REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

El color de las palabras


Edwin Lugo

1
Entre los l50 cautivadores escenarios que el pincel maestro del más célebre de los paisajistas mexicanos, José María Velasco (l840-1912) legó a la posteridad, no hay duda de que los más extraordinarios, son aquellos que con riqueza de detalles, imaginación, sensibilidad y dominio absoluto de la técnica, retratan dos entornos de la patria mexicana, próximos a la ciudad de Orizaba, perla del heroico estado de Veracruz; uno de ellos lleva por epígrafe: “El Puente de Metlac” en el que la destreza del esteta capta magistralmente el paso del incipiente Ferrocarril Mexicano, arrastrando la prole de vagones con su rudimentaria locomotora de vapor cuya chimenea lanza bocanadas de humo negro. El convoy se desplaza cual una ondulante viborilla que se abraza a las orillas de la abrupta serranía, mientras los rieles de acero, casi frágiles, parecen desbocarse en el pavoroso voladero: El otro representa al volcán de Orizaba llamado Citlaltépetl -o Cerro de la Estrella- cuyo cráter ocupa la parte superior nordeste del coloso y mide 500 x 400 metros de superficie con una profundidad de 300 metros; y se ubica en los límites de los estados de Puebla y Veracruz a una altura de 5747 metros.
Ambas obras inmortales realzan una geografía espléndida, en la que más adelante se asienta, cual un racimo de rosas que se abren en la fresca hora del amanecer, la industriosa ciudad de Orizaba, cuna de esfuerzos y de luchas, suavemente recogida al pie del Cerro del Borrego y a orillas del Río Blanco, a 1284 metros de altitud, humedecida por las lluvias y sumamente laboriosa, pues ha cobijado desde hace siglos industrias de curtiduría, de hilados y tejidos, calzados, cerveza, tabacos, talabartería y cordeles, alimentando sus usinas con la energía proveniente de la planta hidro-eléctrica de Tuxpango, que abastece además de energía a una amplia zona del oriente del país.
No obstante su dinamismo, la ciudad, repuesta varias veces de las erupciones del volcán, algunas catastróficas como las sufridas en los siglos XVI y XVII, continúa siendo el grato refugio de las noches friolentas, y sus árboles frondosos aún albergan a las bandadas de ruiseñores que los nativos llaman Yoloxóchitl, cuyo obsesivo trino, aunque monótono resulta particularmente dulce.
La centenaria villa aloja también: un hermoso templo parroquial, el convento franciscano de San Miguel de Gracia, las garitas de San Miguel y Escamela con marcado sabor colonial y ostenta además con legítimo orgullo el haber sido sede no sólo del estado, sino en los aciagos días de la revolución, capital de la nación mexicana.
A Orizaba la rodean tranquilos jardines donde proliferan las sencillas flores del campo, y en sus exuberantes bosques olorosos a cedro, crecen encinos, palos-blancos, madroños, linaloes, ailes, y uno que otro copal y pino-piñón; entre esa vegetación paradisíaca cantan las chicharras ebrias de luz, y crecen generosas las milpas, las plataneras, y florece el cafetal con los primeros aguaceros, mientras se tiñen de violeta los crisantemos y las campanas de las ermitas adormecidas al pie del lomerío llaman a la devoción del rosario, mientras brota de las humildes cabañas la consabida columna de humo, anunciadora de la cocina campestre donde hierven los frijoles negros olorosos a repasote y la tortillera de las manos magas, modela la tortilla de maíz, blanca como una hostia, en tanto que sobre el comal del bracero quema chiles y tomates para preparar la salsa fresca y picosa, sazonada con cabezas de ajos y cebollas de cambray.
A lo lejos un pequeño grupo de campesinos destaza un venado o asa una liebre, otros salvan un arroyo pasando sobre un trozo de árbol que les sirve de puente, mientras algún pastor, conduce al corral su hato de ganado: caballar, bovino, mular o caprino; y todo vuelve a ser como antes, paz, trabajo, y lucha por la vida que sólo cesa hasta el anochecer; entonces, la pretendida, la novia rondada, acaso hoy todavía, igual que antes, levantará los visillos de la ventana de su casa para ver pasar a su galán.
