REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
11 | 11 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

La dama del perrito


Anton Chéjov

Entre los escritores favoritos de Ernest Hemingway, escritor severo y hombre duro de acción, estaban dos autores opuestos a él: el ruso Anton Chéjov y el norteamericano Mark Twain, delicado el primero, juguetón y ameno el segundo. Anton Chéjov, 1860-1904, escribió no para los lectores rusos sino para los de todo el mundo. Su sinceridad literaria sigue siendo asombro de todos. Vivió entre el mundo ruso que se derrumbaba y el que nacía impetuoso bajo la guía de Lenin. Incluso, llegó a ser un gran amigo de Máximo Gorki, como antes lo fue de León Tolstoi. Sus obras, de prosa narrativa y teatro, son todas perfectas, de una serena belleza, elocuente y abierta. “La dama del perrito” es un relato corto, unas treinta páginas, pero todas son de una hermosa intensidad. Pocos como él para adentrarse en el cuerpo y la mente de los personajes femeninos. En tal sentido, sólo Flaubert alcanza esas alturas.
“La dama del perrito” es uno de los relatos más reconocidos y antologados. Con frecuencia le vemos citado y el número de sus lectores aumentan. Podríamos decir que es su obra clásica, representativa, a pesar de algunas de sus piezas dramáticas como La gaviota, El tío Vania y El jardín de los cerezos. En vida fue plenamente reconocido como dramaturgo, sin duda de tal manera se veía él mismo. Curiosamente la posteridad lo recuerda más, después de tantos años de su muerte física, por algunos de sus magistrales cuentos.
Ahora, El Búho ha decidido hacer un modesto homenaje al escritor ruso y de nueva cuenta pública “La dama del perrito”, una obra maestra de las letras universales, más bien para complacer las nostalgias de sus antiguos lectores y despertar el apetito de los nuevos.
El Búho



I
Decían que en el muelle había aparecido una persona nueva, la dama del perrito. Dmitri Dmítrievich Gúrov llevaba dos semanas viviendo en Yalta, se había habituado ya a la ciudad y empezaba a interesarse por las personas nuevas. Sentado en el café de Verné, vio pasar por el muelle a una dama joven, menudita, rubia, con boina; tras ella corría un lulú blanco.
Después solía encontrarla varias veces al día en el parque municipal y en la glorieta. Paseaba sola, con la misma boina y el lulú blanco; nadie sabía quién era y todos la llamaban simplemente la dama del perrito.
“Si está aquí sola, sin marido, sin conocidos —reflexionaba Gúrov—, no estaría de más hacerme amigo suyo”.
Dmitri Dmítrievich no había llegado aún a la cuarentena, pero tenía ya una hija de doce años y dos hijos que estudiaban en el liceo. Le habían casado joven, cuando era estudiante de segundo curso, y su esposa parecía ahora mucho más vieja. Era una mujer alta, de negras cejas, tiesa, encopetada, grave, y, según ella misma decía, intelectual. Leía mucho, escribía j en vez de g, y llamaba a su marido Demetrio, en lugar de Dmitri, pero él la consideraba corta de alcances, de estrecho criterio y poco elegante; la temía y no le gustaba estar en casa. Hacía mucho que había comenzado a serle infiel, la engañaba con frecuencia y, probablemente por eso, casi siempre criticaba a las mujeres y cuando se hablaba de ellas en su presencia las calificaba de “raza inferior”.
Le parecía que su amarga experiencia le daba derecho a calificarlas como le diese la gana; sin embargo, no podía vivir ni siquiera dos días sin la “raza inferior”. Entre los hombres se aburría, no se sentía a gusto, y se mostraba poco locuaz y frío; pero cuando se hallaba entre mujeres, sentíase en su ambiente y sabía de qué hablarles y cómo conducirse; con ellas ni siquiera callar se le hacía violento. En su aspecto, en su carácter, en todo su ser había un encanto indefinido, que atraía, que cautivaba a las mujeres; él lo sabía, y también él sentíase atraído hacia ellas.
Una experiencia múltiple, y realmente amarga, le había enseñado desde hacía mucho tiempo que toda intimidad que al principio ameniza la vida y la hace agradable, toda aventura que se considera amable y fácil, se transforma inevitablemente para la gente decente, sobre todo para los moscovitas, tardos e indecisos, en un verdadero problema, en un problema tan complejo que la situación, al fin y al cabo, acababa por hacerse penosa. Pero a cada nuevo encuentro con una mujer interesante, esta experiencia parecía borrarse de su memoria y la vida se hacía apetecible, y todo parecía fácil y divertido.
