REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 07 | 2019
   

Confabulario

El hombre sin rostro


José Juárez Sánchez

Durante las vacaciones escolares, el abuelo Max generalmente me llevaba de viaje con él. Siempre pagaba mis gastos, incluso, los de mis tres amigos más cercanos de la escuela, a quienes los amigotes de la escuela nos llamaban las cuatro P: Pancho, Pablo, Pedro y yo.
El abuelo Max, cada año escogía un lugar diferente. Él era un hombre al que le gustaban los viajes y la aventura; sobre todo explorar lo desconocido. Alguna vez, me contó, cómo en las épocas en que aún no estaba desarrollado el turismo, había viajado al Oriente y a las islas del Pacífico. Sus relatos me parecían tan enigmáticos, como si estuvieran sacados de las páginas escritas por Marco Polo.
En las vacaciones del verano de 1950, el abuelo, con antelación, nos invitó a mis amigos y a mí a conocer una isla italiana llamada Panarea. Él me comentó que aquel lugar, era conocido únicamente por los turistas locales y por uno que otro extranjero. Todos ellos iban en busca de lugares primitivos, donde no solían vacacionar los turistas comunes.
Para llevar a cabo nuestro proyecto, tuvimos que tomar un vuelo que duró doce horas, el cual nos llevó al aeropuerto Leonardo da Vinci de Roma. De ahí partimos por tren, en el que viajamos a través del litoral durante cuatro horas hasta Reggio, al sur de Italia, y en este puerto tomamos el trasbordador dejando atrás el continente europeo.
Cruzamos el Estrecho de Messina, de escasos tres kilómetro, para tomar un crucero en el puerto de la ciudad que tiene el mismo nombre que el estrecho. El puerto de Messina se encuentra en una balconada frente al mar, y posee un maravilloso encanto medieval. Cuenta con numerosas tiendas y se considera uno de los puntos más bellos de toda Sicilia. Después de hacer nuestras reservaciones en el Ischia, dejamos el muelle y en autobús nos dirigimos a la zona del centro, y de ahí proseguiremos a pie, para visitar los puntos más interesantes; entre ellos, la Catedral y el Teatro Griego, en el que pudimos admirar los restos del antiguo teatro con el monte Etna a sus espaldas. Del mismo modo, vimos el Palazzo Corvaia (únicamente desde su exterior), por un buen rato, caminamos por los intersticios de sus calles, minutos más tarde nos encontramos con el Corso Humberto; sobre esta importante arteria, vimos y fisgoneamos las tiendas más lujosas de Messina; después nos detuvimos en la “piazza del Duomo”, ahí nos quedamos tres horas, para descansar un poco del largo viaje, y comer en uno de los restaurantes típicos del lugar, llamado il Capanile, restaurante muy frecuentado por turistas y parroquianos, así como por marineros.
El chef del lujoso restaurante, nos preparó una suculenta bouillabaisse estilo Agrigento, con el chernia un pez especial para este platillo acompañado de su salsa rouille. En cambio, el abuelo prefirió otro platillo local llamado Linguini di mare all’inferno, éste era un lenguado preparado en una salsa picante, además, él escogió una botella de vino con la sabiduría del bon vivent, un Cerasuolo di Vittoria, del cual nos dio a probar, a cada quien, un vaso de ese blanco delicioso, típico de Sicilia.
Dos horas después, regresamos al muelle para continuar nuestro esperado viaje, el crucero debía partir a las dos de la tarde. Al embarcar, todos decidimos quedarnos sobre el puente del barco, para ver a distancia el paisaje del puerto, y mientras esperábamos la salida del enorme crucero de tres niveles, el abuelo nos dijo: “¡Oye Pepe!... ¡Oigan jóvenes¡… Vengan por favor..., antes de partir del puerto de Messina, quiero contarles, para su conocimiento general, que Sicilia es la cuarta isla europea, y la principal isla italiana, es decir, es la mayor del Mar Mediterráneo. Dentro de esta región autónoma, se encuentran, además de esta isla, otras menores, como las que les voy a describir: en los archipiélagos al nordeste de Sicilia, se encuentran las Islas Eolias; al oeste, las Islas Egadas; al suroeste, las Islas Pelagie, cuyo nombre significa «alta mar»; y al sur, las islas Pantellerias), y también la llamada Ustica.

