REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
20 | 07 | 2019
   

Confabulario

Crines contra cabellera


Mónica Sánchez Orozco

Ese día, Camila despertó nublada por la gripa, la falta de un colchón “posturopédico” y el vidrio roto. Debía tres meses de renta a su casera, una polaca del noveno piso, que le había rentado el cuarto de azotea por piedad, altruismo intencionado o por mil pesos mensuales, y ella acordó llevarle la renta el día dos de cada mes.
Camila estudiaba en la Escuela Nacional de Música y por las tardes trabajaba en un Mac Donald’s. Le parecía tan kitsch el empleo que hasta lo hacía con gusto. Llevaba un mes con esa nueva vida y calculaba ir a ofrecerse como intérprete en cualquier bar del rumbo, cuando la despidieron por regalar comida a los ancianos, indígenas y niños de la calle. Quedaron a deberle una semana aduciendo lo ingerido en horas de trabajo y después de escupir un trozo de Mac nugget y un insulto al gerente, azotó la puerta con la promesa de no volver a trabajar bajo ningún horario y mucho menos capturada por el ojo oblicuo de un reloj checador.
Todavía en mayo, vendió su guitarra y logró juntar el monto de la renta; junio lo pagó un amigo, pero en julio, se mordió las uñas tres noches seguidas y a la cuarta decidió escribirle una carta a su casera. Explicaba los efectos del hambre y su secuela: sonambulismo rampante, desilusión continua, y después de adjetivar tres páginas seguidas, las firmó con tinta roja, esperando que el color hiciera efecto en las emociones de la doctora Melivoski
Nada de eso. La casera arrugó la carta y la retuvo un rato entre sus manos. Estaba inmunizada frente al melodrama fácil por dos guerras mundiales y una larga ocupación soviética. Le molestaba que alguien incumpliera un trato; sentía que Camila abusaba y si le había rentado el cuarto era por que le interesó amparar a esa chica, no por que necesitara el dinero: era un acto de solidaridad entre mujeres. Punto. De hecho, esta niña despeinada, se había presentado como estudiante de música, y le recordó su propia adolescencia en Varsovia, tratando de sobrevivir entre un ejército extranjero y el mercado negro, siempre desaliñada, sintiendo encima el aliento alcohólico de los soldados y de golpe se sintió burlada: Camila metía hombres en su cuarto por las noches. El portero se lo había insinuado más de una vez y la casera no captó esa alusión de “La chava es de la vida alegre ¿No, doctora?” Creyó que se refería a esa actitud nerviosa en Camila que siempre terminaba en sonrisa: no al sexo.
La doctora Melivoski arrugó la carta entre sus manos y caminó hasta una mesita rodante repleta de todas las marcas de vodka. Odiaba a los hombres con un sentimiento de tinta indeleble y esta vez no perdonaría la burla.
Una noche que Camila regresaba del cine, encontró a su casera a la entrada del cuartito. Un pastor alemán la flanqueaba mostrando los dientes y Camila notó que el perro expresaba el coraje que la doctora Melivoski sabía controlar. Por instinto, Camila sacó de su chamarra una bolsa con palomitas ahogadas en salsa chipotle, tragó unas cuantas y aventó el resto junto a la bestia que se abalanzó a engullirlas con todo y papel. La casera resopló y Camila se dio cuenta que en su registro de Polonia sólo encontraba la palabra Polanzki, claro: “El inquilino”.
La casera comenzó a gritarle al perro. El perro la insultó en su idioma y continuó ensimismado destrozando la bolsa. Ella lo tironeó del collar, lo increpó en voz baja y le dio a Camila tres días para cambiar de “domiskilio”.
¿Qué cosa? -dijo y escupió las palomitas en una carcajada que se multiplicó escalera abajo.