Y un anochecer, cuando Gúrov estaba cenando en el parque, la dama de la boina se acercó lentamente y ocupó la mesita de al lado. Su expresión, su manera de andar, su peinado, le decían que pertenecía a la buena sociedad, que estaba casada, que había ido sola por primera vez a Yalta y se aburría allí... En los relatos sobre la impureza de las costumbres locales había mucho de mentira. Gúrov los despreciaba y sabía que, en su mayoría, los había inventado gente que, de poder hacerlo, habría pecado de muy buena gana. Pero cuando la dama se sentó a la mesa vecina, a tres pasos de él, recordó aquellos relatos de fáciles conquistas, de viajes a las montañas, y la idea tentadora de una intimidad rápida, pasajera, de una aventura con una mujer desconocida, de la cual no se sabía ni el nombre ni el apellido, le obsesionó súbitamente.
Llamó cariñoso al lulú y cuando el animalito se hubo acercado, le amenazó con el dedo. El lulú gruñó, Gúrov volvió a amenazarle.
La dama le miró e inmediatamente bajó los ojos.
—No muerde —dijo y sus mejillas se encendieron.
—¿Puedo darle un hueso? —preguntó Gúrov, y cuando ella movió afirmativamente la cabeza, inquirió afable—: ¿Hace mucho que está usted en Yalta?
—Cinco días.
—Pues yo voy ya por la segunda semana.
Guardaron silencio unos instantes.
—El tiempo pasa volando, ¡pero hay que ver lo aburrido que es esto! —dijo ella sin mirarle.
—La gente se queja de Yalta por vicio. Vive uno en cualquier ciudad de provincias como Beliov o Zhizdra, por ejemplo, y no se aburre, pero cuando llega aquí dice: “¡Oh, qué aburrimiento! ¡Qué polvo!” ¡Como si viniese de Granada!
Ella se echó a reír. Después ambos siguieron comiendo en silencio, como dos desconocidos; pero cuando dieron fin al almuerzo, se marcharon juntos. Entablaron una conversación frívola, jovial, de gente libre y contenta, a quien daba lo mismo a dónde ir y de qué hablar. Paseaban y comentaban la extraña iluminación del mar: el agua era de un color morado, cálido y suave, y la luna proyectaba en ella una franja de luz áurea. Hablaban de que el aire de la noche era sofocante por el calor del tórrido día; Gúrov le contó que era moscovita y trabajaba en un banco, aunque había estudiado filología. En tiempos pensó cantar en la ópera, pero luego había renunciado a ese propósito. En Moscú tenía dos casas... Y supo de ella que se había criado en Petersburgo, pero que se había casado en S... donde llevaba viviendo dos años; que estaría un mes más en Yalta y, tal vez, fuese a recogerla su marido, que también quería descansar. No supo explicar dónde trabajaba su marido, si era en el gobierno civil o en el Consejo Administrativo del Zemstvo, y ella misma se reía de su torpeza. Supo además Gúrov que la dama se llamaba Anna Serguéevna.
Más tarde, ya en su habitación del hotel, pensaba en ella, en que al día siguiente la vería con toda seguridad. Así debía ser. Al acostarse recordó que ella, hacía poco aún, había sido alumna en un colegio de nobles y que estudiaba igual que su hija ahora. Recordó cuánta timidez y cortedad había en su risa, en su conversación con un desconocido; sería seguramente la primera vez en su vida que estaba sola, en la situación de una mujer a quien siguen, miran y hablan con un sólo fin secreto, que no puede dejar de adivinar. Recordó su cuello fino y débil, sus bellos ojos grises.
“A pesar de todo, hay algo que da lástima en ella” —pensó quedándose dormido.

II

Pasó una semana desde que se conocieron. Era un día de fiesta. En el interior de las casas el aire era asfixiante y el viento, levantando por las calles torbellinos de polvo, arrancaba los sombreros a los transeúntes. Durante todo el día, Gúrov padeció de sed y entraba con frecuencia en el café, ofreciendo a Anna Serguéevna bien jarabe, bien helados. No había donde meterse.
Al anochecer, cuando se calmó un poco el viento, fueron al muelle para ver la llegada del barco. En el embarcadero había mucha gente paseando, esperando a los viajeros, algunos con ramos de flores. En medio de esa elegante muchedumbre saltaban a la vista dos particularidades de Yalta; las señoras de edad estaban vestidas como las jóvenes y abundaban los generales.
Debido al temporal, el barco llegó tarde, cuando el sol se había puesto ya; antes de atracar en el malecón, estuvo maniobrando largo rato. Con sus impertinentes, Anna Serguéevna examinaba el barco y los pasajeros, como si buscase conocidos, y cuando se dirigía a Gúrov sus ojos brillaban. Hablaba mucho, sus preguntas eran bruscas y ella misma olvidaba inmediatamente lo que había preguntado; luego perdió sus impertinentes entre la muchedumbre.
El gentío engalanado se iba dispersando, ya no se distinguían los rostros, el viento había cesado del todo, pero Gúrov y Anna Serguéevna seguían parados, como si esperasen que descendiera alguien más del barco. Anna Serguéevna, había dejado de hablar y olía las flores sin mirar a Gúrov.
