REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 11 | 2019
   

De nuestra portada

René Avilés, su tiempo y su obra - Entrevista con René Avilés Fabila


Abraham Gorostieta M.

Leer sobre la obra del escritor René Avilés provoca caer en lugares comunes tan repetidos por sus colegas y detractores. Es una tentación latente. Hablar sobre René Avilés Fabila genera posiciones contrarias: se le elogia o se le descalifica. Se le ama o se le odia. Es interesante esta reacción. Avilés Fabila no es el equipo de futbol América pero causa el mismo efecto: divide opiniones. ¿A qué se debe? ¿A su humor y escritura ácida, satírica, mordaz? ¿A la obsesión de desnudar (y desnudarse) de forma virulenta a una clase intelectual que domina la cultura mexicana? ¿Se juzga al escritor y su obra o sus posturas ideológicas y personalidad?
La obra literaria y periodística de René, su personalidad y sus aportaciones culturales no han sido valoradas con justeza. En un principio, con su primera novela fue tratado con las vísceras, con el tiempo, con la indiferencia hacia su persona y por lo tanto a su obra. El escritor dedicó sus talentos ya no a criticar sino a defenderse y ha sido un largo caminar por ese trayecto. Su obra es impresionante, cerca de cuarenta libros en donde ha transitado por distintos géneros: cuento, novela, ensayo, biografía, crónica. Se ha definido más como cuentista que autor de largas extensiones.
Ver la obra de René del lado de los “ofendidos” no es hacerle justicia. Leer la obra de Avilés desde el lado de “víctima” es subestimar su esfuerzo. Es no entender al escritor y su contexto. Avilés Fabila nace en los tiempos del PRI, en 1940 y en 2013 gobierna el PRI. Una palabra lo podría definir: Irreverente. Su obra es una oposición al establishment, contracultura la definen.
Escritor, periodista, académico y promotor cultural, en ese orden. Buscando opiniones sobre su obra uno encuentra y constata esta división de opiniones:
Desde que nació para las letras, René Avilés Fabila ha sido ave de tempestades y autor de muy sinceras aun cuando a veces inoportunas confesiones. Paco Ignacio Taibo I:
Su trayectoria profesional y su bibliografía constituyen un caleidoscopio de múltiples caras y colores cambiantes, siempre sorprendentes, novedosos, irrepetibles. Ethel Krauze;
René Avilés Fabila nos ofrece la presencia de su singular talento observando, reflexionando, enjuiciando y criticando a un México y a un mundo llenos de contradicciones, arbitrariedades y desarticulaciones, pero que, al fin de cuentas, valen, bien lo valen, ser vividos con la intensidad del autor. Eugenio Aguirre;
Las primeras obras de René tienen una fuerza, una idea. Con el tiempo, él fue abandonando su camino, se alejó de la escritura y se acercó al periodismo político, creó una Fundación y descuidó su escritura: Alberto Chimal;
Hace tiempo leía sus autoelogios en El Búho, cuando él lo dirigía, y que me parecían un ejemplo de lo que un escritor no debería hacer jamás. Yo tenía por entonces menos de 20 años y la verdad me provocaba un morbo inmenso y un gran horror ver cómo se dedicaba números enteros a su propia obra. Tras eso, por cierto, no me quedaban muchas ganas de leerlo: Felipe Soto Viterbo;
René Avilés Fabila, escritor absoluto… posee 50 años de escribir novelas, cuentos, crónicas, de dirigir planas culturales, revistas, etc. Le hemos hecho homenajes sin fin por el planeta, de bailidos y cantidos, de recitaciones y florecimiento de flores, de íntimas comidas prodigiosas y de páginas tantas, casi como las de su magín, escritas alrededor de su elegante persona vestida de gris y azul marino y saliendo avante de enemigos horrorosos y gratuitos como los tenemos casi todos, y los cuales a mí por lo menos me desangran en el suelo arteros y embozados: María Luisa Mendoza.
Viendo la obra de René, de una forma más global se puede concluir que su propia obra lo rebasa, su quehacer literario ha acumulado suficientes méritos no sólo para revalidar el reconocimiento y apreciación a su obra sino el propio Estado está obligado a tomarlo en consideración para los próximos Premios Nacionales de Ciencias y Artes. Sus cincuenta años como escritor merecen la revalorización de su obra.

Primeros recuerdos

La Fundación René Avilés Fabila se encuentra en la calle de Yácatas, en la colonia Narvarte, una casa amplia, como suelen ser las casas de este barrio, cuenta el propio René que “esta casa era de un matrimonio ya grande que se disolvió, la vendían y nosotros -Rosario y yo- la compramos y la ampliamos, hicimos la biblioteca (cerca de 30 mil libros), la oficina, lugares para talleres y seminarios”, y el escritor es generoso, muestra su recinto y claramente hay pasión en su voz al hacerlo. La cita fue aquí. Nos recibe con un fuerte apretón de manos y una amable sonrisa. Viste casual, parece que demasiado, nada formal. Es un hombre alto pero al verlo así, cruzó por mi mente la imagen del cantante de la década de los sesenta, César Costa, ya saben, pantalón de vestir claro, zapatos cafés estilo mocasines, camisa de marca pero en tonos pastel y un suéter pegadito al cuerpo color azul celeste.
En el lobby de la Fundación sucede esta entrevista. Entrecierra los ojos, recordando su infancia:

La recuerdo como algo muy amable, algo divertido. No tuve conciencia de que era -lo que ahora llaman- una familia disfuncional. Vivía con mis abuelos maternos y simultáneamente con un montón de tías. Era el único hijo, el único nieto, el único varón. Entonces la pase espléndidamente. Fui un niño sobre protegido, mimado, consentido. Con el recuerdo de que mi padre era un escritor y mi madre tenía una buena biblioteca que fue donde empecé a leer yo. Una infancia normal. No había televisión. El gran entretenimiento era jugar y leer y ambas cosas las hacía y las disfrutaba.