—¿Dónde está esta isla, preguntó Pancho? —Ustica, como ya les dije, es también una isla de Italia, ubicada en el Mar Tirreno, a sesenta y siete kilómetros al Noroeste de Palermo, repuso el abuelo. Y continuó platicándonos que la cultura siciliana presenta la característica de encontrarse en un contexto apartado de la realidad italiana, se expresa a veces, como una realidad distinta al resto del país. Además, Sicilia es una isla con una bella superficie, que ha sido pisada por varias culturas tales como: la romana, la bizantina, la árabe y hasta la catalana-aragonesa: todas ellas han dejado impresas sus huellas en ella. Éste es un lugar en el que el ambiente, el paisaje, la historia y los hombres definen su propia sensibilidad, muy diferente y muy particular al resto de Italia.
—¡Tan diferente y tan particular, como que aquí se da la famosa Cosa Nostra. ¡Y el Padrino inquirió Pancho!
—Así es hijo, contestó el abuelo, como queriendo evadir este tema…
—¡Sí, así es!...
—Pero Sicilia tiene otras cosas importantes, agregó con una seguridad definitiva, tales como el cultivo de la vid y la producción de vinos que son mayormente reconocidos en el extranjero.
—¿Como cuáles Don Max, dijo Pedro, el más grande de mis amigos.
—Entre los más conocidos, replicó el abuelo, está por ejemplo: el Vino de Marsala, de la provincia de Trapani, el Moscato de Pantelleria, el Malvasía de Lipari, así como el Nero de Avola, pero sobre todo, el Cerasuolo di Vittoria, el mejor vino siciliano, y el de más prestigio en la actualidad.
—¿Cómo sabes tantas cosas abuelo? —¡Leyendo y viajando tantito!, contestó con cariño el abuelo.
—¡Como dice la maestra: los viajes ilustran, agregó Pablo, el más joven de los tres.
—Después de una hora de trayecto el crucero Ischia continuaba hacia al norte, seguido por una cauda de gaviotas, que no se despegaron del barco ni un instante y hacían un esplendoroso contraste con el azul del cielo sin nubes. Finalmente, después de tres horas llegamos a nuestro destino, ahí descendimos en una lancha que nos llevó hasta el muelle de Panarea. El crucero regresaría por nosotros hasta dentro de quince días.
Panarea era una pequeña isla, perdida en la inmensidad del mar homérico. En ese periodo, en la isla sólo había un minúsculo hotel, con un carácter muy rústico, que rentaba a los turistas colchones de aire o hamacas para dormir, y una que otra habitación con camas. Los pocos turistas que llegaban, no traían un gran equipaje y generalmente eran recomendados por gente habitual del lugar, ¡pero eso sí!, nunca olvidaban el traje de baño que no se quitaban ni para dormir, pero sí para asolearse, sobre todo los turistas europeos, quienes no conoce el pudor nuestro.
—Este lugar era un lugar muy exclusivo e íntimo, su orografía montañosa, y el azul del mar bañaban todo su contorno y lo convertían en un lugar espectacular para todos aquellos que ansiaban tocar el cielo y el fondo del mar, al menos durante sus vacaciones.
—La dueña del hotel era la señora Milena, ella era tan gorda, que cuando pasaba se cubría el paisaje con su sombra, pero tenía un carácter amable y generoso, era muy bonachona. Además, cocinaba como un ángel y su belleza era indiscutible: piel blanca, ojos aceitunados enormes, parecían dos piedras tan verdes como la cresta de la isla en primavera, tenía una mirada profunda como el océano, pero su estancia en la isla le había dado un tono bronceado a su piel que la hacía más hermosa; parecía una madona pintada por Sandro Botticelli. En cambio, Carlo el esposo, era bastante escuálido pero correoso, tenía una pinta de haber sido en su juventud buen mozo y mujeriego; él era mayor que Milena algunos años, sus ojos tenían un brillo extraño y su carácter siempre era alegre, muy bromista, nunca perdía la oportunidad de meterles mano a las caderas de las turistas; hábito que realizaba con gran familiaridad; las turistas se sentían alagadas con sus amistosas y coquetas caricias. Por su lado Milena, aceptaba esos desplantes de Carlo, porque los tomaba como un cumplido de bienvenida a las turistas.
—¡Agasájate querido, que es lo único que te queda, decía Milena, con una sonrisa un tanto cuanto socarrona!
