REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Fulminado por la letra


Álvaro Ancona

Entrevista a Jorge Luis Borges
Entre ficción y realidad

— ¿Cuál considera, entonces, que fue la mejor etapa de su vida?
—Mi historia no es tan brillante como pudieran imaginarse, jóvenes. Obtuve cierta popularidad en vida, pero en un círculo intelectual bastante limitado. Recibí decenas de premios y doctorados honoris causa en todo el mundo, pero si ustedes preguntaran hoy, a cien personas al azar en la calle sobre el título de alguna de mis obras, les aseguro que solamente una o dos podrían citarlo. Las demás mencionarían Cien años de soledad o Instantes. Es un fenómeno muy curioso. La gente sabe, o ha escuchado hablar del escritor Jorge Luis Borges, pero no ha leído nada de él, con excepción, como les decía, del poema Instantes, mi más famosa obra que jamás escribí. No sé por qué ese poemita me ha sido adjudicado. En realidad, es de Nadine Stair, una escritora norteamericana y, con todo respeto para la autora, es bastante malito, no tiene el menor valor literario, es profundamente contradictorio y yo no lo escribí. Es doloroso, aunque en el fondo me divierte.
Una de las razones por las que he sido poco leído, es porque jamás escribí una novela. Fui básicamente poeta y narrador de historias; quizá un poco filósofo, aunque más bien me calificaría como analista de la filosofía; incluso en Argentina, no fui conocido hasta la década de los cuarenta, cuando ya tenía más de cincuenta años de edad.
En mi propia patria obtuve primero cierta reputación por oponerme al régimen dictatorial de Juan Domingo Perón, y luego, por la publicación de mis libros de narraciones El jardín de los senderos que se bifurcan y El Aleph. A pesar de todo, mis compatriotas me calificaban como crítico y me conocían más que por las obras, por mi amistad literaria con escritores conocidos como Adolfo Bioy Casares y Victoria Ocampo.
Mi momento llegó hasta la década de los sesenta, en la que algunos de mis libros empezaron a traducirse al francés y al inglés, y recibí el premio Formentor, compartido con Samuel Beckett.
— ¿No fue en esa época cuando se le empezó a conocer como el padre fundador del Realismo Mágico?
—Algunos críticos me adjudicaron esa etiqueta, con la cual nunca estuve de acuerdo. Esa expresión fue utilizada en el mundo de la pintura alemana para describir un estilo conocido como Nueva Objetividad, pero, en la década de los cuarenta, fue rebautizada como lo Real Maravilloso, por el cubano Alejo Carpentier, para describir la literatura latinoamericana de ese tiempo que se alejaba del realismo narrativo. Posteriormente se convirtió en una fórmula académica que designaba una corriente específica dentro de la literatura, trascendiendo finalmente como Realismo Mágico.
Nunca me sentí identificado con esa etiqueta. Fui un escritor argentino, cien por cien, intenté ubicar dentro de un nivel lógico todos los conceptos, utilizando un lenguaje sobrio, directo y mesurado. Eso me ponía fuera de la receta del Realismo Mágico que predicaba una literatura sensual y tropical, de gran imaginación, llena de artificios y malabarismos. Afortunadamente, en 1967 García Márquez publicó la obra toral del Realismo Mágico, Cien años de soledad, y se llevó la titularidad de la fórmula.
— ¿Cuántos idiomas habla? —preguntó Calíope.
Durante mi vida en este mundo, hablaba español; inglés como lengua materna; francés por mis años en París y Ginebra; anglosajón; alemán, y antiguo escandinavo por terco y ocioso.
Quizá por eso, por mis traducciones al inglés y al francés fui reconocido, primero en Europa y después en los Estados Unidos. Los americanos me adoptaron en la mitad de los sesenta. Eso debo agradecerlo a un ensayo que publicó John Updike en la revista The New Yorker en el sesenta y cinco. Me presentó al mundo como autor de una obra inteligente y entretenida, comparada con la narcisista y baladí literatura norteamericana de la época. Fue entonces cuando los argentinos empezaron a hablar elogiosamente de mi trabajo, aunque dudo que muchos lo conocieran.