—El tiempo ha mejorado —dijo él—. ¿A dónde vamos a ir ahora? ¿Y si nos fuéramos a alguna parte?
Ella no respondió.
Entonces él la miró fijamente y, de pronto, abrazándola, la besó en los labios; sintió el olor y la humedad de las flores. Medroso, miró inmediatamente en derredor por si le había visto alguien.
Vámonos a tu casa... —dijo en voz baja.
Y ambos marcharon rápidamente.
En la habitación de Anna Serguéevna hacía calor y olía al perfume que había comprado en la tienda japonesa. Gúrov, mirándola ahora, pensaba: “¡Qué de encuentros suele haber en la vida!” De sus aventuras pasadas había conservado el recuerdo de mujeres despreocupadas, bonachonas, alegres de amor, agradecidas por la felicidad que les daba, aunque fuera breve; y de otras —como su mujer, por ejemplo—, amaneradas, histéricas, que amaban sin sinceridad, con exceso de palabras, y una expresión como si no se tratara de amor, de pasión, sino de algo mucho más importante. Recordaba también a dos o tres muy bellas, frías, en cuyos rostros se reflejaba de pronto una expresión rapaz, el obstinado deseo de tomar, de arrancar de la vida más de lo que podía dar; estas mujeres, que habían pasado ya de su primera juventud, eran caprichosas, incapaces de razonar, despóticas, poco inteligentes; y cuando Gúrov dejaba de amarlas, su belleza incitaba en él odio y los encajes de su ropa le parecían entonces semejantes a escamas.
Pero en Anna Serguéevna había la timidez, la torpeza de la juventud inexperta, un sentimiento de desazón, y una sensación de inquietud como si alguien, de pronto, hubiese llamado a la puerta. Anna Serguéevna, esa “dama del perrito”, había reaccionado de un modo especial ante lo ocurrido, muy seriamente, como ante una caída irreparable; esto resultaba extraño e intempestivo. Sus rasgos se ajaron, se marchitaron, sus largos cabellos pendían tristemente. Permanecía pensativa, con un aire abatido, igual que una pecadora de algún cuadro antiguo.
—No está bien —dijo por fin—, ahora usted es el primero que no me respeta.
En la habitación, sobre la mesa, había una sandía. Gúrov cortó una raja y, sin apresurarse, comenzó a comérsela. Pasó una media hora, por lo menos, en silencio.
Anna Serguéevna le emocionaba, había en ella la pureza de una mujer decente, ingenua, que había vivido poco; la bujía solitaria que ardía sobre la mesa, iluminaba apenas su rostro, pero se notaba en ella preocupación.
—¿Por qué iba a dejar de respetarte? —preguntó Gúrov—. Tú misma no sabes lo que dices.
— ¡Que Dios me perdone! —dijo ella y sus ojos se llenaron de lágrimas—. Esto es terrible.
—Parece que te justificas.
—¿Cómo puedo justificarme? Soy una mujer vil, baja, me desprecio y no pienso en justificarme. No he engañado a mi marido, sino a mí misma. Y no sólo ahora, sino hace tiempo que me engaño. Mi marido, tal vez sea una persona buena, honrada. ¡Pero es un lacayo! No sé lo que hace allí, qué servicio presta; sólo sé que es un lacayo. Cuando me casé con él tenía veinte años, me angustiaba la curiosidad, quería conocer algo mejor; existe, sin embargo —me decía a mí misma—, otra vida. ¡Quería conocerla! Vivirla... Me quemaba la curiosidad... usted no comprenderá esto, pero le juro por Dios, que ya no podía dominarme, algo pasaba en mí, era imposible contenerme, y le dije a mi marido que estaba enferma y vine aquí... Y aquí también no hacía más que andar como una poseída, como una loca... y ahora me he convertido en una mujer banal, vil, que cualquiera puede despreciar.
A Gúrov le aburría ya escucharla, le enervaba ese tono ingenuo, esa confesión tan inesperada e inoportuna; si no fuera por las lágrimas que se veían en sus ojos, cabría pensar que bromeaba o hacía teatro.
—No comprendo —dijo quedamente—, ¿qué es lo que quieres, pues?
Ella escondió el rostro en su pecho y se estrechó contra él.
—Créame, créame, se lo ruego... —decía—. Me gusta la vida honrada, limpia, odio el pecado y yo misma no sé lo que hago. La gente del pueblo dice: el diablo me ha empujado. También yo puedo decir ahora que me ha empujado el diablo.
—Cálmate, cálmate... —balbuceaba él. Miraba en sus ojos inmóviles, asustados, la besaba, hablándole cariñosa y quedamente y, poco a poco, fue tranquilizándose y recobró la alegría; los dos comenzaron a reírse.
Después, cuando salieron, en el muelle no había nadie. La ciudad con sus cipreses tenía aspecto de muerta, pero el mar seguía agitado y batía la costa; una barcaza se balanceaba sobre las olas y, somnolienta, centelleaba en ella una pequeña linterna.