—Carlo cantaba todo el día, era obvio que él hacia honor a su origen napolitano. Durante la mañana, ayudaba en todo a Milena; ellos hacían una bonita pareja. Él, por las tardes, se hacía a la mar religiosamente, tarareando diferentes arias en dialecto napolitano; él afirmaba que con el canto, atraía a los peces. En el hotel se consumía lo que él pescaba, y también compraba en alta mar, a otros pescadores, para completar su ración. Todo era muy fresco: pez dorado, pez luna, curbina negra, lenguado, boquerones, pargos, merluzas, dargos, mero, salmonete, pulpo, langosta, abulón, calamares, almejas y ostiones de todo tipo y tamaños.
Su lancha, la que él mismo había bautizado con el nombre de Sirena, era blanca con vivos amarillos y rojos, ella se deslizaba lenta y cadenciosa sobre la superficie y reflejaba su esbeltez, contrastante con el cobalto del mar, tenía un motor silencioso, fuera de borda. En la oscuridad de la noche, su lámpara de gasolina, parecía una luciérnaga centellante. A distancia, la embarcación dibujaba su silueta iluminada por las explosiones del volcán Strombolí, que eructaba fuego, mínimo tres veces por la noche.
Éste es un volcán aún activo de una de las islas Eolias. A este archipiélago pertenece a Panarea, con 3.4 km es la isla más pequeña del archipiélago, y también la más antigua formación geológica. Es una isla rica en paisajes sorprendentes y geologías extrañas Llamada originalmente Eounymos, que significa “la que está a la izquierda” respecto a Lipari.
Aquí, en la oscuridad de la noche, las estrellas parecieran estar más cerca de la tierra, debido a la transparencia del aire; cualquiera podía tocarlas con las manos. En Panarea no había otra cosa que contemplar, más que el firmamento y escuchar el canto de los grillos o cigarras que resonaban sobre las rocas, el canto de las aves que pernoctaban en la isla.
Durante el día, se podía nadar, bucear, comer y respirar el perfume resinoso y delicado de los arbustos y la hierba húmeda, que el viento agitaba en torno a la isla.
Aquí en la caleta de Panarea, cada turista buscaba su propio lugar íntimo, y sólo se reunía con los demás en el hotel, para tomar los alimentos, dos veces al día: mañana y tarde. Los turistas tenían todo el tiempo para disfrutar del lugar. Mientras las costas de la isla se iban tiñendo con una claridad dulce y suave, como la piel y los labios carnosos de Milena; todo se pintaba de colores azul, verde y grises, como los cantiles inmarcesibles de la isla. Las pocas nubes que se formaban, desaparecían a la velocidad del viento que las arrastraba paulatinamente, empujadas por el soplo que venía del sur mediterráneo.
Nosotros en compañía del abuelo exploramos toda la isla. La cima más alta de Panarea se llama Pizzo del Corvo, y desciende gradualmente hacia el oriente con terrazas cultivadas con trigo y olivos, mientras que el lado occidental de la isla es inhóspito y deshabitado. La población de Panarea se concentra en tres puntos, San Pietro, embarcadero donde llegan los aliscafos de línea regular, Ditella al nordeste y Drauto al sudeste. La zona oeste de la isla está deshabitada y ni siquiera existe un sendero de circulación, los cantiles se hunden verticales, en lo profundo del mar.
Todos los días disfrutábamos de aquel paisaje luminoso, transparente y cálido con sus escasas playas. Desde muy temprano, los turistas escogían cada uno su lugar predilecto, que los demás respetaban a lo largo del día. A unos cien metros del muelle, había una enorme roca plana y un poco inclinada, parte de aquella especie de plancha caliza y cacariza media sumergida en el agua, era bañada de tanto en tanto, por el suave oleaje. El que llegar a ella, primero, era el más privilegiado durante el día. A pesar de los pocos turistas, nosotros procurábamos levantarnos temprano, para disfrutar de esta plataforma natural, pero también la compartíamos con la tedesca1 como le llamaban a Brigita; era una escritora alemana. Su equipaje era una maleta de libros que disfrutaba, ella cuando no estaba leyendo, estaba nadando. Era una esbelta y escultural valquiria de ojos azul intenso como si se los hubiesen pintado con el agua del mar; además era muy solitaria, Brigita siempre buscaba los lugares más apartados para leer, nadar y asolearse, completamente desnuda. A mis amigos Pancho, Pablo y Pedro les gustaba atisbar; ella intuía el despertar de nuestro libido, y al vernos, con disimulo y condescendencia dejaba escapar una sutil sonrisa aprobando nuestra osadía. Nosotros ya no éramos tan niños, teníamos entre los diez y doce años, pero ya se nos paraban los pelos de punta con las muchachas.