René Avilés Fabila nace en la Ciudad de México en plena Segunda Guerra Mundial, un baby boomers. Hijo y nieto de maestros normalistas, él mismo maestro. Su padre y su madre estudiaron en la Escuela Nacional de Maestros, la Normal: “donde estudiaron mis padres y en la que eran profesores varios de los legendarios estridentistas como Arqueles Vela y Germán List Arzubide” 1. Fue en esa misma Institución donde sus padres se conocieron, así lo recuerda el propio escritor: “Imagino que se conocieron en la Normal, pues los dos eran maestros de primaria. Se casaron y bueno, fue un matrimonio efímero”.
La relación con su padre, el escritor René Avilés Rojas, fue de cierta manera, algo distante, según el propio escritor, fue él “quien de alguna forma, pues al estar inmerso en ese universo de escritores, era muy amigo de Martin Luis Guzmán, José Revueltas, Juan de la Cabada, Jaime Torres Bodet, Rafael F. Muñoz, mi padre fue quien me puso en contacto con estas figuras y así me fui encontrando yo como escritor”, recuerda el propio René y mira para sus adentros y cuenta:

No supe cómo murió mi padre. Me lo avisaron tardíamente y si me lo hubieran avisado a tiempo, igual no hubiese ido, no tenía sentido, no éramos amigos y carecíamos de alguna relación. Sin embargo, con el tiempo vengo apreciando más su presencia en mí y, aunque vivimos poco tiempo juntos, el hecho de que fuera escritor y estuviera entre libros significó mucho para mí. Mi padre fue un escritor más o menos conocido, porque no pasaba desapercibido, era muy amigo de Revueltas, de los Estridentistas, de Rafael Solana, de Torres Bodet, es decir, formaba parte de los escritores significativos del país. Él me presenta a Rafael F. Muñoz, a Jaime Torres Bodet, a Martín Luis Guzmán. A todos sus amigos pues mi padre trabajaba en la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuito. Entonces esos encuentros que tuve con él fueron muy ricos, no era simplemente de ir a tomar un helado o juguetear en un jardín público, sino que lo acompañara a asuntos literarios.

La infancia de René Avilés transcurrió en pleno alemanismo, en “el milagro mexicano”, el escritor cuenta que “cuando comencé la enseñanza media, en 1950 o 1951, me inscribieron en la escuela secundaria número 1, en la calle de Regina, a media calle de Pino Suárez, donde tomaba el camión de la línea General Anaya de regreso a mi casa en la colonia Ixtaccíhuatl” 2. Allí comienza uno de los amores de René: el Centro Histórico de la Ciudad de México. Atrás de la enorme plaza del Zócalo capitalino, en las calles de Argentina y Guatemala, a un lado de la librería de los hermanos Porrúa, “estaba el edificio donde mi abuelo paterno, don Gildardo F. Avilés, tenía un despacho en el tercer piso, atiborrado de libros, papeles y recuerdos de luchas magisteriales. Desde ese punto arranqué, aún antes de ser alumno de secundaria, cuando Pino Suárez era aún avenida estrecha, como la trazaron los conquistadores, vi la parte cultural y educativa, la zona literaria por excelencia en aquellos años”.
Su madre, doña Clemencia Fabila Hernández, fue una maestra normalista que se hizo cargo de todo. Los escritores, por lo general, conservan buenos recuerdos sobre sus madres, por ejemplo, está Gorki. René se queda pensando en esta frase, mira hacia la izquierda y comenta: “Eso me llama mucho la atención, en cambio, como Kafka, tienen problemas con el padre. Publiqué el libro Sobre mi madre, a un año de su muerte, en el que reconstruyo su vida”.
De niño, acompañaba a su madre al edificio de la Secretaría de Educación Pública. “Para mí fue un edificio fantástico, desde muy niño, acompañando a mi madre, una y otra vez recorrí sus pasillos mirando los frescos de Diego Rivera. Esos patios me permitieron conocer personalmente a don Jaime Torres Bodet, a Agustín Yáñez, a Rafael F. Muñoz y afianzar la relación con Rafael Solana y José Revueltas, quien me publicara un libro inicial, una pequeña biografía del humanista y científico, músico y filántropo, premio Nobel de la Paz en 1952 Albert Schweitzer, para tal institución” 3.
Nuevamente el escritor mira para sus adentros:
Mi madre era severa. De carácter fuerte. Tuvo que hacer el papel de padre y madre. No era fácil darle gusto. Era muy complicado. Yo tendía a la holganza, a la calle, a golpearme con otros niños, a jugar futbol americano. Sufrí fascinación por la calle.

Juventud, divino tesoro.