Alquilaron un coche y fueron a Oreanda.
—Acabo de ver en el vestíbulo del hotel tu apellido. En el tablero pone Von Dideritz —dijo Gúrov—. ¿Tu marido es alemán?
—No, parece que su abuelo era alemán, pero él es ortodoxo.
En Oreanda, sentados en un banco próximo a la iglesia, miraban en silencio el mar. Apenas se veía Yalta a través de la bruma matutina; en las cimas de las montañas había inmóviles nubes blancas. No se movía el follaje de los árboles, cantaban las cigarras y el rumor monótono y sordo del mar, que llegaba desde abajo, hablaba del reposo, del sueño eterno que nos espera. Lo mismo sonaría el mar aun antes de que existiese Yalta y Oreanda, igual suena ahora y lo mismo sonará, monótono y sordo, cuando nosotros no estemos ya. Y en esta estabilidad, en esta total indiferencia ante la vida y la muerte de cada uno de nosotros, se oculta, tal vez, la garantía de nuestra salvación eterna, del ininterrumpido movimiento de la vida en la tierra, del continuo perfeccionamiento. Sentado al lado de esta mujer joven, que parecía tan bella al amanecer, Gúrov, serenado y seducido por aquel ambiente maravilloso —mar, montañas, nubes, amplio cielo—, pensaba en que realmente, si se profundiza, todo en el mundo es magnífico, todo, menos aquello que nosotros pensamos y hacemos, cuando olvidamos los fines superiores de la existencia, nuestra dignidad humana.
Se acercó un hombre, el guardián, probablemente; los miró y volvió a marcharse. Este detalle les pareció también misterioso y bello. Vieron llegar un barco de Feodosia, ya sin luces, iluminado por el alba matutina.
—Hay rocío en la hierba —dijo Anna Serguéevna rompiendo el silencio.
—Sí, es hora de regresar.
Volvieron a la ciudad.
Después, cada mañana, se veían en el muelle, almorzaban juntos, comían, paseaban, admiraban el mar. Anna Serguéevna se queja de que dormía mal, de que el corazón la inquietaba con sus latidos. Le hacía siempre las mismas preguntas, agitada bien por celos, bien por el temor de que él no la respetara como era debido. Y frecuentemente, en la glorieta o en el parque, cuando cerca no había nadie, la atraía de pronto hacia sí y la besaba con pasión.
El ocio completo, estos besos en medio del día con temor y precaución de que alguien los viera, el calor, el olor del mar y la constante visión de gente ociosa, harta y elegante, parecía regenerarle; hablaba a Anna Serguéevna de lo bella y seductora que era; apasionado e impaciente no se separaba de ella ni un paso, pero ella, pensativa, insistía con frecuencia en que él confesase que no la respetaba, que no la quería en absoluto y que sólo veía en ella a una mujer banal. Casi todas las tardes se marchaban a algún lugar fuera de la ciudad, a Oreanda o a las cascadas; y el paseo resultaba bien, las impresiones eran siempre magníficas, majestuosas.
Esperaban la llegada del marido. Pero se recibió una carta en donde notificaba que había enfermado de los ojos y suplicaba a su mujer que regresase lo antes posible a casa. Ana Serguéevna se apresuró a marchar.
—Está bien que me vaya —decía a Gúrov—. Es el propio destino.
Marchó en coche y él fue a acompañarla. Viajaron todo el día. Cuando tomó asiento en el vagón del tren correo y sonó la segunda llamada, dijo:
—Déjeme que le mire aún... Una vez más. Así.
No lloraba, pero estaba triste, como si estuviese enferma, y su rostro se estremecía.
—Pensaré en usted... le recordaré —decía ella—. Dios sea con usted, viva feliz. No conserve mal recuerdo de mí. Nos despedimos para siempre, así debe ser, porque ni debíamos habernos conocido. Bueno, Dios sea con usted.
El tren partió rápido, sus luces desaparecieron pronto y un minuto después ni se oía siquiera su trepidar, como si todo se hubiera puesto de acuerdo para terminar lo antes posible este dulce ensueño, esta locura. Y al quedarse solo en el andén, fijos los ojos en la oscura lejanía, Gúrov escuchaba el canto de los grillos y el zumbido de los postes telegráficos con la sensación del que acaba de despertar. Pensaba que en su vida había habido una aventura más y que también había acabado, dejando tan sólo el recuerdo... Estaba emocionado, triste, y experimentaba un ligero remordimiento; esta mujer joven, a la cual no vería ya nunca más, no había sido feliz con él. Él la había tratado con cariño y ternura, mas, sin embargo, en su modo de tratarla, en su tono y en sus caricias, flotaba la sombra de una ligera ironía, la grosera altanería del hombre feliz, que además casi le doblaba en edad. Ella le calificaba siempre de bueno, de extraordinario, de excepcional; por lo visto le parecía distinto de lo que era en realidad, es decir, la había engañado sin querer...
