REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 11 | 2019
   

Confabulario

De cómo vivir un encuentro final


Franco Gariboldi

Toñito miraba siempre, mucho, constantemente, televisión. Prácticamente no existía programa del que no tuviese noticia, tipo o tipa famosa de quien ignorase su estado civil, y traste desnudo de chicas trepadoras que mostraban su casi toda entera piel siliconada en patéticos programas de ¿entretenimiento? Que no conociese en toda su pálida piel.
Su mujer, esposa, compañera, concubina, pareja o lo que demonios fuera quien lo acompañaba en el incomprensible camino de vida compartida, no sólo era tan adicta como él, sino que le hacía un resumen de lo visto mientras cocinaba y el pobre Toñito se la pasaba laborando en la fábrica.
Por eso los feriados, paros, huelgas, inactividad por linchamientos con represión incluida de no importaba cual sindicalista traidor en turno, eran festejados, pues significaban un día en familia compartiendo los gratos momentos que el televisor ofrecía a sus fieles adeptos.
En esas ocasiones Mari (La Mari o Doña Mari) debía a veces explicar cosas que los otros ignoraban, suponían en forma errónea o malinterpretaban por no estar tan al tanto de los detalles de las situaciones que ella dominaba.
Así, se le escuchaba responder en forma amable, mientras le alcanzaba un mate a su esposo:
-No, no. Es el primo pero de Sebastián, el de barbita que recién salió.
O bien:
-Ahora se arma- y aunque los otros (las dos nenas, el nene y él) estuviesen en el secreto de la que se iba a armar porque conocían la trama, no podían negar que esa realidad que veían superaba lo que La Mari les venía relatando en sus reseñas de la tarde.
Eran sumamente felices digiriendo todo lo provisto por la dulce cajita de los animados entretenimientos familiares.
No le hacían asco ni a las aburridísimas conferencias de prensa donde un tipo de bien desarrollada musculatura en las patas amenaza al contrincante del domingo venidero asegurando que “…saldremos a la cancha con la propuesta de ganar, porque la hinchada así lo pide…” y otras lindezas cuya exhaustiva lectura por parte del adversario lograría hacerlo prevenir sobre las reales intenciones del declarante.
Y era debido a que el jugador de Pie Pelota de hoy es el candidato a novio / amante / marido / fato / cosa / simpatía o macho de la Piba Tapa de Semanario en turno que ostentará sus rubíes falsificados, tetas a pagar y papada cerebral obligatoria.
Y la familia andaba bien así, sintiendo como a una más de ella a todos quienes aparecieran en el aparato, aunque fuesen morochas esculturales como indios telegrafistas, asesinos seriales o nietos del hombre lobo.
Por eso.
Por su vocación farandulera de espectadores profesionales y viciosos de la “entretención” es que no pudieron creer ser depositarios de tanta fortuna al ver que en la casa inmediatamente contigua a la de ellos, vacía desde hacía un par de meses, estaban unos tipos bajando muebles de un camión de mudanzas bajo la supervisión de... ¡Américo “Poncho” Lescano!
¡Américo “Poncho” Lescano! Los pibes no lo ubicaban bien, pues había ido desapareciendo paulatinamente de la pantalla hasta llegar a su retiro total hacía ya un largo tiempo.
Pero Américo supo significar algo importante en el nacimiento blanco, gris y negro de la telemanía, cuando al aparato se le compraba una funda plástica pintada con telúricos paisajes para cubrirlo de amenazantes polvillos entorpecedores de delicados circuitos internos, no se permitía a nadie hablar durante la emisión de cualquier programa (la gente imitaba gestos del cine, así que si de la calle llamaban a un espectador, le daban ganas de vomitar o parir, se iba agachadito, pidiendo calladamente permiso, mientras la azulina luz brillante del tubo iluminaba asombrados rostros de la familia, vecinos y otros incalificables que formaban su opinión sobre el mundo circundante viendo cow-boys bien intencionados, marines invasores pero románticos y agentes delatores, espiones que ganaban minas inalcanzables, amarillentísimamente rubiongas.