René tiene más recordanzas sobre ese edificio o de la parte contigua al edificio principal de la SEP, en lo que fue la Garita de Santo Domingo, donde en el primer piso, estuvieron las oficinas donde sesionó la primera comisión del Libro de Texto Gratuito creada (en el periodo presidencial de Adolfo López Mateos y con Jaime Torres Bodet al frente de Educación Pública), bajo la dirección de Martín Luis Guzmán, por René Avilés Rojas, Daniel Moreno y Adelina Zendejas. Ellos establecieron los lineamientos de la gran obra y produjeron los primeros volúmenes que han sido fundamentales en el desarrollo educativo del país.
Recuerda el propio René:
A eso de las dos de la tarde, aguardaba a mi padre para tomar una copa en alguna de las cantinas de la zona y me hablara de cómo iban los nuevos libros que harían, en efecto, gratuita la educación mexicana, tal como lo previera el artículo tercero constitucional… En esos años, yo no era tan pequeño: tendría alrededor de dieciocho años. En cambio, mi único recuerdo sobre José Vasconcelos, es borroso. Fui, muy niño, acompañando a mi papá, a visitarlo a una ruinosa oficina en la biblioteca de la Ciudadela. Yo hubiera preferido quedarme afuera, a jugar entre los cañones que rodeaban la efigie de Morelos y que me llamaban la atención. No recuerdo la conversación entre el enorme escritor y mi padre. Su figura se me antojaba descuidaba, avejentada, la de un hombre que fuera un gigante y que estaba en total decadencia, destruido por el Estado y así lo imaginé cuando leí el texto que luego seleccionó Gastón García Cantú en su antología El pensamiento de la reacción mexicana, 1965: ‘La B-H’, tomado de su libro En el ocaso de mi vida, y que en nada refleja al intenso y poderoso narrador y pensador que fue”. Y relata también: “Acompañando a mi padre, saludé a don Jaime Torres Bodet en los patios de El Colegio Nacional, cuando el poeta dictaba una conferencia sobre Balzac. Lo saludé emocionado y él me preguntó qué estudiaría. Sin pensarlo, repuse diplomacia. Curiosamente estudié Relaciones Internacionales, hecho que he ocultado no sé por qué” 4.

Sus años como estudiante estuvieron mezclados entre el rigor estricto de su madre y el “desmadre” que él quería ser. Sus años en la secundaria pasaron por una escuela fundamental: los cines, que comenzaban sus proyecciones desde las once de la mañana y en donde se podían ver caricaturas -la mayoría de Walt Disney y Walter Lantz-, pero la sala Savoy era su favorita: “Era un lugar fantástico para los romances con jovencitas que igualmente se habían ido de pinta”. En esa pantalla pudo ver a Gene Kelly y a Fred Astaire, a Ginger Rogers, Clark Gable, Robert Taylor, Alan Lad, William Holden, Judy Garland, a la bellísima Marilyn Monroe, Kim Novak, Cary Grant, Debora Kerr, Victor Mature, John Wayne, a la cautivante Elizabeth Taylor, Mel Ferrer, a King-Kong montado en el Empire State derribando los aviones, a Stewart Granger, Eleanor Parker, Kirk Douglas, Marlon Brando, James Dean, y a cualquiera que pueda ser citado de la memorable cinematografía de Hollywood.
Así transcurrió su juventud: Disciplina en el estudio, desmadre, cine, libros y el Centro Histórico.
Más adelante.
Y es que era toda una época: la música de Bob Dylan, los Beatles y los Rolling Stones, “era el momento de hacer de lado a Elvis Presley y a otros roqueros iniciales. Comenzaba lo que muchos han llamado la década prodigiosa, famosa no sólo por su rock combativo, no comercial, sino por las grandes protestas sociales de los jóvenes a escala mundial y yo comenzaría a asistir a la entonces Preparatoria número 7”, cuenta el propio René. En su hermoso ensayo sobre la ciudad de México, él mismo escribe que:

Cuando yo estudiaba en ese plantel, el director general de Preparatorias era Raúl Pous Ortiz. Durante la invasión a Cuba, en Bahía de Cochinos, salimos a las calles a protestar, la represión fue inmediata: el gobierno jugaba dos cartas: de un lado decía apoyar a la naciente Revolución Cubana, siguiendo los principios mexicanos de no intervención y autodeterminación de los pueblos, mientras que por el otro, reprimía a quienes mostrábamos abierta y decididamente solidaridad por aquel movimiento encabezado por Fidel Castro y Ernesto Guevara. Pous Ortiz, cuando cerré la Prepa 7 como protesta, ordenó mi expulsión por una semana y, como si eso fuera poco, llamó a mi mamá y delante de ella me regañó: No son los métodos para defender una causa, dijo en voz alta. Enseguida recordó sus batallas juveniles y añadió: Yo estuve en las jornadas vasconcelistas del 29, estoy citado por Roberto Blanco Moheno. Mi madre sonrió con benevolencia: nunca le gustó tal periodista.

