REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 09 | 2020
   

De nuestra portada

Lozano con Berlioz cimbró Catedral


Daniel Dueñas

De histórica bien podemos calificar la noche del sábado 16 de abril, vivida por miles de mexicanos de todos los sectores sociales, que abarrotaron la inmensidad de la Catedral Metropolitana, no, no se trataba de escuchar alguna de las homilías cardenalicias, no, sino del monumental Réquiem de Héctor Berlioz, quizá una de las obras más importantes, no sólo de la música romántica, sino del romanticismo en general, pues es el claro ejemplo del rompimiento con el pasado, como lo hizo Napoleón Bonaparte en la política, Beethoven en la música, Goethe en la literatura, Nietzsche en la filosofía, de la Croix en la pintura y, por únicamente mencionar los que vienen a la memoria, Víctor Hugo en la novela.

El Réquiem o Gran Misa de Difuntos, causó conmoción por no decir escándalo desde su estreno, tanto por su contenido dramático y, en ciertos momentos, angustioso y terrible, por lo descarnado de la música que en vez de llevarnos a una muerte dulce y tranquila, nos la presenta tal y como es, dura, sí, pero, he aquí la magia de Berlioz, con una rendija de esperanza.

El otro motivo del asombro de entonces y de ahora, es el empleo de una fuerza orquestal y coral nunca antes usada por compositor alguno, contando con una doble orquesta sinfónica, cinco coros y cuatro bandas militares, que para la versión que escuchamos en Catedral sumaron más de trescientos ejecutantes, nada fáciles de conjugar en una masa orquestal y coral, hazaña ampliamente lograda por el saber, de quien me honra con su amistad, Fernando Lozano, con quien no pocas veces y menos tragos espirituosos, hemos hablado del genio de Berlioz.

El magister Fernando, como todos ustedes saben, es un músico, un artista, de amplia, exitosa y reconocida trayectoria en el mundo de la música, ya como mariscal sobre el podio, ora como promotor de la cultura musical en la creación de un titipuchal de orquestas sinfónicas juveniles a lo largo y ancho de la suave patria, fungiendo en la actualidad como director permanente de la ya venerable Orquesta Sinfónica de Jalapa, agrupación fundada en 1929 y, por ende, la más antigua del país, superando en longevidad a la Orquesta Sinfónica Nacional, contando con una plantilla de cien músicos permanentes, auspiciados por el gobierno, por las administraciones sucesivas desde su fundación, ejemplo único que deberían imitar aquellos que al cambio de mandatario estatal, olvidan los compromisos con la cultura, auspiciada, repito, por el gobierno del estado de Veracruz.

Para montar esta obra ninivesca, tal y como lo pide la partitura, hubo que echar mano de otros músicos atrillistas y de múltiples voces, obtenidos todos ellos en el mismo estado veracruzano, donde de tiempo atrás, existen grupos corales de primera línea, conjuntos orquestales y bandas, que formaron esas cuatro bandas militares tan caras para el maestro nacido en la ciudad francesa de Grenoble, cuna también del novelista Stendahl y famosa por su universidad.

Ahora bien, si usted se pregunta el por qué de tantos instrumentos y voces, a lo mejor piensa, y no sin razón, que son únicamente para hacer ruido. Me temo que no, porque por ejemplo, en la parte del Réquiem denominado “Tuba Mírum”, o sea la trompeta que llama a vivos y muertos al juicio final, no se trata digo yo, del clarín que llama al pelotón a formar filas, sino de las trompetas celestes que desde los cuatro puntos cardinales del universo convocan, repito a vivos y muertos, a ser juzgados por el Altísimo, es para ello que el compositor emplea orquesta, coros y las cuatro bandas militares, colocadas a los costados y a la espalda del templo, en esta ocasión la magnificencia de nuestra Catedral. Es, pues, el llamado del cielo y bien sabemos que cuando este se manifiesta, lo hace con estruendo.

Asimismo, para el “Rex Tremenda”, el canto no es para equis o zeta mandatario, se trata de Jesús que reina al lado del Padre sobre el universo, entonces los cantos de alabanza o de súplica, son a la altura del Salvador, del Cristo que entregó la vida para limpiar a la humanidad de sus pecados, música que nos llega a lo más profundo de nuestros sentimientos y que nos hace dudar a los llamados incrédulos, en la existencia de lo divino.

En la “Lacrimosa”, Berlioz nos vuelve a sorprender, ya que no nos presenta un cuadro sentimental de la madre que pierde a su hijo, sino de María, la Madre del hijo de Dios, que gime, que aúlla, se queja con dolor intenso de la muerte del hijo supremo, empleando Berlioz a las voces cuasi desgarradas, apoyadas por toda la parafernalia orquestal y el redoble de varios timbales y platillos que penetran a lo más profundo de nuestros sentimientos.

En el amplio resto de la obra, Berlioz reduce la instrumentación, baja las voces e introduce melodías que nos dicen de la paz, para terminar con el “Agnus Dei” y el “Amén”. Este último, verdaderamente genial con el uso de todos los timbales en sordina, marcando al unísono con tonos suaves, como si fueran, así lo siento yo, los latidos del corazón, los finales, flotando una melodía dulce y apacible, que va en descenso, anunciándonos el silencio total. Así, tranquilo, termina este Réquiem, tal como debe terminar nuestra vida ¿rumbo al paraíso o hacia el silencio eterno?

Qué noche amigos, cómo me gustaría que lo que gozamos mi familia y miles de defeños el pasado sábado en Catedral, lo pudieran gozar los Morelenses, pues es algo que nuestros espíritus entregados a la violencia que nos rodea y agobia, deberíamos escuchar como remanso de paz, objetivo principal de la puesta del Réquiem, un llamado a la paz y la cordura.

Ojalá y nuestras autoridades culturales de Morelos, me refiero a usted doña Martha Ketchum, pudiese contactar al maestro Lozano, a la Orquesta de Jalapa y a todos aquellos involucrados en tan magno evento, como lo hizo, por supuesto esa gran señora doña Elena Cepeda, responsable de la cultura del DF, para que se pongan de acuerdo y traigan tan bello, trascendente, noble espectáculo.

Antes de marcar el batutazo final, querido Fernando Lozano te saludo en compañía de la bella Carmen, quien es como su nombre en árabe lo indica, un jardín que imparte amor, te agradecemos Martha, Daniela y tu humilde servilleta, el placer de haber escuchado en vivo este Réquiem, que, al menos a mí, me da la paz de los ochenta y tanto años de piedad. Amén.