En la estación olía ya a otoño y la noche era fresca.
“Ya es hora de que también yo me vaya para el norte —pensaba Gúrov, abandonando el andén—. ¡Ya es hora!”

III

En Moscú ya era invierno, en su casa se encendían las estufas y por las mañanas, cuando los niños se preparaban para ir al liceo y tomaban el té, aún era de noche y la sirviente encendía la luz. Habían comenzado las heladas. El día de la primera nevada, cuando se sale en trineo, agrada ver la tierra blanca, los techos blancos, se respira a gusto, libremente, y se recuerdan los años jóvenes. Los viejos tilos y los abedules, blancos de escarcha, tienen una expresión bondadosa y dicen más al corazón que los cipreses y las palmeras; a su lado se pierde el deseo de pensar en las montañas y en el mar.
Gúrov era moscovita. Regresó a Moscú en un magnífico día de invierno y cuando se puso el abrigo de piel, los guantes de invierno y se paseó por Petrovka, cuando oyó el tañido de las campanas en la tarde del sábado, su reciente viaje y los lugares donde estuvo perdieron para él todo encanto. Poco a poco se fue sumergiendo en la vida moscovita, devoraba tres periódicos al día y decía que, por principio, no leía los periódicos moscovitas. Sentía deseos de frecuentar restoranes, clubs, de asistir a banquetes y aniversarios, le halagaba recibir en su casa a famosos abogados y artistas y jugar a las cartas en el club de los doctores con un profesor. Ya se sentía capaz de comer una ración entera de solianka** en sartén...
Le parecía que al cabo de un mes o dos, Anna Serguéevna se cubriría de bruma en su memoria, y sólo de vez en cuando la vería en sueños, lo mismo que a otras, con su sonrisa conmovedora. Sin embargo, había pasado más de un mes, era ya pleno invierno, pero recordaba todo con tanta intensidad como si sólo ayer se hubiese despedido de ella. Y el recuerdo se hacía cada vez más vivo. A veces, cuando en el silencio crepuscular llegaban a su despacho las voces de sus hijos, que preparaban sus lecciones, cuando oía una romanza o los sones del piano en un restorán, o los aullidos de la ventisca en la chimenea, todo revivía de pronto en su memoria; lo ocurrido en el muelle, y el amanecer brumoso en la montaña, y el barco de Feodosia, y los besos. Recorría largo rato la habitación, rememoraba, sonreía, y los recuerdos se transformaban en sueños; en su imaginación el pasado se confundía con el futuro. No soñaba con Anna Serguéevna: ella le seguía por todas partes como una sombra. Al cerrar los ojos la veía como si la tuviera delante y le parecía más bella, más joven, más cariñosa de lo que era; y él mismo se la imaginaba mejor de lo que había sido en Yalta. Por las tardes, la contemplaba desde su armario de libros, desde la chimenea, desde una esquina; sentía su respirar, el dulce susurro de su ropa. En la calle seguía con la vista a las mujeres, buscando a alguna que se pareciese a ella...
Le angustiaba un gran deseo de contar a alguien sus recuerdos. Pero en casa era imposible hablar de su amor y fuera de ella no tenía con quien. ¡No iba a contárselo a sus inquilinos o en el banco! Y, además, ¿qué podía contar? ¿Es que entonces la quería? ¿Acaso fueron bellas, poéticas, ejemplares o simplemente interesantes sus relaciones con Anna Serguéevna? Y se veía obligado a hablar en general sobre el amor, sobre las mujeres, y nadie podía adivinar de lo que se trataba; tan sólo su esposa enarcaba las negras cejas y decía:
—Demetrio, no te sienta nada bien el papel de Don Juan.
Una noche, al salir del club de los doctores con su compañero de juego, un funcionario, no pudo contenerse y dijo:
¡Si supiera usted qué mujer más encantadora he conocido en Yalta!
El funcionario se sentó en el trineo y partió; pero de pronto volvió la cabeza y le llamó:
— ¡Dmitri Dmítrievich!
—¿Qué?
—Estaba usted en lo cierto; el esturión tenía tufillo.
Estas palabras tan corrientes, indignaron a Gúrov, sin que él mismo supiese la razón; le parecieron humillantes, impuras. ¡Qué costumbres salvajes, qué gente! ¡Qué noches absurdas, qué días tan poco interesantes y grises! Juego desaforado a las cartas, gula, embriaguez, constantes conversaciones siempre sobre lo mismo. En esos quehaceres superfluos y en esas conversaciones siempre sobre lo mismo se iba la mejor parte del tiempo, se gastaban las mejores fuerzas y, al fin y al cabo, quedaba una vida vacía, sin interés, absurda, que no podía uno abandonar ni huir de ella, como si estuviese en una casa de locos o en una compañía de forzados.