Era Américo “Poncho” de la época en que muchachones atrevidos y audaces abrían negocios en dudosos garajes antes ocupados por un remendón de mocasines y botitas que también vendía anteojos ahumados, colocaban un cartel hecho en madera liviana que indefectiblemente se doblaría y arrugaría en la primera lluvia, con la leyenda : “Pedro y Pablo. Antenistas. Trabajos garantidos. Todos los canales”.
La ciencia que detentaban era torcer el cable que habían atornillado a los polos de la antena con siete vueltas por cada metro, y orientar (desde el techo) uno la dirección de la antena, y gritar, el otro ( desde la sala de la casa) “Ahí no… ahí tampoco... ahí quiere... se ve a rayas... se ve mal el nueve... se ven bien el siete y el once... subila un poquito...”, mientras la familia contenía el aliento, a sabiendas que de esa operación altamente tecnológica dependía el éxito de las futuras recepciones de la programación.
Al culminar la tarea, no sólo se pagaba el riesgoso trabajo cibernético científico, sino que se convidaba con pasta frola de dulce de membrillo y mates con café a los profesionales, mientras ellos deslizaban sus tarjetas para ser recomendados a otros futuros afortunados vecinos que se animasen al crédito con garante en doce cuotas iguales y lograsen traer el donoso aparato a casa.
De esos días era Américo. De la inocencia de un chiste que se podía contar en la oficina, del aviso publicitario que mostraba al producto tal cual era realmente, acompañado de la vocecita de una tipa que lo tenía en las manos invitando a comprarlo.
Y no es que haya sido mejor ni peor. Fue un tiempo diferente. Y al ir cambiando, variando las exigencias del público, acentuando los comunicadores sociales tópicos distintos a los ya conocidos, varias “figuras” cayeron en desuso, produciendo una paulatina desaparición motivante del advenimiento de nuevos ídolos que la implacable sed de efimería no tardaría en consumir y descartar.
Así las cosas, Lescano se las ingeniaba para aparecer de vez en cuando en algún noticiero, semanario o corridillo de chismes, ya fuera por su afición a las juergas y timbas que le ocasionaba problemas de corte policial, por los negocios de espectáculos en que intentaba participar con regular fortuna, o por su manía de rodearse a no se sabía qué costo de gringuitas o negritas de fugaz trascendencia en cuya compañía se mostraba feliz, feliz, feliz.
Por eso, al comprobar Toñito la realidad importantísima con que iba a compartir desde ese momento sus días, se sintió embargado por demasiados sentimientos, intrigas y dudas que lo asaltaron en desbocado tropel.
¿Tan mal andaría de guita el otrora viajero del mundo, pasajero de grandes hoteles, encabezador de iluminadas marquesinas, para venir a recalar en ese suburbio de vecinos enganchados al video cable y calles de tuberculoso pavimento? ¿No lo irían a importunar, en ese descanso del guerrero de mil luchas televisivas, algunos, como la Gorda González de enfrente, que tenía un hijo imitador de cantantes folcloristas y con seguridad pretendería abusarse de su tranquillo don de gentes para recomendárselo? ¿Vendrían famosos famosísimos de la actualidad como Pocha Liberty, la de los sorteos de “Tardes con Liberty” a visitarlo?
¿Y algún extranjero, ya fuese una celebridad ajada o uno de esos irreconocibles coreanitos que son todos iguales, pegan las mismas patadas voladoras cuando destruyen el súper depósito de droga, billetes, tetonas rubias y malos que dicen “Rayios”.
No, no tenía idea la familia de quien respondería a los múltiples comentarios e intercambios de opiniones que surgieron en esa tarde, siendo tal su alboroto, desconcierto, zozobra e inquietud, que no miraron nada de nada de nada en la tele, y se la pasaron hasta que anocheció afuera, bien pegados al alambrado con ligustrín que los separaba y acercaba al divo, en una entrecortada enunciación de memorables recuerdos de todo lo producido por Poncho.
Los programas. Las propagandas. Las películas. Y vuelta a rememorar los programas. Las propagandas. Las películas.
Y a agregar algún olvidado título a la lista, a revivir escenas de tosca gracia de los enredos fílmicos del cómico.