Después de nadar, aquella hermosa sirena, salía del agua cristalina, para asolearse sobre las doradas rocas; se cubría parte los glúteos con una toalla y leía horas y horas, libro tras libro, con los senos sobre la roca o sobre la escasa playa. Le gustaba hacer anotaciones en su libreta, que siempre tenía a su lado.
Había también, un señor con barba gris y tupida al que le decían el irlandés, quien se hacía presente a medio día, echándose clavados desde lo alto de un cantil, él llamaba la atención de todos. Su barba y patilla muy tupidas, dejaba asomar los ojos grandes y azules que irradiaban inteligencia y bonhomía. Milena decía que se trataba de un irlandés, que era de Londonderry, una ciudad al norte de Irlanda.
También se dejaba ver, después del almuerzo, un pintor muy hermético, llamado Cremonini, quien sabía escoger con gran acierto los paisajes más hermosos para pintar sus cuadros, todos le decían maestro. Él llegaba por la mañana, con una gran tela, que amarraba al caballete para protegerla del viento y se disponía a pintar hasta las seis de la tarde. Sus modelos casi siempre eran los propios parroquianos, la composición estaba integrada por grupos de personas que superponía al paisaje, como la típica familia italiana. Su obra se caracterizaba por una gama de colores cálidos, (rojos, rosas y también azules). Al terminar de pintar los personajes, dejaba escurrir un solvente que deformaba los rostros, dando la impresión de seres de otro planeta.
Otro de los huéspedes, eran un matrimonio italiano con cuatro hijas de nuestra edad, que siempre usaban unas miniaturas de bikinis que apenas cubrían sus inocencias públicas. ¡Los bikinis les cubrían lo indispensable! —menos que una hoja de parra. Cremonini las pintó en todas las poses, ellas eran su máxima inspiración. Él las prefería cuando se asoleaban, seguramente por el monobikini que usaban, dejando al aire los pequeños senos púberes. Mis amigos y yo, nos excitábamos al igual que el artista, como buenos voyeristas. ¡Al menos eso pensábamos nosotros!...
Yo prefería deleitarme con la desnudes de la alemana, y ver pintar al artista, sobre todo, admiraba la facilidad con que aplicaba los colores. Siempre que podía, le echaba un ojo con mucha discreción, ya que el artista se ponía nervioso cuando se daba cuenta que lo estaban observando. Cada vez que eso ocurría, dejaba de pintar y fumaba su enorme puro, tenía la costumbre de dar vueltas en torno a la obra, con las manos entrelazadas atrás del cuerpo y la cabeza incrustada en el pecho; daba vueltas y vueltas al caballete como león enjaulado, hasta que el intruso desaparecía y entonces continuaba con su trabajo pictórico.
¡Todos los turistas tenían algo que hacer en Panarea! Algunos se dedicaban a leer, charlar y dormir o simplemente disfrutaban del descanso, mientras otros aprovechaban al máximo los privilegios que les proporcionaba la naturaleza. Al caer la tarde todos parecían camarones hervidos; ya habían perdido el color lechoso con el que habían llegado.
Desnudarse en Panarea, era un hábito común. La relación social entre los turistas era la de una gran familia; la comunicación entre los extranjeros que no hablaban mucho italiano, se manifestaba con una simple sonrisa o una inclinación de cabeza.
El irlandés era un señor alto y flaco que parecía un quijote escandinavo, blanco como un cirio; todos decían que era la primera vez que venía a Panarea. Él no hablaba italiano y cuando necesitaba algo sacaba su diccionario para pedir las cosas. Un buen día, todos advirtieron su ausencia. Los dueños del hotel y los turistas extrañados, comenzaron a buscarlo por toda la isla. Carlo incluso, le dio varias vueltas a la isla en su lancha, sin ningún resultado. Por la tarde se avisó de inmediato a la Guardia Costera, por el único medio con el que contaba la isla: una banda corta de radio-aficionado. La guardia prometió llegar al día siguiente, pero les informó, que si no aparecía esa noche, después sería más difícil encontrarlo vivo.
Al día siguiente, todos los turistas a primera hora, se dieron a la tarea de buscar por tierra, alborotando las aves que habitaban en la maleza escasa y erizada de la isla.