También puedo atribuir el tardío reconocimiento de los argentinos, a que en ese tiempo Juan Domingo Perón estaba destruyendo la cultura de Argentina y todos sufrían la represión. Yo no comulgaba con la idea peronista, y en mis últimos años fui odiado por mis ideas conservadoras por los políticos de izquierda. Principalmente, por apoyar con mi pluma la llegada del régimen militar en 1976. Hoy puedo decirte que mi actitud en esos días se debió a mi antagonismo con Perón y, a que ignoraba en mi ceguera física y política, los excesos y crímenes que los militares habían cometido. En 1980 aclaré mi posición, manifesté mi repudio al terrorismo y a la represión que el gobierno había implantado como sistema. Declaré también mi antagonismo esencial a un gobierno nacionalista y católico. En esa época difícilmente me reconocía yo mismo como cristiano.
—Georgie, platíquenos un poco sobre su vida amorosa. Casi todos sus biógrafos coinciden en calificarlo como un hombre solitario y melancólico, con cierta dificultad para relacionarse con las mujeres.
—Ésa es una demostración de la abismal diferencia, entre lo que uno es realmente y lo que la gente puede percibir a través de sus escritos o de sus actos. Fui un romántico apasionado. Pasé la mayor parte de mi vida enamorado de una o de varias mujeres a la vez, pero consideré que mis pasiones eran asunto íntimo, por eso no hablaba del tema, no lo reflejé en mi poesía. Hoy no me importa confesar que nunca logré establecer relaciones profundas con mujer alguna, excepción hecha de mi madre, a la que no tenía que confesarle mis sentimientos. Ella los conocía de antemano, quizá mejor que yo mismo. Viví casi toda mi vida junto a ella. Cuando perdí la vista me cuidó de manera conmovedora: se encargaba de mis asuntos financieros, transcribía mis escritos, me leía todo lo que le solicitaba, cuidaba de mis intereses ante las editoriales y periódicos con los que colaboraba. Cuando falleció, tenía yo un prestigio muy sólido como escritor. Los argentinos me consideraban de su propiedad y me entrevistaban casi todos los días; ese continuo fluir de entrevistas fue la manera de escribir durante mis últimos años de vida. Vuelvo a la pregunta de Calíope, que como todas las mujeres está interesada en la vida sentimental de los hombres. Aunque no lo plasmé en mis escritos, amé profundamente a muchas mujeres y en algunas ocasiones fui correspondido.
Quise sin cortapisas a Estela Canto y tuvimos liberales relaciones físicas, aunque ella, buscando popularidad, me haya calificado de impotente en su libelo Borges a contraluz.
Fui asiduo asistente a los burdeles en mi juventud, me agradaba mucho tener relaciones físicas con prostitutas. También tuve amores profundos que dejaron la natural huella en mi formación. El primero fue una jovencita de dieciséis años, Concepción Guerrero, una muchacha pobre de origen andaluz a la que declaré mi amor y fui ampliamente correspondido. Concepción fue la musa que engendró Fervor de Buenos Aires, el primer libro que me publicaron. Se inspiró en las pequeñas calles y arrabales de Buenos Aires, igual que nuestro amor. Ofrecí matrimonio a Concepción y aceptó, pero mi padre tuvo que viajar a Suiza para atenderse del mal de la vista que me heredó, y me llevó con él. Cuando regresé a Argentina, el amor se había sosegado. Amé también a María Esther Vázquez con quien compartí, a pesar de llevarle cuarenta años de edad, muchos viajes y muchos proyectos literarios. Jamás entendí por qué razón se casó con Horacio Armani. Después de esa dolorosa decepción amorosa, me refugié en amigas cercanas con quienes viajé y compartí mis aficiones literarias. Por supuesto, amé también con pasión encendida a Elsa Astete, pero cometí el error de casarme con ella. Era muy diferente a mí, el matrimonio resultó un amargo fracaso. Me casé afectado por el rechazo y el matrimonio de María Esther, pero éramos agua y aceite. Con Elsa viví un tiempo la vida normal de hombre casado. Me cuidaba, me preparaba la comida, me acompañaba por la vida, pero no aportaba pasión. Me sumergió en un letargo creativo que culminó con la lógica separación.
— ¿Fue su único matrimonio?