Pronto se convirtió en un político estudiantil y se afilió a la Juventud Comunista. Junto con José Agustín se convirtió en un escritor, y de alguna forma, el llamado movimiento calificado como La Onda por la crítica Margo Glantz, nace en esas aulas de escuela preparatoriana con una vida cultural intensa. Cuenta el propio René: “Ahí conocí a Carlos Monsiváis, con quien los miembros de mi generación jamás logramos entendernos, ahí también, tuvimos destacados profesores como Uberto Zanolli, Alberto Híjar, Arturo Sotomayor, Fausto Vega, José Castillo Farrera (quien evolucionó de una postura neokantiana al marxismo) y Salvador Azuela, hermano de Arturo. Las lecturas eran fantásticas y revolucionarias, nos conmovían, destaco una: Lolita de Vladimir Nabokov, publicada en 1955 y traducida por la editorial Sur, Buenos Aires, en 1959, circuló, por último, entre nosotros en 1960. En el patio principal, mi maestro de Lógica, Eduardo Perera, mencionó dos autores que serían para mí fundamentales: Franz Kafka y Jorge Luis Borges, y otro, Ramón Vargas, que daba Estética, me enseñó a escuchar la música y a separar la vida privada del autor de la obra. Sensible y preocupado por sus alumnos, José Castillo Farrera, solicitó que escribiéramos cada uno un trabajo sobre ética. Yo seleccioné ética y literatura y puse como ejemplo la novela de D. H. Lawrence El amante de lady Chatterly. Mi asombro fue mayúsculo cuando el profesor lo seleccionó para ser publicado en una revista, mejor dicho un boletín bibliográfico, de la Librería Herrero hermanos que estaba en la calle 5 de Mayo”.
Justamente en esa misma calle y Filomeno Mata, se encontraba el Café París, que era muy visitado por escritores en ese tiempo, René recuerda: “no olvidaré que lo frecuentaba Carlos Pellicer. Alguna vez saludé a mi tío abuelo, el antropólogo y escritor Alfonso Fabila, autor de enormes estudios sobre los pueblos indígenas, llamado el ‘Apóstol del Indio’ por el crítico de arte Antonio Rodríguez, cuando conversaba con un hombre ya viejo, de aspecto gentil: Es don Manuel Gamio, me dijo mi tío al presentármelo alrededor de 1958” 5.
Durante su época estudiantil, ya en Ciencias Sociales y dando sus primeros pasos como escritor, René comienza esta historia que ahora festeja a través de un gran homenaje que le otorga la Universidad Autónoma Metropolitana por sus cincuenta años como escritor. También en esa misma época, el escritor René Avilés Fabila comenzó otro de sus grandes amores: su esposa: “allí conocí a una hermosa e inteligente jovencita, Rosario Casco Montoya, de quien me hice novio y más adelante esposo”.

Al hombre lo determinan los medios en los que se rodea

¿Por qué se afilia al Partido Comunista Mexicano (PCM)?
Desde niño me sentía vinculado, me identificaba con el comunismo. Mi padre estaba profundamente identificado con el comunismo pero era de esa generación confundida que era marxista-leninista-estalinista. Mi padre no había visto la clase de monstruo que era José Stalin y sabes, pienso que Vladimir Lenin no dejó que lo viéramos en plenitud, muere muy pronto. En fin, afiliarme al PCM era algo que fue heredado. También mi tío, Alfonso Fabila, era militante del PCM. Recuerdo que en 1959 él muere y llegan a su casa los compañeros y camaradas y ponen la bandera roja con la hoz y el martillo; para mí fue muy impresionante. También cuando oímos La Segunda Declaración de La Habana con la Internacional cantada por todo el pueblo cubano, y pues era mi época y mi contexto, entonces me metí a un partido que era el Partido Obrero y Campesino y de ahí salté a la Juventud Comunista y como tenía 22 años pues fue relativamente fácil mi paso al Partido Comunista Mexicano.

¿Fue compañero de Jorge Castañeda?
Claro, pero él no es de mi generación, soy compañero de Castañeda pero después, pues soy mayor que él.

¿De Roger Bartra?
Sí, mis últimas tareas políticas intelectuales que me dieron en el PCM fue codirigir, Historia y Sociedad, con Enrique Semo, Roger Bartra, Sergio de la Peña y Raquel Tibol. Este mismo grupo, sin Raquel -ella no fue-, estuvo en la Unión Soviética por dos meses. Y bueno después me negué a cambiar, ahora seremos PSUM y luego PRD y yo dije: No, ahí nos vemos.

¿Sigue pensando que Lenin torció el pensamiento de Marx?
Pienso que sí, para bien eh, no para mal, el Marxismo era inaplicable, Marx había estudiado modelos ideales: Alemania, Francia, Inglaterra, había observado a Estados Unidos, esos eran sus estudios, pero de pronto Lenin se ve en un país semifeudal como lo era Rusia y entonces aprieta las tuercas, adapta a Marx a las condiciones rusas y bueno, muerto Lenin y desaparecido Trotsky, Stalin hizo lo que le vino en gana. Ceo que Deutscher lo explica bien en su libro sobre tal personaje intenso y macabro.

Oiga, ¿conoció usted a José Revueltas?
Sí, muy bien, muy bien. Él era muy amigo de mis padres, lo conocí desde muy niño. Lo mantuve como amigo toda la vida. A él le molestó la novela de Los juegos, pues él sabía que uno de los personajes era mi papá, y me lo reclamó. Y algún día me llegó a contar que había escrito una crítica sobre la novela, criticando mi actitud de mal hijo, literariamente hablando. Por fortuna yo le pregunté a su hija y al marido de ella, Andrea Revueltas y Philippe Cheron. Ellos me dijeron que no, que ellos no vieron ese texto, que no tuvieron acceso a tal documento, y que si lo escribió José, enseguida fue destruido. Fui cercano a Revueltas. Prácticamente yo ayudé a hacer su Antología personal. Le decía: escógete este cuento Pepe… Y este cuento esta padrísimo. Y así fuimos metiendo los textos, elaborando la antología, luego faltaba el prólogo y buscamos entre sus papeles y encontramos algo bien escrito. Pepe estaba muy enfermo. Llevé el libro terminado al Fondo de Cultura Económica y me dieron 10 mil pesos, lo recuerdo perfectamente, le llevé el cheque a Pepe y él encontró un pretexto más para beber y dijo a Ema, su última pareja: Mira lo que nos trajo René, ¿por qué no abres unas botellas de vino blanco que no me hacen daño? y bebimos, yo ron, porque no bebía vino blanco y luego bueno, llegó su muerte y me afectó mucho: Tanto que olvidé detalles: en un libro de Álvaro Ruiz Abreu, descubrí en una foto que no conocía: vamos cargando el ataúd de Pepe para entrar al Panteón Francés y yo iba soportando con cara fúnebre parte del féretro. Sí, me dolió mucho su muerte.