Gúrov, indignado, pasó la noche sin dormir, y todo el día siguiente le estuvo doliendo la cabeza. Las noches siguientes también durmió mal; sentado en la cama meditaba o bien recorría la habitación de un lado a otro. Le fastidiaban los niños, el banco; no sentía deseos de ir a ninguna piarte ni de hablar de nada.
En diciembre, durante las fiestas, decidió marcharse; a su mujer le dijo que iba a Petersburgo a recomendar a un joven, pero se fue a S. ¿Para qué? Ni él mismo lo sabía bien. Sentía deseos de ver a Anna Serguéevna, de hablar con ella, de tener una entrevista, si era posible.
Llegó a S. por la mañana y ocupó la mejor habitación del hotel: el piso estaba cubierto por un paño gris de uniforme de soldado y en la mesa había un tintero gris por el polvo, con un jinete sin cabeza que llevaba el sombrero en una mano levantada. El conserje le dio las noticias que precisaba: Von Dideritz vivía en la calle Staro-Gonchárnaia, en casa propia, no estaba lejos del hotel, era rico, tenía caballos propios y todos lo conocían en la ciudad. El conserje pronunciaba Drideritz.
Gúrov, sin apresurarse, se dirigió a la calle Staro-Gonchárnaia y buscó la casa. Frente a ella se extendía una tapia gris, larga, llena de clavos. “Una tapia así da ganas de huir”, pensó Gúrov, mirando tan pronto las ventanas, como la tapia.
Hoy no se trabaja en las oficinas, pensó, y el marido estará en casa. Además, sería una falta de tacto entrar en la casa. Se turbaría. Si le envío una esquela, puede caer en manos del marido y entonces fracasaría todo. Lo mejor es confiar en el azar. Y Gúrov se puso a pasear a lo largo de la tapia esperando el azar. Vio cómo entró en el patio un mendigo y le ladraron los perros; después, una hora más tarde, oyó los sones de un piano que le llegaban débiles y confusos. Seguramente Anna Serguéevna era la que tocaba. Se abrió la puerta de la calle y salió una viejecita; tras ella corría el conocido lulú blanco. Gúrov quiso llamarlo, pero su corazón, de pronto, empezó a latir precipitadamente y de la emoción olvidó el nombre del perro.
Paseaba, y cada vez sentía mayor odio hacia esa tapia gris e, irritado, pensaba que Anna Serguéevna le habría olvidado, que tal vez se distraía ya con otro, y que eso era muy natural en la posición de una mujer joven que se ve obligada a contemplar desde la mañana hasta la noche esta maldita tapia. Regresó a su habitación del hotel y permaneció mucho tiempo sentado en el diván, sin saber qué hacer; después comió y durmió largo rato.
“Qué tonto y estúpido es todo esto —pensaba al despertar, mirando las ventanas oscuras: ya había anochecido—. Me he dormido y ¿ahora qué? ¿Qué voy a hacer por la noche?”
Sentado en la cama cubierta por una manta gris, barata, parecida a la de un hospital, decíase con rabia.
“Vaya con la dama del perrito... Vaya una aventura... Ahora fastídiate sentado aquí...
Aquella mañana, en la estación, le había saltado a la vista un cartel anunciando con letras muy grandes el estreno de Geisha. Lo recordó y fue al teatro.
“Es muy posible que asista a los estrenos” —pensó.
La sala estaba repleta. Y como en todos los teatros de provincias, el humo cubría las arañas, el gallinero rebullía inquieto; en primera fila los elegantes de la localidad permanecían de pie, con las manos en la espalda, en espera del comienzo de la representación, y en el palco gubernamental, en lugar visible, estaba la hija del gobernador con un boa, mientras que el propio gobernador se ocultaba modestamente tras la cortina, viéndose tan sólo sus manos; oscilaba el telón y la orquesta tardaba mucho en afinar los instrumentos. Gúrov buscaba ansiosamente con la mirada entre la gente que entraba y ocupaba sus asientos.
También entró Anna Serguéevna. Se sentó en tercera fila y, cuando Gúrov la miró, sintió que su corazón se encogía y comprendió con toda claridad que para él no había ahora en el mundo entero un ser más querido, entrañable e importante que ella; esta pequeña mujer perdida entre la muchedumbre provinciana, que nada tenía de particular, con unos vulgares impertinentes en la mano, llenaba ahora toda su vida, era su dolor, su alegría, la única felicidad que él deseaba. Y a los sones de la detestable orquesta, de los pésimos violines provincianos, pensaba en lo bella que era. Pensaba y soñaba.
Al mismo tiempo que Anna Serguéevna, entró y se sentó a su lado un hombre joven, de pequeñas patillas, muy alto y encorvado; a cada paso movía la cabeza y parecía que saludaba continuamente. Debía ser el marido que ella, presa de un sentimiento de amargura, había calificado una vez en Yalta de lacayo. Efectivamente, en su larga figura, en sus patillas, en su pequeña calva había algo lacayunamente modesto; tenía una sonrisa dulzona y en el ojal brillaba un distintivo científico, parecido al número de un lacayo.
