega, del Conaculta, efectuó una labor profesional y efectiva para divulgar el libro. Ya la hubiera querido para mis novelas y libros de cuentos. Con este libro, cuando el entrevistador se enteraba de mis ocho novelas, seis libros de cuentos y cinco de crónicas, hacía la pregunta recurrente mencionada. Al convertirme en reportero, más bien pospuse el sueño casi casi infantil de ser escritor, les dije. Pero el periodismo es adictivo y me atrapó y sólo cuando era corresponsal en España, con la perspectiva de la distancia, temí morir frustrado si no retomaba mi proyecto original.

Así que me ascendí en cuanto pude a columnista: una columna sobre libros, otra de una síntesis noticiosa semanal y una crónica. Por lo tanto no he dejado de reportear, amigo. Para mis cuentos y novelas, reporteo una sola fuente, la más importante, la vida.

Cómo entrevisté a Don Quijote

Bueno, querido maestro Romeo Ortega, pretendí entrevistar a Don Quijote, no a un personaje real. Desplante que sostuve a como dio lugar. El problema era hacerlo creíble, un compromiso establecido con el lector, según mis maestros, justo después de El Quijote. Resulta ya insuficiente argüir es ficción cuando un lector perspicaz dice no me la creo… ¿Cómo entrevistar a un personaje creado por Cervantes Saavedra hacía cuatro siglos, cuando era verosímil la existencia de un deschavetado como lo es el caballero de la triste figura?
Pero te cuento. El director general de Siempre!, José Pagés Llergo, presumía de que el número de aniversario de la revista se realizaba con imaginación, no con dinero. Luego entonces ¿qué entrevista le proponía? Carlos Fuentes, dije. Lo va a entrevistar Cristina Pacheco, respondió. Tartamudeando, mencioné otros dos o tres nombres y de respuesta obtuve dos o tres palabrotas calientes a la tabasqueña. Mi reacción fue de descontrol. Ante él, sintiéndome seguro, con dos o tres palabras echaba abajo ese aplomo, fingido la verdad. Así que improvisé... Sólo faltó proponerle al presidente de los Estados Unidos, al Che Guevara o al Papa. Salvo al segundo nunca tuve el interés de entrevistar a los otros. ¿Y? Entonces, tratando de recuperar la compostura, atizado ya mi fuego interno soconusquense, le dije ¿qué le parece una entrevista con Don Quijote? Puestas ambas piernas sobre el escritorio, como de muñeco descoyuntado, Pagés Llergo sonrió. Hágala, dijo. A ver qué carajos le sale…

Y ahora, ¿cómo entrevisto a Don Quijote?, pensé ya en frío. Sólo un bolo irresponsable podría entrevistarlo, me dije después de devanarme los sesos, según escribían los narradores del siglo XIX. De algo iba a servirme la enfermedad progresiva y mortal. En su momento dejé las cuartillas sobre el escritorio del director cuando él aún no llegaba, porque ¿y si leía la primera hoja en tres segundos como solía hacerlo y la tiraba a la basura igual que tiró otras?

Después de publicada la entrevista (republicada en De Quijotes y Dulcineas, Conaculta, 2011), el día de cobro del sagrado sueldo, Lolita, la cajera de la revista, me vio de lado. Luego, con todo el sarcasmo de su alma concentrada en los labios crispados, debido a tanto adelanto a cuenta del sueldo que yo le pedía cada lunes, preguntó: ¿Y de cuál fumó usted?

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