Oiga, don Víctor Flores Olea y don Enrique González Pedrero fueron sus maestros de marxismo y terminaron siendo priistas y luego perredistas…
Y ahora quién sabe qué son, lopezobradoristas. Fíjate que sí influyeron en mí, el primer año de la carrera -no eran trimestres o semestres, era por años- Flores Olea me daba una clase que era Introducción al Estudio del Derecho, y nunca vimos nada de eso, sino a Engels, Marx… todos. Ésa era la clase con él. Recuerdo que era tan mamón en clase que decía (Y en este punto René Avilés Fabila, hace una mueca que le revuelve y tuerce el rostro y hace una voz gangosa): “perdonen que lea con esta lentitud pero evidentemente estoy traduciendo del alemán”. Traducía para la clase, y luego el que me era más cercano porque no era tan intelectual como Flores Olea, era Enrique González Pedrero. Él fue mi maestro de Teoría del Estado e Ideas Políticas, me impresionaba mucho y hacia críticas al sistema capitalista en verdad demoledoras. Salgo egresado de Ciencias Políticas y me voy a estudiar a París, a mi regreso de Francia en 1973, González Pedrero ya era miembro del PRI, senador para ser preciso.

Usted ha sido maestro de 40 generaciones de periodistas en la UAM-Xochimilco…
Pues es desconcertante. Muchachos y muchachas -algunos nada jóvenes- que me dicen “Maestro”, y me saludan, me tratan con mucho respeto. En Facebook es innumerable la cantidad de saludos de cuates y cuatas que me recuerdan que fueron alumnos míos. Los últimos y los cercanos sí los identifico. Es bonito, porque te recuerdan con agrado y gratitud. Seguro habrá a quienes les parecía antipático, sobre todo por mi alarde rojo (comunista), mis compañeros camaradas me decían, oye, te declaraste comunista en Excélsior, -lo cual en esa época era o ridículo o demencial- y de pronto se acaba eso, imagínate cómo me sentí.
Cuando nos dicen que nos vamos a disolver y vamos a juntarnos con un montón de camaradas que nos van a enriquecer y luego vi la lista y dije: ¿éstos nos van a enriquecer?, ¡No inventen!, sí los conozco a todos, son estafadores intelectuales. Entonces dejé de militar, trabajé un poquito con Enrique Semo cuando fue Secretario de Cultura del Peje, me invitó a ser parte del consejo cultural, fui uno de los 16 “notables”, y fueron tres juntas y no dio para más, fue imposible, pedimos una reunión con López Obrador y él dijo que no quería reuniones. Se disolvió el comité o consejo y vi que mi cercanía con viejos camaradas carecía de sentido, ya ninguno eran lo que fueron cuando nos conocimos y trabajamos juntos: marxistas.
Como comunista fui a Europa, a España, Francia, Italia, Alemania, a muchos lados, fui dos veces a la tumba de Lenin con el mismo espíritu y gozo -imagino- como los católicos van al Vaticano. Cosa que no me pasó ya con Mao Tse Tung.

Y escribió Trotsky no ha muerto…
Ja, ja, ja, ja. En una larga borrachera en Moscú, llegamos al lugar donde estábamos alojados que era la Escuela de Cuadros del Partido Comunista Soviético y había de todas las nacionalidades y eso era algo descomunal, y ahí estábamos todos, árabes, alemanes, franceses, mexicanos... Y bueno no sé qué pensé, harto de voces estalinistas, que llegué a escibir: ¡Trotsky no ha muerto, viva Trotsky! Lo puse por todos lados y claro que buscaron quién era el autor de eso, pero como andaba ebrio pues no dieron nunca conmigo y bueno, el puro y casto, el inobjetable Pablo Gómez tuvo a bien regañarme en México por hacer ese tipo de boberías. Pero bueno, así he sido siempre, de impulsos, tengo 72 años y aún tengo acciones y actitudes semejantes. Mi mamá me pedía madurez y yo le decía que a eso le sigue la putrefacción.