—No. El gran amor de mi vida fue María Kodama, con ella me casé dos meses antes de mi muerte en Ginebra. María fue mi última compañía. La conocí desde que era una niña. Se interesó en todas mis actividades, desde muy joven empezó a estudiar anglosajón conmigo. Nuestra primera afinidad cultural fue la mutua pasión por el estudio del escandinavo. Durante una larga época, en la que me dediqué a viajar huyendo de las atrocidades que a diario veía en mi patria, María fue interesante compañera, y espléndida guía para mi ceguera. Me dio el inesperado don del amor en mis años seniles. Muchas veces le ofrecí matrimonio pero jamás aceptó. Juntos pactamos que antes de mi inminente muerte contraeríamos matrimonio. Así lo hicimos.
— ¿Conoció usted a Alfonso Reyes?
—Por supuesto que lo conocí. Sostuve una cercana amistad con él. En el veintisiete, si no mal recuerdo, Alfonso fue nombrado embajador de México en Argentina, y vivió en Buenos Aires hasta 1930; había oído hablar de él con mucho entusiasmo a mi dilecto amigo Pedro Enríquez Ureña; incluso había leído su libro de Ensayos sobre estética, que me pareció admirable. Reyes venía de España, a sus cuarenta años había realizado una espléndida edición de La Fábula de Polifemo y Galatea de Góngora; había escrito también un libro sobre el poeta cordobés y numerosas traducciones al español. Cuando llegó a Buenos Aires, fui designado para dar un discurso de bienvenida. Durante la comida pude charlar con él. Unos días después, me invitó a visitarlo a la embajada y entablamos una gran amistad. Alfonso Reyes fue uno de los grandes literatos de Latinoamérica del siglo XX, y un personaje muy divertido. Era muy bajito de estatura y bastante gordo, pero su claridad de mente y su alegría natural, lo hicieron popular entre el gremio femenino. Era amigo de las polleras y romántico con cualquier dama que se le pusiera enfrente. Tenía un agudísimo sentido del humor. Conversar con él, resultaba delicioso. Recuerdo también a su esposa, Manuela, mucho más alta que él. Alfonso decía que la había desposado porque le ayudaba a bajar los libros de los estantes más altos de la biblioteca. Aunque no lo crean, Manuela tenía un álbum con las fotografías de todas las amantes de su marido, y lo mostraba orgullosa a los visitantes.
Reyes tenía un estilo puro y simple, una manera de expresar sus ideas muy directa y clara, alejado siempre del barroquismo tan en boga en aquellos años de mi juventud.
— ¿Cómo fue que decidió ser escritor?, ¿quiénes influyeron en su estilo?
—La primera influencia que recibí fue de mi padre, me heredó una vasta biblioteca. Fue un abogado con grandes inquietudes intelectuales que sacaba al exterior enseñando psicología, disciplina que siempre le interesó. No permitió que fuera a la escuela hasta los nueve años, ya que siendo agnóstico, desconfiaba de la educación religiosa que proporcionaba el Estado. Mi educación se inició en la biblioteca de la casa de Palermo. Recuerdo los grandes libreros protegidos con cristales, en los que abundaba la literatura inglesa. Los primeros libros que leí fueron: Huckleberry Fynn y las obras de Wells, Edgar Alan Poe, los Hermanos Grimm, Dickens, Cervantes y Lewis Carroll. Gran influencia tuvo en mí la lectura de Martín Fierro, obra poética del siglo XIX de José Hernández. La leí a escondidas de mi madre. Otros escritores de gran importancia en mis primeros años fueron los ingleses Shelley y Keats, y por supuesto, Dumas, George Moore y Jack London.
Según mi madre, a los seis años declaré que pretendía ser escritor. Cuando empecé a ir a la escuela tuve mi primer contacto con el lunfardo, pero mi educación esencial la obtuve en casa. Mi padre, desde los diez años, me hablaba de filosofía y de teorías matemáticas que me indujeron el escepticismo epistemológico. También influyeron en mi educación los amigos de mi padre y sus conversaciones licenciosas.
En 1909, con escasos diez años, publicaron mi primer trabajo en el diario El País de Buenos Aires. Una traducción al español del Príncipe Feliz de Oscar Wilde. En 1914 me fui con toda la familia a Europa. Visitamos Inglaterra y París; nos instalamos en Ginebra. A los quince años ingresé al College Calvin y aprendí francés leyendo a escritores como Solá y Victor Hugo. En ese tiempo leí con avidez a Edward Fitzgerald, a Thomas Carlyle y a Chesterton. Aprendí alemán y leí a Schoppenhower y a Friedrich Nietzche. Mi primer encuentro con los filósofos fue por influencia de Walt Whitman, quien me dejó marcado.