Después de haber supervisado algunas cosas, se metió en la casa en compañía de dos adolescentes que parecían ser sobrinos o nietos, y no se lo volvió a ver. Al terminar de bajar el último bulto y retirarse los encargados de la mudanza, también se retiraron en su moderno autito los dos jóvenes, dejando a la familia presa de especulaciones sobre la identidad de los pibes, intentando adivinar de quiénes eran hijos.
Se discutió a instancias de la propuesta de Toñito, sabiéndolo solo al vecino, sobre la posibilidad de llamar a su puerta y ofrecérsele para lo que gustase ordenar, pero se consideró que quizás resultase inoportuno, dado el cansancio que tendría y el desorden general, por lo que se decidió aplazar el encuentro, quedando firmemente facultada mamá Mari a actuar en representación de la Cofradía Familiar y buscar el furtivo encontronazo, haciendo ostentación de sus dotes diplomáticas y negociadoras tan ampliamente comprobadas en la recolección de datos del vecindario y su posterior divulgación que daban origen a conocidísimos chismes luego repetidos en los antros barriales de la información paralela no oficial.
Desde temprano, haciendo como que estuviese regando plantas, ocupación considerada menos pueril que la de barrer o sacar la basura, vigilaría atentamente la salida del gastadito ídolo.
Tenían que ser ellos los detentores de la exclusividad, aquellos en quienes él depositase la confianza, guiándose por sus sanos y prudentes consejos para saber a cuales vecinos debería dar importancia y a quienes ni el saludo, cuales serían (ellos), llegado el caso (ellos) quiénes (ellos) lo podrían (ellos) acompa(ellos)ñar a cual(ellos)quier reunión (ellos) ya que ellos, ellos sí que habían sabido apreciar el fino arte humorístico de Poncho Lescano a lo largo de la trayectoria de tantas y tantas películas tildadas de estúpidas por los envidiosos de siempre.
Toñito no paró de hablar del trascendente suceso en la fábrica, principalmente en el horario del almuerzo, y hasta tuvo la feliz ocurrencia de recrear un gag, un chiste de uno de los filmes en que Poncho hacía el papel de un obrero, cayéndose con aparatosidad al resbalar.
Fue un éxito momentáneo. Si hasta los mordaces de siempre se lo hicieron repetir varias veces, con el comentario de “Te sale igualito, loco”, acompañado de miradas suspicazmente cómplices que él prefirió ignorar.
Diana (en honor a Lady Di, sí, qué quiere), su hermana Susana (adivinó) y Bernie (no me diga nada, yo no tengo la culpa) tuvieron menos suerte en sus comentarios, en parte porque sus grupos pertenecían a una generación que podía haber llegado a ver u oír alguna tontera de ese tipo que mencionaban, pero tenían ocupada la sesera en pibes y pibas más actuales que dominaban el idioma contemporáneo, nexo imprescindible para establecer una comunicación coherente entre vendedores y potenciales compradores manipulados.
Al regresar, impaciente por noticias Toñito a su hogar dulce hogar, fue recibido desde el portoncito con una sonrisa en el rostro e inquietud en las manos por parte de Mari, anticipando lo venidero.
No sólo habían hablado de todo, se habían reído y recordado éxitos pasados, sino que Lescano le obsequió un montón de fotos autografiadas, con dedicatorias, y...
Bueno. Esto era algo que solamente una mujer con el olfato, la sagacidad, el ánimo especulativo y el don de percepción conferido por una inteligencia superior podría llegar a decodificar.
-Preparate, viejo, para lo que te voy a decir.
Mirá que nunca le erro a un pálpito.
Y todo dicho sin la menor sombra de advertencia negativa, sino con el festivo tono de quien está por revelar una verdad asombrosa, auspiciosa, gloriosa y demás osas.
-Estábamos acá, hace un rato, a la tarde.
-¿Acá, acá mismo? -se quiso convencer el atribulado Toñito de hasta dónde Don Fama había llegado en su confianza vecinal.
-Sí, acá, porque yo le dije que sabía hacer escones de dulce de batata, y él me dijo que desde que murió su mamá que no los volvió a probar.
Así que nos pusimos a tomar mate dulce con escones mientras hablábamos y las vecinas, ya sabés cuáles (él hizo un gesto de entendimiento: el listado de la oposición política) no dejaban de pasar.