Ésta es y sigue siendo la provincia. El México auténtico; aquí, al pie de esas impolutas cumbres de casquete blanco, vivió, enseñó, escribió y murió: uno de los más prominentes escritores nacionales, Rafael Delgado.

2
Rafael Delgado no nació en Orizaba sino en Córdoba, el 29 de agosto de l853. La ciudad, bella como la estampa de una tarjeta postal, fue fundada por el virrey Fernández de Córdoba el 29 de Noviembre de l6l7, y pocos años después, Juan Antonio Gómez, un español inquieto y visionario, introdujo en la comarca cordobesa el cultivo del mango y del café, que habría de concederle posteriormente el prestigio de ser la región donde se produce uno de los mejores cafés no sólo del país sino del mundo.
Si Orizaba es hermosa como un bouquet de orquídeas, y Fortín luce como una regia jardinera de gardenias, Córdoba, la hermana gemela de la Córdoba hispánica de emires y califas, la que embalsama el ambiente con deliciosos aromas del café, es como un soberbio haz de alcatraces que alternan con los helechos y las campánulas. En sus bosques proliferan los huarumbos, las higueras y los jonotes y en medio de los beneficios cafetaleros corren los arroyos y los pájaros carpinteros trabajan denodadamente en las ceibas.
En los atardeceres, algunas veces lluviosos, las vacas regresan pensativas y perezosas al cobijo del establo y los campesinos vacían los cestos de la pródiga cereza que habrá de convertirse en el aromático elixir, mientras otros no menos diligentes van separando el caracolillo de la planchuela.
En este trópico de paraíso, Rafael el inteligente niño cordobés, jugando entre las laderas pedregosas y los caminos cubiertos con una tupida colcha de hierba, aprendió a ser poeta, allí también, mientras se dejaba arrastrar por su innata curiosidad fue descubriendo los nombres de plantas, flores y pájaros; subió a los árboles copudos, saboreó la fruta verde, se bañó en los estanques de aguas cristalinas y deambuló por los sembradíos y los naranjos en flor. Sus pies hollaron todos los valles, exploraron todos los caminos, incluso los más angostos que iban a parar en la cima misma de las montañas o en el fondo de los barrancos, desenterró lombrices de la tierra renegrida y apresó lagartijas, guardando en su descomunal memoria las imágenes de los amaneceres ornados de listones rosa, las tardes tropicales en las que el pastor protegido por un sombrero de anchas alas apacienta a sus ovejas, en las claras noches cuajadas de luceros, iluminadas por la luz platinada de la luna llena, otras oscuras, casi misteriosas, adormecidas por el monótono crepitar de los grillos, o alumbradas por el fugaz parpadear de los relámpagos, coreados por el retumbar bronco de los truenos detrás de las montañas.
Su curiosidad lo impulsó a penetrar lo mismo en el interior de una capilla abandonada, olorosa a moho y llena de telarañas, que en la parroquia, donde los cirios encendidos, las flores marfileñas, los misales encarnados, las volutas ascendentes del incienso, y los acordes monumentales del órgano hacían resplandecer las bendiciones con el Santísimo guardado en el oropel de la custodia, los largos oficios de tres ministros quienes lucían sus casullas y capas bordadas de oro contrastando con los blancos sobrepellices de los monaguillos, proclamando en los sermones plagados de latines, la magnificencia de la iglesia militante imperecedera y triunfadora. ¡Y todo ello lo guardó con celosa avaricia en el archivo de su memoria, para vaciarlo más tarde en la exquisita prosa poética cuyas descripciones superan a la realidad!
Un día, su familia tuvo que abandonar Córdoba y Rafael emigró a Orizaba, a la que años más tarde habría de rebautizar con los nombres de Pluviosilla y Villa Triste. Allí cursó su educación elemental en el colegio de Nuestra Señora de Guadalupe, pasando una niñez holgada, y sin privaciones, hasta que su padre, cuyos malos negocios lo llevaron al cierre tuvo que declararse en quiebra.