Cuando se dio cuenta, la doctora ya no estaba en la azotea, pero su aliento alcohólico permanecía colgado desde un cielo amarillo que anunciaba lluvia. Abajo, la ciudad era un océano de hogares confortables, adecuados para la ternura física, la neurosis casera y la reproducción en serie. Había renunciado desde niña a cualquier trato directo con la familia, la propiedad privada o el Estado y ahora nadie la esperaba en ningún lado con un plato de sopa caliente. “Apenas se relacionaba con el mundo en relámpagos intensos que duraban poco y olvidaba pronto”. Habitaba su cuarto como un mundo completo, donde sus necesidades podían ser resueltas con sólo estirar la mano. Odiaba el concepto de acumulación, lo intuía como arraigo, una especie de eternidad impuesta y pegajosa que limita el libre albedrío; prefería vivir con lo necesario antes que abarrotar su casa de objetos inútiles. La idea de cargarlos en mudanzas consuetudinarias la fatigaba de antemano. Siempre olvidaba algo, tal vez un trozo de sí misma, como ahora, tenía que empacar sus cuatro cosas y mudarse, el ultimátum le agriaba la noche, fastidiaba sus planes de dar clases a niños del rumbo. Los últimos días había estado repartiendo los volantes; no podía irse así nomás, no quería. Amaba su pequeño espacio y las lluvias asolaban la ciudad todas las tardes. Se vio buscando cada día un nicho para dormir, elaborando estratagemas para pasar desapercibida en algún parque del rumbo o recurriendo al rescate de alimentos en todos los supermercados de la zona. Tenía que encontrar alguna clave que indicara su destino, pero ¿Dónde?
Un día fue a tocar la flauta a la línea azul del metro. De Taxqueña a San Antonio Abad ya había juntado algunos pesos, pero cuando entró al siguiente vagón, unos tipos reventando en sus trajes obscuros, se levantaron del fondo, caminaron hasta ella y después de identificarse como vigilancia del Sistema de Transporte Colectivo: metro, la empujaron hacia la salida del vagón. Camila se pescó de un tubo y comenzó a pedir auxilio a gritos, pero los pasajeros controlaron el impulso de saltar a defenderla, contando los segundos que aún faltaban para llegar a la siguiente estación. En Pino Suárez el vagón se tambaleó ante la horda que empujaba para ganar los asientos vacíos. Camila se quitó la chamarra dejándola en la mano del gorila y se abrió paso entre la corriente sudorosa que pugnaba por regresarla al interior. La campanita sonó anunciando el arranque y alcanzó la plataforma seguida de los vigilantes. Empujó a un niño que le cerraba el camino, brincó el bulto enorme que arrastraba una anciana y se esfumó por la escalera eléctrica sudando adrenalina. Los vigilantes intentaron darle alcance pero tenían las piernas cortas, los vientres abultados, el pie plano.
Cuando llegó a la superficie, miró hacia todos lados: cualquiera podía ser policía, seguro que la doctora Melivozki era la autora intelectual del asalto y calculó desmesuradamente las fuerzas de su casera como una red que se extendía por banquetas y bajos fondos de la ciudad.
Optó por regresar a casa zigzagueando, pero cada vez que doblaba una esquina le parecía que los peatones eran cómplices o estaban avisados de su fuga: la buscaban, conocían su figura escurridiza y esta vez no iba a escapar.
Desde ese día comenzó a esconderse por instinto, incluso, cuando estaba al aire libre, prefería cruzar la plaza de arbolito en arbolito, utilizando al vendedor de globos, a los coyotes de la fuente o al organillero, antes que exponerse a caminar al abierto: la doctora Melivozki podía aparecer a cualquier hora del día, señalarla y armarle un escándalo. Tenía su consultorio en contra esquina de la plaza y era amiga personal del delegado. Cada persona que la miraba a la cara sabía que no había pagado la renta; la apuntaban, se reían a su espalda, se estaban organizando para arrastrarla hasta la delegación y dejarla en manos de los judiciales.
Dejó de comer, dejó de dormir y se obsesionó con el diseño de fugas instantáneas bajo circunstancias límite.
Una tarde, se sorprendió sonámbula escalando los muros de un convento colonial: huía desaforadamente de un enemigo cuyo rostro, se le había olvidado al llegar a lo más alto de la barda. Cayó de espaldas sobre el césped húmedo que rodeaba la propiedad. Luego regresó a su edificio sin hacer ruido. Temblaba.
