REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 07 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Dionicio, el poeta, el crítico de arte, el periodista cultural


René Avilés Fabila

Si he de comenzar por el principio, debo señalar, como ocurre en este tipo de ceremonias, que soy amigo de Dionicio Morales desde hace más de cuatro décadas. Lo conocí a través de un amigo común, más amigo suyo, que mío, el poeta sonorense Abigáel Bohórquez. Ya estaba formado el poeta, no en balde había sido discípulo primero y luego secretario particular del inmenso poeta Carlos Pellicer y trabajaba para convertirse en periodista cultural y crítico de artes plásticas. Si lo vemos ahora, si pensamos en la razón de este merecido galardón para Dionicio, podemos concluir que consiguió todos sus propósitos, su proyecto de vida, satisfactoriamente. Lo digo al observar su amplia y distinguida obra.
Ello significa que Dionicio Morales ha dejado correr su vida entre la poesía y las artes plásticas, sin dejar de lado su sentido de la amistad, su lealtad a principios ideológicos y su fidelidad al vodka. Debería, sin duda, decir que ha corrido entre la poesía y el periodismo cultural, pero mi querido amigo le ha dado una especial importancia a las artes plásticas, pese a que ha escrito sobre libros de entrevistas a literatos, los ha presentado y les ha enviado a más de un poeta y novelista sus acostumbrados recados donde analiza con cultura e ingenio sus respectivas obras. Una singular aportación al periodismo de orden cultural. Me he acostumbrado a verlo con pintores, críticos de artes plásticas, en exposiciones y en general atento a quienes utilizan pinceles, un cincel, el buril o la cámara fotográfica. Sus libros, por citar dos, sobre Diego Rivera y Héctor García, son piezas fundamentales que mucho aportan al análisis de ambos artistas.
El sólo título de la obra Música para los ojos, apoyado por algunos epígrafes de Octavio Paz (otro poeta que tenía especial interés en la pintura y quizá el primero en analizar seriamente a Tamayo), indica que en los colores, las figuras escultóricas, los grabados y las fotografías, él ve y escucha música. Debo reconocer, en vista de nuestra hermandad astrológica (ambos somos escorpiones y además del mismo día), que a mí me ocurre lo mismo con la literatura: me sirve para leer música. Pero esto es normal: Rubén Bonifaz Nuño explicaba metafóricamente, ante un pequeño auditorio, que si uno sabía bailar y gustaba de la música, escribir poesía era, entonces, algo fácil.
En apretada síntesis, veo en Dionicio la poesía y el periodismo cultural juntos, porque en sus libros sobre artes plásticas suele ser un cuidadoso espectador y al mismo tiempo un poeta de la prosa: escribe de modo poético, salpicado de una delicada ironía que asimismo caracteriza su conversación o sus intervenciones en coloquios y encuentros literarios. Por ejemplo, en el prólogo de Música para los ojos, el poeta y crítico de arte (expresión que por cierto Dionicio rechaza tajante) explica el porqué de su deslumbramiento por la pintura, la escultura y la fotografía y cómo empezó a ejercer la puntual crítica de arte. Allí hay algo que me llama la atención: la mayoría de los creadores que analiza carecen del enorme reconocimiento multitudinario del país. Están, en efecto, Diego Rivera, Sebastián, Héctor García o Gilberto Aceves Navarro, pero el resto son descubrimientos o redescubrimientos del propio autor. No quiero decir que no sean afamados, sino que la consagración absoluta está en camino. A cambio, significa que el poeta que ve música en la pintura, hace un permanente ejercicio por rescatar y revalorar artistas importantes que no llegan a los extremos de los nombres citados en el conocimiento nacional. Hay en sus páginas muchos nombres de autores jóvenes cuyas obras deslumbran o de otros que han preferido vivir distantes del escándalo o del ruido, más bien absortos en la creación de su obra.
Dionicio Morales rechaza en efecto la pretensión de ser un crítico profesional de arte, en su abono precisa que habla de aquello que le gusta. Pero hay algo más profundo, a diferencia de los críticos profesionales, cuyas formas de expresión suelen ser académicas y con frecuencia pedantes, la suya es una visión poética que le concede mayor profundidad al trabajo. Y algo parecido ocurre con su periodismo, por ello ha inventado un nuevo género: el recado, que le permite hablar desahogadamente del autor y su obra, preguntar, hacer una broma aguda y un recuento cordial y desenfadado. Recurre al lenguaje coloquial y desenfadado sin prescindir de los comentarios agudos, penetrantes.