A los doce años el prometedor estudiante fue enviado a la ciudad de México para continuar sus estudios, allí presenció el último año del efímero imperio de Maximiliano, estudiando en el mismo colegio guadalupano cuya sede se asentaba en la capital.
En 1868 regresó a Orizaba y se inscribió en el Colegio Nacional donde estudió Literatura y Botánica.
En 1875 cuando contaba tan sólo 22 años, pasó de alumno a profesor, impartiendo las asignaturas de Historia, Geografía y Literatura. En este fructífero período comenzó a destacar su acendrada vocación magisterial, y el joven maestro, orador consumado, prolongaba sus clases para complacer a su encantado auditorio. Desde entonces y hasta su muerte Delgado fue el mentor modelo que instruyó a muchas generaciones, ya que sus clases al igual que sus novelas fueron tal derroche de sabiduría, elocuencia y elegancia, que lo convirtieron en el historiador imparcial y desapasionado, en el cronista verídico de la región y en el narrador cuyo lirismo lo convirtió más tarde en el escritor más leído de su tiempo.

3
Muy joven empezó a publicar en los periódicos. Sus primeros artículos versaron sobre el poeta italiano Giacomo Leopardo, el romántico Bécquer y Núñez de Arce, en tanto que la Sociedad Literaria Sánchez Oropeza lo daba a conocer en sus veladas. Años después colaboró en la Revista Nacional de Letras y Ciencias de México, y fue en sus páginas donde según la costumbre de entonces, fue publicada por primera vez, su novela cumbre La Calandria cuando corría el año de 1893. Para entonces el audaz autor había rebautizado a la patria con sus sabrosas narraciones, así Orizaba se convirtió en Pluviosilla, Río Blanco en Albano, Venta Blanca o Torreblanca y Córdoba se trasformaron sucesivamente en Villaverde, Villapaz y Villavieja.
El éxito por la publicación de La Calandria no se hizo esperar. La obra no sólo es un fiel retrato de la provincia sino una espléndida vivisección de la feminidad en su más noble, delicada y completa expresión, destacando las cualidades intrínsecas de la mujer mexicana, hoy, tan lamentablemente deformadas o inexistentes como resultado del destructor colonialismo cultural que con el espectacular auge de la tecnología ha ido minando, sobre todo en las grandes ciudades, los elevados valores que normaron un día la conducta de los mexicanos.
En esta obra debemos destacar el fiel dibujo de los ambientes, la estructura, el manejo del idioma, la habilidad desplegada en los clímax, los diálogos que retratan fielmente el pensar y el sentir del pueblo y el dramatismo del desenlace, obteniendo esa extraordinaria biografía del alma, comparable a la que el periodista judío-colombiano Jorge Isaacs obtuvo en su conocida novela María.
La Calandria no solamente es la historia hija de la romántica inspiración de un narrador consumado.
Su autor no sólo escribió una buena novela, sino que creó un símbolo. Si María es la novia de Colombia. La Calandria es la novia de México. Pero esta novela no fue el chispazo accidental del escritor, que derrochó en ella su fantasía sabiamente mezclada con el realismo que en aquellos años pusieron en boga el francés Emile Zolá, y la condesa Emilia Pardo Bazán y que los estudiosos han etiquetado como la corriente naturalista, sus aciertos se vuelven a repetir en Angelina, cuyo título sabiamente aplicado a la protagonista, proclama la angélica nobleza de la protagonista. Angelina vio la luz en 1895 dos años después de la edición de La Calandria.
Once meses después de su edición, Delgado regresó a la ciudad de México por segunda vez, y entre los años de 1894 a 1988 trabajó para una empresa minera, pero fiel a su vocación, continuó escribiendo esta vez para prestigiados diarios como El Tiempo, El País y la Revista Moderna, pero sin dejar de colaborar en las publicaciones de Orizaba, poniendo de relieve así la modestia y su identificación con su tierra natal.