Al día siguiente se inició en el uso de lentes obscuros, tintes para el cabello y chamarras de doble vista: así podría transformarse entre tramo y tramo de una misma persecución.
Todo fue inútil. El portero exacerbó la vigilancia. Se apostaba como tótem a la entrada del edificio, intentaba alcanzarla hasta las mismas puertas del elevador y después cortaba la corriente por unos segundos. Camila enloquecía a obscuras, pateaba las paredes, golpeaba los botones, pedía auxilio a gritos y, un momento antes de que regresara la electricidad, escuchaba subir la carcajada ronca del conserje por el cubo interior.
Pero una noche encontró la entrada perfecta: un callejoncito lateral que utilizaba el carro de la basura. Atrás de unos tambos descubrió una pequeña puerta que comunicaba con el estacionamiento. No tenía candado y, después de cerciorarse de que el mundo estaba limpio de testigos, se introdujo sigilosamente.
Por algún tiempo, logró esgrimir las tretas suficientes para evitar a la doctora Melivozki, al conserje y a la suma de tipos acorbatados que la espiaban en la calle. Con el afán de evitar horarios carcelarios, comenzó a levantarse a destiempo, regocijada por la idea de ganarle al mundo y a las seis de la tarde, justo antes de que la doctora regresara de su consultorio, se enfundaba una gabardina talla 40, se calzaba unas gafas de mosca y tomaba su enorme bolso para bajar al supermercado.
Entraba fingiendo cierta satisfacción distraída; escogía un plátano, unas uvas y se embolsaba un kilo de queso, un litro de yogurt y una bolsa de nueces. Después pagaba las frutas con el corazón retumbando por la inminencia de un vigilante uniformado que escudriñaba a cada cliente al cruzar la entrada. Camila se prometía ignorarlo sin compasión. Intentaba pensar en algo agradable, tal vez en un atardecer marino de los que Diego Rivera pintó en Acapulco. Los había visto en un museo la semana pasada: algunos eran tan rojos que cuando quiso tocarlos para comprobar que no quemaban, un policía la disuadió de inmediato ensuciando la imagen del atardecer marino, y mientras más se acercaba a la salida del supermercado, más prefiguraba que el uniformado de la tienda le ponía las manos encima y zarandeándola, le quitaría el yogurt, el queso manchego, y adiós la cena.
Un líquido amarillo empantanó sus vísceras, amenazando destruir los ductos digestivos. Dejó de respirar, bizqueaba intermitentemente e intentó arrastrar la pierna un tramo: quien le pusiera los ojos encima los quitaría enseguida al notar su cojera, y así logró diluirse entre la gente que entraba a la tienda.
Después de caminar tres cuadras, pudo bajarse del terror desbocado que zarandeaba su esqueleto. Había hecho un trabajo limpio. Nadie la venía siguiendo y se acomodó a la orilla de una jardinera a mirar los automóviles que pasaban por la avenida Coyoacán. Las mercancías estaban seguras en su bolso y el cielo del atardecer era tan rosa que intuyó la protección de algunos duendes y respiró profundo, se levantó brincando y le sonrió a todo su cuerpo como no le sonreía nadie. Luego comenzó a pedir dinero a cada persona que encontró por su camino.
Llegó a la plaza con treinta pesos y se estacionó en la fuente. Los coyotes brillaban en su silencio de bronce, satisfechos, recibiendo el sol anaranjado de la tarde. Era un día fresco, de complexión ligera, paso suave, donde uno podía ser todos o ninguno y de pronto, el cielo se llenó de humo, el aire se recargó pesado en las flores de las jardineras y al otro lado de la plaza, la figura correcta de la Dra. Melivoski insultó a la vida con su paso de sargento mal pagado. Seguro que le habían avisado su presencia en la banqueta y ahora cruzaba hacia la fuente para increparla de nuevo.
Camila se diluyó tras un árbol, observó el chongo rubio de su casera, la discreción calculada en el atuendo y sus ojos chatos le recordaron difusamente un personaje que la castigaba en la escuela primaria. Tal vez algún viejo prefecto y la mano azulina de la polaca detuvo en el acto un taxi que se alejó lentamente por Carrillo Puerto.