Dionicio gusta de ilustrar sus libros con obras de dibujantes, fotógrafos, pintores y escultores, va más lejos y ha llevado a cabo un trabajo conjunto donde él y el artista plástico están vinculados por la musicalidad del color y de la palabra. En realidad, Dionicio parece más ligado a los pintores que a los escritores y de entre estos últimos, son más los poetas quienes lo rodean que los prosistas, a los que mi amigo, con perverso sentido del humor califica de prosaicos.
Mis recuerdos me llevan a tiempos en que yo veía al joven poeta Dionicio Morales recorriendo galerías y conversando con pintores para llevar a cabo un trabajo periodístico de trascendencia. Creo que, aparte de la poesía, en esta faceta se encuentra el principal valor de mi querido amigo, ha hecho un periodismo cultural de gran altura, capaz de resistir el tiempo porque se hizo pensando en términos estéticos: no sólo está la buena prosa, está además una larga lista de valores y méritos que hoy podemos descubrir fácilmente en sus muchos libros tanto sobre fotografía como de pintores y escultores. Ver lo que ha escrito, digamos sobre Sebastián, es introducirse en un mundo mágico, donde la observación sagaz, culta e inteligente va de la mano de una prosa llena de imágenes de color y musicalidad. Otras veces, opta por explicar la escultura monumental de Sebastián, digamos, con versos medidos y rimados.
Sus libros y reflexiones publicadas en los medios impresos, van desde el estudio de Diego Rivera al lamentablemente fallecido muy joven Jesús Urbieta. No es un hecho cronológico sino de cosmovisión artística: el autor encuentra transgresiones y deslumbramientos. Hace suyos y enseguida comparte los sueños de pintores. Dionicio los ha ubicado conforme a las razones axiológicas que él mismo pudo encontrar o confirmar: luces, pesadillas, paraísos, imaginación, en fin, una multitud de aspectos que sólo un poeta puede descubrir y que el habitual crítico de arte profesional no logra penetrar. Octavio Paz lo anticipa, tal como Dionicio lo indica, en Los privilegios de la vista, cuando dice “la crítica de los poetas es parte de la historia del arte moderno de México”. O el deslumbramiento que Jean Cocteau sentía por las artes plásticas, algo que lo llevó a él mismo a pintar y dibujar o en México a Carlos Pellicer que sentía devoción real por pintores como Orozco, Rivera y el paisajista José María Velasco. La lista de pintores que amaron las letras y de literatos que se apasionaron con la pintura es infinita. Entre nosotros está Marco Antonio Montes de Oca, que llegó a exponer sus cuadros y Tito Monterroso que solía poner en sus dedicatorias gratos dibujos y caricaturas, Raúl Anguiano que devoraba materialmente novelas, cuentos y poemas y Siqueiros que plasmaba en buen castellano sus polémicas y proclamas estético-políticas, para no citar el caso conocido de un José Luis Cuevas que traslada el yo (su forma de expresión favorita llamada autorretrato) al periodismo cultural y sustituye el aburrido nosotros por la arrogante y amable figura de la primera persona del singular.
Comencé hablando de dos tareas en el caso de Dionicio Morales: la del poeta y la del crítico de arte. Ahora recapitularía: es simple y llanamente un poeta que se expresa con un lenguaje único: el de la poesía y con esta arma formidable se ha puesto a observar con un cuidado delicado y armonioso cuadros, esculturas, seres humanos, vegetación y fotografías. El resultado es asombroso y está, por fortuna, a la vista. Dionicio es un hombre con grandes capacidades artísticas y emocionales, un ser generoso en un mundo que no lo merece. Como a muchos otros se le ha escamoteado el éxito que su trabajo demanda. A pesar de lo que digan amigos y enemigos no me considero una persona sociable, que finja serlo es otra cosa, pero de algo estoy seguro: me ha sido posible mantener una larga y extraordinaria amistad con Dionicio que lleva unos cuarenta años y ha sido indestructible. Ahora, en este homenaje que Atlixco le rinde a él y a otro poeta extraordinario, mi también querido y viejo amigo, compañero de luchas partidistas, Saúl Ibargoyen, al leer de nueva cuenta sus trabajos poéticos, sus versos delicados y muy pulidos, me emociona.
Hoy Dionicio Morales recibe un reconocimiento que antes recibió su maestro entrañable Carlos Pellicer. Ello es una prueba de que el discípulo no le falló al maestro. Felicidades, querido amigo.