—El impresionismo alemán representó el estímulo fundamental hacia la poesía; gran influencia tuvieron en mi incipiente literatura poetas como: Wilfred Owen, Siegfried Sassoon, Becher, Wilhelm Klemm y otros surgidos durante la guerra. Cuando cumplí diecinueve, mi padre me regaló a petición propia por supuesto, una enciclopedia alemana. La leí completa e influyó de manera importante en mi formación.
Años después viajamos a España, empezando por Mallorca, donde me relacioné de inmediato con poetas y escritores, entre los que puedo recordar a: Juan Alomar, José Luis Moll y Jacobo Sureda. Pasamos unos meses en Sevilla donde vi publicado mi primer poema. Fue en una revista literaria llamada Grecia. Llegamos a Madrid y ahí conocí a Rafael Cansinos-Assens, un versátil lingüista que dominaba más de diez idiomas y acostumbraba promover a jóvenes escritores. Nos reuníamos las noches de los sábados en el café Colonial. Ahí se inició el movimiento conocido como ultraísmo, palabra inventada por Cansinos–Assens. Proponía fundamentalmente renovar la literatura y buscar la ultra actualidad, a la manera que lo hacían el pensamiento político y artístico. También recibí la influencia de Ramón Gómez de la Serna, inventor de Las Greguerías.
—Disculpe mi ignorancia Georgie —dijo Calíope—, pero no alcanzo a comprender el significado de ultraísmo.
—Era la versión española del llamado futurismo. Más que una corriente, era una forma de pensar. Fluía de las conversaciones informales más que de la estética. Coincidió en la época de la posguerra con el expresionismo y con el dadaísmo que surgió en Berlín, y que dio origen en París al surrealismo impulsado por André Bretón.
Ésa fue mi formación en Europa. Al regresar a Buenos Aires encontré una ciudad mucho más grande que la que dejé. Me dediqué a reencontrarme con mi patria y a escribir. En un principio recibí la influencia de Macedonio Fernández, un amigo de mi padre de inclinaciones anarquistas y rebuscada personalidad. Con mi entusiasmo ultraísta produje la revista mural Prisma, y posteriormente, junto con un grupo de intelectuales argentinos fundé la revista Proa.
Si vos te sentís frustrado por la indiferencia de las editoriales hacia tu trabajo, permitime contarte cómo distribuí mi primer libro, Fervor de Buenos Aires. Hice una edición de trescientos ejemplares financiado por mi padre, y convencí a Alfredo Bianchi, que recibía muchos visitantes, para que introdujera a escondidas un ejemplar en el bolsillo de los sobretodos que dejaban colgados en la sala de espera.
En ese tiempo, a pesar de otros viajes que realizamos a Europa, había encontrado en mi propia patria el lugar en el que quería convertirme en escritor. Gradualmente abandoné el ultraísmo que yo mismo había importado de España, me aparté del modernismo latinoamericano de escritores como Rubén Darío, y me sumergí en el criollismo. Escribí a las calles y arrabales de Buenos Aires.
—En mi vida, en mi literatura, tuvieron mucho que ver los idiomas, los viajes, mi ceguera y el insomnio. Los libros fueron una verdadera universidad, me gustaría saber cuántos leí. La colaboración en revistas literarias me dio el oficio de escritor en la década de los treinta; en ese tiempo publiqué mis primeros libros. Dejé la poesía y empecé a cultivar la prosa. Extravié mi pasión literaria por los arrabales y el lunfardo, y me involucré inconscientemente en la metafísica. Me hice amigo de Adolfo Bioy Casares y de Néstor Ibarra, un joven vasco de ascendencia argentina, que tradujo gran parte de mi obra al francés y me dio a conocer más allá de las fronteras de mi patria. Bioy, un jovencito de menos de veinte años, compartía conmigo la predilección por los autores ingleses como Conrad o De Quincey. Fue uno de mis mejores amigos. Una parte importante de mi formación como escritor se debió a las traducciones que hacía para diferentes revistas, de ensayos y artículos de Chesterton, Kipling y Wells. Te aseguro que para hacer una traducción válida de cualquier autor, es necesario ir mucho más allá del conocimiento de los idiomas que estás correlacionando; hay que introducirse en la mente del autor, comprender sus motivaciones y lo que trata de expresar. Eso te deja una enseñanza que no podés aprender en ninguna escuela.