En l892 Delgado fue declarado socio de la Academia Mexicana de la Lengua, nombramiento que se ratificó en 1898 cuando fue elevado a miembro de número; pero aunque agradecido por los homenajes y reconocimientos, la nostalgia por su amada Orizaba lo atrajo nuevamente a su provincia, donde ocupó el cargo de Secretario de la Delegación Política que por algunos años su padre, ya difunto, había detentado, conjuntamente se le nombró profesor en el Colegio Preparatorio de Jalapa donde enseñó Literatura entre los años de 190l a 1909.
Siempre administrado de su tiempo y a pesar de sus ocupaciones, Delgado escribió otra de sus obras magistrales: Los parientes ricos que publicó el Semanario Literario Ilustrado, obra en la que despunta francamente el psicólogo intuitivo; y en la que retrata a la sociedad burguesa de comienzos del siglo XX.
Un año después publicó Cuentos y Notas y en 1904 apareció en el diario El País, Una Historia Vulgar.
Rafael Delgado no es el escritor egocéntrico, como suelen serlo muchos de los autores a quienes la reputación ha consagrado; detrás del narrador cuidadoso de su estilo, del observador a quien no escapa todo lo que implica la naturaleza humana, está el hombre, el provinciano sencillo que no sabe de las vanidades, las envidias, las camarillas, los ninguneos, y toda esa lepra que carcome como un ácido una buena parte del gremio literario; y en 1910 probando su indiscutible generosidad entrega su sabiduría de autor realizado y su experiencia de catedrático publicando sus Lecciones de Literatura donde afloran el maestro, el pedagogo, el hombre para quien enseñar fue su pasión igualada sólo con la de escribir.
Unos meses más tarde y con motivo de los Juegos Florales de Orizaba, con humildad franciscana, concursa como cualquier principiante, con su Oda a la Raza Latina que resulta galardonada con el Primer Premio.
Para entonces ha incursionado ya no sólo en la poesía sino en el teatro, escribiendo para la escena La Taza de Té que protagonizaron dos estupendos actores de su época: Enrique Guash y Concepción Padilla. Anteriormente, en 1885, la actriz Josefina Duclos había escenificado su monólogo Antes de la Boda. Ambas obras fueron representadas en el Teatro De La Llave de Orizaba y en ellas concurren no solamente los amplios recursos literarios de su autor, sino el conocimiento del oficio teatral.
En abril de 19l4 el novelista sufrió un fuerte enfriamiento al trasladarse a caballo de Jalapa a Orizaba, en cuyo trayecto fue sorprendido por un fuerte aguacero. Este penosísimo percance de cuyas fatales consecuencias no pudo reponerse, le produjo la muerte, el 20 de mayo de 1914, cuando contaba con 56 años, en la plenitud de su creación y de su vida.
Uno de sus más acuciosos biógrafos, el crítico Francisco Monterde, afirma que el novelista veracruzano “es una muestra del buen decir y del buen narrar, ya que en él se conjugan la observación profunda con la más asombrosa sensibilidad, convirtiéndolo además en el minucioso cronista de su tierra, en el buceador del alma humana” y yo añadiría, el explorador de la feminidad, siempre medio oculta para los varones, que bien poco o casi nada sabemos realmente de nuestras complejas compañeras, a tan singulares méritos se debe reconocer a Delgado como un auténtico campeón de la mexicanidad, de esta mexicanidad que la globalización nos arrebata día con día, dejándonos en su lugar, el hueco materialismo sajón, donde la acumulación de la riqueza se convierte en el eje y meta de la vida, en detrimento del ideal, del amor, de la belleza, del arte, y hasta de nuestra propia identidad nacional nutrida por eminentes hombres y mujeres que como Rafael Delgado creyeron en el destino de cuanto somos como raza, como nación y como país.

4
Nuestro poeta nacional Ramón López Velarde afirmaba que la patria es el lugar donde se nace, se crece, se ama y se muere.