Con esa experiencia ¿cómo ve lo que es ahora o lo que se llama ahora la izquierda mexicana?
Creo que se está acabando. Fue un fraude muy bien hecho que aprovechó la aversión de eso que llamaron hartazgo. Lamentó que no haya ganado Cárdenas en el primer intento, yo voté por él y fue la última vez que voté y perdí mi tiempo. Una izquierda moderna, como se quiera, debe de tener objetivos muy precisos, una ideología definida y bien razonada. Estoy convencido que debemos de replantearnos muchos de los puntos torales del marxismo clásico pero no romper con dicho pensamiento para poner parches en los muros del sistema ni con los hallazgos claves de Marx y Engels, acaso de Lenin.
Han terminado todos aceptando una economía de mercado y simplemente quieren un Estado más o menos fuerte, y pues eso hasta Peña Nieto lo quiere, mis ex camaradas con los que a veces me topo -mi trabajo me lleva y me trae de la UNAM a la UAM-, me dicen: es que queremos un Estado de bienestar; y les digo, bueno tú porque eres escasos recursos, yo he sido invitado a países como Dinamarca y para empezar hay una reina y diferencias sociales marcadas, la contradicción esencial no se ha quitado y con el triunfo del pinche consumismo, ahí está intacta, aunque claro, menos dramática que en México o en Brasil. ¡Qué no me vengan con que son la izquierda! Con esa lógica, hasta Chayo Robles sigue siendo izquierdista.
El año pasado festejé mi cumpleaños en varios países, uno de ellos, Alemania y me encontré con una estatua de Engels y otra de Marx, me emocioné mucho y me retraté junto a ellas, luego pensé mejor: parece algo turístico. Me cuesta trabajo creer que gente talentosa, brillante, culta, me diga que el gran símbolo de la izquierda mexicana es Andrés Manuel. Que tampoco ofendan mi inteligencia. La primera que yo oí alegar contra esta falsa izquierda que estaba surgiendo fue a Ikram Antaki, en una reunión, en donde nos dijo: sois unos pendejos y unos putos, hay que parar a Arnoldo (Martínez Verdugo) y a éstos y éstos, éstos valen madre, no es el eurocomunismo, éstos van a otra cosa y nos dio una gran lección y luego publicó un artículo muy virulento, muy atroz contra Cárdenas y López Obrador, donde los criticaba y a los capitalinos también por endiosar a éstos que no son de izquierda. Por cierto, en la ciudad donde gobierna el PRD, la alta cultura dejó de existir o fue sustituida por Justin Bieber y Paul MaCartney por pistas de hielos y otras jaladas. La cultura comercial no requiere apoyo, solita tiene éxito. Habrá que leer con cuidado a Vargas Llosa al respecto.
En palabras del propio René: “Soy un dinosaurio atrapado en el hielo. Moriré dentro de poco sin que los ideales en los que puse toda mi fe aparezcan. Los pocos países que se califican como comunistas, China, Vietnam, Cuba, Corea del Norte, no son más que remedos que tienden a desaparecer. China pretexta: dos sistemas, un país, pero el capitalismo que Mao y los suyos rechazaron, ahora se enseñorea por todo el territorio. A Cuba la historia le jugó la peor broma de la historia: al derrumbarse el bloque soviético y darle paso a las desigualdades y a los grandes vicios y defectos del capitalismo, Fidel Castro y la Revolución cubana se quedaron colgados de la brocha. Como escribí al final de mis cuentos fantásticos: Me quedo con la utopía de Marx. Es posible seguir soñando y así soportar el injusto sistema que a mi alrededor crece y se consolida creando enormes desigualdades e injusticias”. 6.
La mejor forma de acercarse a esta etapa de René es el libro Memorias de un comunista, maquinuscrito encontrado en un basurero de Perisur. Dónde deja testimonio de una formación ideológica marxista-leninista (incapaz de pelearse con Trotsky y Mao Tse-tung, o Ernesto Guevara). Formado, de cierta forma, por personas como Juan de la Cabada, José Revueltas, Vicente Lombardo Toledano, y españoles como el poeta Juan Rejano. Años de militancia que según el propio René: “Fue chistoso ver cómo mis compañeros de escuela hacían fortuna al amparo del sistema, mientras yo me desgañitaba repitiendo las ideas de Lenin y Guevara, pagaba mis cuotas al Partido Comunista y peleaba contra el PRI y el PAN. Para colmo me metí de lleno en el movimiento estudiantil de 68, cuando los dirigentes perredistas estaban del lado del PRI. Ahora las cosas mueven a risa. No hace mucho, un alto funcionario de Luis Echeverría, López Portillo y Miguel de la Madrid, criticó mi aversión por el PRD. Andrés Manuel es quien debe dirigir al país, es el presidente legítimo… Escuché las necedades con indignación: el tipo ya era rico y un saltimbanqui político como la mayoría de los aventureros que pueblan dicho partido. Me hizo recordar a mis maestros de marxismo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, a los citados Víctor Flores Olea y Enrique González Pedrero principalmente. Me atiborraron de marxismo y luego los miré en el PRI disfrutando de cargos oficiales de excepción, mejorando día con día sus haciendas personales. Ya están de regreso y quieren decirme que son la “revolución”, la “izquierda”. Son todos ellos un insulto a la inteligencia, a la dignidad. Están donde mejor les va, el país es un botín. Punto”. 7

Los maestros

Al terminar sus estudios en la Facultad de Ciencias Sociales en la UNAM, fue con su esposa Rosario Casco a Francia, ambos realizarían un posgrado.

Me fui a Francia cuando había ganado Luis Echeverría, eran los 70; todavía vivía De Gaulle, pero estaba delicado, a punto de morir, existían aires del 68. Los muchachos salían a la calle, gritaban, publicaban fórmulas para hacer cocteles Molotov, te indicaban cómo apedrear policías, era un país todavía muy combativo. Al poco tiempo de llegar a París, Luis Echeverría decidió hacer una gira por Francia, así que reunimos a los mexicanos de por allá junto con algunos franceses avanzados, unos comunistas, otros trotskistas y logramos hacer un mitin en contra de la presencia de Echeverría, recordando lo de Tlatelolco y el halconazo.