Me relacioné en los treinta con Federico García Lorca y con Pablo Neruda, pero jamás mantuve una amistad estrecha con ellos. García Lorca era un poeta lírico andaluz de gran fama en esos años, un poco jactancioso y superficial, demasiado español. Pablo era poeta de alta sociedad, con un concepto literario completamente diferente al mío. Yo empezaba a buscar mi camino en las obras de ficción.
Otra de las vías de mi formación literaria fueron las reseñas cinematográficas. El incipiente arte tenía una gran importancia en ese tiempo. Asistía regularmente al cine, el nuevo medio de expresión me fascinaba y tuvo gran influencia en mi literatura. Respondía involuntariamente a dos de las más profundas necesidades del ser humano: mezclaba lo épico con lo melodramático. Dediqué muchas horas a escribir reseñas para películas como Luces de la Ciudad, de Charles Chaplin.
A principios de los cuarenta escribí un par de cuentos que tuvieron aceptación en Argentina y movieron los cimientos literarios del momento. Quizá los hayas leído: “Pierre Menard, autor del Quijote” y “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”.
Tlön empezó con una disertación de Adolfo Bioy. Consultó en una rara enciclopedia americana de principios de siglo, la famosa declaración originada en Uqbar, un país desconocido ubicado en Asia. Decía que: los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de hombres. Una segunda declaración de un habitante de ese país rezaba: el universo visible es una ilusión o un sofisma. Los espejos entonces, junto con el acto sexual son abominables porque lo multiplican. Este cuento reflejaba en cierta forma la esencia de la mayoría de mis obras. Lo que podemos ver o sentir los seres humanos es irreal, un espejo; la reproducción de otro hombre a través de la cópula, es desconfiable por antonomasia. Ergo: sólo podemos confiar en la ficción, que elimina esa realidad inexistente y se convierte por lo tanto, en la verdadera realidad, que no es otra que la misma ficción.
—Maestro, usted vivió en una época en la que la palabra escrita tenía un significado superior a la que posee ahora. Los medios de comunicación electrónicos como el cine, la televisión, y las computadoras, se disputan el tiempo con la literatura tradicional plasmada en libros escritos, ¿cree que el amor a los libros va a perdurar para siempre?
Borges meditó como de costumbre durante un breve lapso y respondió.
—Un libro, mi querida niña, ha sido y seguirá siendo en el futuro un objeto con alcances sagrados. Los filósofos griegos se divulgaron a través de la elocuencia y la defendieron alegando, que la escritura hacía que la gente descuidara el ejercicio de la memoria y dependiera para su conocimiento de símbolos; textos escritos que no podían responder preguntas; argüían que un maestro podía seleccionar a sus alumnos de acuerdo a su nivel intelectual, pero que un libro no podía escoger a sus lectores. Éstos podrían resultar unos verdaderos atorrantes.
Algunas de estas teorías están sustentadas en la extraordinaria expresión del más grande de los maestros de la elocuencia: Jesús. Jamás escribió, transmitió su filosofía a través de la voz. Recuerdo las palabras de Clemente de Alejandría en el tratado Stromateis: escribir en un libro todas las cosas, sería como dejar una filosa espada en las manos de un niño. A pesar de estas conjeturas, que propugnaban por la transmisión del conocimiento a través de la oratoria, gradualmente se consolidó el proceso mental, que dio como resultado el predominio de la palabra escrita sobre la elocuencia verbal. Triunfo indiscutible de la pluma sobre la voz.