La patria de Rafael Delgado fue un rincón del estado de Veracruz regado por intensas lluvias del que inventarió, valiéndose de sus conocimientos de botánico: hierbas, flores y frutos regionales, si bien su labor no se limitó a describir esa naturaleza pródiga, sino que empleando su rica sensibilidad de artista y sus recursos de literato, poseedor además de una envidiable cultura, plasmó con maestría insuperable: los tipos lugareños, las costumbres, tradiciones, los ambientes pueblerinos y la vida sencilla del campo, que él enriqueció -como lo hiciera el propio Velarde en Zacatecas- con las tradiciones recogidas y con las leyendas olvidadas, elevando a nivel de relato literario, la síntesis de lo real y de lo imaginario, de la fantasía y la realidad, convirtiendo a los conflictos lugareños en tramas donde los sentimientos, las emociones, la pasión intensa, torna a sus personajes protagónicos en verdaderos prototipos de ese ser complejo que es el hombre. Con la ambiciosa visión del novelista recreó su Pluviosilla hasta dotarla de un rango universal, escenario digno que su pluma maestra retrata e interpreta, magnificada por la magia de su palabra.
En la obra de Delgado -apunta Monterde- el cuento y la novela, la tragedia y la comedia, la anécdota risueña y hasta chusca se citan con el pensar grave y reposado del filósofo, la observación aguda del psicólogo y el matiz del paisajista. Sus novelas son antologías de sus recuerdos, y jirones de su propia existencia, en ellas nos introduce en las casas solariegas en cuyas salas tenían lugar aquellas inolvidables tertulias alrededor de la rústica chimenea, donde entre llamas azules crepitaban los leños, mientras los habituales asistentes: el boticario, el cura, el aspirante a poeta, o el amanuense llamado evangelista, degustaban con el café cordobés, los panecillos azucarados recién salidos del horno, fisgoneando vidas y amoríos, comentando las noticias políticas atrasadas de los periódicos tardíamente llegados, refiriendo historias de fantasmas y aparecidos, entremezcladas con la información sobre los quintales de café recogidos o los precios de las fanegas de frijoles o de maíz.
Leer a Delgado nos lava el alma, imprimiéndonos el gozo, que él seguramente experimentó cuando escribía.

5
Ciertamente hay docenas de escritores pedantes, galardonados por las élites y homenajeados por los gobiernos que les han colgado medallas y concedido prebendas, con las que bien han podido sobrevivir holgadamente toda la vida; posiblemente sus obras sean compendios de perfecciones, pero difícilmente contendrán la frescura, el desenfado, la sencillez que no admite pretensión, presentes en un cuento de Rafael Delgado, quien de seguro nunca soñó, ni mucho menos pretendió recibir distinción alguna, pero quin todavía después de un siglo de su muerte, despierta en el lector esa espontánea gratitud por el disfrute de una narración tan blanca y bella, como un amanecer de su amada Córdoba. En sus lecciones de Literatura definía que la narración es un relato interesante y completo de algún hecho real o imaginario, escrito con el fin de enseñar, conmover o divertir y añadía: confieso llanamente y válgame algo de franqueza, que no tengo mis escritos por cosa muy sabida y quilatada de mérito, pero declaro, lector amabilísimo que no los creo indignos de su discreción, ni merecedores de perpetuo olvido, son hijos míos, hijos de mi corto entendimiento y nacidos todos ellos en horas de amargura y de días nublados, casi al mediar de mi vida, de esta pobre vida que no será muy larga, y en años, que sólo el cultivo del arte, puede alejar de nosotros el recuerdo de los seres amados idos para siempre y en que dolorido el corazón, nos entregamos de grado a las añoranzas de la muerte.
En estas frases descubrimos al hombre detrás del artista, cultivador de dos difíciles géneros literarios: el cuento y la novela.