Esa mañana el abuelo nos invitó a bucear para sacar percebes, ostiones o erizos de mar, que Milena cocinaba muy sabroso. Nos alejamos en nuestro colchón flotante a unos mil metros hacia el oeste del muelle, y en una de tantas zambullidas, el abuelo Max, nos pidió que lo siguiéramos al fondo, donde se veía un cuerpo enredado entre las algas, luego nos pidió que le ayudáramos a sacarlo. Pedro y yo fuimos los únicos que pudimos llegar hasta el fondo donde estaba el cuerpo —sin duda a una profundidad de dieciocho brazadas nuestras—. Con dificultad logramos subir el cuerpo al colchón salvavidas, para después arrastrarlo a nado hasta la caleta de Panarea.
Llegamos al muelle como héroes, con aquel cuerpo sin rostro y con las tripas de fuera. De inmediato, todos se amontonaron en torno al cadáver, que estaba desfigurado de la cara, sin ojos y el vientre reventado, el cuerpo despedía ya, un olor muy desagradable, bajo el sol bravo de aquel día quemante y sin viento. Carlo lo cubrió con una sábana y comentó a los ahí presentes, que el cuerpo no flotó, porque los peces le habían desgarrado el estómago. ¡Es probable, agregó, que lo haya atacado una morena, por este desgarramiento que tiene en la pantorrilla izquierda!
Por sus barbas pensamos que se trataba del irlandés. Todos miraban aquel cuerpo, rígido, verdosos y deslavado; sus labios delgados y desgarrados mostraban la dentadura, sin pronunciar palabra. Desgraciadamente su diccionario ya no le sería útil, ni para explicar la causa de su muerte.
Ese día por la tarde, llegaron los carabinieri, quienes venían acompañados de soldados de la marina y un médico legista, además, con media docena de buzos para buscar al desaparecido. Cuando llegaron, a las tres de la tarde, el cuerpo, con el calor había acelerado su descomposición y despedía un olor hediondo y nauseabundo. De inmediato cuestionaron a todo mundo, y subieron el cadáver envuelto en una bolsa de plástico negra. Pero la noticia más desagradable que nos sorprendió, fue cuando la policía pidió que: “quienes sacaron el cadáver, tenían que acompañarlos a Palermo, mientras se hicieran la autopsia y las investigaciones pertinentes”. Milena desconcertada exclamó: !Mamma mía!2 ¿Ma, perché i bambini?3 Carlo, les dijo que no era justo nuestra detención, que debían estar agradecidos, ya que i mexicani4 les ahorraron el trabajo de la búsqueda; sin embargo, el capo de la policía contestó: ¡Questa é la legge signori, inoltre!5 ¡questo uomo non ha faccia!6 ¡Para la policía, nosotros éramos sospechosos!
Al caer la tarde, salió la fragata de la Guardia Costera, —gris como una carroza fúnebre— la que llevaba al hombre sin rostro, a la morgue, y a nosotros también, pero en calidad de detenidos. El semblante del abuelo se derrumbaba, su ánimo y su espíritu taciturno flaqueaban por momentos. Él no podía ocultar su preocupación, estaba arrepentido por habernos involucrado en aquel descubrimiento truculento. Nos despedimos de los amigos que hicimos ahí, quienes nos veían como verdaderos héroes incomprendidos. La tedesca se despidió de mí con un tierno beso, mientras yo me incendié en el acto, como una tea. En silencio me pregunté: ¿Por qué Poseidón, que tiene todo el poder sobre el océano, permitió que sus fieras se arrojaran contra el indefenso irlandés, y de paso nos flageló, con tales consecuencias?
Ya en cubierta, con la brisa del mar, se esfumaban y se perdían las esperanzas de volver a Panarea. Con tristeza nos despedimos de aquel maravilloso y perdido paraíso y dijimos adiós a los amigos, y los suculentos manjares que día a día cocinaba la Donna Milena7. Por un lado, todo aquel panorama se iba desvaneciendo junto con nuestras ilusiones, y por el otro, nos acosaban los malos augurios. La fragata giró rauda y veloz, cual albatros, mecido en el azul del cielo. La propela de la fragata, como se le conoce comúnmente a la hélice, dejaba una estela circular de espesa espuma, que se disolvía en lo oscuro del mar, al igual que nuestras interrumpidas vacaciones. Las gaviotas nos seguían a escasos treinta metros, y algunas chillaban y se peleaban por un pez atrapado. Teníamos la ligera sospecha que algunas de ellas, nos habían seguido desde Messina. ¡Probablemente la Guardia Costera las utilizaba como espías a su servicio....! ¿No lo creen ustedes?

1 La alemana
2 Madre mía
3 Pero porqué los niños
4 Los mexicanos
5 Esta es la ley señores
6 Este hombre no tiene rostro
7 La señora Milena