Durante el primer entreacto el marido marchó a fumar y ella quedó sentada. Gúrov, que también estaba en el patio de butacas, se aproximó a ella y sonriendo forzadamente dijo con voz temblorosa:
—Buenas tardes.
Ella le miró y palideció; luego volvió a mirarle con terror, sin creer en lo que veían sus ojos y estrechó fuertemente en sus manos el abanico y los impertinentes, luchando por lo visto consigo misma para no desmayarse. Ambos permanecían en silencio. Ella sentada, él de pie, asustado por su turbación y sin atreverse a sentarse a su lado. Cantaron los violines y las flautas, que los músicos comenzaban a afinar: sintieron miedo, les parecía que les miraban desde todos los palcos. Repentinamente ella se levantó y, rápida, se dirigió hacia la salida; él la siguió; ambos marchaban como insensatos, por pasillos y escaleras, ora subiendo, ora bajando, cruzaban veloces por delante de gente con uniformes de maestros, de magistrados y de funcionarios, todos ellos con sus insignias; ante sus ojos desfilaban damas, abrigos colgados en las perchas, les soplaban corrientes de aire llenándoles de olor de colillas de tabaco. Y Gúrov, que sentía latir fuertemente su corazón, pensaba: “¡Oh, Dios! ¡Y para qué esa gente, esa orquesta!...”
En ese momento recordó de pronto la noche en que se despidió de Anna Serguéevna y pensaba que todo había terminado y que jamás se volverían a ver. ¡Cuánto faltaba aún para el final!
En una escalera estrecha y sombría donde ponía: “Entrada al anfiteatro”, ella se detuvo.
—¡Cómo me ha asustado usted! —dijo respirando fatigosamente, aun toda pálida y aturdida—. ¡Oh, cómo me ha asustado! Apenas si respiro. ¿Para qué ha venido usted? ¿Para qué?
—Pero compréndame, Anna, comprenda... —pronunció a media voz, apresurándose—. Le suplico, compréndame...
Ella le miraba con miedo, con súplica y con amor, le miraba fijamente, para grabarse más hondo en la memoria sus rasgos.
—¡Sufro tanto! —proseguía sin escucharle—. He pensado en usted todo el tiempo, he vivido pensando en usted. Y quería olvidar, olvidar. . . ¿para qué, para qué ha venido usted?
Un poco más arriba, en un descansillo, dos estudiantes del liceo fumaban y miraban hacia abajo, pero a Gúrov le era igual, atrajo hacia sí a Anna Serguéevna y comenzó a besar su rostro, sus mejillas, sus manos.
¿Pero qué hace, qué hace? —decía ella horrorizada, apartándolo—. Estamos locos los dos. Márchese hoy mismo, márchese ahora… Le imploro por lo más sagrado, se lo suplico... ¡Vienen hacia aquí!
Alguien subía por las escaleras.
—Debe marcharse... —proseguía Anna Serguéevna en un susurro—. ¿Me oye, Dmitri Dmítrievich? Iré a verle a Moscú. ¡Nunca he sido feliz y ahora soy desgraciada y nunca, nunca seré feliz, nunca! ¡No me obligue a sufrir aún más! Le juro que iré a Moscú. ¡Y ahora, despidámonos! Querido mío, amado mío, despidámonos
Estrechó su mano y corrió escaleras abajo, volviendo continuamente la cabeza para verle, y en sus ojos se leía que, efectivamente, no era feliz. Gúrov permaneció allí un poco más, escuchando, y cuando todo quedó en silencio recogió su abrigo y abandonó el teatro.

IV

Anna Serguéevna comenzó a ir a Moscú de vez en cuando. Cada dos o tres meses marchaba de S., diciendo a su marido que iba a ver a un profesor con motivo de su enfermedad de mujer, y su marido la creía a medias. Una vez en Moscú se detenía en el Bazar Eslavo e, inmediatamente, enviaba a casa de Gúrov a un recadero. Gúrov iba a verla y nadie en Moscú lo sabía.
Una vez, iba a verla una mañana de invierno (el recadero había estado en su casa el día anterior por la noche y no le había encontrado). Con él marchaba su hija, que Gúrov había querido acompañar hasta el liceo; le venía de camino. Caían grandes copos de nieve húmeda.
—Hace tres grados sobre cero y sin embargo nieva —decía Gúrov a su hija—, pero ésta es la temperatura de la superficie de la tierra, en cambio en las capas superiores de la atmósfera la temperatura es completamente distinta.
—Papá, ¿por qué no truena en invierno?