El cuento es engañoso, pues aunque en apariencia es más fácil escribir cuentos que novelas que requieren una trama más compleja, más personajes y acontecimientos y por ende más extensión, el cuento en cambio exige concreción, síntesis, dicho de alguna manera: el saber decir mucho en pocas palabras. La novela es la crónica de la vida y pese a su contexto que puede ser en buena parte imaginario debe resultar real. Si los hombres fuéramos felices no tendría caso escribir novelas. El cuento en cambio, es un recreo absoluto de la fantasía, nacido de la más vieja tradición oriental, de los relatos que contaban los viejos camelleros cuyas caravanas recorrían las inmensidades y que fatigados de la dura travesía se sentaban sobre un pequeño montículo de arena, en mitad del helado desierto nocturno, para hablar de viajes hipotéticos, de ciudades de maravilla, de princesas con ojos de jade, esclavizadas por magos perversos y de audaces caballeros dispuestos a rescatarlas con el filo de sus espadas.
En el cuento de Delgado titulado “Amistad” el autor inserta una interesante crónica sobre su apreciación de la ciudad de México a principios del siglo XX: afuera la corriente constante de carruajes y de trenes suntuosos, coches de alquiler, bicicletas que iban como saetas disparadas por manos poderosas, lagartijos atildados que pasaban luciendo su lindísima estampa, busconcillas guapas que se lucían en la gran arteria, mujeres hermosas lardeando de su belleza y de sus lujos; ruido, bullicio, confusión, la triste y tormentosa alegría de todo México a la hora de la exhibición diurna en la célebre calle -feria de vanidades- paraíso de bobos, perdición de mujeres, pudridero de corazones, corrupción de almas y semillero de vicios.
En otro de sus divertidos cuentos “Mi única mentira” nos pinta al gato de tía Pepa, a quién habían puesto el mote de El morrongo, y el cual tenía los ojos fosforescentes tal si estuviera provisto de gafas luminosas.
En su novela Historia Vulgar el relator recrea a Las Quintanilla, tres lindas muchachas hijas del recaudador de rentas de Villatriste, que eran como tres golondrinas que después de juguetear, bromear y comerse a mediomundo, emprendían el vuelo risueñas y divertidas; en esta novela cuenta la limpia historia de una maestra Leonor Quintanilla y un ranchero tímido, discreto pero honesto y sincero como verdadero hombre de bien, quien no obstante aspirar a la mano de la treintañera había sostenido anteriormente relaciones con una costeña guapa llamada Candelaria, con la que procreó hijos, pero cuando el noviazgo estaba por quebrar, la valiente muchacha decidió casarse con su novio a quien las urgencias sexuales lo llevaron a tener una amante, entonces Leonor aceptó incluso adoptar los hijos de Luis quién se conmovió ante la nobleza de su prometida.
Delgado describe con pluma maestra las traviesas muchachas provincianas, las García, o las López, cuya alegre gritería condensaba los trinos de los pajarillos en primavera, posándose sobre los bananeros o los cafetales.

6
Caminante: de la mano amistosa de Delgado has llegado a Orizaba, seguramente pasaste por Río Blanco, tierra teñida con la sangre de los trabajadores que lucharon contra la inhumana explotación, la desmedida codicia y la usura sin nombre de los racistas emparentados con la avaricia y la crueldad más inaudita, sus usinas fueron lugares más de suplicio que de trabajo, más cárceles que fábricas; y estaban regenteadas por gachupines codiciosos y franceses avarientos que inventaron los derechos humanos para olvidarlos. En esta tierra fue donde precisamente los obreros hartos de las vejaciones lucharon por sus derechos y su dignidad creando las sociedades mutualistas, y luego, dando el pecho y desarmados lucharon y aún murieron para emancipar a los pobres de la dictadura porfirista y la voracidad extranjera. Detente a honrar a esos hombres aguerridos de Orizaba, de Córdoba, de Fortín y de Río Blanco, de Potrero, Omealca y Huatusco; y después cuando encuentres en la carretera que une a Orizaba con Córdoba la efigie de Rafael Delgado, no dudes en honrar el monumento erigido en memoria del insigne mentor, del sublime acuarelista cuya pluma convertida en pincel, tiñó de colores las palabras, para inmortalizar en sus páginas cuanto representa ese heroico jirón de patria: Veracruz.