A cada pregunta que se le hace al escritor, éste moja sus labios, sonríe y pronto contesta. Hay veces que su mirada se pierde en sus adentros, otras mira fijamente a su interlocutor, y unas más voltea a ver a la izquierda. Sin duda, René es un gran viajero. Es emocionante escucharlo hablar de sus idas y venidas por el mundo. Para muchos escritores viajar siempre es fructífero, para René esta idea lo desconcierta un poco:

La verdad, Europa no me sirvió más que para leer. Estuve tres años en París y escribí un cuento nada más -que podemos llamar de ambientación francesa o que ocurre en París-. El eje de todos mis cuentos y textos es la ciudad de México o la UNAM, que son los sitios donde mejor me he sentido. Pero lo he pensado, viendo a amigos que están tres días en Berlín y de pronto desarrollan largas novelas sobre el lugar, yo no puedo.

A principios de la década de los sesenta, René comenzó a escribir sus primeros cuentos, se autodefine como cuentista más que novelista. Junto con el escritor José Agustín y Parménides García Saldaña iniciaron el taller con tres grandes de las letras mexicanas: Juan Rulfo, Francisco Monterde y Juan José Arreola. René obtuvo la beca del Centro Mexicano de Escritores. De esos tres grandes maestros, Arreola era quien lo impactaba y es que, como lo ha llegado a afirmar Emmanuel Carballo: “Arreola nació adulto para las letras, salvando así los iniciales titubeos. Poseedor de un oficio y de una malicia, dueño de los secretos mecanismos del cuento, rápidamente se situó en primera línea. Desarrollando contrastes, poniendo ejemplos -fábulas-, saltando de lo lógico a lo absurdo y viceversa, dejando escapar sigilosamente la ironía, Arreola ha venido construyendo un nuevo tipo de cuento”.
René cuenta cómo por una simple coincidencia, ingresa en el taller de Juan José Arreola:

Fue José Agustín el que me anticipó que su hermana mayor había conocido a Arreola, su hermana era actriz, y entonces Agustín me dijo que Arreola nos iba a recibir, y ahí vamos a buscarlo. Le platicamos, le mostramos nuestros materiales y Arreola se emocionó con una verdadera vocación de maestro, asombrosa y nos dijo: Hagamos un taller y una revista (fue Mester), les avisamos a nuestros compañeros y así empezó el taller de Juan José Arreola en esa última etapa, en su departamento, en la colonia Juárez y casi enseguida saltamos al Centro Mexicano de Escritores. No sé si fui el primero o el segundo, no, el primero en obtener la beca fue Alejandro Aura, luego la gané yo, luego José Agustín y así la conseguimos todos o casi todos los miembros de mi generación. Arreola, Rulfo y Monterde eran los profesores. La amistad se mantuvo, y Arreola siguió con nosotros sacando la revista mensualmente hasta que llegó al portentoso número de trece o catorce números.

Arreola fue un maestro en todos los sentidos. De memoria prodigiosa, talentoso y virtuoso con las palabras, Arreola sorteó con maestría a sus críticos, incluso, se anticipaba a ellos: “La acusación tan reiterada que se me ha hecho de manierista, de amanerado, de filigranista, de orfebre, lejos de ofenderme, me halaga. Dentro de mi experiencia personal, incluso en mis textos juveniles hay algunos pasajes en los que reconozco que he conseguido mi propósito. Lo que yo quiero hacer es lo que hace cierto tipo de artistas: fijar mi percepción del mundo externo, de los demás y de mí mismo”.
Arreola trató de mantenerse rodeado de libros, lector voraz era cuestionado por escribir poco, lo mismo que Juan Rulfo. En una de tantas veces que se le cuestionó, el Maestro reflexiona: “Tal vez mi obra sea escasa, pero es escasa porque constantemente la estoy podando. Prefiero los gérmenes a los desarrollos voluminosos, agotados por su propio exceso verbal… He escrito poco porque me limito a extender la mano para cortar frutos más o menos redondos. Sólo en casos muy contados he hostigado una idea. Los cuentos se me plantean como oleajes, ritmo, marea. Me gusta reflexionar en la necesidad de que las abstracciones se vuelvan concreciones, porque es una especie de nostalgia de belleza y de forma”.
Juan José Arreola trató de mantenerse rodeado de alumnos, eso sí, buscaba que fueran talentosos, René se emociona cuando habla sobre Arreola, lo hace con afecto, con gratitud:

Juan José Arreola era muy cordial, muy afable, muy simpático. Con un ingenio extraordinario, un talento verbal inaudito, yo nunca he visto algo semejante. Y sabes, se ponía mucho más brillante cuando había una mujer. Eso me llamaba la atención. Si el público era sólo formado por hombres, Arreola era brillante, pero si en el público había una sola mujer, una sola, entonces Arreola era particularmente brillante y bueno, los resultados eran muy evidentes: tenía con frecuencia relaciones con las alumnas, las más guapas. Pero en general era un hombre muy generoso, sin duda perdió la memoria al final (y aquí René suelta una risa sonora y explica:) porque en el último homenaje que se le hizo -que fue en Guadalajara-, participamos Alejandro Aura, algunas de las hermanas Gómez Haro, yo, y Arreola en el centro. Yo vestía traje y corbata y comencé a hablar -Arreola tenía tiempo de no verme-, leí un texto cordial, solemne, medio académico sobre él. Cuando terminé de leerlo Arreola tomó la palabra y dijo: Ah, recuerdo a René por su fineza, su elegancia… y así se fue con elogios a mi persona, hasta que alguien le dijo, No maestro, ¿no recuerda? René era el más borracho, incluso llegaba ebrio a las sesiones literarias, se robaba las botellas de su casa. (René suelta una sonora carcajada). Fue muy chistoso. Yo me llevé muy bien con él, al final incluso me pidió, casi me rogó -te lo puedo decir-, que lo tuteara, no me atrevía, le tenía mucho respeto. Por último lo exigió y terminamos tuteándonos. A Rulfo siempre le hablé de usted.