Camila trepó a las copas altas del árbol y le dio fuego a un cigarrillo de manufactura casera. El humo comenzó a subir desde las frondas hasta un cielo limpio de nubes. Estaba tranquila de nuevo. Desde arriba, el campanario de la iglesia y todo el barrio se veían mejor. Algún día iba a construir su casa sobre un árbol, así evitaría pagar el predial y viajaría de rama en rama hasta Xochimilco, cruzando las viejas haciendas de Coapa, Tepepan y Santa Cruz Xochitepec. Recordó que le habían recomendado una novela que hablaba de lo mismo ¿Pero cual? Y comprobando que no hubiera moros en la costa, saltó a las baldosas y enfiló de prisa rumbo a la librería de la esquina. Necesitaba rescatar un par de libros que cubrieran sus horarios de la noche a la mañana en los próximos diez días. Despues iría a la cantina, era viernes: lugar obligado de encuentros fortuitos.
Camila regresó al amanecer, cargada de libros y un poco borracha. Ya se imaginaba desnuda, tomando el sol en su azotea con un libro en la mano, leyendo para evadirse del ruido, del cemento, del paso marcial del tiempo y su contento salpicaba chispas cuando entró por el callejón. Se alucinó como fuego artificial bailando en la noche de muertos, entre tumba y tumba, no pisaría las flores, besaría a los niños y el brillo de ese fuego se extinguió de golpe: habían puesto un candado tamaño industrial en su puertita.
Las ganas de dormir crecieron en un impulso agrio hacia el olvido. Dejó resbalar los libros y el poco equilibrio que guardaba. Se vio recurriendo al portero, pero desechó la idea al mismo tiempo. El tipo era un caimán venenoso, mezcla de doberman y bulldog que merodeaba por la noche en su azotea, haciendo ruidos obscenos desde los tendederos. No había nadie más. El edificio estaba ocupado por prostitutas de lujo, mujeres extranjeras; directores de video-porno; juniors que armaban la fiesta de viernes a domingo o treintañeros gay, que por encima de sus matrimonios católicos, habían decidido comprar un piso para sus encuentros dominicales.
Era martes, la lluvia amenazaba convertirse en huracán y Camila se sintió de piedra, de una mezcla dolosa, concebida con mala voluntad hacia sus huesos y, ovillándose en el suelo, se desgañitó en un largo grito que estuvo escuchando hasta que se durmió.
Ahí la encontró el basurero al día siguiente: enroscada en un charco, escurriendo de fiebre y tiritando de frío. La había visto varias veces a la misma hora: muy alegre la chava, incluso, un día, platicaron de la Historia Nacional y él le invitó café del termo. Quién sabe por qué le cerraban la puerta en la noche, pero igual, alguien ya había abierto. Le ayudó a juntar sus cosas en una bolsa de plástico, y la acompañó hasta el ascensor del estacionamiento. Camila lloraba. Habia soñado que un carruaje con seis percherones le pasaba encima y le deshacía el cráneo. Lloraba todavía desde el sueño.
Cuando entró a su cuarto, una corriente de aire frío le cortó el paso: los truenos habían roto el vidrio de la ventana y la lluvia calaba sus partituras hasta la última pauta. En un círculo grisáceo de agua que ocupaba la mitad del espacio, sus libros, la flauta y unas galletas saladas, estaban todavía en las garras del diluvio. Se le saltaron las lágrimas y abominó a la doctora con tal sentimiento de hierro caliente, que su odio hizo una sombra enorme en la pared.
Entre estornudos y lloros, se dejó caer sobre el colchón desnudo. Un pedazo de tos le agigantó los ojos todavía, zarandeando su esqueleto por un rato y, maltrecha, cayó en un delírium tremens hasta que se durmió.
Tres días después, Camila despertó nublada por la gripa, la falta de un colchón “posturopédico” y el vidrio roto. Los restos del diluvio tenían la presencia de una escenografía perdida en algún lugar del mapa, pero su espíritu estaba tan reposado como esa lucecita que brillaba al fondo de una nube cargada de buenos presagios. La casera ya no era el ogro, no había organizado ninguna conjura en su contra, y decidió enfrentarla: le ofrecería su flauta en garantía. No iba a decir que no: el instrumento valía dos veces más que la deuda y podría rescatarla después de juntar y depositar en la mano de la doctora Melivoski, todo el dinero de los alquileres atrasados. ¿Verdad?