A través de los tiempos se han expresado conceptos esenciales sobre el significado de la letra impresa: la declaración de Mallarmé de La Odisea, dice que el mundo existe para llegar a un libro, o la idea sagrada de que Dios transmitió sus ideas a los hombres a través de la Sagrada Escritura. Este concepto se repite en todos los principios religiosos que atribuyen a un libro las indicaciones de su Dios; para los musulmanes es El Alcorán, para los judíos, La Biblia. El pensamiento de que Dios había escrito un libro, llevó a los cristianos a pensar que en realidad había escrito dos: el volumen de las Sagradas Escrituras que revelaba Su voluntad, y el volumen de las criaturas que revelaba Su poderío, llave para comprender y seguir el primero. Carlyle afirmó que la historia de la humanidad no era otra cosa que una escritura sagrada que los hombres intentamos descifrar y escribir, pero en la que también somos escritos. En fin, el mundo, el universo, la vida misma del hombre según Mallarmé, existiría para poder llegar a un libro. Para León Bioy, los seres humanos somos palabras o letras de un libro mágico. Ese libro que nunca deja de escribirse es la vida.
Como podés ver, Calíope, los libros simbolizan la historia de la humanidad, su trascendencia. Dudo que algún moderno medio de expresión electrónico pueda llegar a sustituirlos. Lo que es un hecho, es que dichos medios han afectado a generaciones completas, que leen menos que antes por causa de la televisión y el radio, pero que siguen leyendo. Seguirán en el futuro construyendo sus imágenes particulares alrededor de un texto. No existe programa electrónico capaz de superar la magia de El Quijote, el lenguaje excelso de Shakespeare, o la ternura lírica de Huckleberry Fynn.
—No olvidés que la literatura siempre estará llena de enigmas y que es labor del escritor intentar descifrarlos y transmitirlos a sus lectores. Busca encontrar en tu pluma algún símbolo de poder, que penetre y se apodere de la imaginación de los lectores, como Homero tuvo a Príamo; Sófocles, a un rey capaz de descifrar los enigmas; el Dante, la rosa paradisíaca y los nueve círculos infernales. Cervantes utilizó como símbolo de poder el andar perenne del Quijote; Melville lo encontró en la dualidad odio-amor hacia la ballena blanca; Kafka, en sus sórdidos laberintos. No podés formar parte de la literatura universal sin hallar un símbolo que represente tu búsqueda.
El lenguaje es algo artístico, inventado antes de la existencia formal de la ciencia. No podés encontrar una fórmula científica para tener éxito escribiendo. La única forma de trascender es, basar tu búsqueda en el arte, en la estética y en el fondo de tus sentimientos. Permite a tu alma delirar, convertirse en una sala de teatro con sus propios actores y público. Tenía razón el persa Umar Khyyam cuando sustentó que la historia de la humanidad es solamente una representación del Dios de los panteístas, que escribe un guión, representa y después contempla para matar el tedio de la eternidad. Sé que te habéis estado cuestionando si es realidad esto que está sucediendo, si el Gran Jurado y los escritores que te han visitado son una realidad o un caliente sueño provocado por tu ansia de escribir. No debés olvidar que sueño y literatura son sinónimos. Escribir es soñar, soñar es premisa indispensable para poder escribir. Los personajes de cualquier novela, para ser verosímiles, deben de mezclarse con la realidad del escritor. Cervantes conocía perfectamente al Quijote, creía en él como Alter ego de su enajenación literaria. Un personaje mal sustentado, o poco creíble, puede contaminar incluso la más sublime de las obras y restarle credibilidad hasta evaporarla.
Yo me olvidé de vivir, Calíope, dediqué la mayor parte de mi vida a leer, a escribir. Entendí que nada puede detener la obra de un autor si éste tiene algo que decir. Los propósitos, las teorías literarias, aún la prédica y el consejo de los que somos considerados escritores globales, son solamente estímulos. Tu obra tendrá que ignorarlos o contradecirlos finalmente. No permitás jamás que la razón se entrometa en tu trabajo, no pretendás que los símbolos en los que bases tu tarea sean afectados por el pensamiento lógico. Quizá para la razón, lo que te está sucediendo sea un escándalo que no podés transmitir a los demás sin que te tilden de orate total, pero si lo considerás solamente un sueño, entonces tendrá su propia lógica onírica. Podrás ensamblar las piezas de este rompecabezas, que vos mismo te has propuesto armar hasta el final.
Las palabras de Borges se fueron diluyendo en el aire espeso de la media noche, confirmando la dualidad sueño-realidad de que sucedía. El poeta argentino desapareció durante un breve parpadeo.