Y hay algo de nostalgia en la voz de Avilés Fabila, voltea ver al reportero cuando éste le pregunta por Juan Rulfo y con otra sonrisa en el rostro contesta:

Recuerdo con cariño a Rulfo, lo recuerdo muy bien. De todos nosotros (los del Centro Mexicano de Escritores), creo que fui el que mejor se llevó con él. Porque a Rulfo no le gustaba José Agustín ni su literatura y constantemente le hacía pullas y bromas pesadas y claro Agustín no se dejaba, también le respondía.
Yo respetaba mucho a Juan Rulfo. Y descubrí, bueno, no lo descubrí yo sino fue José Emilio Pacheco el que me lo contó, que Rulfo era un hombre muy culto pero que no le gustaba vanagloriarse, no le gustaba la vanidad y citar nombres y libros. Yo solía, al terminar la clase, los miércoles, acompañarlo un rato a caminar por Insurgentes, y así fui descubriendo a Rulfo, y me enseñó un montón de autores que desconocía, sobre todo brasileños, que los mexicanos mal conocemos.
Entonces lo recuerdo como un hombre generoso, duro a veces con sus comentarios, conmigo lo fue a medias, con José Agustín fue demoledor, y es donde notas a un Rulfo agresivo, peleonero.

Nuevamente la voz de Avilés Fabila cambia de tono al pedirle que hable sobre su tercer maestro, Francisco Monterde:

Francisco era, como dicen las abuelitas, un pan, muy dulce, culto, erudito. Fanático de los detalles, de la puntuación, de la sintaxis, de evitar las repeticiones. Era él el que realmente hacía la parte formal del taller y lo mismo, era un hombre generoso. A él le dedique un libro, se lo llevé y a los dos o tres días me buscó con una carta dándome las gracias. Era un hombre fino, de otra época, realmente de otra época.

Uno de los temas que más ha preocupado al maestro Avilés es el de las mafias culturales mexicanas. Ha sido un crítico feroz de las mafias que se han creado en los suplementos culturales, incluso, su primera novela, fue demoledora con lo que a finales de la década de los sesenta se llamó la Mafia. Su novela Los juegos es un retrato del México Cultural de esa década, que buscando cargos culturales en el Estado y aprovechando sus talentos en cualquiera de las bellas artes, se beneficiaban del erario público, se otorgaban premios y becas, beneficiaban a sus amigos o aduladores y marginaban a los disidentes o los distintos. René respira profundo cuando se le pregunta sobre la importancia de las mafias culturales en estos tiempos mexicanos y responde:

Creo que sigue siendo una especie de mal necesario. Cuando empecé a escribir recuerdo haber leído panfletos y libelos muy virulentos contra lo que se consideraba la mafia de esos tiempos, por ejemplo, contra Contemporáneos, contra el grupo de Alfonso Reyes. Después, contra la mafia de Fernando Benítez, Carlos Fuentes, José Luis Cuevas, Carlos Monsiváis, y vi viendo que era muy normal que los grupos se fueran reuniendo por afinidades, por simpatías ideológicas, porque se caían bien, que sé yo y que se criticaran entre sí. Actualmente se siguen formando estos grupos, te puedo decir que Jorge Volpi encabeza una mafia, que Ignacio Solares encabeza otra, que hay afinidades entre ambos grupos, se protegen, se cuidan, se ayudan y bueno desde ese punto de vista uno no debería estar tan desprotegido, siempre tendría que estar amparado por amigos poderosos, ¿no?
José Agustín es el que me lo hace notar hace muchos, muchos, muchos años, en su casa en Cuautla, me dijo “a nosotros nos han ninguneado mucho, nos han apabullado porque no supimos formar un grupo, no hicimos una mafia”. Y la verdad nunca la hicimos. Tiene razón. Hemos dado una larga batalla y algunos hemos podido sobrevivir.
Tratamos, en alguna época posterior, de reorganizar a todos aquellos que habíamos formado parte del grupo original pero no fue posible. Nos reuníamos en casa de Alejandro Aura unos cuantos, y se supone que la revista Mester iba a reaparecer, no, cada quien tenía su propio tipo de vida, sus propios intereses, incluso había diferencias entre nosotros. Cuando estuve en el suplemento El Búho le abrí las puertas a medio mundo. La verdad es que admití cosas hasta de gente que no tenía talento, aunque poblé el suplemento de auténticas personalidades de la alta academia y de la mejor cultura del país. Es posible constatarlo.
Fin de la primera parte.

Notas:
1 Vieja grandeza mexicana. Nostalgias del ombligo del mundo. René Avilés Fabila
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3 Ídem
4 Ídem
5 Ídem
6 Autobiografía breve. René Avilés Fabila
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