¡Ay, vieras! Me contó de lo mal que anda económicamente -se le desordenaba a ella el discurso, pues eran demasiadas cosas las que habían sucedido en un solo día ¡igual que en el último capítulo de las telenovelas, donde diecinueve meses de angustia se resuelven en media hora!- Es culpa de las mujeres que tuvo, pero ahora tiene una propuesta firme de filmar en México, y vos sabés que ahí pagan en dólares, así que no te extrañe que dentro de poco lo veamos forradísimo en guita.
Él se daba cuenta que contaban con información desconocida para el periodismo más avezado y atrevido del país.
-Pero de esas cosas vamos a hablar después con calma. Lo más importante fue que nos invitó a cenar, hoy, en su casa, pero además...
Sabiendo ella que al hacer una estudiada pausa lograría crear un clima de expectativa creciente por medio de la cual lograr la máxima atención del oyente, prolongó los puntos suspensivos, obteniendo del estupefacto Toñito una expresión de perplejidad combinada manifestándose en un barroco gesto de boca y ojos desusadamente abiertos con parpadeante tic.
-...y llegaron los chicos de la escuela, y una, que no es tonta, enseguida se da cuenta de lo que pasa.
Como ella cortó súbitamente su discurso, y él no terminaba de comprender los signos, preguntó:
-¿Y qué es lo que pasa?
-Pasa que Américo vio a Diana, a nuestra (enfatizó el nuestra, indicador de pertenencia, como si fuese necesario aclararlo ante un supuesto arrebatador oculto en la creciente penumbra del ligustrín) Diana, se puso pálido, blanco como la leche (no, si Mari también tenía su indeclarada vena poética), le dio la mano, la saludó diciéndole señorita, señorita, señorita y no le sacó los ojos de encima hasta que se fue, nervioso y turulato como si de pronto se hubiese encontrado con el ser de su vida.
Toñito, a decir verdad, sabía por las películas y las novelas la sensación de encontrarse con el ser de su vida, pues los pocos filtreos amorosos que mantuvo, incluido el que degeneró en casamiento, fueron mezclas de calenturas con acostumbramientos, pero nunca algo comparable a un flechazo causante de noches de insomnio, aborrecibles versos plagiados y rimbombantes declaraciones de amor imposible donde apareciese en forma original aquel “lucharemos contra el mundo”, siendo que al orbe le ha importado siempre tres carajos del pasado, presente y futuro de tipos y tipas que quieren convivir, vivir o ver nomás.
Quedó firmemente establecido, ante la irrefutabilidad de datos corroborados por las dos nenas y el muchachito, que el nuevo vecino quedó virtualmente deshecho, trastornado, impactado, demolido, trastocado, embalsamado, rendido, tulenco y hecho un trapo gris agujereado ante la arrolladora presencia de Diana.
Diana que ahora cobraba, a los ojos de sus progenitores, una dimensión increíblemente gigante. Si a sus dieciséis añitos era capaz de trastornar a un tipo tan andado y curtido como Américo ¿a qué llegaría en el futuro?
Toñito estaba aterrado con tantas novedades. Era sabido que el mundo farandulezco no tiene el mismo ritmo que el del común de los mortales. ¿Cómo reaccionaría, luego de la cena, si en dos días su nena le dijese “Papá, debo hacer el pasaporte porque me voy con Américo a México”? ¿No se trataría de una falsa lectura lo de la impresión causada?
Si Diana era eso, solamente una piba de dieciséis años, que encima debería aparentar menos en su uniforme escolar, con esas rubiecitas trenzas infantiloides, sin ningún maquillaje y las carpetas ornamentadas con musculosos cantantes centroamericanos medio amariconados por el abuso del gel, actual denominación de la endiablada gomina.
Decidió la familia en pleno estudiar concienzudamente el comportamiento del anfitrión esa noche, analizar cada detalle, inflexión de la voz, mirada furtiva, frase con doble intención, intento de caricia, predisposición al acercamiento, complicidad en el discurso, ostentación de actitudes de deslumbramiento que hiciese con la finalidad de atraerla a la piba, para luego poder establecer el verdadero significado del arrobamiento del ídolo.
Y de paso, como hablando por hablar, se podrían informar de primera mano sobre algunos sucesos del mundillo televisivo, entrando a familiarizarse con pormenores de famosos y famosas.