En tres días de sueño, la persecución se había invertido: ahora se figuraba descendiendo de un cielo agripado, uncida de la extrema gracia y reina del medio día. Nadie la estaba persiguiendo, todo le sonreía; la doctora sólo intentaba desocupar el cuarto y, claro, muchas gracias, pero hasta febrero, cuando haga más calor y aquí tiene mi flauta en garantía. Mucho gusto y hasta luego. Era todo. Su casera era refugiada de tantas guerras que la solidaridad y la compasión genuinas la llevarían a aceptar el trato e, incluso, olvidarían el incidente y todo quedaría como una gracia más de la existencia.
Después de tocar dos veces, la puerta cedió despacio. Un violonchelo se le tiró encima desde el fondo del pasillo como una bocanada espesa. La alfombra jaspeada de rojo la llevó hasta una sala iluminada por rayos incidentales que hacían lucir el arte en los muros. Había esculturas, gobelinos que ocupaban toda una pared y desde el amplio ventanal, la ciudad era una galaxia de pequeños ojos observando la tanta luz que circundaba la actuación de Camila.
Pero el lugar olía a vómito caliente, a comida rancia y a la izquierda, desde la semipenumbra de un sofá, la doctora Melivoski extendía la mano hacia una mesita rodante para servirse un trago. Cuando miró a Camila, le dedicó una mueca ondulante.
-Te invito una copa y platica conmigo -dijo con voz arrastrada.
Camila tembló desdibujándose. La casera estaba despeinada y con las faldas en desorden.
-Ven -repetía estropajosa, estirando el brazo en un gesto beodo de coquetería infantil.
Camila buscó refugio junto al torso de un caballo en piedra, iluminado por una lucecita cenital. La doctora refunfuñó desfigurando el rostro en una mueca airada: estaba acostumbrada a la obediencia ajena y, aún borracha, reclamaba sumisión. Con una mano temblorosa, la doctora echó hacia atrás la maraña de cabellos rubios que le ocultaba la frente y, alzándose del sofá, con el vaso en la mano, comenzó a acercarse a Camila, cantando una canción en alemán. Entre nota y nota sorbía los mocos y sus ojos enrojecidos bizqueaban.
Camila apretó contra su pecho el estuche de la flauta; buscó protección tras la columna que sostenía al caballo de piedra y la calentura le subió dos grados. Era una pesadilla, quería despertar, pero la casera zigzagueó los cinco pasos que las separaban, tomó a su inquilina del brazo e intentó besarla en la boca.
Se convulsionó de asco, soltó la flauta y el aliento alcohólico de su casera le barnizó el rostro envolviéndola en mareos, y safándose de un empujón, miró a esa masa de pelos rubios caer sobre la alfombra como una vaca en el pastizal.
Estuvo a punto de soltar la carcajada pero se contuvo. La tipa estaba al rojo vivo, mirándola desde abajo y recordó al instante: eran los mismos ojos de esa monja punitiva que la torturaba en la primaria; la que le negó recreos y permisos, la que la dejaba hincada con los brazos en cruz, rezando no sé cuántos padres nuestros y sintió que una tenaza húmeda paralizaba la memoria hincándole las uñas en el muslo. Era como un cocodrilo intentando engullir a una garza herida, un mal sueño producto del hambre, y sacudió la pierna perdiendo equilibrio, intentó pescarse de la columna que sostenía la escultura equina, pero el pedestal se tambaleó tres veces y el caballo, con la fuerza de una manada completa, estrelló sus crines de granito contra la cabellera revuelta de la doctora Melivoski. El estruendo zarandeó los muros con el tono lúgubre de los escombros y el eco rompió en el ventanal el espejismo de sus luces.
Camila se levantó a tientas y por largo rato, estuvo contemplando ese cuerpo con cabeza de caballo que, extendido en su grotesca pose, exhalaba el último aliento. Ya no debía ninguna renta.

México D.F 2006