Se lo explicó. Al tiempo que hablaba, pensaba que iba a una cita, que nadie lo sabía y, probablemente, jamás lo sabría. Tenía dos vidas; una manifiesta, que veían y conocían todos los que querían verla, vida llena de verdad y mentira convencionales, semejante en todo a la vida de sus conocidos y amigos, y otra que transcurría en secreto. Y por una rara coincidencia de circunstancias, tal vez casuales, todo lo que para él era importante, interesante, preciso, todo lo que era sincero y verídico, aquello que constituía la médula de su vida, era oculto para los demás; en cambio, todo lo que era su mentira, la membrana en la cual se escondía para ocultar la verdad, como por ejemplo, su trabajo en el banco, sus discusiones en el club, su “raza inferior”, su asistencia a fiestas y aniversarios en compañía de su mujer, todo eso era manifiesto. Y por sí mismo juzgaba a los demás; no creía en lo que veía, suponiendo siempre que cada persona vivía su verdadera vida, su vida interesante, al amparo del secreto, como si fuese al amparo de la noche. Para él cada existencia personal se mantenía gracias al secreto y tal vez por eso, todo hombre culto defendiera con tanto nerviosismo el respeto del secreto personal.
Después de haber acompañado a su hija al liceo, Gúrov se dirigió al Bazar Eslavo. Se quitó abajo el abrigo de pieles, subió y llamó quedamente a la puerta. Ana Serguéevna, vestida con su predilecto traje gris, fatigada por el camino y la espera de la noche anterior, estaba pálida, le miraba sin sonreír y tan pronto como él entró, cayó sobre su pecho. Igual que si no se hubieran visto en dos años, su beso fue largo, muy largo.
—¿Y qué, cómo vives por allá? —preguntó él—. ¿Qué hay de nuevo?
Espera, ahora te contaré... No puedo.
No podía hablar porque lloraba. Vuelta de espaldas, apretaba un pañuelo contra los ojos.
“Que llore, que se tranquilice”, pensó Gúrov y se sentó en un sillón.
Llamó y pidió que le trajeran té; luego estuvo bebiéndolo, pero ella seguía de espaldas junto a la ventana... Lloraba de emoción, de pena por su triste destino; se veían en secreto, se ocultaban de la gente como si fueran unos ladrones. ¿Acaso sus vidas no estaban destrozadas?
—¡Bueno, cálmate, cálmate! —dijo.
Para él era evidente que este amor no terminaría pronto, no se le veía fin. Anna Serguéevna lo quería cada vez más, lo adoraba, y sería completamente imposible decirle que todo esto tenía que terminar algún día; además, no lo creería.
Se acercó a ella, la cogió por los hombros, para acariciarla, bromear y, en ese momento, se vio en el espejo.
Su cabeza empezaba a encanecer. Y se sorprendió al ver lo que había envejecido, lo mucho que se había afeado últimamente. Los hombros sobre los cuales descansaban sus manos eran tibios y se estremecían. Sintió compasión hacia esta vida, tan cálida aún y bella, que, probablemente, no tardaría en mustiarse y marchitarse, igual que la suya. ¿Por qué le quería ella así? A las mujeres siempre les había parecido distinto de lo que era, y amaban en él no lo que era, sino al ser que creaba su imaginación y que buscaban ávidamente en la vida; pero después, cuando se percataban de su error, seguían queriéndole. Y ninguna de ellas había sido feliz con él. El tiempo pasaba, Gúrov entablaba nuevas relaciones, intimaba, se separaba, pero nunca se había enamorado; en su vida hubo de todo, menos amor.
Y tan sólo ahora, cuando su cabeza ya había encanecido, habíase enamorado como era debido, de verdad, por primera vez en su vida.
Anna Serguéevna y él se querían con honda y entrañable ternura, como marido y mujer, como amigos leales; les parecía que el propio sino los había destinado el uno para el otro y era incomprensible por qué estaba él casado y ella también; diríase dos aves migratorias, hembra y macho, que, apresadas, fueron obligadas a vivir en jaulas distintas. Se habían perdonado mutuamente aquello de lo que se avergonzaban en su pasado, se perdonaban todo en el presente y sentían que este amor los había cambiado.
Antes, en los momentos tristes, Gúrov se tranquilizaba con toda suerte de razonamientos que acudían a su mente, pero ahora no tenía ánimos para razonar, sentía profunda compasión y deseos de ser sincero, cariñoso...
—Basta, querida mía —decía—, has llorado, y ya basta. Ahora vamos a hablar, tal vez se nos ocurra algo.
Después, durante mucho tiempo, estuvieron hablando para ver cómo librarse de la necesidad de mentir, de ocultarse, de vivir en distintas ciudades, de tardar tanto en verse. ¿Cómo librarse de esas insoportables ligaduras?
—¿Cómo? ¿Cómo? —decía Gúrov llevándose las manos a la cabeza—. ¿Cómo?
Y parecía que un poco más y la solución sería hallada y comenzaría entonces una vida nueva, magnífica. Para ambos era evidente que faltaba mucho para el final, mucho, y que lo más difícil y complejo no hacía más que empezar.

1899

*Tomado de A. Chéjov. La dama del perrito. Ediciones en lenguas extranjeras. Moscú. 1975. Pp.47-82.
**Plato de carne y col, típico de la cocina rusa.