Apenas entraron se dio cuenta Toñito del impacto que su hija causaba en el nuevo vecino.
Como al descuido dedicó unos saludos y palabras de compromiso a los invitados, y mientras se hacía el gracioso dando a entender que se había esforzado en cocinar cuando en realidad acudió a la rotisería de dos cuadras arriba, no quitaba la mirada de la piba, que, vestida con lo mejorcito para la ocasión, parecía más crecida, más mayor, más alta, con más busto, ojos más brillantes, caderas más anchas, más de todo, y unos labios demostrativos de una sensualidad ignorada hasta por ella.
Desaparecidas las trenzas, caía su rubio (¡natural!) cabello en mansa catarata sobre sus hombros.
Nadie dejó de percibir que, siendo Américo el más conversador de la noche, iba toda la intencionalidad de sus dichos dedicada a ella, a despertar su curiosidad, llamar su atención, hacerse atractivo desde el punto de vista de la anécdota, las historias, los viajes, las aventuras.
Ellos poco decían, limitándose a preguntar, dándole más pie a él explayarse en su conversación. Además ¿qué podrían contar que no resumiese sus opacas, gastadas y rutinarias vidas en veinte frases? Preferían escucharlo, ir juzgando los futuros pasos a seguir.
Cuando, pasada la medianoche (¡y al otro día se tenía que laborar!) se retiraron, lo hicieron llevándose un arcón de anécdotas, inocentes unas, alegremente picarescas otras, que por lo visto ya ni los sobrinos le querían oír relatar al ex comediante.
Se enteraron, por ejemplo, sobre Beti Zamora, la actriz que de pronto había desaparecido hacía ya un par de décadas atrás sin dejar rastros, que había sido ella misma la causante de su desgracia, al intentar (con éxito) traicionar en amoríos a un nombrado director y guionista oficiante de promotor suyo, por un desconocido admirador.
O que tal película se había comenzado a rodar cuando apenas contaba con las primeras páginas del libreto, improvisándose la historia, mechando chistes tontos aquí y allá, metiendo gente a hacer cualquier cosa a la que se animasen, porque el fondo económico para filmar había sido otorgado prontamente.
Y quinientos doce chismes y comentarios más, cuyo conocimiento daba a la familia argumento pleno como para hablar durante varios días.
Ya no se trataba de oscuros sucesos barriales.
Los protagonistas de sus conversaciones serían directores, actrices, cómicos, libretistas, viejos verdes, músicos, animadores, la fauna televisiva rápidamente irrumpiendo en persona de la mano de Poncho.
Evitaron mencionar, aunque fue por todos percibido, el detalle de atención exclusiva que supo tener el anfitrión con Diana. Había algo especial en la mirada. No era la luz del deseo, la invitación a provocar en ella un mórbido entendimiento.
Se trataba de algo diferente, como si él buscase la justificación ante ella de todo lo realizado durante su vida, acaso pretendiendo la aprobación de la piba a aquellos sucesos ocurridos antes que naciera, dando a entender que si le aprobaba, aunque sólo con un gesto fuese, sus anécdotas de bohemia y trasnoche, el mundo se equilibraría y estaría obteniendo el buscado perdón a sus deslices.
Tal vez la familia en pleno no logró establecer el diagnóstico completo, interpretando el interés de él desde un aspecto meramente sexual.
Por eso, cuando al otro día los de emergencia retiraban su infartado cadáver de la casa, habiendo sido descubierto por aquellos sobrinos del autito, no pudieron adivinar tampoco la figura calcada, clonada, igualita hasta en sus mínimos detalles que representaba Diana de la hermana menor, fallecida hacía casi medio siglo atrás, de él, “Poncho”, que desde ese momento “será inmortal en el recuerdo de sus fieles seguidores que tanto supieron admirar su inequívoco arte escénico” según dijo el cronista del noticiero del mediodía antes de agregar “Una pausa y volvemos con esta información: Nace niña con dos cabezas en Taiwán. Investigan si es debido a un experimento de la CIA”.
Y digo yo : Uno ¿cómo no va a quedarse viendo la propaganda si después hay algo tan terrible de lo que enterarse?