REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

De sotanas y uniformes


Hugo Enrique Sáez A.

“No sé hacia dónde va la democracia, pero lo que sí sé es
que hay que ser capaces de crear un sistema para ayudar a los
pobres y evitar que el mundo y toda la riqueza la
controle el 1% de la población como ocurre hoy.”

Margaret Atwood

El “inmenso arsenal de mercancías” llamado capitalismo necesita para reproducirse que existan bancos con intereses draconianos, comercios monopolísticos, fábricas de comida chatarra, ejércitos y policías con armas mortíferas, políticos corruptos, televisión vacía de ideas, espectáculos lavadores de conciencia, explotación depredadora de la naturaleza, médicos mercantilizados, abogados cínicos, maestros ignorantes, delincuentes cómplices de las autoridades, curas simuladores, monjas habitadas por una bruja en su corazón, y una variopinta retahíla de monstruosidades infernales. No obstante, el aceite que posibilita el funcionamiento de esa maquinaria trituradora de seres humanos está muy al alcance de nosotros: el autoritarismo conservador y reproductor de un sistema corrupto que, en la línea de Leibniz, es el mejor de los mundos posibles porque existe. Se halla en la familia; en el transporte público y en el tránsito por las calles; en la sala de espera del hospital; en la publicidad que hace mofa de los perdedores; en las aulas presas de un discurso rutinario; en la jerarquía de la iglesia que explota mentiras fabuladas para someter al inocente; en el encierro del taller, de la oficina y de la línea de producción controlada por un hosco capataz, así como en el comerciante estafador y en los ídolos mediáticos. ¿Hacemos algo por practicar una cultura diferente basada en la igualdad, aunque cumplamos roles distintos?
En la lógica que preside la conducta autoritaria dos axiomas sirven como generadores de cualquier acción: orden y caos/premio y castigo. Una expresión muy gráfica del Martín Fierro describe el orden: “cada lechón en su teta es el modo de mamar”. Quien viola esa regla, provoca el caos y se hace acreedor a una sanción porque se salió del lugar y la función asignada. La obediencia merece premio, la transgresión se castiga. Siguiendo la pista etimológica, castigo proviene de castus, “puro” en latín. Luego, castigar significa conducir a la pureza. Muy asociada a esta idea se halla la tarea de la limpieza, y limpieza nos evoca la necesidad de suprimir lo que ensucia. Frotar un paño hasta quitar la mínima mancha. El problema es que esta obsesión no se detiene en los límites de las habitaciones, continúa su cruzada hasta torturar la conciencia para que no sobreviva el deseo. Luego, en última instancia el autoritarismo social desemboca en la eliminación física de la mancha rebelde que resiste la limpieza. La “solución final” en el período del nacional socialismo alemán consistía en el sacrificio mortal de los judíos, de los negros, de los gitanos, de los tullidos, de los comunistas, de los deformes. Quienes se encargaban de ejecutar las operaciones de limpieza étnica no sentían culpa alguna. Para ellos, meter en la cámara de gas a una cohorte de condenados era equivalente a fumigar un granero infestado por plagas. De hecho, hubo teóricos del nazismo que equipararon a los judíos con los piojos. Debe de haber cuadros de autoritarios orgullosos de serlo que dirán: “sí, yo soy partidario de la autoridad, pero yo no llego a esos extremos”. Depende. Todo depende. En condiciones de relativo equilibrio social, esos autoritarios no pasarán de darle un coscorrón al hijo o un par de bofetadas a la mujer. Medidas correctivas de la conducta, se justificarán, porque lo hacen en beneficio de la víctima. Sin embargo, de pronto las cosas no marchan bien y adviene la crisis social, económica y política. Ahí los pacíficos y orgullosos padres de familia empiezan a pedir sangre. ¡Maten, maten al que no se someta a la autoridad! La solución final siempre está latente en el horizonte del autoritario.